El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre. F. Engels
F. Engels
El papel del trabajo en la transformación
del mono en hombre
del mono en hombre
Escrito: En 1876.[1]
Primera edición: En a revista Die Neue Zeit, Bd. 2, N° 44, 1895-1896.
Primera edición: En a revista Die Neue Zeit, Bd. 2, N° 44, 1895-1896.
El trabajo es la fuente de toda riqueza,
afirman los especialistas en Economía política. Lo es, en efecto, a la par que
la naturaleza, proveedora de los materiales que él convierte en riqueza. Pero
el trabajo es muchísimo más que eso. Es la condición básica y fundamental de
toda la vida humana. Y lo es en tal grado que, hasta cierto punto, debemos
decir que el trabajo ha creado al propio hombre.
Hace muchos centenares de miles de años, en una
época, aún no establecida definitivamente, de aquel período del desarrollo de
la Tierra que los geólogos denominan terciario, probablemente a fines de este
período, vivía en algún lugar de la zona tropical - quizás en un extenso
continente hoy desaparecido en las profundidades del Océano Indico- una raza de
monos antropomorfos extraordinariamente desarrollada. Darwin nos ha dado una
descripción aproximada de estos antepasados nuestros. Estaban totalmente
cubiertos de pelo, tenían barba, orejas puntiagudas, vivían en los árboles y
formaban manadas[2].
Es de suponer que como consecuencia directa de
su género de vida, por el que las manos, al trepar, tenían que desempeñar
funciones distintas a las de los pies, estos monos se fueron acostumbrando a
prescindir de ellas al caminar por el suelo y empezaron a adoptar más y más una
posición erecta. Fue el paso decisivo para el tránsito del mono al hombre.
Todos los monos antropomorfos que existen hoy
día pueden permanecer en posición erecta y caminar apoyándose únicamente en sus
pies; pero lo hacen sólo en caso de extrema necesidad y, además, con suma
torpeza. Caminan habitualmente en actitud semierecta, y su marcha incluye el
uso de las manos. La mayoría de estos monos apoyan en el suelo los nudillos y,
encogiendo las piernas, hacen avanzar el cuerpo por entre sus largos brazos,
como un cojo que camina con muletas. En general, aún hoy podemos observar entre
los monos todas las formas de transición entre la marcha a cuatro patas y la
marcha en posición erecta. Pero para ninguno de ellos ésta última ha pasado de
ser un recurso circunstancial.
Y puesto que la posición erecta había de ser
para nuestros peludos antepasados primero una norma, y luego, una necesidad, de
aquí se desprende que por aquel entonces las manos tenían que ejecutar
funciones cada vez más variadas. Incluso entre los monos existe ya cierta
división de funciones entre los pies y las manos. Como hemos señalado más
arriba, durante la trepa las manos son utilizadas de distinta manera que los
pies. Las manos sirven fundamentalmente para recoger y sostener los alimentos,
como lo hacen ya algunos mamíferos inferiores con sus patas delanteras. Ciertos
monos se ayudan de las manos para construir nidos en los árboles; y algunos,
como el chimpancé, llegan a construir tejadillos entre las ramas, para
defenderse de las inclemencias del tiempo. La mano les sirve para empuñar
garrotes, con los que se defienden de sus enemigos, o para bombardear a éstos
con frutos y piedras. Cuando se encuentran en la cautividad, realizan con las
manos varias operaciones sencillas que copian de los hombres. Pero aquí es
precisamente donde se ve cuán grande es la distancia que separa la mano
primitiva de los monos, incluso la de los antropoides superiores, de la mano
del hombre, perfeccionada por el trabajo durante centenares de miles de años.
El número y la disposición general de los huesos y de los músculos son los
mismos en el mono y en el hombre, pero la mano del salvaje más primitivo es
capaz de ejecutar centenares de operaciones que no pueden ser realizadas por la
mano de ningún mono. Ni una sola mano simiesca ha construido jamás un cuchillo
de piedra, por tosco que fuese.
Por eso, las funciones, para las que nuestros
antepasados fueron adaptando poco a poco sus manos durante los muchos miles de
años que dura el período de transición del mono al hombre, sólo pudieron ser,
en un principio, funciones sumamente sencillas. Los salvajes más primitivos,
incluso aquellos en los que puede presumirse el retorno a un estado más próximo
a la animalidad, con una degeneración física simultánea, son muy superiores a
aquellos seres del período de transición. Antes de que el primer trozo de sílex
hubiese sido convertido en cuchillo por la mano del hombre, debió haber pasado
un período de tiempo tan largo que, en comparación con él, el período histórico
conocido por nosotros resulta insignificante. Pero se había dado ya el paso
decisivo: la mano era libre y podía adquirir ahora cada vez más destreza y
habilidad; y ésta mayor flexibilidad adquirida se transmitía por herencia y se
acrecía de generación en generación.
Vemos, pues, que la mano no es sólo el órgano
del trabajo; es también producto de él. Unicamente por el trabajo, por la
adaptación a nuevas y nuevas funciones, por la transmisión hereditaria del
perfeccionamiento especial así adquirido por los músculos, los ligamentos y, en
un período más largo, también por los huesos, y por la aplicación siempre
renovada de estas habilidades heredadas a funciones nuevas y cada vez más
complejas, ha sido como la mano del hombre ha alcanzado ese grado de perfección
que la ha hecho capaz de dar vida, como por arte de magia, a los cuadros de
Rafael, a las estatuas de Thorwaldsen y a la música de Paganini.
Pero la mano no era algo con existencia propia
e independiente. Era únicamente un miembro de un organismo entero y sumamente
complejo. Y lo que beneficiaba a la mano beneficiaba también a todo el cuerpo
servido por ella; y lo beneficiaba en dos aspectos.
Primeramente, en virtud de la ley que Darwin
llamó de la correlación del crecimiento. Según ésta ley, ciertas formas de las
distintas partes de los seres orgánicos siempre están ligadas a determinadas
formas de otras partes, que aparentemente no tienen ninguna relación con las
primeras. Así, todos los animales que poseen glóbulos rojos sin núcleo y cuyo
occipital está articulado con la primera vértebra por medio de dos cóndilos,
poseen, sin excepción, glándulas mamarias para la alimentación de sus crías.
Así también, la pezuña hendida de ciertos mamíferos va ligada por regla general
a la presencia de un estómago multilocular adaptado a la rumia. Las
modificaciones experimentadas por ciertas formas provocan cambios en la forma
de otras partes del organismo, sin que estemos en condiciones de explicar tal
conexión. Los gatos totalmente blancos y de ojos azules son siempre o casi
siempre sordos. El perfeccionamiento gradual de la mano del hombre y la
adaptación concomitante de los pies a la marcha en posición erecta
repercutieron indudablemente, en virtud de dicha correlación, sobre otras
partes del organismo.
Sin embargo, ésta acción aún está tan poco
estudiada que aquí no podemos más que señalarla en términos generales. Mucho
más importante es la reacción directa -posible de demostrar- del desarrollo de
la mano sobre el resto del organismo. Como ya hemos dicho, nuestros antepasados
simiescos eran animales que vivían en manadas; evidentemente, no es posible
buscar el origen del hombre, el más social de los animales, en unos antepasados
inmediatos que no viviesen congregados. Con cada nuevo progreso, el dominio
sobre la naturaleza, que comenzara por el desarrollo de la mano, con el
trabajo, iba ampliando los horizontes del hombre, haciéndole descubrir
constantemente en los objetos nuevas propiedades hasta entonces desconocidas.
Por otra parte, el desarrollo del trabajo, al multiplicar los casos de ayuda
mutua y de actividad conjunta, y al mostrar así las ventajas de ésta actividad
conjunta para cada individuo, tenía que contribuir forzosamente a agrupar aún
más a los miembros de la sociedad. En resumen, los hombres en formación
llegaron a un punto en que tuvieron necesidad de decirse algo los unos a los
otros. La necesidad creó el órgano: la laringe poco desarrollada del mono se
fue transformando, lenta pero firmemente, mediante modulaciones que producían a
su vez modulaciones más perfectas, mientras los órganos de la boca aprendían
poco a poco a pronunciar un sonido articulado tras otro.
La comparación con los animales nos muestra que
ésta explicación del origen del lenguaje a partir del trabajo y con el trabajo
es la única acertada. Lo poco que los animales, incluso los más desarrollados,
tienen que comunicarse los unos a los otros puede ser transmitido sin el
concurso de la palabra articulada. Ningún animal en estado salvaje se siente
perjudicado por su incapacidad de hablar o de comprender el lenguaje humano.
Pero la situación cambia por completo cuando el animal ha sido domesticado por
el hombre. El contacto con el hombre ha desarrollado en el perro y en el
caballo un oído tan sensible al lenguaje articulado, que estos animales pueden,
dentro del marco de sus representaciones, llegar a comprender cualquier idioma.
Además, pueden llegar a adquirir sentimientos desconocidos antes por ellos,
como son el apego al hombre, el sentimiento de gratitud, etc. Quien conozca
bien a estos animales, difícilmente podrá escapar a la convicción de que, en
muchos casos, ésta incapacidad de hablar es experimentada ahora por ellos como
un defecto. Desgraciadamente, este defecto no tiene remedio, pues sus órganos
vocales se hallan demasiado especializados en determinada dirección. Sin
embargo, cuando existe un órgano apropiado, ésta incapacidad puede ser superada
dentro de ciertos límites. Los órganos bucales de las aves se distinguen en
forma radical de los del hombre, y, sin embargo, las aves son los únicos
animales que pueden aprender a hablar; y el ave de voz más repulsiva, el loro,
es la que mejor habla. Y no importa que se nos objete diciéndonos que el loro
no entiende lo que dice. Claro está que por el solo gusto de hablar y por
sociabilidad con los hombres el loro puede estar repitiendo horas y horas todo
su vocabulario. Pero, dentro del marco de sus representaciones, puede también
llegar a comprender lo que dice. Enseñad a un loro a decir palabrotas, de modo
que llegue a tener una idea de su significación (una de las distracciones
favoritas de los marineros que regresan de las zonas cálidas), y veréis muy
pronto que en cuanto lo irritáis hace uso de esas palabrotas con la misma
corrección que cualquier verdulera de Berlín. Y lo mismo ocurre con la petición
de golosinas.
Primero el trabajo, luego y con él la palabra
articulada, fueron los dos estímulos principales bajo cuya influencia el
cerebro del mono se fue transformando gradualmente en cerebro humano, que, a
pesar de toda su similitud, lo supera considerablemente en tamaño y en
perfección. Y a medida que se desarrollaba el cerebro, desarrollábanse también
sus instrumentos más inmediatos: los órganos de los sentidos. De la misma
manera que el desarrollo gradual del lenguaje va necesariamente acompañado del
correspondiente perfeccionamiento del órgano del oído, así también el
desarrollo general del cerebro va ligado al perfeccionamiento de todos los
órganos de los sentidos. La vista del águila tiene mucho más alcance que la del
hombre, pero el ojo humano percibe en las cosas muchos más detalles que el ojo
del águila. El perro tiene un olfato mucho más fino que el hombre, pero no
puede captar ni la centésima parte de los olores que sirven a éste de signos
para diferenciar cosas distintas. Y el sentido del tacto, que el mono posee a
duras penas en la forma más tosca y primitiva, se ha ido desarrollando
únicamente con el desarrollo de la propia mano del hombre, a través del
trabajo. El desarrollo del cerebro y de los sentidos a su servicio, la
creciente claridad de conciencia, la capacidad de abstracción y de
discernimiento cada vez mayores, reaccionaron a su vez sobre el trabajo y la
palabra, estimulando más y más su desarrollo. Cuando el hombre se separa
definitivamente del mono, este desarrollo no cesa ni mucho menos, sino que
continúa, en distinto grado y en distintas direcciones entre los distintos
pueblos y en las diferentes épocas, interrumpido incluso a veces por
regresiones de carácter local o temporal, pero avanzando en su conjunto a
grandes pasos, considerablemente impulsado y, a la vez, orientado en un sentido
más preciso por un nuevo elemento que surge con la aparición del hombre
acabado: la sociedad. Seguramente hubieron de pasar centenares de miles de años
-que en la historia de la Tierra tienen menos importancia que un segundo en la
vida de un hombre[*]- antes de que la
sociedad humana surgiese de aquellas manadas de monos que trepaban por los
árboles. Pero, al fin y al cabo, surgió.
¿Y qué es lo que volvemos a encontrar como
signo distintivo entre la manada de monos y la sociedad humana? Otra vez el
trabajo. La manada de monos se contentaba con devorar los alimentos de un área
que determinaban las condiciones geográficas o la resistencia de las manadas
vecinas. Trasladábase de un lugar a otro y entablaba luchas con otras manadas
para conquistar nuevas zonas de alimentación: pero era incapaz de extraer de
estas zonas más de lo que la naturaleza buenamente le ofrecía, si exceptuamos
la acción inconsciente de la manada, al abonar el suelo con sus excrementos.
Cuando fueron ocupadas todas las zonas capaces de proporcionar alimento, el crecimiento
de la población simiesca fue ya imposible; en el mejor de los casos el número
de sus animales podía mantenerse al mismo nivel. Pero todos los animales son
unos grandes despilfarradores de alimentos; además, con frecuencia destruyen en
germen la nueva generación de reservas alimenticias. A diferencia del cazador,
el lobo no respeta la cabra montés que habría de proporcionarle cabritos al año
siguiente; las cabras de Grecia, que devoran los jóvenes arbustos antes de que
puedan desarrollarse, han dejado desnudas todas las montañas del país. Esta
«explotación rapaz» llevada a cabo por los animales desempeña un gran papel en
la transformación gradual de las especies, al obligarlas a adaptarse a unos
alimentos que no son los habituales para ellas, con lo que cambia la
composición química de su sangre y se modifica poco a poco toda la constitución
física del animal; las especies ya plasmadas desaparecen. No cabe duda de que
ésta explotación rapaz contribuyó en alto grado a la humanización de nuestros
antepasados, pues amplió el número de plantas y las partes de éstas utilizadas
en la alimentación por aquella raza de monos que superaba con ventaja a todas
las demás en inteligencia y en capacidad de adaptación. En una palabra, la
alimentación, cada vez más variada, aportaba al organismo nuevas y nuevas
substancias, con lo que fueron creadas las condiciones químicas para la
transformación de estos monos en seres humanos. Pero todo esto no era trabajo
en el verdadero sentido de la palabra. El trabajo comienza con la elaboración
de instrumentos. ¿Y qué son los instrumentos más antiguos, si juzgamos por los
restos que nos han llegado del hombre prehistórico, por el género de vida de
los pueblos más antiguos que registra la historia, así como por el de los
salvajes actuales más primitivos? Son instrumentos de caza y de pesca; los
primeros utilizados también como armas. Pero la caza y la pesca suponen el
tránsito de la alimentación exclusivamente vegetal a la alimentación mixta, lo
que significa un nuevo paso de suma importancia en la transformación del mono
en hombre. El consumo de carne ofreció al organismo, en forma casi acabada, los
ingredientes más esenciales para su metabolismo. Con ello acortó el proceso de
la digestión y otros procesos de la vida vegetativa del organismo (es decir,
los procesos análogos a los de la vida de los vegetales), ahorrando así tiempo,
materiales y estímulos para que pudiera manifestarse activamente la vida
propiamente animal. Y cuanto más se alejaba el hombre en formación del reino vegetal,
más se elevaba sobre los animales. De la misma manera que el hábito a la
alimentación mixta convirtió al gato y al perro salvajes en servidores del
hombre, así también el hábito a combinar la carne con la dieta vegetal
contribuyó poderosamente a dar fuerza física e independencia al hombre en
formación. Pero donde más se manifestó la influencia de la dieta cárnea fue en
el cerebro, que recibió así en mucha mayor cantidad que antes las substancias
necesarias para su alimentación y desarrollo, con lo que su perfeccionamiento
fue haciéndose mayor y más rápido de generación en generación. Debemos
reconocer -y perdonen los señores vegetarian os-
que no ha sido sin el consumo de la carne como el hombre ha llegado a ser
hombre; y el hecho de que, en una u otra época de la historia de todos los
pueblos conocidos, el empleo de la carne en la alimentación haya llevado al
canibalismo (aún en el siglo X, los antepasados de los berlineses, los
veletabos o vilzes, solían devorar a sus progenitores) es una cuestión que no
tiene hoy para nosotros la menor importancia.
El consumo de carne en la alimentación
significó dos nuevos avances de importancia decisiva: el uso del fuego y la
domesticación de animales. El primero redujo aún más el proceso de la
digestión, ya que permitía llevar a la boca comida, como si dijéramos, medio
digerida; el segundo multiplicó las reservas de carne, pues ahora, a la par con
la caza, proporcionaba una nueva fuente para obtenerla en forma más regular. La
domesticación de animales también proporcionó, con la leche y sus derivados, un
nuevo alimento, que en cuanto a composición era por lo menos del mismo valor
que la carne. Así, pues, estos dos adelantos se convirtieron directamente para
el hombre en nuevos medios de emancipación. No podemos detenernos aquí a
examinar en detalle sus consecuencias indirectas, a pesar de toda la
importancia que hayan podido tener para el desarrollo del hombre y de la
sociedad, pues tal examen nos apartaría demasiado de nuestro tema.
El hombre, que había aprendido a comer todo lo
comestible, aprendió también, de la misma manera, a vivir en cualquier clima.
Se extendió por toda la superficie habitable de la Tierra siendo el único
animal capaz de hacerlo por propia iniciativa. Los demás animales que se han
adaptado a todos los climas -los animales domésticos y los insectos parásitos-
no lo lograron por sí solos, sino únicamente siguiendo al hombre. Y el paso del
clima uniformemente cálido de la patria original, a zonas más frías donde el
año se dividía en verano e invierno, creó nuevas necesidades, al obligar al
hombre a buscar habitación y a cubrir su cuerpo para protegerse del frío y de
la humedad. Así surgieron nuevas esferas de trabajo y, con ellas, nuevas
actividades que fueron apartando más y más al hombre de los animales.
Por lo demás, de suyo se comprende que no
tenemos la intención de negar a los animales la facultad de actuar en forma
planificada, de un modo premeditado. Por el contrario, la acción planificada
existe en germen dondequiera que el protoplasma -la albúmina viva- exista y
reaccione, es decir, realice determinados movimientos, aunque sean los más
simples, en respuesta a determinados estímulos del exterior. Esta reacción se produce,
no digamos ya en la célula nerviosa, sino incluso cuando aún no hay célula de
ninguna clase. El acto mediante el cual las plantas insectívoras se apoderan de
su presa, aparece también, hasta cierto punto, como un acto planeado, aunque se
realice de un modo totalmente inconsciente. La facultad de realizar actos
conscientes y premeditados se desarrolla en los animales en correspondencia con
el desarrollo del sistema nervioso, y adquiere ya en los mamíferos un nivel
bastante elevado. Durante la caza inglesa de la zorra puede observarse siempre
la infalibilidad con que la zorra utiliza su perfecto conocimiento del lugar
para ocultarse a sus perseguidores, y lo bien que conoce y sabe aprovechar
todas las ventajas del terreno para despistarlos. Entre nuestros animales
domésticos, que han llegado a un grado más alto de desarrollo gracias a su
convivencia con el hombre, pueden observarse a diario actos de astucia,
equiparables a los de los niños, pues lo mismo que el desarrollo del embrión
humano en el claustro materno es una repetición abreviada de toda la historia
del desarrollo físico seguido a través de millones de años por nuestros
antepasados del reino animal, a partir del gusano, así también el desarrollo
mental del niño representa una repetición, aún más abreviada, del desarrollo
intelectual de esos mismos antepasados, en todo caso de los menos remotos. Pero
ni un solo acto planificado de ningún animal ha podido imprimir en la
naturaleza el sello de su voluntad. Sólo el hombre ha podido hacerlo. Resumiendo:
lo único que pueden hacer los animales es utilizar la naturaleza exterior y
modificarla por el mero hecho de su presencia en ella. El hombre, en cambio,
modifica la naturaleza y la obliga así a servirle, la domina. Y ésta es, en
última instancia, la diferencia esencial que existe entre el hombre y los demás
animales, diferencia que, una vez más, viene a ser efecto del trabajo[**].
Sin embargo, no nos dejemos llevar del
entusiasmo ante nuestras victorias sobre la naturaleza. Después de cada una de
estas victorias, la naturaleza toma su venganza. Bien es verdad que las
primeras consecuencias de estas victorias son las previstas por nosotros, pero
en segundo y en tercer lugar aparecen unas consecuencias muy distintas,
totalmente imprevistas y que, a menudo, anulan las primeras. Los hombres que en
Mesopotamia, Grecia, Asia Menor y otras regiones talaban los bosques para
obtener tierra de labor, ni siquiera podían imaginarse que, al eliminar con los
bosques los centros de acumulación y reserva de humedad, estaban sentando las
bases de la actual aridez de esas tierras. Los italianos de los Alpes, que
talaron en las laderas meridionales los bosques de pinos, conservados con tanto
celo en las laderas septentrionales, no tenía idea de que con ello destruían las
raíces de la industria lechera en su región; y mucho menos podían prever que,
al proceder así, dejaban la mayor parte del año sin agua sus fuentes de
montaña, con lo que les permitían, al llegar el período de las lluvias, vomitar
con tanta mayor furia sus torrentes sobre la planicie. Los que difundieron el
cultivo de la patata en Europa no sabían que con este tubérculo farináceo
difundían a la vez la escrofulosis. Así, a cada paso, los hechos nos recuerdan
que nuestro dominio sobre la naturaleza no se parece en nada al dominio de un
conquistador sobre el pueblo conquistado, que no es el dominio de alguien
situado fuera de la naturaleza, sino que nosotros, por nuestra carne, nuestra
sangre y nuestro cerebro, pertenecemos a la naturaleza, nos encontramos en su
seno, y todo nuestro dominio sobre ella consiste en que, a diferencia de los
demás seres, somos capaces de conocer sus leyes y de aplicarlas adecuadamente.
En efecto, cada día aprendemos a comprender
mejor las leyes de la naturaleza y a conocer tanto los efectos inmediatos como
las consecuencias remotas de nuestra intromisión en el curso natural de su
desarrollo. Sobre todo después de los grandes progresos logrados en este siglo
por las Ciencias Naturales, nos hallamos en condiciones de prever, y, por tanto,
de controlar cada vez mejor las remotas consecuencias naturales de nuestros
actos en la producción, por lo menos de los más corrientes. Y cuanto más sea
esto una realidad, más sentirán y comprenderán los hombres su unidad con la
naturaleza, y más inconcebible será esa idea absurda y antinatural de la
antítesis entre el espíritu y la materia, el hombre y la naturaleza, el alma y
el cuerpo, idea que empieza a difundirse por Europa a raíz de la decadencia de
la antigüedad clásica y que adquiere su máximo desenvolvimiento en el
cristianismo.
Mas, si han sido precisos miles de años para
que el hombre aprendiera en cierto grado a prever las remotas consecuencias
naturales de sus actos dirigidos a la producción, mucho más le costó aprender a
calcular las remotas consecuencias sociales de esos mismos actos. Ya hemos
hablado más arriba de la patata y de sus consecuencias en cuanto a la difusión
de la escrofulosis: Pero, ¿qué importancia puede tener la escrofulosis
comparada con los efectos que sobre las condiciones de vida de las masas del
pueblo de países enteros ha tenido la reducción de la dieta de los trabajadores
a simples patatas, con el hambre que se extendió en 1847 por Irlanda a
consecuencia de una enfermedad de este tubérculo, y que llevó a la tumba a un
millón de irlandeses que se alimentaban exclusivamente o casi exclusivamente de
patatas y obligó a emigrar allende el océano a otros dos millones? Cuando los
árabes aprendieron a destilar el alcohol, ni siquiera se les ocurrió pensar que
habían creado una de las armas principales con que habría de ser exterminada la
población indígena del continente americano, aún desconocido, en aquel
entonces. Y cuando Colón descubrió más tarde América, no sabía que a la vez
daba nueva vida a la esclavitud, desaparecida desde hacía mucho tiempo en
Europa, y sentaba las bases de la trata de negros. Los hombres que en los
siglos XVII y XVIII trabajaron para crear la máquina de vapor, no sospechaban
que estaban creando un instrumento que habría de subvertir, más que ningún otro,
las condiciones sociales en todo el mundo, y que, sobre todo en Europa, al
concentrar la riqueza en manos de una minoría y al privar de toda propiedad a
la inmensa mayoría de la población, habría de proporcionar primero el dominio
social y político a la burguesía y provocar después la lucha de clases entre la
burguesía y el proletariado, lucha que sólo puede terminar con el derrocamiento
de la burguesía y la abolición de todos los antagonismos de clase. Pero también
aquí, aprovechando una experiencia larga, y a veces cruel, confrontando y
analizando los materiales proporcionados por la historia, vamos aprendiendo
poco a poco a conocer las consecuencias sociales indirectas y más remotas de
nuestros actos en la producción, lo que nos permite extender también a estas
consecuencias nuestro dominio y nuestro control.
Sin embargo, para llevar a cabo este control se
requiere algo más que el simple conocimiento. Hace falta una revolución que
transforme por completo el modo de producción existente hasta hoy día y, con
él, el orden social vigente. Todos los modos de producción que han existido
hasta el presente sólo buscaban el efecto útil del trabajo en su forma más
directa e inmediata. No hacían el menor caso de las consecuencias remotas, que
sólo aparecen más tarde y cuyo efecto se manifiesta únicamente gracias a un
proceso de repetición y acumulación gradual. La primitiva propiedad comunal de
la tierra correspondía, por un lado, a un estado de desarrollo de los hombres
en el que el horizonte de éstos quedaba limitado, por lo general, a las cosas
más inmediatas, y presuponía, por otro lado, cierto excedente de tierras
libres, que ofrecía cierto margen para neutralizar los posibles resultados
adversos de ésta economía positiva. Al agotarse el excedente de tierras libres,
comenzó la decadencia de la propiedad comunal. Todas las formas más elevadas de
producción que vinieron después condujeron a la división de la población en
clases diferentes y, por tanto, al antagonismo entre las clases dominantes y
las clases oprimidas. En consecuencia, los intereses de las clases dominantes
se convirtieron en el elemento propulsor de la producción, en cuanto ésta no se
limitaba a mantener bien que mal la mísera existencia de los oprimidos. Donde
esto halla su expresión más acabada es en el modo de producción capitalista que
prevalece hoy en la Europa Occidental. Los capitalistas individuales, que
dominan la producción y el cambio, sólo pueden ocuparse de la utilidad más
inmediata de sus actos. Más aún; incluso ésta misma utilidad -por cuanto se
trata de la utilidad de la mercancía producida o cambiada- pasa por completo a
segundo plano, apareciendo como único incentivo la ganancia obtenida en la
venta.
* * *La
ciencia social de la burguesía, la Economía Política clásica, sólo se ocupa
preferentemente de aquellas consecuencias sociales que constituyen el objetivo
inmediato de los actos realizados por los hombres en la producción y el cambio.
Esto corresponde plenamente al régimen social cuya expresión teórica es esa
ciencia. Por cuanto los capitalistas aislados producen o cambian con el único
fin de obtener beneficios inmediatos, sólo pueden ser tenidos en cuenta,
primeramente, los resultados más próximos y más inmediatos. Cuando un
industrial o un comerciante vende la mercancía producida o comprada por él y
obtiene la ganancia habitual, se da por satisfecho y no le interesa lo más
mínimo lo que pueda ocurrir después con esa mercancía y su comprador. Igual
ocurre con las consecuencias naturales de esas mismas acciones. Cuando en Cuba
los plantadores españoles quemaban los bosques en las laderas de las montañas
para obtener con la ceniza un abono que sólo les alcanzaba para fertilizar una
generación de cafetos de alto rendimiento, ¡poco les importaba que las lluvias
torrenciales de los trópicos barriesen la capa vegetal del suelo, privada de la
protección de los árboles, y no dejasen tras sí más que rocas desnudas! Con el
actual modo de producción, y por lo que respecta tanto a las consecuencias
naturales como a las consecuencias sociales de los actos realizados por los
hombres, lo que interesa preferentemente son sólo los primeros resultados, los
más palpables. Y luego hasta se manifiesta extrañeza de que las consecuencias
remotas de las acciones que perseguían esos fines resulten ser muy distintas y,
en la mayoría de los casos, hasta diametralmente opuestas; de que la armonía
entre la oferta y la demanda se convierta en su antípoda, como nos lo demuestra
el curso de cada uno de esos ciclos industriales de diez años, y como han
podido convencerse de ello los que con el «crac»[3]han
vivido en Alemania un pequeño preludio; de que la propiedad privada basada en
el trabajo de uno mismo se convierta necesariamente, al desarrollarse, en la
desposesión de los trabajadores de toda propiedad, mientras toda la riqueza se
concentra más y más en manos de los que no trabajan; de que [...][***].
Traducido
del alemán.
NOTAS
* Sir
William Thomson, autoridad de primer orden en la materia calculó que ha debido
transcurrir poco más de cien millones de años desde el momento en que la Tierra
se enfrió lo suficiente para que en ella pudieran vivir las plantas y los
animales.
**
Acotación al margen: «Ennoblecimiento».
***
Aquí se interrumpe el manuscrito. (N. de la Edit.)
1. El
presente artículo fue ideado inicialmente como introducción a un trabajo más
extenso denominado Tres formas fundamentales de esclavización. Pero, visto que
el propósito no se cumplía, Engels acabó por dar a la introducción el título El
papel del trabajo en el proceso de transformación del mono en hombre. Engels
explica en ella el papel decisivo del trabajo, de la producción de
instrumentos, en la formación del tipo físico del hombre y la formación de la
sociedad humana, mostrando que, a partir de un antepasado parecido al mono,
como resultado de un largo proceso histórico, se desarrolló un ser
cualitativamente distinto, el hombre. Lo más probable es que el artículo haya
sido escrito en junio de 1876.
2.
Véase el libro de C. Darwin The Descent of Man and Selection in Relation to Sex
(«El origen del hombre y la selección sexual»), publicado en Londres en 1871.
3.
Trátase de la crisis económica mundial de 1873. En Alemania, la crisis comenzó
con una «grandiosa bancarrota» en mayo de 1873, preludio de la crisis que duró
hasta fines de los años 70.
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