SOBRE EL INFINITO UNIVERSO Y LOS MUNDOS. GIORDANO BRUNO
SOBRE EL INFINITO UNIVERSO
Y LOS MUNDOS
INICIACIÓN
FILOSÓFICA
GIORDANO BRUNO
Traducción del italiano, prólogo y
notas de
ÁNGEL J. CAPPELLETTI AGUILAR
Biblioteca
de Iniciación Filosófica
Primera
edición 1972
Segunda
edición 1981
Es
propiedad
Queda
hecho el depósito que marca la ley 11.723
ISBN
80-03-52123-5
©
1981 Aguilar Argentina S.A. de Ediciones
Av.
Córdoba 2100 – Buenos Aires
Impreso
en la Argentina – Printed in Argentina
Titulo
original
Del
infinito universo e mondi
escrito
en italiano y publicado en Londres en 1584
PRÓLOGO
Durante el año 1584 Bruno vive en la capital
de Inglaterra, protegido por Miguel de Castelnau. Es éste un año fecundo en publicaciones
y hasta se puede decir que en él edita el trashumante dominico italiano sus
primeras y más importantes obras filosóficas. En efecto, en 1584 salen a luz
en Londres La cena de las cenizas (La cena de le cenen), Sobre la causa, el
principio y el uno (De la causa, principio e uno) y Sobre el infinito
universo y los mundos (Del infinito universo e mondi)
Estos tres diálogos, escritos en italiano (y
no en latín, como las obras logísticas y mnemotécnicas), reciben el nombre de
“diálogos metafísicos”, por contraposición a otros tres publicados entre 1584 y
1585 y escritos también en italiano (Spaccio de la bestia triunfante, Cabala
del cavallo pegaseo, y De gli eroici furori), que suelen denominarse
“diálogos morales”.
De los “diálogos metafísicos” hay dos, La
cena de las cenizas y Sobre el infinito universo y los mundos, en
los cuales ocupan lugar preeminente las discusiones de carácter astronómico.
Si se los llama “metafísicos” es porque, como dice Gentile, “el motivo del
filosofar de Bruno, aun en tales discusiones, es francamente metafísico y
porque la física aristotélica, a la que ésta de Bruno pretende reemplazar y a
la que combate en su propio terreno y con sus propias armas, es, de hecho, como
se sabe, un cuerpo de
doctrinas puramente metafísicas en torno a la naturaleza”. Más adelante, antes
de caer en las garras de la Inquisición, publicará otros escritos filosóficos,
aunque no ya en italiano sino en latín.
Varios de ellos siguen inspirándose en la
polémica antiaristotélica y aspiran a refutar, particularmente, la física y la
cosmología del Estagirita. En tal sentido se los puede considerar como
complementos de los diálogos metafísicos antes mencionados.
El primero, que aparece en 1586, asume, sin
embargo, la forma de una exposición (uno de los innumerables resúmenes y
comentarios, tan frecuentes en las escuelas de toda Europa a partir del siglo xIII) de la doctrina física de
Aristóteles, y lleva por título Figuración del tratado de Aristóteles sobre
el oído físico (Figuratio Aristotélica physici auditus) Los otros dos escritos se presentan, en
cambio, abiertamente como obras controversiales, según sus mismos títulos lo
demuestran: Ciento veinte artículos sobre la naturaleza y el mundo contra
los peripatéticos (Centum et viginti articuli de natura et mundo adversus
peripatéticos) (publicado en 1586) y Ciento sesenta artículos contra los
matemáticos y filósofos de esta época (Articuli centum et sexaginta adversus
huius tempestatis mathematicos atque philosophos) (aparecido dos años después,
en 1588)
Tienen también carácter filosófico dos
escritos, editados cuando Bruno yacía ya en las cárceles del Santo Oficio,
durante el año 1595, por su discípulo Rafael Eglin: Suma de términos
rnetafísicos (Summa terminorum metaphysicorum) y Descenso a la práctica (Praxis
descensus), donde el Nolano explica y discute el sentido de los vocablos
empleados por los filósofos de su época (Summa) y trata, después, de la
aplicación de los mismos a la realidad concreta (Praxis)
Más importantes son, sin embargo, en cuanto
constituyen una especie de réplica versificada y latina de los tres diálogos
metafísicos, escritos en prosa italiana, tres poemas que Bruno dio a luz en
Francfort durante el año 1591, inmediatamente antes de su infortunado retorno
a Italia: Sobre el mínimo y la medida triples según los principios de las
tres ciencias especulativas y de muchas artes prácticas (De triplici minimo et
mensura ad trium speculativarum scientiarum et multarum activarum artium libri
V); Sobre la manado, el número y la figura, o sea, elementos de la más oculta
física, matemática y metafísica (De monade, numero et figura, secretions nempe
physicae, mathematicae et metaphysicae elementa) y Sobre lo inmenso y
los innumerables, o1 sea, sobre el universo y los mundos (De immenso et
innumerabilibus seu de universo et mundis libri VIII)
Aun cuando, como bien anota Gentile, cuyo Prefacio
a los Diálogos metafísicos seguimos en este punto, entre la trilogía de los
diálogos italianos, editados en Londres, y la de los poemas latinos,
publicados en Francfort, no existe una perfecta correspondencia, ya que los
últimos contienen nuevos desarrollos del pensamiento y notables modificaciones
en algunos detalles, puede decirse que el De minimo retoma la materia de
los diálogos Sobre la causa y el De immenso vuelve a exponer las
ideas que hallamos en La cena de las cenizas y en Sobre el infinito
universo y los mundos, los cuales, como se verá, están íntimamente
relacionados entre sí.
Hegel ha hecho notar (Lecciones sobre la
historia de la filosofía, México, 1955, p. 172) que la vida errante de
Bruno y su costumbre de pronunciar conferencias y editar obras dondequiera que
se detenía algún tiempo explica que muchas de dichas obras se repitan en su
contenido, aun cuando varíen en la forma.
De todos modos, es conveniente que el
público de habla española sepa que al leer la obra cuya traducción aquí le
ofrecemos, y luego La cena de las cenizas y Sobre la causa, “entrará
en el corazón mismo de la filosofía bruniana” y que, “si antes de ponerse en
contacto con las obras latinas no podrá decir que tiene un conocimiento
perfecto de la misma, poseerá por cierto la parte esencial”, como bien advierte
el ya citado historiador de la filosofía italiana.
Los tres diálogos metafísicos están
dedicados a Miguel de Castelnau, embajador de Francia ante la corte inglesa,
en cuya casa de Londres vivió Bruno durante su estancia en dicha ciudad y al
cual consideraba como “único refugio de las musas”.
En La cena de las cenizas cuatro
personajes, Smith (que según Mclntyre, representa al poeta William Smith),
Prudencio (personificación del humanista palabrero y pedante), Frulla (que
equivale casi al gracioso de la comedia renacentista) y Teófilo, esto es, “el
amante de Dios” (que representa el pensamiento de Bruno), dialogan sobre el
universo y discuten el sistema de Copérnico.
La obra lleva ese nombre porque en la
conversación se refiere lo discurrido durante una cena que tuvo lugar el primer
día de cuaresma, esto es, el miércoles de cenizas.
En el diálogo primero se hace el elogio de
Copérnico, “hombre no inferior a ningún astrónomo que haya existido antes que
él... hombre que, en cuanto a su juicio sobre la naturaleza, ha sido muy superior
a Tolomeo, Hiparco, Eudoxo y a todos los otros que han seguido los pasos de
éstos". El logró liberarse de varios falsos presupuestos de la filosofía
vulgar. Sin embargo, no se apartó enteramente de ella, ya que, “más conocedor
de la matemática que de la naturaleza, no pudo profundizar y adentrarse en ella
hasta poder arrancar totalmente las raíces de los inadecuados y vanos
principios, para resolver a la lección todas las dificultades que se le
oponían y liberarse a sí mismo y a los demás de tantas investigaciones
inútiles, poniendo el pensamiento en las cosas constantes y ciertas".
Alaba Bruno, sin duda, en Copérnico la
concepción heliocéntrica, pero le reprocha el no haber extraído todas las
consecuencias cosmológicas que, según su propia interpretación, deben extraerse
de ella.
En consecuencia, con una cierta impudicia
muy renacentista, que se escuda apenas en citas poéticas y consideraciones
retóricas, hace luego un incondicionado elogio de sí mismo, y de la propia
filosofía: “He aquí a aquel que ha abarcado el aire, penetrado el cielo,
recorrido las estrellas, traspasado los límites del mundo, hecho desaparecer
las fantásticas murallas de las primeras, octavas, novenas, décimas y otras
esferas que se habrían, podido añadir, según las opiniones de vanos matemáticos
y la ciega visión de vulgares filósofos”. El abrió los claustros de la verdad,
desnudó la oculta naturaleza, dio vista a los ciegos, soltó la lengua a los
mudos, hizo andar a los cojos del espíritu. Por él sabemos que si viviéramos
en la Luna o en las estrellas no habitaríamos un mundo mejor sino quizás peor
que éste. Gracias a él conocemos la existencia de millares eje astros que
contemplan al universal, eterno e infinito eficiente; nuestra razón no está ya
aprisionada por los grillos de fantásticos móviles y motores; sabemos que no
hay más que un solo cielo inmenso, en el cual los astros se mueven y participan
de la vida perpetua. Descubrimos, con él, el efecto infinito de la infinita
causa y aprendemos a no buscar lejos de nosotros a la divinidad, que está
dentro de nosotros y más próxima a nosotros que nosotros mismos.
Esta nueva filosofía, sin embargo, advierte
el autor, no debe comunicarse a todos por igual, pues entregarla a los
ignorantes equivaldría a arrojar perlas a los cerdos. De todos modos, entre
“los felices y bien nacidos ingenios, para los cuales ningún honrado estudio
se pierde”, entre los que no juzgan con temeridad, tienen el entendimiento
libre y la mirada limpia, la filosofía del Nolano gana y seguirá ganando
adeptos.
Por boca de Prudencio se plantea ya aquí
(como más tarde por la de Burquio en el De infinito universo e mondi) la
rígida posición tradicionalista del saber académico que veía en Aristóteles, a
tuertas y a derechas, contra toda argumentación y toda experiencia, el
“summum” y el “non plus ultra” de la ciencia y de la filosofía.
Filoteo refuta, por eso, la idea vulgar de
que el valor de una filosofía está en relación directa con su antigüedad. Para
juzgar una doctrina es preciso, ante todo, considerar sus efectos en quienes la
siguen, y la moderna (o sea, sobre todo, la nolana) puede aducir, entre otras
cosas, “invenciones altísimas, pronósticos cumplidos, substancias por su medio
transformadas”.
El método a seguir para extirpar los errores
de la filosofía vulgar (aristotélico-escolástica), método que el autor
identifica significativamente con el de los pitagóricos, consistirá en exponer
primero el pensamiento de Bruno, como un todo, esto es, como un sistema, para
responder luego, en un segundo momento, a las dificultades y objeciones que le
puedan presentar los adeptos de Iris
antiguas y aceptadas doctrinas.
En el segundo diálogo narra Teófilo cómo
Filoteo (Bruno) es invitado por Folco Grivello (sir Fulke Greville) a una cena,
junto con otros doctores, a fin de que pueda allí explicar sus ideas acerca del
movimiento de la tierra. (Se trata, pues, de aquí en adelante, de lo que los
comentaristas de Platón llamarían un “diálogo narrativo”.)
Antes de llegar a casa del anfitrión,
Teófilo y sus acompañantes realizan un accidentado viaje por el Támesis y las
obscuras calles de Londres. Este viaje, según leemos en el prólogo de la obra,
tiene quizás un sentido “más poético y tropológico, que histórico”.
En el diálogo tercero, ya sentados a la
mesa, y después de un exordio acerca del uso del latín y del inglés, Teófilo
refuta la interpretación del pensamiento de Copérnico, según la cual éste “no
había opinado que la tierra se movía, porque tal cosa es ilógica e imposible,
sino que había atribuido movimiento a la misma más bien que al octavo cielo,
por comodidad del cálculo”. Copérnico, dice Teófilo, no se contentó sólo con
afirmar que la tierra se mueve sino que lo confirmó al escribir al mismo Papa y
sostuvo que las opiniones de los filósofos, distan enormemente de las del
vulgo, en estas cuestiones. Y si bien es cierto que en un momento dado
reivindica para sí el derecho de forjar hipótesis o modelos matemáticos, a fin
de poder demostrar lo que desea (y entre estas suposiciones, el movimiento de
la tierra), de ello no puede inferirse que tal movimiento sea para él una mera
hipótesis, según puede verse en el libro primero de su obra, donde “responde
cabalmente a ciertos argumentos de quienes afirman lo contrario, y donde
desempeña no sólo papel de matemático sino también de físico que demuestra el
movimiento de la tierra”.
Refuta luego, con apasionada violencia, las
doctrinas de los ópticos y matemáticos (teniendo en mente, sin duda, también a
Tolomeo), acerca de la magnitud y el tamaño de los astros. De este modo entiende
oponerse a la imagen falsamente simétrica que brinda de los cuerpos celestes la
astronomía geocéntrica.
En efecto, a continuación expone una de las
ideas básicas de su concepción cosmológica, objeto más tarde del tercero de los
llamados diálogos metafísicos, esto es, del Sobre el infinito universo y los
mundos: la idea de la infinita magnitud del cosmos, de la cual se infiere
precisamente la imposibilidad de fijarle un centro y, por consiguiente, de
hallar en él un orden simétrico.
A diferencia de Aristóteles (y aun de
Copérnico), dice Teófilo, “nosotros, que no miramos las sombras fantásticas
sino las cosas mismas, nosotros que vemos un cuerpo aéreo, etéreo, espiritual,
líquido, lugar apto para el movimiento y la quietud, seno inmenso e infinito
–cosa que debemos afirmar al menos porque no vemos sensible o racionalmente
fin alguno– sabemos con certeza que, siendo efecto originado por una causa
infinita y un principio, debe, según su capacidad corporal y su modo, ser
infinitamente infinito”.
A la afirmación de la infinitud le sigue la defensa
de la homogeneidad del Universo. Contra Aristóteles que, fiel a su concepción
fundamentalmente jerárquica de la realidad, distingue una materia terrestre o
sublunar y otra astral, superior a aquélla en cuanto sólo está sujeta al
movimiento local (el cual es aquí circular y no lineal), Bruno sostiene que no
hay más que una sola clase de materia, de la cual están igualmente integrados
todos los astros y la tierra. Por eso, “los otros globos, que son tierras, no
son en ningún aspecto diferentes de éste (la tierra), en cuanto a la especie;
la desigualdad se da sólo por el hecho de ser más grandes o más pequeños, por
las diferencias individuales, como en las otras especies de animales”.
La concepción pampsiquista se impone
asimismo, como puede verse por las últimas palabras de esta cita. Cada uno de
los cuerpos celestes es no sólo un animal (esto es, un ente dotado del
principio del movimiento y de alma) sino también un animal racional o
intelectual. Si bien se considera, dice, se hallará que “la tierra y tantos
otros cuerpos, que son llamados astros y miembros principales del universo,
así como dan vida y alimento a las cosas que toman de ellos su materia y la
restituyen a los mismos, así y con mayor razón todavía, tienen vida en sí
mismos, y por ella, con ordenada y natural voluntad, a partir de un principio
intrínseco se mueven hacia las cosas y los lugares que les corresponden. Y no
existen otros motores extrínsecos que, moviendo fantásticas esferas, lleguen a
transportar estos cuerpos como si estuvieran clavados en ellas”. He aquí, pues,
que tanto la tierra como los demás cuerpos celestes se mueven “por un principio
intrínseco, que es su propia alma”. Y esta alma no es sólo sensitiva “sino
también intelectiva; no sólo intelectiva, como la nuestra, sino quizás más
todavía”.
El diálogo concluye con la refutación de los
motivos por los cuales el Estagirita y sus discípulos creyeron imposible el
movimiento de la tierra.
El diálogo cuarto está dedicado a probar,
según el mejor estilo de los averroístas, que la metafísica y la cosmología de
Bruno (con su monismo y su pampsiquismo), no contradicen los dogmas de la
religión cristiana y que, más aún, merecen ser acogidas y propiciadas por la
verdadera teología. “La tarea de la religión para Bruno –quien por esta razón
da su preferencia sobre las demás iglesias al catolicismo, que reconoce y
afirma el valor de las obras y el libre albedrío– es sobre todo de carácter
moral. La revelación divina, expresada en las Sagradas Escrituras, no quiere,
según su parecer, dar enseñanzas teóricas “como si fuera pura filosofía”, sino
fundamentar y orientar las normas éticas para todos aquellos –que son la gran
mayoría– que necesitan un mando y una sanción externos para seguir la ley
moral y operar el bien” (R. Mondolfo, Figuras e ideas de la Filosofía del
Renacimiento, Buenos Aires, 1968, p. 61)
Cuando, al comienzo del diálogo, Smith
observa que las Escrituras contradicen en muchos lugares las doctrinas
expuestas hasta aquí por Teófilo, éste responde: “En cuanto a esto, creedme
que si los dioses se hubieran dignado enseñarnos la teoría de las cosas de la
naturaleza, como nos han hecho el favor de proponernos la práctica de las cosas
morales, me atendría a la fe de su revelación antes que regirme por la
certidumbre de mis propias razones y sentimientos. Pero, como clarísimamente
puede ver cualquiera, en los libros divinos no se tratan en beneficio de
nuestro entendimiento las demostraciones y especulaciones acerca de las cosas
naturales, como si fuese filosofía, sino que, en favor de nuestra mente y
sentimientos, se ordena, por medio de las leyes, la práctica de las acciones
morales. Teniendo, pues, el divino legislador este propósito ante sus ojos, en
lo demás no se preocupa de hablar de acuerdo con aquella verdad, de la cual no
se aprovecharía el vulgo para evitar el mal y adherirse al bien, sino que deja
la meditación de estas cosas a los hombres contemplativos, y al vulgo le habla
de manera que, según su modo de entender y de expresarse, llegue a captar lo
que es más importante”.
Esta misma idea –observa Gentile– fue
desarrollada, treinta y un años más tarde, por Galileo en su Carta a la
Gran Duquesa madre, Cristina de Lorena (cf. Framrnenti e leltere, Livorno,
1917, ps. 105-142)
El quinto diálogo no se añade, según el
propio Bruno, sino “para no acabar la cena tan áridamente”. Se explica allí,
en primer término, la distribución de los astros en el espacio, y se
demuestra, contradiciendo por cierto al propio Copérnico, que la octava esfera,
o sea, el cielo de las estrellas lijas, no es en realidad un cielo o una
esfera, y que dichas estrellas no son, por consiguiente, equidistantes del
centro. Tampoco hay razón para suponer que los planetas sean solamente siete.
Son, por el contrario, innumerables y giran perpetuamente en torno a los
innumerables soles. Dicho movimiento tiene su origen en un principio inmanente
a cada uno de ellos, esto es, en su propia alma. “Tales corredores (planetas)
tienen como principio intrínseco de movimiento su propia naturaleza, su propia
alma, su propia inteligencia, ya que el aire líquido y sutil no basta para
mover máquinas tan grandes y densas”. A quienes objetan que es “cosa difícil
que la tierra se mueva, diciendo que tiene un cuerpo demasiado grande, denso y
pesado”, les responde que “lo mismo se podría decir de la luna, el sol y otros
cuerpos grandísimos” que, según aquellos suponen, giran a extraordinaria
velocidad en torno a la tierra.
Anticipando un tema que luego desarrolla en
el Sobre el infinito universo y los mundos, ataca la doctrina de la
física aristotélico-escolástica del peso de los cuerpos. “Sabe que ni la tierra
ni ningún otro cuerpo es absolutamente pesado o liviano. Ningún cuerpo es en su
lugar pesado o liviano, mas estas diferencias y cualidades no sobrevienen a los
cuerpos principales y a los individuos particulares perfectos del universo
sino que corresponden a las partes, que están separadas del todo y que se
vuelven a hallar fuera del propio continente y como en viaje”. De este modo, no
se puede decir que sea liviana o pesada una cosa que está en su lugar natural.
Esto queda únicamente para aquella que, no estando en él, lo busca. Pero ni la
tierra ni ningún otro astro se halla en este caso sino que se mueve con un
movimiento circular, y a tal clase de movimiento (ya sea en torno al propio
centro, ya en torno a algún otro punto) se reduce al fin todo movimiento
natural. La tierra, en realidad, lo mismo que otros cuerpos semejantes a ella,
tiene varios movimientos distintos y simultáneos.
La obra concluye con una promesa de Teófilo,
quien deja así para otros diálogos los puntos que faltan en el cuadro
sistemático de su cosmología, y con una grandilocuente y retórica exhortación
de Prudencio.
El diálogo Sobre la causa, el principio y
el uno es el más metafísico de los diálogos metafísicos. Al principio, tres
interlocutores, Elitropio (“el que se vuelve hacia el Sol”), el cual representa
probablemente a Florio; Filoteo, que es el propio Giordano Bruno, y Armesso,
que, según Yates, oculta el nombre de Mathew Gwinne, nos introducen en una conversación
habida entre Dicson, Gervasio, Poliinio y Teófilo, en la cual se desarrollan
las ideas fundamentales de la metafísica bruniana.
El meollo de la obra está en la idea (muy
próxima ya a la tesis básica de Spinoza) de que Dios es la verdadera substancia
y que sus obras constituyen, en realidad, los accidentes de la misma. “Se trata
de una completa reversión de la noción, aristotélica tradicional de substancia,
de acuerdo con la cual el término substancia fue aplicado siempre a
objetos particulares sensibles, mientras sus atributos, permanentes o
transitorios, se llamaban accidentes”, dice P. O. Kristeller (Eight
Philosophers of the Italian Renaissance, Stanford, 1969, p. 132) No hay que olvidar que tres siglos antes que
Bruno, en época de Alberto Magno, David de Dinant había sostenido, con gran
indignación de los aristotélicos ortodoxos (“Stultissime posuit”, dice Tomás de
Aquino), que Dios es la materia universal o materia primera, mientras Amaury de
Bénes, partiendo también del hilemorfismo del Estagirita, identificaba a Dios
con la causa formal del universo (cf. E. Bréhier, La filosofía en la Edad
Media, México, 1959, ps. 149-152) En
ambos casos había habido una interpretación neoplatónica del pensamiento aristotélico,
interpretación que implicaba una crítica fundamental (aunque probablemente
inconsciente) del mismo, puesto que el “verdadero ser”, el ov-roq ov, deja de ser allí la substancia singular, para transformarse en
materia y forma universal.
Bruno recoge ambos aspectos, el de la
materia y el de la forma; adquiere plena conciencia de su anti-aristotelismo;
reconoce su deuda con el neoplatonismo de Nicolás de Cusa, pero sabe, sobre
todo, que su nueva filosofía está emparentada con la de los más antiguos
pensadores griegos y presiente que abrirá caminos a los filósofos del futuro. Y
si es verdad que, come dice Ángel Vasallo, “Bruno inicia el panteísmo moderno,
tanto el panteísmo de la substancia (Spinoza) como el panteísmo del logos
(Hegel) “ (Prólogo a “De la causa, principio y uno”, Buenos Aires, 1941,
p. 9), ello se debe al hecho de que continúa el más antiguo y radical
panteísmo, el de los presocráticos y, particularmente, el de Heráclito, a
través de su negación de Aristóteles y de la escolástica.
Después de haber dedicado el diálogo primero
a la defensa de La cena de las cenizas, obra que había provocado
protestas y herido vanidades entre la “inteligencia” inglesa de la época, y de
haber tributado a la reina Isabel elogios que, pese a su hiperbólica
cortesanía, no son tal vez enteramente insinceros, inicia el segundo diálogo
con una discusión acerca del principio y de la causa.
Llama “principio” a aquello que produce un
efecto desde adentro y “causa” a lo que lo produce desde afuera. Principio y causa
se diferencian, pues, como lo inmanente y lo trascendente. Puede decirse, entonces,
que “principio es aquello que concurre intrínsecamente a la constitución de la
cosa y permanece en el efecto, como se dice de la materia y la forma, que
permanecen en el compuesto, o bien de los elementos, por los cuales la cosa
llega a integrarse y en los cuales viene a disolverse”, mientras que se
denomina “causa” a lo que “concurre a la producción de las cosas exteriormente,
y tiene su ser fuera del compuesto, como es el eficiente y el fin, al cual la cosa producida se ordena”. Hasta
aquí, pues, Bruno no hace más que cambiar la terminología aristotélica,
llamando “principio” a lo que los escolásticos llaman “causas internas” (esto
es, a las causas material y formal) y “causa” a lo que aquellos denominan
“causas externas” (esto es, a las causas eficiente y final) Pero, mientras en la causalidad segunda o
próxima, que se da entre las cosas finitas, admite una real distinción entre
“principio” y “causa”, esto es, entre las causas material y formal por una
parte y las causas eficiente y final por la otra, en la causalidad primera
niega toda distinción real entre ellas, de modo que el “principio” y la “causa”
y, en último caso, las cuatro causas aristotélicas, se identifican en Dios.
“Respondo que, cuando llamamos a Dios primer principio y primera causa,
entendemos una misma cosa con diversos conceptos; cuando hablamos de principios
y causas en la naturaleza, nombramos cosas diversas con conceptos diversos”.
Según esto, para Bruno, la inteligencia universal es no sólo causa eficiente
del todo, sino también causa formal; no sólo causa final sino también fuerza
animadora y vivificadora de la materia. He aquí que sin mencionarlo y, tal
vez, sin pensarlo siquiera, reproduce la idea heraclítica de la physis, la
cual, si bien se interpreta, no se diferencia sino conceptualmente del logos.
Para Bruno, Dios, o sea, la inteligencia
universal (logos) es así raíz y síntesis de las cuatro causas, physis
y arkhé, períekhon y lelos, por encima de Santo Tomás y de
San Agustín, más allá de Aristóteles y de Platón, según la originaria visión
surgida en Jonia, durante “el día de los antiguos sabios”.
Respecto al universo mismo y a los seres que
lo integran, extrae Bruno una serie de osadas pero lógicas consecuencias.
El universo, en cuanto está formado por un
alma única, constituye un conjunto o, por mejor decir, un todo animado. El
universo es, pues, un grande y sagrado animal: animal, porque dotado de
auto-movimiento y de vida; grande, porque incluye en sí todos los seres y llena
todos los espacios posibles; sagrado, porque su alma, esto es, el ser de su
ser, es Dios.
Más aún, todas las cosas que integran el
universo están dotadas de alma y de vida, ya que en todas ellas está presente
una forma que es principio de su propio movimiento. “Todo está lleno de
dioses”, podría haber exclamado Bruno, como, según se dice, exclamó Tales.
“También aquí hay dioses”, podría haber respondido ante las objeciones de sus
adversarios, como Heráclito exclamó, invitando a sus visitantes a que se
acercaran al fuego.
“Cualquier cosa, por pequeña y mínima que
sea –dice Bruno–, tiene en sí una parte de substancia espiritual, la cual, si
encuentra dispuesto al sujeto, se desarrolla en planta o en animal y recibe los
miembros de un cuerpo que, por lo común, se llama animado: porque espíritu se
encuentra en todas las cosas y no existe un mínimo corpúsculo que no contenga
en sí una parte que lo anime.”
Otra consecuencia capaz de
escandalizar a los maestros escolásticos se refiere a la inmortalidad del universo.
Se trata, por cierto, de una inferencia enteramente lógica, si se tienen en
cuenta los principios establecidos hasta aquí, según los cuales no hay entre el
universo y Dios una distinción real y, menos aún, una separación. La forma del
universo y también su materia no pueden perecer ni tener fin; lo único que
perece son los seres particulares (esto es, los accidentes de la única
substancia), a los cuales, por eso, no se puede considerar nunca como verdaderas
substancias, según hacen los escolásticos (que, siguiendo al Estagirita,
denominan “substancia primera” al individuo subsistente) Del mismo modo Heráclito, quien sostiene con
proverbial vigor la idea del flujo de los seres, afirma con no menor fuerza la
existencia de un “fuego siempre viviente”, que “siempre fue, es y será” (B 30)
He aquí, a modo de resumen de estas últimas
tesis, las palabras mismas del Nolano: “Si, pues, el espíritu, el alma, la
vida se encuentra en todas las cosas y, según ciertos grados, llena toda la
materia, viene a ser ciertamente el verdadero acto y la verdadera forma de
todas las cosas. El alma del mundo es, por tanto, el principio constitutivo del
universo y de aquello que en él se contiene. Digo que, si la vida se encuentra
en todas las cosas, el alma viene a ser forma de todas las cosas: ella rige la
materia en todos lados y domina en los compuestos, produce la composición y la
consistencia de las partes. Y, sin embargo, la persistencia no parece convenir
menos a tal forma que a la materia. Entiendo que esta (forma) es una sola en
todas las cosas. Ella, sin embargo, de acuerdo a las diversas disposiciones de
la materia y según la capacidad de los principios materiales activos y
pasivos, llega a producir figuras diversas y a realizar posibilidades
diferentes, mostrando a veces como efecto una vida sin sensación; otras, una
vida con sensación y sin inteligencia; otras parece que tuviera todas las
facultades suprimidas y reprimidas, ya por debilidad ya por otros motivos de la
materia. Así, cuando esta forma cambia de sede y circunstancias, es imposible
que se aniquile, porque la substancia espiritual no es menos subsistente que
la material. Por consiguiente, solamente cambian y se aniquilan las formas
exteriores, porque no son cosas sino algo de las cosas, no son. substancias
sino accidentes y circunstancias de las substancias”.
Después de un preludio burlesco o
paradójico, a cargo de Gervasio y del pedante Poliinio, el diálogo tercero se
dedica a dilucidar la naturaleza de la materia, así como el segundo trató
particularmente de la forma y del alma del universo. En primer lugar se
muestra, como lo dice el propio Bruno en el “Proemio”, que David de Dinant no
fue loco (recuérdese el “stultissime posuit” del Aquinate) “al considerar la
materia como cosa excelentísima y divina”. Avicebrón en su Fons vitae y
otros muchos filósofos antiguos (entre los cuales incluye Bruno a Demócrito,
junto con epicúreos, estoicos, cínicos y cirenaicos) consideran que la materia
es la única substancia y que “las formas no son sino disposiciones
accidentales de la materia”. Más aún, dicen
también que ésta es la naturaleza divina. El propio Bruno declara haber
adherido durante un tiempo a esta concepción, que tiene para él “fundamentos
más concordes con la naturaleza que los de Aristóteles”. Sin embargo, más
tarde, meditando con mayor detenimiento, llegó a la conclusión de “que es
necesario reconocer en la naturaleza dos géneros de substancia, uno que es
forma y otro que es materia”.
De este modo, parece sustituir el monismo
materialista de los antes citados filósofos por una suerte de dualismo,
basado, por cierto, en el hilemorfismo aristotélico.
Sin embargo, el dualismo no es en Bruno sino
apariencia o, por mejor decir, recurso dialéctico de que se vale para formular,
más allá del monismo de la materia (David de Dinant) y del monismo de la forma
(Amaury de Benes), un monismo integral. Sin duda, “es necesario que haya un
acto sustancialísimo en el cual se da la potencia activa de todo, y además una
potencia y un sujeto en el cual haya una no menor potencia pasiva de todo”. Sin
embargo, ambas substancias no son, en realidad, sino una sola, en cuanto se
exigen mutuamente, en cuanto no puede existir la una sin, la otra, en cuanto
son esencialmente coextensivas y correlativas. Algunas páginas más adelante, lo
señala con entera claridad: “Y así no hay cosa alguna de la cual se pueda predicar
el ser y no se pueda predicar el poder ser. Esta (la materia o potencia pasiva)
corresponde tan completamente a la potencia activa (forma) que la una no existe
en modo alguno sin la otra. Por lo cual, si siempre ha existido la potencia de
hacer, de producir, de crear, siempre ha existido la potencia de ser hecho,
producido y creado, porque una potencia implica la otra, es decir, al ser
puesta una, pone necesariamente a la otra. Dicha potencia (pasiva), como no
indica debilidad en aquel de quien se predica sino que más bien confirma su
virtud y eficacia y al fin se encuentra que es completamente una y la misma
cosa con la potencia activa, no hay filósofo ni teólogo que dude en atribuirla
al primer principio sobrenatural” (cf. R. Mondolfo, op. cit., p. 78)
La materia es, en sí misma, una y absoluta,
pero cuando se la considera desde diversos puntos de vista y con fines diversos
(en mecánica, en medicina, etc.) se pueden dar de ella definiciones diferentes.
El significado de la misma palabra “materia” puede captarse mediante una
analogía con la actividad de los artesanos: “Considerad una especie de arte,
como la del carpintero, la cual para todas sus formas y todos sus trabajos se
vale de la madera, como el herrero del hierro y el sastre del paño. Todas estas
artes construyen en una misma materia diversos retratos, órdenes y figuras,
ninguna de las cuales es propia y connatural a aquélla. Así, la naturaleza, a
la cual se asemeja el arte, necesita tener una materia para sus operaciones,
porque no es posible que haya agente alguno que, si quiere hacer algo, no tenga
de qué hacerlo, o si quiere obrar, no tenga con qué obrar. Es, por tanto, una
especie de sujeto, del cual, con el cual y en el cual efectúa la naturaleza su
operación y su trabajo; el cual es formado por ésta con muchas formas que
presentan a los ojos de la consideración gran variedad de especies. Y así como
la madera no tiene por sí misma ninguna forma artificial, pero puede tenerlas
todas por la acción del carpintero, así la materia, de la que hablamos, por
sí misma y en su naturaleza, no tiene forma natural alguna, pero las puede
tener todas por la acción del agente activo, principio de la naturaleza”. La
materia de la naturaleza, a diferencia de la del arte, no es sensible (porque
no tiene forma, determinación o cualidad alguna); es una sola (ya que toda
diferencia y, por tanto, toda pluralidad nace de la forma); y sólo puede ser
conocida con la razón. Las formas pueden variar al infinito; la materia sigue
siendo, en la naturaleza, una sola. “¿No veis –exclama Teófilo– que lo que era
semilla se hace hierba, y de lo que era hierba surge la espiga; de lo que era
espiga se hace pan; del pan, quilo; del quilo sangre; de ésta semilla; de ésta
embrión; de éste, hombre; de éste, cadáver; de éste, tierra; de ésta, piedra u
otra cosa, y así sucesivamente hasta llegar a todas las formas naturales?”. De
lo cual infiere –ni más ni menos que los milesios y Diógenes de Apolonia–: “Es
necesario, por tanto, que exista una sola cosa, que de por sí no es piedra ni
tierra ni cadáver, ni hombre, ni embrión, ni sangre ni ningún otro objeto, pero
que, después de ser sangre se haga embrión, recibiendo el ser del embrión;
después de ser embrión reciba el ser del hombre, haciéndose hombre”.
De esto se sigue que nada se pierde o se
aniquila, excepto las formas accidentales: la substancia, esto es, tanto la
materia como la forma substancial, es indisoluble e inaniquilable (inmortal e
imperecedera, decía Anaximandro)
Síguese, sin embargo, también, que lo que aquí se denomina “forma
substancial” no es lo mismo que entienden bajo tal nombre los escolásticos,
pues para éstos las formas substanciales “no consisten sino en cierta
complexión y orden de los accidentes y todo cuanto saben aducir fuera de su
materia primera no es otra cosa más que accidente, complexión, hábito de
cualidad, principio de definición, quiddidad”. Para Bruno (que explícitamente
se avecina aquí a los presocráticos) la forma substancial, única e
imperecedera, es “una única inteligencia que confiere el ser a todas las cosas”,
o sea, “un alma y principio formal que se hace todas las cosas y a todas las
informa”. Esta es la verdadera “fuente de las formas”. Y, junto a ella, como
“receptáculo de las formas”, está la materia, igualmente una e imperecedera,
“de la cual son hechas y formadas todas las cosas”.
Del concepto antes desarrollado de la materia,
se infiere que tanto Dios como el universo son todo lo que pueden ser, o sea,
que en ellos –o quizás mejor fuera decir, a pesar de la diferencia entre modo
“complicado” y “explicado”, en él, puesto que no son en el fondo sino uno solo–
la potencia pasiva se identifica enteramente con la potencia activa y con el
acto, mientras que las demás cosas, esto es, cada uno de los seres que integran
el universo, no son todo lo que pueden, ser y, por consiguiente, la potencia
activa puede realizar en ellos innumerables cambios.
Esta divinización del universo y de la
materia no podía dejar de plantear a una mente alerta y a una sensibilidad
avisada, como la de Bruno, el problema del mal. He aquí, sin duda, el gran
escollo de todo panteísmo, aunque hay que confesar que el escollo no es de
ningún modo menor en el teísmo, sino, por el contrario, más grave y peligroso.
¿Cómo se explican la invierte, la
corrupción, los vicios, los defectos, los monstruos en esta naturaleza, que es
divina y perfecta? Para responder a tal cuestión, Bruno recurre a la
dialéctica del Todo y las partes. “Estas cosas –dice– no son acto y potencia
sino defecto e impotencia”. Y con ello parecería estar repitiendo a Santo Tomás
y a Aristóteles. Pero el contexto monista de su pensamiento lo diferencia de
ellos. Son defecto e impotencia –añade– “porque no son todo lo que pueden ser
y se esfuerzan por lo que pueden ser”, por lo cual, “como no pueden ser junto
y al mismo tiempo tantas cosas, pierden un ser para adquirir otro y a veces
confunden al uno con el otro y se ven disminuidas, incompletas y estropeadas
por la incompatibilidad de éste y de aquel ser y por la ocupación de la materia
en éste y en aquél”. La explicación podrá parecer abstracta y “metafísica”,
pero en todo caso resulta más clara y más lógica que cualquiera otra intentada
por el teísmo.
El universo, que ocupa lodos los lugares
posibles, está, por eso, en todas partes (aunque, al mismo tiempo, no está en
ninguna, ya que no “ocupa” un lugar determinado) En efecto, “si es todo lo que puede ser y
posee todo lo que es capaz de poseer, estará a un mismo tiempo por todas partes
y en todas”. Por otro lado, será la suma quietud y la máxima velocidad: “porque
se entiende por inmóvil aquello que en un mismo instante parte de un punto de
oriente y retorna a él, fuera de que no menos se ve en oriente que en occidente
y en cualquier otro punto de su circuito”. Heráclito había escrito: “Común es
el principio y el fin en la circunferencia” (B103)
En Dios y en el universo los contrarios
todos se identifican, y Bruno expresa tal identidad con “eroico furore” y
místico entusiasmo: “El es toda cosa y puede ser toda cosa: potencia de todas
las potencias, acto de todos los actos, vida de todas las vidas, alma de todas
las almas, ser de todos los seres, por lo cual con profundidad dice el
Revelador: “El que es, me envía”; “El que es”, así dice. Y aquello que en
otras partes es contrario y opuesto, en El es uno e idéntico, y toda cosa es en
El una misma cosa, ya se trate de diferencia de tiempos y duraciones, ya de
actualidad y posibilidad: para El no hay cosa antigua y cosa nueva, por lo cual
bien dijo el Revelador: “primero y novísimo”.
Este acto absoluto, que coincide plenamente
con la absoluta potencia, no puede ser captado por la inteligencia sino por el
camino de la negación. En efecto, ésta no es capaz de aprehenderlo “ni en cuanto
puede ser todo ni en cuanto es todo”. Para entender, nuestra inteligencia
necesita formar una “especie inteligible” y asimilarse a ella. Ahora bien, esto
resulta imposible, porque ella nunca es tan grande que no pueda llegar a serlo
más, mientras que al acto absoluto no se le puede añadir nada. “No hay, por
consiguiente, ningún ojo que se pueda aproximar o que tenga acceso a tan
altísima luz y a tan profundísimo abismo”, dice Dicson (uno de los personajes
del diálogo), adhiriendo a la antigua vía de la teología negativa.
En cuanto la potencia y el acto coinciden en
el plano de lo absoluto, la materia (esto es, la potencia) no es menos
excelente que la forma. El universo tiene así un primer principio que es, al
mismo tiempo, materia y forma, como physis de los primeros filósofos
griegos.
Por tal motivo, no será difícil concluir
–como el propio autor anota– “que el todo, según la substancia, es uno, como
tal vez lo entendió Parménides, innoblemente tratado por Aristóteles”.
Arribamos de este modo a la idea fundamental de la metafísica de Spinoza: “Y
aunque, cuando se desciende por la escala de la naturaleza, existe una doble
substancia, una espiritual y otra corporal, al fin una y otra se reducen a un
solo ser y una sola raíz”. Sólo la terminología es todavía diferente, ya que
Spinoza llamará “atributos” a lo que todavía Bruno denomina “substancia”
(espiritual y corporal), reservando este último nombre (substancia) para
aquello que Bruno designa como “un solo ser y una sola raíz”.
En el cuarto diálogo se sigue tratando de la
materia, aunque no ya como potencia sino como substancia. Después de una
especie de “intermedio”, que el autor
denomina “pasatiempos poliinicios”, al entrar de nuevo en el tema, sienta Bruno
la tesis de la unidad de la materia en las cosas corpóreas y en las
incorpóreas. Para probarla, aduce varios argumentos entre los cuales es digno
de especial atención el cuarto, que reproduce esencialmente (aunque usando una
terminología aristotélica) el raciocinio con que Anaximandro infiere la
necesidad de una substancia “indeterminada” (ápeiron) “La razón misma no puede hacer que, antes
de cualquier cosa distinguible, no se presuponga una cosa indistinta (hablo de
aquellas cosas que existen, porque entre ente y no ente no hay –a mi entender–
una distinción real, sino verbal y nominal solamente) Esta cosa indistinta es un concepto común, al
cual se añade la diferencia y la forma distintiva. Y ciertamente no se puede
negar que, así como todo lo sensible presupone el sujeto de la sensibilidad,
así todo lo inteligible el de la inteligibilidad. Es necesario, pues, que
exista una cosa que responda al concepto común de uno y otro, porque toda esencia
está necesariamente fundada sobre algún ser, con excepción de la primera, que
se identifica con su ser, porque su potencia es su acto y porque es todo lo que
puede ser. Así como, según su naturaleza propia, el hombre difiere del león,
pero según la naturaleza del animal y de la substancia corpórea, coincide y se
identifica con él, de un modo semejante, según sus naturalezas propias, la
substancia corpórea y la incorpórea son diferentes, pero “a una potencia activa
tanto de cosas corporales como de cosas incorporales, o bien, a un ser, tanto
corpóreo como incorpóreo, le corresponde una potencia pasiva, tanto corpórea
como incorpórea, y un poder ser, tanto corpóreo como incorpóreo. Si queremos,
pues, decir que hay composición tanto en una como en la otra naturaleza,
debemos entenderla de una y otra manera, y considerar que en las cosas eternas
hay una materia siempre en acto y en las cosas variables está contenida ya una,
ya otra; en aquéllas, la materia tiene de una vez, siempre y al mismo tiempo, todo
lo que puede tener y es todo lo que puede ser, pero en éstas (lo tiene y lo es)
en varias veces, en tiempos diversos y según determinadas sucesiones”.
Aun cuando la materia en las cosas
incorpóreas se interprete, como hacen algunos autores, en un sentido muy
diferente del de la materia en las cosas corpóreas, “por más grande que sea la
diversidad según el concepto propio, por el cual una desciende al ser corporal
y la otra no, una recibe cualidades sensibles y la otra no, y por más que
parezca no haber nada en común entre aquella materia a la cual le repugna la
cantidad y el ser sujeto de las cualidades que tienen su ser en las
dimensiones, y la naturaleza a la cual no le repugna ni una ni otra cosa, sin
embargo, aquélla y ésta son idénticas y (como muchas veces he dicho) toda la
diferencia entre ellas depende de la contracción a ser corpórea y no ser
corpórea”.
En otras palabras, la materia que es
actualmente todo cuanto puede ser, lleva en sí todas las cantidades,
dimensiones y figuras, y como las tiene todas, no tiene ninguna, “porque
aquello que es tantas cosas diversas, es preciso que no sea ninguna de ellas en
particular” y porque “es preciso que lo que es todo excluya todo ser
particular”. Conclusión que reproduce, aunque sin citarlo, casi literalmente a
Anaximandro.
Implícitamente de acuerdo con éste, pero
apoyándose explícitamente en Averroes, Plotino y Platón, sostiene asimismo
Bruno que la materia tiene en sí todas las determinaciones, ya que no las
recibe desde afuera sino que, más bien, las extrae de su seno. De tal modo,
ella “no es aquel prope nihil, aquella pura potencia, desnuda, sin acto,
ni fuerza y sin perfección” que suponen los escolásticos. Se dice que está “privada de formas y carece de
ellas, no ¡ como el hielo está sin calor y lo profundo está privado de
luz, sino como la mujer preñada está sin su prole, a la cual saca y extrae de
sí, y como en, este hemisferio la tierra está durante la noche, sin la luz,
que, al darse vuelta, puede reconquistar”. Por eso, aun en las cosas corpóreas,
el acto coincide, si bien no absolutamente, con la potencia, y como esta potencia
de abajo se identifica, en última instancia, con la de arriba, es posible
remontarse así hasta el alma del mundo,
que es acto de todo y potencia de todo y está entera en todo, “por lo cual, al
fin, suponiendo que existan innumerables individuos, todos los seres son uno, y
conocer esta unidad es la meta y el fin de toda filosofía y contemplación natural”.
En resumen: si la materia contiene en sí las formas y no es algo vacío sino,
más bien, henchido de realidades larvadas; si ella desarrolla (o explica) lo
que tiene latente (o implicado), “debe ser considerada como cosa divina y
óptima progenitora, como generatriz y madre de las cosas naturales; más aún,
como la naturaleza total en substancia”.
En el libro quinto se trata especialmente
del uno, con lo cual, como el propio autor anota en el proemio, “se llega a
sentar el fundamento del edificio de todo el conocimiento natural y divino”.
Para empezar, se explica la coincidencia de
materia y forma, de potencia y acto, de modo que el ente, que desde un punto de
vista lógico, esto es, según nuestra consideración racional, se divide en real
y posible, en lo que es y lo que puede ser, desde un punto de vista físico (o,
mejor diríamos, metafísico), es uno e indiviso y, al mismo tiempo (como natural
consecuencia), inmóvil e infinito.
El diálogo se inaugura con un verdadero
himno a la unidad del Todo: “Es, pues, el universo uno, infinito, inmóvil. Una,
digo, es la posibilidad absoluta, uno el acto, una la forma o alma, una la
materia o cuerpo, una la cosa, uno el ente, uno el máximo y óptimo”. Este uno
es infinito y, en consecuencia, no puede moverse, porque no tiene ya lugar
alguno adonde dirigirse; no nace ni se corrompe, porque no hay, fuera de él,
nada de lo cual pueda hacerse o en lo cual pueda resolverse; no disminuye ni
aumenta, porque nada se le puede quitar o añadir al que es infinito; no se
altera en ningún sentido, porque no hay fuera de él nada que lo pueda afectar;
no es materia, porque no tiene ni puede tener figura o límite; no es forma,
porque no confiere a otro forma y figura, ya que es Todo, Uno, Universo; no es
medible ni es medida; no comprende ni es comprendido en otro, porque no tiene
mayor o menor que él; no se compara, porque no tiene término de comparación; no
tiene partes y no es compuesto, porque es uno e idéntico a sí mismo.
“Este es límite de modo que no es límite; es
de tal modo forma, que no es forma; es de tal modo materia, que no es materia;
es de tal modo alma, que no es alma: porque es el Todo indiferentemente; es,
sin embargo, uno; el universo es uno solo.”
En él no hay diferencia entre el instante y
el año, el año y el siglo; ni entre el palmo y el estadio, el estadio y la
parasanga, ya que en el infinito no hay diferencia entre uno y otro: “Infinitas
horas no son más que infinitos siglos, e infinitos palmos no existen en mayor
número que infinitas parasangas”. En otras palabras: a la identidad absoluta de
lo infinito “no te aproximas más con ser hombre que con ser hormiga, no más con
ser estrella que con ser hombre”. En el infinito todas las cosas particulares
son indiferentes o no-diferentes. Pero si no son diferentes, no son especies,
y si no son especies no son número. Así, el universo es un uno inmóvil, que lo
comprende todo, que no admite alteridad ni mutación alguna, que, por
consiguiente, es todo cuanto puede ser y no implica distinción entre acto y
potencia.
Si esto es así, es preciso también que en él
no se diferencien el punto, la línea, la superficie y el cuerpo. “Es
necesario, pues, que el punto, en el infinito, no se diferencie del cuerpo,
porque el punto, deslizándose del ser punto, se hace línea; deslizándose del
ser línea, se hace superficie; deslizándose del ser superficie, se hace cuerpo;
el punto, por tanto, ya que está en potencia para ser cuerpo, no difiere del
ser cuerpo allí donde la potencia y el acto son una misma cosa.” Así, el
individuo no se diferencia del dividuo, lo más simple de lo infinito, el centro
de la circunferencia, lo máximo de lo mínimo, y se puede “afirmar que el
universo es todo centro o que el centro del universo está en todas partes, y
que la circunferencia no está en parte alguna en cuanto es diferente del
centro, o bien que está en todas partes pero no tiene centro, en cuanto éste es
diferente de ella”.
He aquí por qué la divinidad es todo, en
todo y por todo, ya que “como simple e indivisible puede serlo todo, y estar
en todo y por todo”. Aludiendo al Himno a Zeus del estoico Cleantes, Bruno
sostiene que “no en vano se ha dicho que Zeus llena todas las cosas, habita
todas las partes del universo, es centro de lo que tiene ser, uno en todo,
gracias al cual todas las cosas son uno”. Y, evocando a la vez a Nicolás de
Cusa y a Heráclito, aunque sin nombrarlos, dice que la divinidad “siendo todas
las cosas y comprendiendo en sí todo el ser, llega a hacer que todas las cosas
estén en todas”.
Tampoco olvida aquí Bruno el problema del
cambio y del devenir. Esboza así, a continuación, el sentido de su dialéctica,
la cual, a diferencia de la de Hegel, no supone que la contradicción inherente
a cada una de las determinaciones sea causa del movimiento sino que, como la de
Heráclito, concibe una multiplicidad de determinaciones en el ser único y universal,
que se dan sucesivamente y, al ser comparadas entre sí, revelan el movimiento.
En efecto, ninguna mutación o cambio tiende realmente hacia otro ser sino hacia
otro modo del ser. La diferencia entre el universo y las cosas particulares
consiste en que aquél abarca todo el ser y todos los modos del ser, mientras
cada una de éstas comprende todo el ser pero no todos los modos del ser. Ahora
bien, como no puede tener al mismo tiempo y en acto todos los modos del ser,
porque muchos de ellos, al ser contrarios o al pertenecer a especies diversas,
no pueden estar en el mismo objeto, cambia y se mueve en busca de los modos que
no tiene y de los accidentes que actualmente le faltan. El hecho de que
existan, infinitos modos de ser no impide que el ente o la substancia sea una
sola. Lo es, sin embargo, de tal modo que se trata de una unidad multiforme y
multifigurada. El ente es así, igual que para Heráclito y los primeros jónicos,
pluriunidad o, mejor todavía, unipluridad.
“He aquí, pues, cómo todas las cosas están
en el universo y el universo está en todas las cosas, nosotros en él, él en
nosotros, y todo converge en una perfecta unidad.”
Bruno infiere de aquí, inclusive,
consecuencias éticas. Esta unidad es lo único que permanece, lo único eterno;
todo rostro, toda modalidad, toda otra cosa es vanidad y casi nada; más aún,
fuera de lo uno es una pura nada. ¿Por qué preocuparse y afanarse, entonces,
por tales cosas?
Los verdaderos filósofos (se refiere en
especial a los presocráticos, esto es, a Pitágoras y a los “físicos”, o sea, a
los jonios) han encontrado esta unidad, y con ella, la Sabiduría: “La misma
cosa son, en efecto, la sabiduría, la verdad y la unidad”. Y no sin razón,
desde su perspectiva monista, reprueba a Aristóteles, “que no encontró el uno,
no encontró el ente y no encontró la verdad, porque no llegó a entender al ente
como uno” y, más aún, como estéril sofista, interpretó torcidamente las
sentencias de los antiguos (esto es, de sus predecesores y, especialmente, de
los presocráticos) y se opuso a la verdad, “no tanto quizás por imbecilidad del
entendimiento cuanto por fuerza de la envidia y la ambición”.
Por boca de Dicson desarrolla luego, como
consecuencia de lo antes expuesto, la idea de que el ente, lo verdadero, el
universo, el infinito, “está todo entero en cada una de sus partes, de modo
que es el mismo en todas partes”. Por eso, lo que está en el universo está en
todas partes según el modo que es capaz de asumir, y así “está arriba, abajo, a
la derecha, a la izquierda y según todas las diferencias de lugar, porque en
todo el infinito existen todas estas diferencias y ninguna de ellas”.
Cualquier cosa que se considere dentro del
universo implica, pues, según su propio modo, el alma entera del mundo, que, a
su vez, está toda entera en cada parte del mismo. “Sin embargo, como el acto es
uno y produce un solo ser dondequiera que se dé, así no se ha de creer que en
el mundo haya pluralidad de substancia y de lo que es verdaderamente ente.”
Así como el alma, aun de acuerdo a la opinión
corriente, está en todo el cuerpo que anima, y al mismo tiempo está toda entera
en cada una de sus partes, “así la esencia del universo es una sola en el
infinito y en cualquier cosa considerada como miembro de aquél, de modo que el
todo y cada una de sus partes viene a ser absolutamente uno, según la
substancia”.
Todas las diferencias cualitativas que se
pueden observar en los cuerpos no son. sino diversos rostros cambiantes de una
misma substancia inmutable. La diversidad no hace sino poner en acto determinadas
cualidades y accidentes de la única substancia. Y así como una misma semilla se
transforma en los diferentes miembros de un animal y un mismo alimento se hace
quilo, sangre, flema, carne, etc., así todas las cosas, desde las más bajas a
las más sublimes, se reducen a “una original y universal substancia, igual al
todo, la cual se denomina ente, fundamento de todas las especies y formas
diversas”. De este modo, toda diversidad de géneros, especies, propiedades,
etc., todo lo que surge de la generación, la corrupción, la alteración, y el
cambio “no es ente ni es ser sino circunstancia del ente y del ser, el cual es
uno, infinito, inmóvil, sujeto, materia, vida, alma, verdad y bien”.
Como es también indivisible y simplicísimo,
no se puede decir que el ente (o la substancia) tenga partes, pero sí que hay
ente o substancia de la parte o, mejor, en la parte, y así como no se puede
hablar de parte del alma que está en el brazo, pero sí del alma en esta parte
que es el brazo, así se puede hablar de la substancia de esta parte, o en esta
parte del universo.
Aquel que engendra y es engendrado, por una
parte, y aquello con lo cual se produce la generación, por otra, tienen siempre
la misma substancia. Bruno cita aquí explícitamente a Heráclito, el cual afirma
que todas las cosas son uno y que este uno, al transformarse, saca de sí todas
las cosas, y que, al tener todas las formas en su seno, admite todas las
definiciones y hace que sean verdaderas las proposiciones contradictorias. De
acuerdo también con el Efesio, e interpretándolo con singular acierto, añade:
“Y lo que produce la multiplicidad en las cosas no es el ente, no es la cosa,
sino la apariencia, que se representa a los sentidos y está en la superficie
de la cosa”.
Finalmente, para completar todo lo dicho
hasta aquí, expone Bruno una serie de tesis acerca “de esta importantísima
ciencia y de este solidísimo fundamento de las verdades y secretos de la
naturaleza”, esto es, acerca de la dialéctica.
Primera: Afirma,
como Heráclito, como Plotino, como Escoto Erígena, la unidad e identidad del
proceso ontológico y del proceso gnoseológico: Una y la misma es la escala por
la cual la naturaleza desciende a la producción de las cosas y aquella por la
cual el entendimiento asciende al conocimiento de las mismas. Del uno procede
lo múltiple y el uno se dirige hacia el uno, pasando por lo múltiple, como a
través de un medio necesario.
Segunda: El
entendimiento sólo puede captar la pluralidad mediante una reducción a la
unidad. Aquél, a fin de liberarse de la imaginación, a la que está unido,
recurre a las matemáticas cuando quiere comprender el ser o la substancia de
las cosas y, al fin, llega a referir la multiplicidad de clases a una y la
misma raíz. Pitágoras –dice Bruno demostrando una vez más su filiación
presocrática- lo hace mejor que Platón, pues pone como substancia y principio
universal el número, esto es, la unidad, mientras éste, movido más por vanidad
que por amor al saber (como se dijo antes de Aristóteles), en lugar del número
uno, pone el punto (sustituyendo la aritmética por la geometría que, para
Bruno, es menos universal, ya que sólo afecta a lo corpóreo)
Tercera: Careciendo
la substancia en sí misma de cantidad y no siendo el número nunca substancia
sino algo de la substancia, debe decirse que ésta esencialmente no tiene número
y que es una e indivisible en todas las cosas particulares, las cuales son
tales gracias a algo que no es la substancia sino que está en ella. Quien
capta, pues, un objeto particular como particular no capta una substancia particular
sino la substancia en lo particular. La substancia una, indivisa,
anterior a toda multiplicidad y cantidad, se hace múltiple por los accidentes.
Cuarta: Defiende,
como conclusión, la idea de la coincidencia y unidad de los contrarios, de la
cual se sigue que todas las cosas son uno. Para probarlo aduce primero varios
argumentos de carácter geométrico, entre los cuales está el siguiente, que
toma de Nicolás de Cusa (De mathematica perfectione): Lo contrario de la
línea recta es la circunferencia. Ahora bien, en lo mínimo ambas coinciden, ya
que el arco mínimo concuerda con la mínima cuerda. Y también recta y curva
concuerdan en lo máximo, ya que la circunferencia infinita coincide con la
línea recta.
![]() |
El arco BB es mayor que AA y CC mayor que BB
y el DD mayor que los otros tres, y con esto se van acercando más y más a la
rectitud de la línea infinita del círculo infinito que es IK. Y así como la
línea mayor es también la más recta, así, la mayor de todas debe ser, superlativamente,
la más recta de todas, de manera que la recta infinita se identifique con el
círculo infinito.
Presenta después varios argumentos tomados
de la física. Así, por ejemplo, sostiene que el principio de la generación y el
de la corrupción se identifican. Vemos, en efecto, “que la corrupción no es
otra cosa más que una generación y la generación no es otra cosa más que una
corrupción; que el amor es un odio y el odio es, al fin, un amor”, puesto que
el odio de lo contrario es el amor de lo propio y viceversa, con lo cual se ve
que esencialmente coinciden amor y odio, amistad y discordia. La alusión a
Heráclito, aunque no explícita, resulta, una vez más, bastante clara. La obra
concluye, como ha comenzado, con una suerte de himno a la unidad, el cual nos
recuerda el acento lírico que alcanzan a veces los presocráticos (como
Heráclito y Diógenes de Apolonia), al hablar de la physis: “Loados sean
los dioses y ensalzada por todos los vivientes la infinita, simplicísima,
unísima, altísima y absolutísima causa, principio y uno”.
El diálogo Sobre el infinito universo y
los mundos, que aquí presentamos traducido al castellano, es la versión
cosmológica de la metafísica bruniana, expuesta principalmente en el Sobre
la causa, el principio y el uno. Sus personajes, Elpino, Fracastorio,
Burquio, Albertino y Filoteo (que representa el pensamiento de Bruno), analizan
y discuten la astronomía enseñada en las escuelas de la época. Esta tenía sus
raíces (aunque no su forma acabada) en Aristóteles. A la imagen del mundo
físico vigente en la época, contrapone Bruno una nueva imagen que tiene sus
raíces (aunque no su forma acabada) en Copérnico. A la concepción geocéntrica
sustituye la heliocéntrica; a la idea de las esferas, la del continuo espacial;
al universo finito, el infinito universo; al mundo único, los mundos
innumerables; a la tierra como hogar privilegiado de la vida y de la razón, la
existencia de seres vivos e inteligentes en otros planetas y estrellas, y, como
consecuencia de todo esto, a la idea de un Dios trascendente, distinto del
universo, motor inmóvil y creador del mismo, contrapone la idea de un Dios
inmanente, idéntico, en el fondo, al universo infinito, aunque conceptualmente
diferenciable de él.
En todo esto –y ya en la tesis central de la
infinitud del universo y la existencia de innumerables mundos dentro de él–
Bruno trasciende enteramente a Copérnico. Puede decirse que, partiendo de las
doctrinas astronómicas del canónigo de Frauenburg, pero no sin la catalítica
promoción del Cardenal de Cusa, se remonta a una concepción prearistotélica y
aun pre-socrática del mundo. Salta hacia atrás –y, sin duda, al mismo tiempo
hacia adelante– para llegar a epicúreos y estoicos, y de ellos a jónicos y
pitagóricos.
Hoy sabemos, como dice Kristeller, que ya en
el siglo xvi y antes de Bruno, la
infinitud del universo fue defendida por Thomas Digges, pero no hay prueba
alguna de que el Nolano haya conocido los escritos de aquél (op. cit., p. 136)
También podría compararse la imagen del
universo físico de Bruno con la de su contemporáneo Patrizi, pero, según señala
el mismo historiador, éste habla de un vacío infinito que rodea al mundo
finito, mientras Bruno sostiene que no hay un mundo sino muchos y que lo que
los rodea no es precisamente el vacío (como no lo era –podemos añadir– para
Anaximandro o para Heráclito)
Pese a las varias citas de Epicuro y, sobre
todo, de Lucrecio, tampoco coincide plenamente nuestro filósofo con ellos ni
con Gassendi y los neoepicúreos del Renacimiento, que en Italia están representados
por Telesio. En efecto, Bruno está lejos del sensualismo de éstos. Su aserción
de la infinitud del universo y de los mundos innumerables no se basa en el
testimonio de los sentidos sino que se presenta como una exigencia de la
razón, aun cuando ésta, como en Demócrito y Heráclito, no esté separada de la
sensación. Recuérdese que el propio Copérnico no era un buen observador y,
debido a ello, “le resultó más fácil (como le había resultado a Aristarco)
formular su nueva teoría, porque no estaba desconcertado por buenas
observaciones”, según advierte Sarton (Ensayos de historia de la ciencia. México.
19(52. p. 110)
Pero, así como Copérnico comenzó sus
estudios impulsado por el descubrimiento de América y la subsiguiente
circunnavegación del globo, que había convertido “la idea de la esfericidad de
la tierra de una deducción intelectual en una realidad concreta” (J. G.
Crowther, A short history of Science, Lonches, 1969, p. 43), así Bruno
comenzó los suyos movido por la obra astronómica de Copérnico, que había
colocado sobre concretas bases matemáticas la concepción heliocéntrica, vigente
ya en la especulación de ciertos pitagóricos.
Es interesante observar, por otra parte, la
relación, que es casi una proporción matemática, entre Colón y Copérnico,
Copérnico y Bruno. El descubrimiento de América insinúa la idea de que Europa
tal vez no sea el centro de la tierra y afirma ya, como un hecho, que no es, en
todo caso, la única región habitada de la misma. Y he aquí que Copérnico
sostiene y demuestra que la tierra no es el centro del sistema solar. De la
negación del geocentrismo, Bruno infiere luego la idea, todavía más audaz, de
que este sistema es uno de los innumerables que pueblan el espacio infinito y
que no es el centro del universo (puesto que en el infinito no hay arriba ni
abajo ni centro)
Como ya lo había anticipado en La cena de
le ceneri, tampoco admite la idea de las esferas, propia de la astronomía
aristotélica y tolomaica. La existencia de un último cielo, en el que estarían
clavadas las estrellas “fijas”, no había sido desechada por Copérnico, pero
para Bruno resulta todavía más absurda que la de las esferas planetarias,
puesto que significa erigir un límite para el universo, el cual, como obra de
un Dios infinito, no puede sino ser infinito.
Si se parte de la infinitud del universo, la
consecuencia lógica parece ser la no-existencia de Dios. ¿Qué sería en efecto,
el ser divino, cuando el ser del universo no tiene límite y lo abarca todo?
¿Dónde podría estar Dios, cuando el universo ocupa todos los lugares
pensables? Si se parte de la infinitud de Dios, la consecuencia lógica (aunque
pocas veces extraída) parecería ser la no existencia del mundo. En efecto, si
Dios es infinito, ¿qué sitio queda para las criaturas? Si su ser agota todas
las posibilidades del ser (y esto es lo que “infinito” significa) ¿qué ser
queda para el universo? El ateísmo es la consecuencia del primer supuesto:
dado que el universo existe, Dios no existe. Los materialistas, desde Holbach,
hacen suyo este argumento. El acosmismo es la consecuencia de la segunda
premisa: puesto que Dios existe, el universo es una pura apariencia. El
idealismo de Berkeley es, en. Occidente, la expresión más cabal de esta
concepción.
Ambos supuestos se sitúan en una perspectiva
dualista. Bruno, al desechar este tipo de planteo, no se ve obligado a aceptar
ninguna de sus consecuencias alternativas. Aun cuando algunas de sus expresiones
pueden dar pie para suponer que, al igual que el Cardenal de Cusa, establece
una distinción real entre Dios y el universo, por lo menos en cuanto, éste es
considerado como imagen de aquél, sin embargo, si se analiza con cierta
profundidad el texto, se advertirá que, como bien dice Krísteller (ob. cit., p.
136), “mientras el Cusano reserva la verdadera infinitud para Dios solo, Bruno
usa la relación entre el universo y Dios como argumento para probar la
infinitud del primero”. Puesto que Dios es infinito –arguye el Nolano– también
tiene que ser infinita su obra. Será infinito, pues, el universo, aunque en
diferente sentido que Dios. Pero –he aquí el punto crucial– ¿en qué consiste
tal diferencia? Se trata, sin duda, de la diferencia que media entre causa y
efecto. Sin embargo, cuando se trata de una causa infinita que produce
–necesariamente– un infinito efecto ¿podrá hablarse de una distinción real?
¿Una causa infinita podrá dejar de ser realmente inmanente a su obra infinita?
¿Una causa necesaria podrá diferenciarse –fuera de la mente humana– de su
necesaria consecuencia? Evidentemente no. ¿Acaso no sostiene Bruno –siguiendo
por cierto al Cusano– que en el infinito los contrarios se identifican?
Creador y criatura, modelo e imagen, Dios y universo no son así, en la
realidad, sino una y la misma cosa. Es claro que Bruno –igual que Jenófanes y
por motivos no iguales pero análogos– usa a veces un lenguaje que sabe a dualismo
teísta. ¿Puede esto sorprender en un filósofo que durante toda su vida se vio
enfrentado a la más fanática de las censuras teológicas, que litigó primero
con sus cofrades dominicos, que sufrió luego las iras de los asesinos de Miguel
Servet, que acabó, en fin, en la hoguera encendida por la inquisición romana?
El universo, imagen de Dios y, más aún,
realidad en el fondo idéntica a Dios, es lo único inmóvil. Los infinitos mundos
que alberga en su seno se mueven lodos sin excepción. Pero, por una parte, ya
no son conducidos por las esferas ni están adheridos a ellas sino que marchan
libremente a través del espacio infinito, y por otra, no marchan hacia arriba o
hacia abajo, ya que al no tener el universo un centro absoluto, no tiene
sentido hablar de arriba y abajo. Tampoco se puede hablar de un peso absoluto:
un cuerpo sólo es pesado o liviano en relación a aquella parte del universo
hacia la cual se dirige. Existen innumerables fuegos o soles en torno a los
cuales giran, como en torno a este sol nuestro, varios planetas. Tanto los
planetas como la propia tierra se mueven en virtud de un impulso intrínseco,
esto es, en virtud del alma que anima y dirige a cada uno de ellos. Todos los
cuerpos celestes, lejos de ser inmutables (como suponían los aristotélicos), se
hallan sujetos a una perpetua mutación, ya que de continuo pierden partículas
de su cuerpo y reciben, en cambio, otras desde afuera. A pesar de esto,
mantienen su identidad, gracias a cierta fuerza por la que conservan su
estructura. El elemento predominante en las estrellas o soles es el fuego; el
de los planetas o tierras es el agua. Entre nosotros y las estrellas (fijas)
hay distancias muy diversas: no se puede pensar, pues, en una única esfera que
las contenga a todas. El vacío absoluto no existe en los espacios
intersiderales. Estos se hallan llenos de una substancia sutil, llamada éter.
Los infinitos mundos del universo están habitados y en ellos existen seres
vivos e inteligentes. El universo de Giordano Bruno deja de ser así un conjunto
jerárquico, como había sido el de Aristóteles y el de todos los filósofos y
astrónomos posteriores, incluyendo al mismo Copérnico. Y aun cuando todavía
quedan, en él ciertos resabios de aristotelismo, puede decirse que éste
está ya allí definitivamente superado.
La cosmología de Bruno anuncia a Newton y a la física moderna, gracias, sin
embargo, a una resurrección de la física más antigua de Occidente.
Angel
J. Cappelletti
Nota
La presente traducción del diálogo Del
infinito universo e mondi ha sido hecha sobre el texto de la edición de
los Dialoghi italiani, que cuidó Giovanni Gentile y revisó Giovanni
Aquilecchia (tercera edición, Firenze, 1958)
SOBRE EL
INFINITO UNIVERSO
Y LOS MUNDOS
Epístola introductoria, dirigida al
ilustrísimo Señor Miguel de Castelnau, Señor de Mauvissiére, de Concressault y
de Joinville, Caballero de la Orden del Rey Cristianísimo, Consejero de su
Consejo Privado, Capitán de 50 hombres de armas, y Embajador ante la
Serenísima Reina de Inglaterra.(1)
Si yo, ilustrísimo caballero, condujese el
arado, apacentase un rebaño, cultivase un huerto, remendase un vestido, nadie
me miraría, pocos me tendrían en cuenta, raros serían los que me reprendiesen,
y fácilmente podría complacer a todos. Mas, por ser delineador del campo de la
naturaleza, preocupado del pasto del alma, ansioso de la cultura de la mente y
artesano experto en los hábitos del entendimiento, he aquí que quien es mirado
me amenaza, quien es observado me asalta, quien es alcanzado me muerde, quien
es comprendido me devora. No es uno, no son pocos; son muchos, son casi todos.
Si queréis saber cómo ocurre esto, os diré que la causa es la generalidad de la
gente que me disgusta, el vulgo que odio, la muchedumbre que no me agrada, y
una cosa que me tiene enamorado: aquella por la cual soy libre en la
esclavitud, alegre en la pena, rico en la necesidad y vivo en la muerte;
aquella por la cual no envidio a quienes son siervos en la libertad, sienten
pena en el placer, son pobres en la riqueza y están muertos en la vida, pues
tienen en el cuerpo una cadena que los constriñe, en el espíritu un infierno
que los abate, en el alma un error que los enferma, en la mente un letargo que
los mata; no habiendo magnanimidad que los libre, ni longanimidad que los
levante, ni esplendor que los ilustre, ni ciencia que los reviva. Ocurre, por
eso, que yo no vuelvo atrás, cansado el pie del arduo camino; ni, desganado,
sustraigo los brazos a la obra que se presenta; ni, desesperado, vuelvo las
espaldas al enemigo que me ataca; ni, deslumbrado, aparto los ojos del divino
objeto, mientras siento que la mayoría me considera un sofista, más deseoso de
mostrarse sutil que de ser veraz; un ambicioso, que se preocupa más por suscitar
una nueva y falsa secta que por confirmar la antigua y verdadera; un engañador,
que se procura el resplandor de la gloria, echando por delante las tinieblas de
los errores; un espíritu inquieto, que subvierte los edificios de la brava
disciplina y se convierte en constructor de máquinas de perversidad. Así,
Señor, los santos númenes alejen de mí a todos los que injustamente me odian,
así me sea siempre propicio mi Dios, así me sean favorables todos los que
gobiernan este mundo, así los astros me adecúen la semilla al campo y el campo
a la semilla(2), de modo que aparezca
al mundo útil y glorioso el fruto de mi trabajo, despertando el espíritu y
abriendo el sentido a quienes están privados de luz, pues yo, muy ciertamente,
no simulo y, si yerro, no creo, en verdad, errar, y cuando hablo y escribo, no
discuto por amor a la victoria en sí misma (porque considero enemiga de Dios,
vilísima y sin ápice de honor toda victoria en que no hay verdad), sino que por
amor de la verdadera sabiduría y por deseo de la verdadera contemplación me
fatigo, torturo y atormento. Esto lo han de poner de manifiesto los argumentos
demostrativos que dependen de vividas razones y derivan de sentidos sujetos a
regla, los cuales son informados por especies no falsas que, como veraces
embajadores, se desprenden de los objetos de la naturaleza, haciéndose
presentes a quienes los buscan, abiertos a quienes los requieren, claros a
quienes los aprehenden, ciertos a quienes los comprenden. Ahora, he aquí que
os presento mi contemplación en torno al infinito universo y los mundos
innumerables.
Argumento del
diálogo primero.
Tenéis, pues, en el primer diálogo, primero:
que la inconstancia de los sentidos muestra que éstos no son principio de
certeza y no la producen sino por medio de cierta comparación y referencia de
un objeto sensible a otro y de un sentido a otro; y se infiere el modo en que
la verdad se da en los diferentes sujetos. Segundo: se comienza a
demostrar la infinitud del universo y se trae el primer argumento sacado del
hecho de que no son capaces de poner un límite al mundo quienes por obra de la
fantasía quieren, fabricarle una muralla. Tercero: del hecho de que no
es propio decir que el mundo es finito y que reposa en sí mismo, porque esto
conviene solamente a lo inmenso, se toma el segundo argumento. Se toma luego
el tercer argumento de lo incongruente e imposible que es imaginar que no está
en ningún lugar, porque así, de cualquier manera se seguiría que no tiene ser,
supuesto que a toda cosa, sea corporal o incorporal, corporal o incorporalmente
le corresponde un lugar. El cuarto argumento se saca de una demostración
o prueba muy convincente que presentan los epicúreos:
Puesto que todo
espacio es limitado,
si alguien
llegara a sus confines últimos
y desde allí
arrojara un dardo alado,
¿piensas tú que,
después de haber hendido
el aire, seguirá
su derrotero,
o prefieres creer
que algún obstáculo
ha de impedir de
afuera su camino?
Porque ya sea que
algo obstaculice
su marcha y no lo
deje hasta su meta
arribar, ya se
lance aún más lejos,
es claro que
hasta el fin no habrá llegado(3)
Quinto: del
hecho de que la definición de lugar dada por Aristóteles no conviene al lugar
primero, más grande y más común, y de que es inútil tomar la superficie próxima
e inmediata al contenido y otras superficialidades que hacen del lugar cosa
matemática y no física, sin contar que entre la superficie del continente y el
contenido que dentro de ella se mueve es necesario que haya siempre un espacio
intermediario al cual le corresponde más bien ser lugar. Y si del espacio
queremos tomar sólo la superficie, es preciso que se vaya buscando hasta el
infinito un lugar finito. Sexto: del hecho de que no se puede evitar el
vacío suponiendo un mundo finito, si vacío es aquello donde no hay nada. Séptimo:
del hecho de que, así como este espacio en el cual está este mundo se
consideraría vacío, si este mundo no estuviera allí, así, donde este mundo no
está, se entiende que hay vacío. Más allá del mundo, pues, no se diferencia
este espacio de aquel otro; por tanto, la aptitud que éste tiene la tiene
aquél; por tanto, tiene el acto, porque ninguna aptitud es eterna sin el acto,
y, por tanto, eternamente tiene consigo el acto; más aún, ella misma es acto,
ya que en lo eterno no difieren el ser y el poder ser. Octavo: del hecho
de que ningún sentido niega al infinito, si se tiene en cuenta que no lo
podemos negar simplemente porque no lo abarcamos con los sentidos, mas como
los sentidos llegan a ser comprendidos por aquél y la razón llega a confirmarlo,
lo debemos afirmar. Más aún, si luego meditamos bien, los sentidos lo consideran
infinito, porque vemos siempre que una cosa está comprendida en otra cosa, y
jamás percibimos, ni con los sentidos externos ni con los internos, una cosa
que no esté comprendida en otra o algo semejante.
Está a la vista,
pues, que cada cosa
por otra es limitada: el aire fija
el contorno a los
montes y los montes
al aire; al mar
la tierra pone término
y a las tierras
el mar; nada hay, empero,
que por fuera
limite a este gran, Todo.
Hasta tal punto
ingente copia se abre
para las cosas en
cualquier sentido,
borrados los
confines, desde todas
las partes del
espacio y hacia todas.(4)
De lo que vemos, pues, más bien debemos
inferir lo infinito, ya que no se da cosa alguna que no sea limitada por otra y
no observamos ninguna que se limite por sí misma. Noveno: del hecho de
que no se puede negar el espacio infinito, sino de palabra, como hacen los
pertinaces, habiendo considerado que el resto del espacio, donde no hay mundo,
que se llama vacío o se imagina también vacío, no se puede entender sino con
una capacidad de contener objetos no menor de la que tiene este espacio que de
hecho los contiene. Décimo: del hecho de que así como es bueno que este
mundo exista no es menos bueno que exista cada uno de los otros infinitos. Undécimo:
del hecho de que la bondad de este mundo no es comunicable a otro mundo
cualquiera que pueda existir, como mi ser no es comunicable al de éste y aquél.
Duodécimo: del hecho de que no hay razón o sentido que, así como se
supone un individuo infinito, simplicísimo y complicante, no suponga la
existencia de un infinito corpóreo y explicitado. Decimotercero: del
hecho de que este espacio del mundo, que a nosotros nos parece tan grande, no
es parte ni todo con respecto al infinito y no puede ser sujeto de una
operación infinita y para ella es un no ente aquello que con nuestra
imbecilidad podemos comprender. Se responde a cierta dificultad, diciendo que
nosotros no postulamos el infinito por la dignidad del espacio sino por la
dignidad de la naturaleza, porque por la misma razón, por la cual esto es,
debe ser cualquier otro que puede ser, cuya potencia no es actualizada por el
ser de éste, como la potencia del ser de Elpino no es actualizada por el acto
del ser de Fracastorio(5) Decimocuarto: del hecho de que, si la
infinita potencia activa(6)
actualiza al ser corporal y dimensional, éste debe ser necesariamente infinito;
de otro modo se atenta contra la naturaleza y la dignidad de quien puede hacer
y de quien puede ser hecho. Decimoquinto: del hecho de que este universo
vulgarmente concebido no se puede decir que comprenda la perfección de todas
las cosas sino como se puede decir que yo comprendo la perfección de todos mis
miembros y cada globo todo lo que hay en él, que es como decir que es rico todo
aquel a quien no le falta nada de lo que tiene. Decimosexto: del hecho
de que de cualquier manera la causa eficiente infinita sería insuficiente sin
el efecto y no podemos entender que tal efecto sea sólo él mismo. A lo cual se
añade que por esto, si fuera o si es, nada se quita de lo que debe haber en
aquello que es verdaderamente efecto, en lo que los teólogos denominan acción
“ad extra” y transeúnte, además de la inmanente(7),
porque es lógico que tanto la una como la otra sean infinitas. Decimoséptimo:
del hecho de que, al decir que el mundo no tiene términos, según nuestro
modo de pensar, se logra la tranquilidad del entendimiento, y con lo contrario
siempre surgen innumerables dificultades e inconvenientes(8) Además, se responde lo que se ha dicho en el
segundo y tercero. Décimo-octavo: del hecho de que, si el mundo es
esférico, tiene figura y límites, y aquel límite que está más allá de este
cuerpo con figura y límites (aunque prefieras llamarlo “nada”) tiene también
figura, de manera que su concavidad está al lado de la convexidad de éste,
porque donde comienza aquella “nada” tuya hay una concavidad que por lo menos
no se diferencia de la superficie convexa de este mundo. Decimonono: se
añade a lo que ha sido dicho en el segundo. Vigésimo: se responde lo que
ha sido dicho en el décimo. En la segunda parte de este diálogo, lo que es
demostrado por la potencia pasiva del universo se muestra por la potencia
activa de la causa eficiente con varias razones, la primera de las cuales se
toma del hecho de que la eficacia divina no debe permanecer ociosa, tanto más
cuando produce efectos fuera de la propia substancia (si es que algo puede
haber fuera de ella) y que no menos ociosa y envidiosa resulta al producir un
efecto finito que al no producir nada. La segunda se toma de la práctica,
porque por lo contrario se quita la razón de la bondad y de la grandeza
divina y de ello no se sigue dificultad alguna contra cualquier ley y contenido
esencial de la teología. La tercera se intercambia con la duodécima de la
primera parte y se aporta la diferencia entre el todo infinito y el totalmente
infinito. La cuarta se saca del hecho de que no menos por no querer que por no
poder la omnipotencia resulta menoscabada por haber hecho al mundo finito y
por ser un agente infinito con respecto a un sujeto finito. La quinta aduce
que, si no hace infinito al mundo, no lo puede hacer(9),
y si no tiene poder para hacerlo infinito, no puede tener fuerza para conservarlo
infinitamente(10) y que, si él en un
aspecto es finito, viene a ser finito en todos los aspectos, porque en él todo
modo es una cosa y toda cosa y modo es uno y el mismo con los demás. La sexta
es equivalente a la décima de la primera parte. Y se trae la causa por la cual
los teólogos defienden lo contrario no sin una conveniente razón, y por la cual
existe amistad entre estos sabios y los sabios filósofos. La séptima se toma de
la exposición del argumento que distingue la potencia activa de las diferentes
acciones y de la disolución de tal argumento. Se muestra además la potencia
intensiva y extensivamente infinita mucho mejor que lo que nunca lo haya hecho
la comunidad de los teólogos. La octava, por el hecho de mostrar que el
movimiento de los mundos infinitos no proviene de un motor extrínseco sino de
la propia alma(11) y que con todo esto
existe un motor infinito. La novena, del hecho de que se muestra cómo el
movimiento infinito se verifica intensivamente en cada uno de los mundos. A lo
cual debe añadirse que, por el hecho de que un móvil al mismo tiempo se mueve y
es movido, éste se puede ver en cualquier punto del círculo que constituye con
el propio centro. Responderemos a esta objeción en otra oportunidad, cuando
nos sea lícito traer a colación más extensamente esta doctrina.
Argumento del
segundo diálogo.
La misma conclusión persigue el segundo
diálogo. Donde, en primer lugar, aporta cuatro argumentos, de los cuales
el primero se basa en el hecho de que todos los atributos de la divinidad son
como cada uno de ellos en particular. El segundo se saca del hecho de
que nuestra imaginación no debe poder extenderse más que la acción divina. El tercero,
de la no diferencia entre el entendimiento y la acción de Dios(12) y del hecho de que éste no entiende
lo infinito menos que lo finito. El cuarto del hecho de que, si la
cualidad corporal tiene una infinita potencia activa, la cualidad, quiero
decir, que nosotros podemos percibir, pues ¿qué sucederá con toda la que hay en
toda la potencia absoluta activa y pasiva? Segundo, lo muestra por el hecho de
que una cosa corpórea no puede ser limitada por una cosa incorpórea, sino por
lo vacío o por lo lleno, y de cualquier manera fuera del mundo hay espacio, el
cual, al fin, no es otra cosa más que materia(13)
y potencia pasiva, en la cual la no envidiosa ni ociosa potencia activa debe
hacerse acto. Y se muestra la inconsistencia del argumento de Aristóteles,
tomado de la imposibilidad de mezclar las dimensiones. Tercero, se enseña la
diferencia que hay entre el mundo y el universo, porque quien llama al universo
“uno infinito” necesariamente distingue entre estos dos nombres. Cuarto, se
aducen las razones contrarias, mediante las cuales se considera finito al
universo. Allí refiere Elpino todas las opiniones de Aristóteles, y Filoteo(14) las va examinando. Aquéllas son
tomadas, unas de la naturaleza de los cuerpos simples, otras de la naturaleza
de los cuerpos compuestos. Y se muestra la inconsistencia de los seis
argumentos basados en la definición de los movimientos que no pueden extenderse
al infinito y en otras proposiciones similares, que carecen de propósito y de
fundamento, como se ve por nuestros argumentos, los cuales harán ver con más
naturalidad la razón de las diferencias y del término del movimiento y, por
cuanto comporta la ocasión y el lugar, demuestran un conocimiento más real del
impulso pesado y liviano, porque con ellos mostramos cómo el cuerpo infinito no
es pesado ni liviano y cómo el cuerpo finito recibe tales diferencias y cómo no.
Y con ello se hace patente la inconsistencia de los argumentos de Aristóteles,
el cual, al argüir contra quienes afirman que el mundo es infinito, supone el
medio y la circunferencia y pretende que en lo finito o en lo infinito, la
tierra ocupe el centro. En conclusión, no hay designio, grande o pequeño, que
haya esgrimido este filósofo para destruir la infinitud del mundo, tanto en el
primer libro de Sobre el cielo y el mundo(15)
cuanto en el tercero Sobre la auscultación física, sobre el cual no se discurra
mucho más de lo suficiente.
Argumento del
tercer diálogo.
En el tercer diálogo se niega en primer término
aquella baja fantasía de la figura, las esferas y la diversidad del cielo y se
afirma que el cielo es uno solo, que hay un espacio general que abarca los
infinitos mundos, aunque no neguemos que hay varios, más aún, infinitos cielos,
tomando esta palabra en otro sentido, por cuanto así como esta tierra tiene su
cielo, que es su región, en la cual se mueve y por la cual anda, así cada una
de las otras innumerables (tierras) Se
explica cómo apareció la fantasía de tales y tantos móviles diferentes y de
tal modo configurados que tengan dos superficies externas y una cavidad
interna, y otras recetas y medicinas que dan náuseas y horror a los mismos que
las ordenan y las ejecutan y a aquellos desdichados que se las tragan. Segundo:
se advierte que el movimiento general y el de los llamados “excéntricos” y
cuantos pueden relacionarse con el llamado firmamento, son todos fantásticos,
que realmente dependen de un movimiento que realiza la tierra con su centro por
la eclíptica y de otras cuatro diferencias de movimiento que realiza alrededor
del centro de la propia masa. De lo cual resulta que el movimiento propio de
cada estrella se basa en la diferencia que se puede verificar subjetivamente en
ella en cuanto se mueve por sí misma a través del campo del espacio. Esta
consideración nos hace comprender que todas las razones del móvil y el
movimiento infinito son vanas y fundadas en la ignorancia del movimiento de
este globo nuestro. Tercero1: se sostiene que no hay estrella que no se
mueva como ésta y otras que, por estar cerca de nosotros, nos dejan conocer por
los sentidos las diferencias locales de sus movimientos, pero que de otra
manera se mueven los soles, que son cuerpos en los cuales predomina el fuego, y
de otra manera las tierras, en las cuales predomina el agua, y, en consecuencia,
se explica de dónde procede la luz que difunden las estrellas, algunas de las
cuales tienen luz propia y otras la reciben de otra parte. Cuarto: se
explica de qué manera cuerpos muy distantes del sol pueden, igual que los más
cercanos, participar del calor, y se rechaza la opinión atribuida a Epicuro,
la cual pretende que un sol es suficiente para el universo infinito(16) y se trae la verdadera diferencia
entre aquellos astros que titilan y los que no. Quinto: se examina la
opinión del Cusano(17) sobre la materia y la habitabilidad de
los mundos y sobre la razón de la luz. Sexto: cómo, aunque algunos de
los cuerpos sean de por sí luminosos y calientes, no por esto el sol ilumina
al sol y la tierra a la misma tierra y el agua al agua misma, no, sino que
siempre la luz procede del astro adecuado, como vemos con los sentidos a todo
el mar iluminado desde lugares elevados, cual los montes, y estando nosotros en
el mar, en el mismo terreno, no lo vemos brillar sino cuando a corta distancia
la luz del sol y de la luna se le oponen. Séptimo: se discurre sobre la
vacuidad de las quintaesencias(18) y se
declara que todos los cuerpos sensibles no son diferentes ni constan de otros
principios próximos y primeros que éstos, que no se mueven de otra manera
tanto recta como circularmente. Allí se trata todo con razones más adaptadas al
sentido común, ya que Fracastorio se adapta al entendimiento de Burquio(19), y se manifiesta claramente que no
hay accidente que se encuentre aquí y no se suponga allá, así como no hay cosa
allá que se vea desde aquí, la cual, si bien se considera, no se vea aquí
desde allá, y consiguientemente, que aquel bello orden y escala de la
naturaleza es un lindo sueño y una farsa de viejas chochas. Octavo: que,
por más que sea cierta la distinción de los elementos, el orden de los mismos
como vulgarmente se establece, no es, en modo alguno, sensible o inteligible, y
según el mismo Aristóteles, los cuatro elementos son igualmente partes o miembros
de este globo, si no queremos decir que el agua lo sobrepasa, por lo cual con
razón los astros son llamados ya agua ya fuego tanto por verdaderos filósofos
naturales como por profetas divinos y poetas, los cuales, en este particular,
no fabulan ni metaforizan sino que dejan fabular y decir tonterías a estos
otros sabihondos. Se entiende así que los mundos son estos cuerpos
heterogéneos, estos animales, estos grandes globos, donde la tierra no es más
pesada que los otros elementos y las partículas todas se mueven y cambian de
lugar y disposición no de otra manera que la sangre y demás humores, espíritus
y partes mínimas, que fluyen, refluyen, entran y salen en nosotros y otros
animales pequeños. A este propósito se trae la comparación por la cual se
halla que la tierra, por el impulso de su masa hacia el centro, no se encuentra
más pesada que otro cuerpo simple que concurre a tal composición y que la
tierra de por sí no es pesada y no sube ni baja y que el agua es la que produce
la unión, la densidad, el espesor y el peso. Noveno: del hecho de que el
famoso orden de los elementos es considerado vano se infiere la razón, de estos
cuerpos sensibles compuestos que, como tantos animales y mundos, están en el
campo espacial que es aire, cielo o vacío. Allí están todos aquellos mundos que
contienen animales y habitantes no menos de los que puede contener éste, habida
cuenta de que no tienen menor capacidad ni una diferente naturaleza. Décimo:
después de ver cómo suelen discutir los adictos pertinaces y los ignorantes
de mala disposición, se pone de manifiesto cómo suelen acabar las más de las
veces las discusiones, aun cuando hay otros tan circunspectos que, sin desconcertarse
en absoluto, con un sarcasmo, con una risita, con cierta modesta malignidad, de
lo que no pueden probar con razones ni son capaces ellos mismos de entender,
con estas artecillas de corteses desprecios quieren no sólo cubrir la
ignorancia, de todas maneras evidente, sino también echarla sobre la espalda
del adversario, porque no vienen a discutir para hallar o buscar la verdad sino
para vencer o para parecer más sabios y más valerosos defensores que el contrario.
Semejantes personas deben ser evitadas por quien no tiene una buena coraza de
paciencia.
Argumento del
cuarto diálogo.
En el siguiente diálogo se explica primero
lo que otras veces se ha dicho: cómo los mundos son infinitos y cómo cada
uno de ellos se mueve y es formado. Segundo, de la misma manera con que en el
segundo diálogo se resolvieron las objeciones contra la infinita masa o
magnitud del universo, después que en el primero con muchos argumentos quedó
establecido el inmenso efecto de la inmensa fuerza y potencia, ahora, después que
en el tercer diálogo se establece la infinita multitud de los mundos, se
resuelven las muchas objeciones de Aristóteles contra ella, aun cuando la
palabra “mundo” tenga un significado en Aristóteles y otro en Demócrito,
Epicuro y demás. La que se basa en el movimiento natural y en el violento, y en
las razones tomadas de uno y otro que son, formuladas por él, pretende que una
tierra se debería mover hacia la otra, y al resolver primero estas dificultades,
se establecen fundamentos de no poca importancia para ver los verdaderos
principios de la filosofía natural. Segundo: se explica que, aun cuando
la superficie de una tierra fuese contigua a la de la otra, no sucedería que
las partes de una se pudiesen mover hacia la otra, entendiendo con ello las
partes heterogéneas y diferentes, no los átomos y los cuerpos simples; de lo
cual se saca enseñanza para considerar mejor la naturaleza de lo pesado y de lo
liviano. Tercero: por qué motivo estos grandes cuerpos hayan sido
colocados por la naturaleza a, tan gran distancia y no estén más cerca los unos
de los otros de manera que desde uno se pudiera ir hasta el otro, y, en
consecuencia, para quien profundamente observa, se da razón de por qué no debe
haber mundos en la circunferencia del éter o cerca de un vacío tal en el que no
haya potencia, fuerza y operación, porque desde un lado no podrían recibir vida
y luz. Cuarto: cómo la distancia local cambia la naturaleza del cuerpo
y cómo no, y por qué puede suceder que, al situarse una piedra a igual
distancia de dos tierras, o permanezca quieta o decida moverse hacia la una
más bien que hacia la otra. Quinto: cuánto se engaña Aristóteles al
pensar que en los cuerpos, aunque estén distantes, hay un impulso de peso o de
ligereza del uno hacia el otro, y de dónde procede el deseo de mantenerse en el
ser presente, aunque sea innoble, que tienen las cosas(20), el cual deseo es causa de la fuga y
de la persecución. Sexto: que el movimiento recto no conviene ni puede
ser natural en la tierra o en otros cuerpos principales sino en las partes de
dichos cuerpos que hacia ellos, desde cualquier lugar diferente, si no está muy
alejado, se mueven. Séptimo: de los cometas se toma el argumento
siguiente, que no es verdad que lo pesado, aunque esté lejos, tenga un impulso
o movimiento hacia su continente. La cual razón corre no por los verdaderos
principios físicos sino gracias a las suposiciones de la filosofía de
Aristóteles, que los forma e integra con partes que son vapores y exhalaciones
de la tierra. Octavo: a propósito de otro argumento se muestra cómo los
cuerpos simples, que son de la misma especie en otros innumerables mundos, se
mueven igualmente, y de qué manera la diversidad numérica establece diversidad
local y cada parte tiene su medio y se relaciona con el medio común del todo,
el cual medio no debe ser buscado en el universo. Noveno: se establece
que los cuerpos y las partes de los mismos no tienen un determinado arriba y
abajo, sino en cuanto el lugar de la reunión está aquí o allí. Décimo: cómo
el movimiento es infinito y cuál móvil tiende al infinito y a infinitas
combinaciones, y que no por eso se infiere peso o ligereza con velocidad
infinita, y que el movimiento de las partes próximas, en cuanto conservan, su
ser, no puede ser infinito, y que el impulso de las partes hacia su continente
no puede darse sino debajo de la región de éste.
Argumento del
quinto diálogo.
Al principio del quinto diálogo se presenta
un hombre dotado de un más feliz ingenio, el cual, aunque nutrido por la
doctrina contraria, por tener la capacidad de juzgar sobre aquello que ha oído
y visto, puede diferenciar entre una enseñanza y la otra y con facilidad se
acomoda y corrige(21) Se dice que hay gente a quien Aristóteles le
parece un milagro de la naturaleza, habida cuenta de que quienes lo entienden
mal y tienen una pobre inteligencia, tienen una gran opinión de él. Por eso
debemos compadecer a semejantes individuos y huir sus discusiones, por cuanto
con ellos se lleva siempre las de perder. Aquí Albertino, nuevo interlocutor,
aporta doce argumentos en los cuales se cifra toda convicción que contradice la
pluralidad y muchedumbre de los mundos. El primero se toma del hecho de
que fuera del mundo no se concibe lugar, tiempo, vacío, cuerpo simple o
compuesto. El segundo, de la unidad del motor. El tercero, de los
lugares de los cuerpos móviles. El cuarto, de la distancia de los
horizontes en relación con el medio. El quinto, de la contigüidad de
varios mundos orbiculares. El sexto, de los espacios triangulares que
causan así su contacto. El séptimo, del infinito en acto, que no existe,
y que a partir de un determinado número no resulta más razonable que el otro.
Del cual argumento podemos no sólo igualmente sino con gran ventaja inferir que
por esto el número no debe ser determinado sino infinito. El octavo, de
la determinación de las cosas naturales y de la potencia pasiva de las cosas,
la cual no corresponde a la eficacia divina y a la potencia activa. Pero aquí
hay que considerar que es cosa muy impropia que el primero y el más alto sea
semejante a uno que tiene la capacidad de tocar la cítara y que por un defecto
de la misma no toca, o sea, a uno que puede hacer pero no hace, porque aquella
cosa que puede hacer no puede ser hecha por él. Lo cual presenta una más que
clara contradicción, que no puede ser desconocida, sino por aquellos que nada
conocen. El noveno, de la bondad social que se cifra en el trato mutuo.
El décimo, del hecho de que de la contigüidad de un mundo respecto al
otro se sigue que el movimiento del uno impide el movimiento del otro. El
undécimo, del hecho de que si este mundo es acabado y perfecto, no es
preciso que otro y otros se le añada o añadan. Estas son aquellas dudas y
razones en cuya solución se cifra tanta doctrina como es suficiente de por sí
para sacar a luz los íntimos y radicales errores de la filosofía vulgar y el
peso e importancia de la nuestra. He aquí la razón por la cual no debemos temer
que algo se separe, que algún objeto particular se pierda o realmente se
evapore o se disperse en un vacío que lo despedace en la aniquilación. He aquí
la razón del cambio sucesivo del todo, para el cual no hay tosa mala de la cual
no se libere ni cosa buena a la cual no arribe, al par que, a través del
infinito campo y de la infinita mutación, toda la substancia permanece idéntica
y una.
Gracias a esta contemplación, si estamos
atentos, ningún acontecimiento extraño nos sorprenderá por aflicción o por
temor y ningún hecho fortuito por placer o por esperanza nos exaltará. Con ello
encontraremos el verdadero camino de la moralidad verdadera, seremos
magnánimos, despreciadores de aquello que aprecian los pensamientos pueriles y
llegaremos a ser ciertamente más grandes que aquellos dioses que el ciego
vulgo adora, porque nos convertiremos en verdaderos contempladores de la
historia de la naturaleza, la cual en nosotros mismos está escrita, y en
regulados ejecutores de las divinas leyes, que están esculpidas en el centro de
nuestro corazón(22) Sabremos que no es distinto volar de aquí al
cielo que del cielo a aquí, que no es distinto subir de aquí hasta allí que de
allí hasta aquí y que no es distinto bajar de uno a otro término. Nosotros no
estamos en la circunferencia de ellos más de lo que ellos están en la nuestra;
ellos no son para nosotros el centro más de lo que nosotros lo somos para
ellos; nosotros pisamos nuestra estrella y somos abarcados por nuestro cielo
no de otro modo que ellos por el de ellos. Fíenos aquí, pues, exentos de
envidia, henos aquí libres de ansia vana y de loca preocupación por codiciar lejos
aquel bien tan grande que poseemos cerca y junto a nosotros. Henos aquí, libres
del mayor temor de que ellos caigan, sobre nosotros más que confiados en la
esperanza de que nosotros caigamos sobre ellos, porque así el aire infinito
sostiene a este globo igual que a aquellos y así este animal libre anda por su
espacio y ocupa su región como cada uno de aquellos la suya. Una vez que
hayamos considerado y comprendido esto, ¡oh, con cuánta mayor consideración y
comprensión nos comportaremos! De ahí que, por medio de esta ciencia
obtengamos en verdad aquel bien que, a través de las otras, inútilmente se
busca. Esta es la filosofía que abre los sentidos, satisface el espíritu,
engrandece el entendimiento y conduce al hombre a la verdadera felicidad que
puede lograr como hombre, que consiste en ésta y una similar combinación,
porque lo libera de la afanosa búsqueda de los placeres y del ciego sentimiento
de los dolores, lo hace gozar del ser presente y no temer el futuro más de lo
que en él confía, porque la providencia, el hado o la suerte, que dispone las
vicisitudes de nuestro ser particular, no quiere ni permite que sepamos del uno
más de lo que ignoramos del otro, dejándonos dudosos y perplejos ante la
primera impresión y el primer contacto. Pero, cuando consideremos más
profundamente el ser y la substancia de aquel en el cual somos inmutables,
hallaremos que no existe la muerte no sólo para nosotros sino para ninguna
substancia, ya que nada disminuye substancialmente sino que todo, marchando a
través del espacio infinito, cambia de rostro. Y, puesto que todos estamos
sujetos a la mejor causa eficiente, no debemos creer, pensar y esperar otra
cosa sino que, así como todo procede de lo bueno, así todo es bueno, a través
de lo bueno y hacia lo bueno; del bien, por el bien y hacia el bien(23).
No cree lo contrario sino quien no conoce otra cosa más que el ser
presente, así como la belleza de un edificio no se manifiesta a quien percibe
una mínima parte del mismo, cual una piedra, un cemento pegado, una media
pared, sino sobre todo a quien puede ver el todo y tiene la facultad de
comparar las partes entre sí. No temamos que aquello que ha sido acumulado en
este mundo se disperse fuera de esta tumba o cúpula del cielo o sea sacudido y
vuele como polvo fuera de este manto de estrellas por el arrebato de algún
espíritu errante o por el enojo de algún Júpiter fulmíneo, y que la naturaleza
pueda llegar a vaciarse de su substancia, no de otra manera que a la vista de
nuestros ojos aquel aire que se hallaba incluido en la concavidad de una
burbuja se pierde, porque conocemos un mundo en el cual siempre una cosa
sucede a otra cosa sin que haya un fondo último, desde donde, como por mano de
un artesano, salgan irreparablemente hacia la nada. No hay confines, términos, límites
o murallas que nos roben y sustraigan la infinita cantidad de las cosas. De
allí que la tierra y su mar sean fecundos; de allí que el brillo del sol sea
perpetuo y suministre eternamente alimento a los voraces fuegos y líquido a
los disminuidos mares, porque del infinito vuelven a nacer siempre nuevas cantidades
de materia. De manera que mejor lo entendieron Demócrito y Epicuro, quienes
pretenden que todo se renueva y se recompone al infinito(24), que quien se esfuerza por salvar la
permanencia del universo eterno, para que el mismo número suceda siempre al
mismo número y las mismas partes se transformen siempre en las mismas. Poned,
pues, remedio, señores astrónomos, junto con vuestros seguidores los físicos,
a aquellos círculos vuestros que describen las imaginarias nueve esferas
móviles, con los cuales llegáis a aprisionar vuestro cerebro, de manera que no
me parecéis sino papagayos en la jaula, cuando os veo andar a saltos, errantes,
dando vueltas y girando dentro de aquellos. Sabemos que un tan grande
emperador no tiene trono tan angosto, solio tan pobre, tribunal tan estrecho,
corte tan poco numerosa, efigie tan pequeña y débil como para que un fantasma
los engendre, un sueño los quebrante, una locura los preserve, una quimera los
destruya, una calamidad los disminuya, un delito los borre y un pensamiento los
restablezca; como para que con un soplo se llene y con una bocanada se vacíe;
sino que es un retrato grandísimo, una admirable imagen, una figura excelsa,
un altísimo vestigio, una infinita representación de un infinito representado
y un espectáculo apropiado para la excelencia y la eminencia de quien no puede
ser entendido, comprendido o aprendido. Se magnifica así la excelencia de Dios
y se manifiesta la grandeza de su imperio; no se glorifica en uno sino en
innumerables soles, no en una tierra y un mundo sino en un millón, quiero
decir, en infinitos. De manera que no resulta inútil esta potencia del
entendimiento, que quiere y puede siempre añadir espacio al espacio, masa a la
masa, unidad a la unidad, número al número, por medio de aquella ciencia que
nos libera de las cadenas de un imperio angostísimo y nos eleva a la libertad
de uno augustísimo(25),
que nos lleva desde la pobreza y estrechez susodichas hasta las innumerables
riquezas de un espacio tan extenso, de un campo tan digno, de tantos mundos
cultísimos, y no hace que el círculo del horizonte, falsamente fijado por el
ojo en la tierra e imaginado por la fantasía en el espacioso éter, pueda
aprisionar al espíritu bajo la vigilancia de un Plutón y el arbitrio de un
Júpiter. Estamos exentos del cuidado de un propietario tan rico que resulta
después un dispensador tan parco, sórdido y avaro, y de la alimentación de una
naturaleza tan fértil y omnifecundante que luego viene a ser una tan mezquina
y miserable parturienta. Otros muchos son los dignos y honrados frutos que se
recogen de estos árboles, otras las mieses preciosas y codiciables que se
pueden cosechar de esta semilla esparcida. Las mismas, para no tentar más
pesadamente la envidia ciega de nuestros adversarios, no las traemos a
colación sino que las dejamos a la comprensión y el juicio de quienes pueden
comprender y juzgar. Ellos podrán fácilmente, una vez colocados estos
fundamentos, edificar por sí mismos encima el entero edificio de nuestra
filosofía, cuyos miembros, si así pluguiere a quien nos gobierna y mueve y si
la empresa comenzada no fuere interrumpida, hemos de reducir a la tan deseada
perfección, a fin de que aquello que fue sembrado en los diálogos Sobre la
causa, el principio y el uno(26),
por medio de otros germine, por medio de otros crezca, por medio de otros
madure, por medio de otros, a través de una extraña cosecha, enseñe y, en
cuanto es posible, satisfaga, mientras (habiéndolo desembarazado de algarrobas,
de espinos y de las recogidas cizañas) tratamos de llenar el almacén de los
estudiosos ingenios con el mejor trigo que pueda producir un terreno por
nosotros cultivado. Mientras tanto, aunque estoy seguro de que no hay necesidad
de recomendároslo, no dejaré, sin embargo, para cumplir una parte de mi deber,
de procurar que os sea verdaderamente recomendado que no entretengáis a alguno
de vuestros familiares como a hombre de quien tenéis necesidad sino como a
persona que tiene necesidad de vos por tantos y tantos motivos que veis, considerando
que, por haber tenido junto a vos a tantos que os sirven, no sois diferente de
los plebeyos, banqueros y mercaderes, pero que, por haber merecido que de
algún modo sea elevado, defendido y ayudado por vos, sois, como siempre os
habéis mostrado y sido, igual a los príncipes magnánimos, héroes y dioses, los
cuales han dispuesto a seres semejantes a vos para que defiendan a sus amigos.
Y os recuerdo lo que sé que no es preciso recordaros: que no podréis al fin
ser tan estimado por el mundo y premiado por Dios por ser amado y respetado por
los príncipes de la tierra, no importa cuan grandes sean, como por amar,
defender y mantener a una de semejantes personas. Porque no hay nada de cuanto
aquellos que son superiores a vos por su fortuna os puedan hacer a vos,
superior a muchos de ellos por la virtud, que pueda durar más que vuestras
paredes y tapicerías; pero vos podéis hacer a otros algo que fácilmente será
escrito en el libro de la eternidad, ya sea el que se ve en la tierra, ya el
otro que se cree en el cielo, habida cuenta de que cuanto recibís de los demás
es testimonio de la virtud ajena, pero lo que
hacéis a los demás es signo e indicio expreso de la vuestra –Salud–.
Mi solitario
viaje a aquellos sitios
a los que ya
volviste tu alta mente,
se eleva al
infinito, pues preciso
es que el objeto
iguale industrias y artes(27)
Renace allá; allá
arriba tus hermosos
polluelos cría, ya que el cruel destino
su curso entero
ha dirigido contra
la empresa de la cual solía sacarte.
Vete a mi casa,
que más noble asilo
brindarte quiero;
un dios tendrás por guía
que aquel que
nada ve lo llama ciego.
Que el cielo te
libere y te sea dulce
toda deidad de
este gran arquitecto;
y no vuelvas a
mí, pues no eres mío(28)
Salido de prisión
estrecha y negra,
donde me ató el error por tantos años,
dejo aquí la
cadena que me impuso
la mano hostil de mi enemiga fiera.
Hundirme en noche
lóbrega y sombría
ya no podrá, porque quien ha vencido
al gran Pitón(29) y con su sangre
el agua tiñó del
mar, redujo a mi Megera.
A ti me vuelvo y
clamo, voz sagrada;
gracias te doy,
mi sol, mi luz divina;
mi corazón te
ofrendo, excelsa mano,
que me sacaste de
aquel garfio horrendo,
que me guiaste
hacia mejor morada,
que mi turbado corazón
sanaste.
¿Y quién me
alivia, el corazón calienta,
no me deja temer
destino o muerte?
¿Quién rompió las
cadenas y las puertas
que muy pocos
trasponen, hacia afuera?
La edad, los
años, meses, días y horas,
hijas y armas del
tiempo y esa corte a
quien ni hierro
ni diamante pueden,
de su furor a
salvo me han situado.
Por eso, las
seguras alas tiendo
sin temer choque
de cristal o vidrio,
mas hiendo el
cielo y subo al infinito.
Y mientras de mi
globo saco a otros
y por el campo
etéreo más penetro
lo que otros ven
de lejos, atrás dejo(30)
DIÁLOGO
PRIMERO
elpino – ¿Cómo es posible que el universo sea infinito?
filoteo– ¿Cómo es posible que el universo sea finito?
elpino– ¿Pretendéis que es posible demostrar esta infinitud?
filoteo– ¿Pretendéis que es posible demostrar esta finitud?
elpino– ¿Qué extensión es ésta?
filoteo– ¿Qué límite es éste?
fracastorio– Al asunto, al asunto, por favor. Demasiado nos habéis tenido
pendientes de ello.
burquio– Entrad enseguida a algún tipo de argumentación, Filoteo, porque me
he de divertir escuchando esa fábula o fantasía.
fracastorio– Con más modestia, Burquio. ¿Qué dirás si la verdad al fin te
convenciere?
burquio–Aunque esto sea verdad, yo no lo quiero creer, porque no es posible
que este infinito sea entendido por mi cabeza ni digerido por mi estómago, aun
cuando, por así decirlo, quisiera que fuese tal como dice Filoteo, porque si,
por mala suerte, sucediese que yo me cayera de este mundo, encontraría siempre
algún lugar(32) .
elpino.– En verdad, oh Filoteo, si queremos constituir a los sentidos como
jueces o aun concederles la primacía que les corresponde por el hecho de que
todo conocimiento se origina en ellos(33),
nos encontraremos probablemente con que no es fácil hallar un medio para
probar lo que tú sostienes en vez de lo contrario. Pero, si os parece bien,
empezad a hacerme escuchar.
filoteo– No hay sentido que vea el infinito, no hay sentido de quien se
pueda exigir esta conclusión, porque el infinito no puede ser objeto de los
sentidos, y, en consecuencia, quien pretende conocerlo por medio de los
sentidos es semejante a quien quisiera ver con los ojos la substancia y la
esencia, y quien negase por eso la cosa, por cuanto no es sensible o visible,
llegaría a negar la propia substancia y ser. Por eso, debe haber moderación en
eso de pedir testimonio a los sentidos. A esto no hacemos lugar, sino cuando se
trata de cosas sensibles y aún no sin sospecha, si aquellos no intervienen en
el juicio junto con la razón(34) Al intelecto le corresponde juzgar y dar
razón de las cosas ausentes y separadas de nosotros por distancia temporal o
intervalo espacial. Y aquí más que suficiente testimonio tenemos de los
sentidos en el hecho de que éstos no son capaces de afirmar lo contrario y
evidencian además su debilidad e insuficiencia al ocasionar una apariencia de
finitud gracias a su horizonte, con. lo cual se ve también cuan inconstantes
son. Ahora bien, así como por experiencia sabemos que nos engañan en lo que
toca a la superficie de este globo en el cual nos hallamos, mucho más debemos
sospecharlo en lo que respecta al límite que nos hace ver en la concavidad
estelar.
elpino– ¿Para qué nos sirven, pues, los sentidos? Decid.
filoteo– Para excitar la razón solamente, para acusar, para indicar y
testificar en parte, no para testificar en todo ni menos para juzgar o para
condenar. Porque nunca, por más perfectos que sean, carecen de alguna
perturbación. Por lo cual, la verdad proviene de los sentidos, como de un
débil principio, en pequeña parte, pero no está en los sentidos.
ELPiNO– ¿Dónde, pues?
filoteo– En el objeto sensible como en un espejo, en la razón a modo de
argumentación y discurso, en el intelecto a modo de principio o de conclusión,
en la mente en forma propia y viviente.(35)
elpino– Arriba, pues. Haced vuestros razonamientos.
filoteo– Eso haré. Si el mundo es finito y fuera del mundo no hay nada, os
pregunto: ¿Dónde está el mundo? ¿Dónde está el universo? Aristóteles responde:
está en sí mismo. La convexidad del primer cielo es lugar universal, y tal
cielo, como continente primero, no está en otro continente, porque el lugar no
es otra cosa más que superficie y extremidad del cuerpo continente. Por eso, lo
que no tiene cuerpo continente no tiene lugar. Pero, ¿qué quieres decir tú,
Aristóteles, con esto de que “el lugar está en sí mismo”? ¿Qué me das a
entender por “cosa fuera del mundo”? Si dices que no hay nada, el cielo y el
mundo, en verdad, no estarán en parte alguna...
filoteo– ...el mundo será algo que no se encuentra. Si dices(37) (como, en verdad, me parece que de
algún modo quieres decir, para evitar el vacío y la nada) que fuera del mundo
hay un ente intelectual y divino, de modo que Dios venga a ser lugar de todas
las cosas, tú mismo te sentirás muy embarazado para hacernos entender cómo una
cosa incorpórea, inteligible y sin dimensiones, puede ser el lugar de una cosa
con dimensiones.(38) Pues si dices que aquél abarca como una
forma, del mismo modo que el alma abarca al cuerpo, no respondes a la cuestión
del exterior y a la pregunta acerca de lo que se encuentra más allá y fuera del
universo. Y si quieres escaparte diciendo que donde nada hay y donde no hay
cosa alguna no hay tampoco lugar y no hay más allá ni fuera, con esto no me
contentarás, porque esas son palabras y excusas que no pueden entrar en el
pensamiento. Porque es, en efecto, imposible que con algún sentido o alguna
imaginación (aun cuando se pudiesen encontrar otros sentidos y otras
imaginaciones) puedas hacerme afirmar, con verdadera intención, que se halle
tal superficie, tal margen, tal extremidad, fuera de la cual no haya cuerpo o
vacío, aunque allí esté Dios, ya que la divinidad no existe para llenar el
vacío y, por consiguiente, no le corresponde poner término al cuerpo de alguna
manera, pues todo aquello que se dice que “pone término” o es forma exterior o
es cuerpo continente. Y de cualquier modo que quisieras expresarlo, serías
considerado menoscabador de la dignidad de la naturaleza divina y universal.(39)
burquio– Creo, en verdad, que sería necesario decirle a éste que, si uno
extendiese la mano fuera de aquella convexidad, aquélla no vendría a estar en
un lugar, no estaría en parte alguna y, por consiguiente, no tendría ser.
filoteo– Llego a la conclusión de que no hay entendimiento que no conciba
tal afirmación peripatética como una contradicción implícita. Aristóteles ha
definido el lugar no como cuerpo continente, no como cierto espacio, sino como
superficie del cuerpo continente.(40) Pero he aquí que el primero, principal y
máximo lugar es aquel al cual dicha definición menos se aplica (y, de hecho, no
se aplica en absoluto) Se trata de la
superficie convexa del primer cielo, la cual es superficie de un cuerpo, y de
un cuerpo tal que contiene solamente sin ser contenido. Ahora bien, para hacer
que dicha superficie sea un lugar no se exige que lo sea de un cuerpo contenido
sino de un cuerpo continente. Si es superficie de un cuerpo continente y no
está unida a y continuada por un cuerpo contenido, es un lugar sin objeto
ubicado, teniendo en cuenta que al primer cielo no le corresponde ser lugar
sino por su superficie cóncava, que toca a la convexa del segundo. He aquí,
pues, cómo aquella definición resulta vana, confusa y autocontradictoria. A
esta confusión se llega por aceptar aquel desacertado juicio que quiere que
nada se ubique fuera del cielo.
elpino– Dirán los peripatéticos que el primer cielo es cuerpo continente
por la superficie cóncava y no por la convexa, y que, según aquélla, es lugar.
fracastorio– Y yo añado que, entonces, se da una superficie de cuerpo continente
que no es lugar.
filoteo– En suma, para llegar directamente a la cuestión, me parece cosa
ridícula decir que fuera del cielo no hay nada y que el cielo esté en sí mismo,
esté ubicado por accidente y sea lugar por accidente, esto es, por sus partes.
Y entiéndase lo que se quiera en esta locución “por accidente”, no puede evitar
el hacer de un ser dos, porque siempre el continente es diverso del contenido,
y de tal modo diverso que, según él mismo, el continente es incorpóreo y el
contenido es cuerpo, el continente es inmóvil y el contenido es móvil; el
continente matemático y el contenido físico.(41) Pero sea lo que se quiera de aquella
superficie, yo he de preguntar constantemente: ¿Qué hay más allá de ella? Si se
responde que nada hay, yo diré que esto es el vacío, que es la carencia, y un
vacío y una carencia tales que no tienen límite ni término alguno del lado de
allá, pero que están limitados del lado de acá. Y es más difícil imaginar esto
que pensar que el universo es infinito e inmenso. Porque no podemos evitar el
vacío, si queremos establecer un universo finito. Veamos ahora si es lógico que
exista tal espacio en el que nada hay. En dicho espacio infinito se encuentra
este universo (sea por casualidad, por necesidad o por providencia(42), por ahora no me preocupa) Pregunto si este espacio que contiene el
mundo resulta más apto para contener un mundo que otro espacio que esté más
allá.
fracastorio– En verdad, creo que no, porque donde nada hay no hay diferencia
alguna, donde no hay diferencia no hay diversidad de aptitudes, y tal vez donde
no hay cosa alguna ni siquiera hay aptitud alguna.
ELPINO– Ni tampoco incapacidad alguna. Y, de
las dos, más bien aquélla que ésta.
filoteo– Bien decís. Así yo sostengo que, como el vacío y la carencia (que
se instituye necesariamente con esta peripatética opinión) no tiene aptitud
alguna para recibir, mucho menos debe tenerla para rechazar el mundo. Pero de
estas dos aptitudes vemos que una está en acto y la otra no la podemos ver en
realidad sino con el ojo de la razón. Así como en este espacio, igual a la
extensión del mundo (el cual es llamado “materia” por los platónicos)(43), está, pues, este mundo, así puede
haber otro en aquel espacio y en otros innumerables espacios que están más
allá de éste y son iguales a éste.
fracastorio– Por cierto, más seguramente podemos juzgar por analogía con lo que
vemos y conocemos que por oposición a lo que vemos y conocemos. Por lo cual,
como por nuestro ver y experimentar el universo no tiene límite ni termina en
el vacío y la carencia, y de ello no hay noticia alguna, razonablemente
debemos concluir esto, porque, aun cuando todas las otras razones fueran
iguales, vemos que la experiencia es contraria al vacío y no al lleno. Si
sostenemos esto, quedaremos siempre a salvo, pero si afirmamos otra cosa, no
escaparemos con facilidad a mil acusaciones e inconvenientes. Seguid,
Filoteo.
filoteo– Por tanto, de parte del espacio infinito sabemos con certeza que
existe aptitud para recibir cuerpos y no sabemos lo contrario. De todas maneras
me bastará retener que dicha aptitud no le repugna, al menos por el siguiente
motivo: que allí donde nada hay, nada produce perjuicio. Queda ahora por ver
si es lógico que todo el espacio esté lleno o no. Y aquí, si consideramos tanto
lo que puede ser como lo que puede hacer, encontraremos siempre no sólo
razonable sino también necesario que así sea. Para que esto se haga claro, os
pregunto si está bien que este mundo exista.
elpino– Muy bien.
filoteo– Por tanto, está bien que este espacio, que es igual a la dimensión
del mundo (a éste quiero llamarlo “vacío”, semejante y no diferente del espacio,
al que tú llamarías “nada”, más allá de la convexitud del primer cielo), esté
tan lleno.
elpino– Así es.
filoteo– Te pregunto además: ¿Crees tú que, así como en este espacio se
encuentra esta máquina llamada mundo, la misma habría podido o podría estar en
otro espacio de este vacío?
elpino– Diré que sí, aunque no veo cómo en la nada y el vacío podemos
establecer diferencia entre uno y otro.
fracastorio– Estoy seguro de que lo ves, pero no te atreves a afirmarlo, porque
adviertes adonde te quiere llevar.
elpino– Afirmadlo, pues, seguramente, porque es necesario decir y pensar
que este mundo está en un espacio, el cual, si el mundo no existiese, no sería
diferente de aquel que se halla más allá de vuestro primer móvil.
fracastorio– Seguid.
filoteo– Por tanto, así como este espacio puede y ha podido y es
necesariamente perfecto para contener este cuerpo universal, como tú dices, no
menos puede y ha podido ser perfecto todo otro espacio.
elpino– Lo concedo. ¿Y con eso qué? Puede ser, puede tener: ¿Por tanto, es?
¿Por tanto, tiene?
filoteo– Yo haré que, si tú quieres libremente confesarlo, digas que puede
ser y que debe ser y que es. Porque así como estaría mal que este espacio no
estuviera lleno, o sea, que este mundo no existiese, igualmente, por la no
diferencia, está mal que todo el espacio no esté lleno(44) y, por consiguiente, el universo
será de extensión infinita y los mundos serán innumerables.
elpino– ¿Por qué causa deben ser tantos y no basta uno?
filoteo– Porque si es un mal que este mundo no exista o que no se dé este
lleno, lo es con respecto a este espacio o a otro espacio igual a éste.(45)
elpino– Yo digo que es un mal respecto a lo que existe en este espacio, lo
cual de no diferente modo, se podría hallar en otro espacio igual a éste.
filoteo– Esto, si bien lo miras, se reduce todo a una sola cosa, porque la
bondad de este ser corpóreo, que está en este espacio, o podría estar en otro
igual a éste, concierne y se refiere a aquella natural bondad y perfección que
puede existir en un espacio tal y tan grande como éste o en otro igual a éste,
y no a aquella que puede existir en otros innumerables espacios, semejantes a
éste. Tanto más que si hay razón para que exista un bien finito y una perfección
limitada, muchísima más razón habrá para que exista un bien infinito, porque
cuando el bien infinito existe por lógica y razón, el infinito existe por
absoluta necesidad.
elpino– El bien infinito ciertamente existe, pero es incorpóreo.
filoteo.– En esto, en lo que toca al infinito incorpóreo, estamos de
acuerdo. Pero ¿qué impide que sean sumamente lógicos el bien, el ente, y el
infinito corpóreos? O ¿por qué repugna que el infinito, implicado en el
simplicísimo e indiviso primer principio, llegue a desplegarse en esta imagen
suya infinita y sin límites, muy capaz de contener innumerables mundos, más
bien que dentro de tan angostos límites, de manera que parezca injuria no
pensar que este cuerpo, que a nosotros se nos aparece como vasto y grandísimo,
en comparación con la divina presencia no sea más que un punto; más aún, una
nada?
elpino– Así como la grandeza de Dios no consiste de ninguna manera en su
dimensión corporal (prescindo de que el mundo no le agrega nada), así no
debemos pensar que la grandeza de su efigie consista en la mayor o menor
magnitud de sus dimensiones.
filoteo– Bastante bien os explicáis, pero no respondéis al nervio de la
argumentación, porque yo no postulo un espacio infinito ni la naturaleza tiene
un espacio infinito por la dignidad de la dimensión o de la mole corpórea sino
por la dignidad de las naturalezas o especies corpóreas, ya que la excelencia
infinita se presenta incomparablemente mejor en los individuos innumerables
que en los numerables y limitados. Sin embargo, es preciso que de un
inaccesible rostro divino haya una efigie infinita, en la cual, como infinitos
miembros, se encuentren luego mundos innumerables, como son aquellos. Y a causa
de los innumerables grados de perfección que deben explicar en modo corpóreo la
incorpórea excelencia divina, deben existir innumerables individuos, que son
estos grandes animales(46) (de
los cuales uno es esta tierra, divina madre que nos ha engendrado y nos
alimenta y que más tarde nos volverá a acoger), y para contener a estos
innumerables se necesita un espacio infinito. Por consiguiente, así como ha
podido y puede existir y es bueno que exista éste, no es menos bueno que
existan, como pueden, existir, innumerables mundos semejantes a éste.
elpino– Diremos que este mundo finito, con estos astros finitos, comprende
la perfección de todas las cosas.
filoteo– Podéis decirlo, pero no ya probarlo, porque el mundo que está en
este espacio finito, comprende la perfección de todas aquellas cosas finitas
que están en este espacio, pero no la de las que pueden existir en otros
espacios innumerables.
fracastorio– Detengámonos, por favor, y no obremos como los sofistas, que
discuten para vencer y, mientras tienen en vista su palma, se impiden a sí
mismos e impiden a los demás comprender la verdad. Yo no creo, por cierto, que
haya un malvado tan pertinaz que quiera todavía negar que a causa del espacio
que puede comprender infinitas cosas y a causa de la bondad individual y
numérica de los infinitos mundos que pueden ser comprendidos no menos que este
único que conocemos nosotros, cada uno de éstos tenga una razón suficiente para
existir. Porque un espacio infinito tiene una infinita aptitud y en aquella
infinita aptitud se alaba un infinito acto de existencia por el cual el infinito
eficiente no es considerado deficiente(47)
y por el cual la aptitud no resulta vana. Conténtate, pues, Elpino, con
escuchar otros argumentos, si otros necesita Filoteo.
elpino– Yo bien veo, a decir verdad, que considerar al mundo o, como vos
decís, al universo, sin límite, no comporta inconveniente alguno y nos viene a
librar de innumerables dificultades en que nos vemos envueltos cuando
sostenemos lo contrario. Reconozco, en particular, que con los peripatéticos a
veces es necesario decir cosas que en nuestro intelecto no tienen fundamento
alguno, como, después de haber negado el vacío, tanto fuera como dentro del
universo, querer contestar, sin embargo, a la pregunta que inquiere por el
dónde del universo, y decir que éste está en sus partes, en vez de decir que
no está en lugar alguno, esto es, “en ninguna parte”, “en ningún sitio”.(48)
Pero no se puede negar que de esa manera es necesario decir que las
partes se encuentran en algún lugar y que el universo no está en lugar o
espacio alguno, lo cual, como cualquiera ve, no puede estar fundado sobre
intelección alguna, sino que significa expresamente una fuga pertinaz, a fin
de no confesar la verdad, admitiendo que el mundo y el universo es infinito o
admitiendo que es infinito el espacio; posiciones ambas de las cuales se sigue
doble confusión para quien las sostiene. , Afirmo, pues, que si el todo es
cuerpo, y cuerpo esférico, y, por consiguiente, con figura y límites, es
preciso que esté limitado en el espacio infinito, y si queremos sostener que
en, éste no hay nada, es preciso conceder que es el verdadero vacío, el cual,
si existe, no hay menos razón para que exista en todo que en esta parte que
aquí vemos, la cual contiene este mundo, y si no existe, debe existir lo lleno
y, por consiguiente, el universo infinito. Y decir que el mundo está “en algún
sitio”, después de haber afirmado que fuera de él nada hay, y que está en. sus
partes, no es menos carente de sentido que decir: “Elpino está en algún sitio”(49), porque su mano está en su brazo, su
ojo en su cara, su pie en su pierna y su cabeza en su busto. Pero, para llegar
a la conclusión y no comportarme como un sofista, insistiendo en dificultades
aparentes y gastando el tiempo en chanzas, afirmo lo que no puedo negar: a
saber, que en el espacio infinito podrían existir infinitos mundos semejantes a
éste o que este universo podría extender su capacidad y aptitud de abrazar
muchos cuerpos como estos que llamamos astros, y hasta que (sean estos mundos
semejantes o desemejantes) sería tan bueno que existiese el uno como el otro,
porque el ser del uno no tiene menos razón que el del otro y el ser de muchos
no menos que el de uno y otro, y el ser de infinitos que el de muchos. Por lo
cual, así como sería un mal la abolición y el no ser de este mundo, así no
sería bueno el no ser de otros innumerables.
fracastorio– Muy bien os explicáis y demostráis comprender bien los argumentos y
no ser sofista, ya que aceptáis lo que no se puede negar.
elpino– Quisiera, sin embargo, escuchar lo que resta del razonamiento sobre
el principio y la causa eficiente eterna: si a ella le corresponde este efecto,
de tal manera infinito, y si, por tanto, de hecho este efecto existe.
filoteo– Esto es lo que yo debía agregar. Porque, después de haber dicho que
el universo debe ser infinito por la capacidad y aptitud del espacio infinito y
por la posibilidad y necesidad del ser de innumerables mundos como éste, falta
ahora probarlo, ya por las circunstancias de la causa eficiente que debe
haberlo producido así, o, por mejor decir, producirlo siempre así, ya por la
naturaleza de nuestro modo de pensar. Argumentar que el espacio infinito es
semejante a este que vemos resulta más fácil que argumentar que es semejante a
lo que no vemos, con un ejemplo, con una semejanza, con una comparación o, en
fin, con una fantasía que, al fin, se destruirá a sí misma. Ahora bien, para
empezar: ¿Por qué queremos o podemos pensar que la eficacia divina permanece
ociosa? ¿Por qué pretendemos decir que la divina bondad, la cual se puede comunicar
a infinitas cosas y se puede difundir infinitamente, quiere ser escasa y
reducirse a nada, dado qué toda cosa finita es nada con respecto al infinito?
¿Por qué queréis que aquel centro de la divinidad, que puede extenderse infinitamente
en una esfera (si así pudiera decirse) infinita, como envidioso(50), permanezca estéril, antes que,
como padre fecundo, honorable y bello, se torne comunicable(51); que desee comunicarse
deficientemente o, por mejor decir, no comunicarse, antes que hacerlo según la
medida de su glorioso poder y ser? ¿Por qué debe ser frustrada la capacidad
infinita, defraudada la posibilidad de infinitos mundos que pueden existir,
perjudicada, la excelencia de la imagen divina que debería resplandecer más en
un espejo ilimitado y, según su modo de ser infinito, en un espejo inmenso?
¿Por qué debemos afirmar esto que, una vez establecido, trae consigo tantos
inconvenientes y que, sin favorecer en modo alguno las leyes, la religión, la
fe o la moralidad, destruye tantos principios de la filosofía? ¿Cómo quieres tú
que Dios sea determinado, ya en cuanto al poder, ya en cuanto a la operación,
ya en cuanto al efecto (que en él son la misma cosa), y que sea límite de la
convexidad de una esfera y no, más bien, como puede decirse, límite sin límite
de una cosa ilimitada? Límite, digo, sin límite, por ser diferente la infinitud
del uno de la infinitud del otro, ya que él es todo el infinito, concentrada y
totalmente, mientras que el universo es todo en todo (si es que de algún modo
se puede hablar de totalidad donde no hay parte ni fin), desplegada y no
totalmente(52) por lo cual uno
desempeña el papel de límite, el otro de limitado, no por una diferencia entre
finito e infinito, sino porque uno es infinito y el otro es definiente, por el
hecho de que existe entero y totalmente en. todo aquello que, aun cuando sea
todo infinito, no es, sin embargo, totalmente infinito, ya que tal cosa repugna
a la infinitud dimensional.
elpino– Yo desearía entender esto mejor. Os agradecería, pues, que explicarais
un poco aquello de ser todo en todo totalmente y todo en todo el infinito y
totalmente infinito.
filoteo– Llamo al universo “todo infinito” porque no tiene borde, término o
superficie; digo que el universo no es totalmente infinito porque cada parte
que de él podemos considerar es finita, y de los innumerables mundos que
contiene, cada uno es finito. Llamo a Dios “todo infinito” porque excluye de
sí todo término y cada uno de sus atributos es único e infinito, y llamo a Dios
“totalmente infinito” porque El, todo entero, está en todo el mundo y está
infinita y totalmente en cada una de sus partes, al contrario de la infinitud
del universo, la cual está totalmente en todo y no en las partes (si es que, al
referirnos al infinito, se puede hablar de partes) que podemos incluir en
aquél.(53)
elpino– Entiendo. Seguid, pues, con vuestra exposición.
filoteo– Por todas las razones, pues, por las cuales se dice que este
mundo es conveniente, bueno y necesario, cuando se lo considera finito, debe
decirse también que son convenientes y buenos todos los otros innumerables
mundos a los que, por la misma razón, la omnipotencia no les envidia el ser, y
sin los cuales ésta, o por no querer o por no poder, vendría a ser objeto de
blasfemia por dejar un espacio vacío o, si no quieres decir vacío, un espacio
infinito. Con eso no solamente se sustraería al ente infinita perfección sino
también infinita majestad actual a la causa eficiente en las cosas hechas
(cuando son hechas) o dependientes (cuando son eternas) ¿Qué motivo hay para creer que el agente que
puede hacer un bien infinito lo hace finito? Y si lo hace finito ¿por qué hemos
de creer que puede hacerlo infinito, siendo en él el poder y el hacer una sola
cosa? Porque es inmutable, no hay contingencia en su acción ni en su eficacia
sino que de cierta y determinada eficacia depende invariablemente un cierto y
determinado efecto, por lo cual él no puede ser diverso de lo que es, no puede
ser como no es, no puede poder otra cosa más que lo que puede, no puede querer
otra cosa sino lo que quiere y necesariamente no puede hacer otra cosa más que
lo que hace, habida cuenta de que el tener una potencia distinta del acto es
propio únicamente de las cosas mudables.(54)
fracastorio– Por cierto que no es sujeto de posibilidad o de potencia aquello
que nunca existió, no existe y nunca existirá. Y en verdad, si el primer agente
no puede querer otra cosa más que lo que quiere, no puede hacer otra cosa más
que lo que hace. Yo no comprendo qué quieren decir algunos cuando hablan de la
potencia activa infinita a la que no corresponde una potencia pasiva infinita,
y dicen que aquel que puede hacer innumerables mundos en lo infinito e inmenso
hace uno solo y finito, siendo su acción necesaria en cuanto procede de una
voluntad tal que, por ser inmutabilísima, más aún, la inmutabilidad misma, es
también la misma necesidad; por lo cual resultan, de hecho, la misma cosa
libertad, voluntad y necesidad, y además el hacer y el querer, el poder y el
ser.
filoteo– Os mostráis de acuerdo y muy bien os expresáis. Por tanto, resulta
necesaria una de estas dos cosas: o que la causa eficiente, pudiendo depender
de ella el efecto infinito, sea reconocida como causa y principio de un
universo inmenso, que contiene innumerables mundos (y de esto no se sigue
inconveniente alguno, sino, por el contrario, todas ventajas, tanto para la
ciencia como para la ley y la fe) o que, dependiendo de ella un universo
finito, con estos mundos (que son los astros) en número limitado, se le
reconozca una potencia activa finita y determinada, ya que, según es el acto,
tal es la voluntad y tal la potencia.
fracastorio– Yo completo y ordeno un par de silogismos de la siguiente manera:
El primer eficiente, si quisiese hacer, podría hacer algo distinto de lo que hace;
pero no puede querer hacer algo distinto de lo que quiere hacer; por tanto, no
puede hacer algo distinto de lo que hace. En consecuencia, quien considera que
el objeto es finito, considera que es finita la operación y la potencia. Además
(lo que viene a ser igual): el primer eficiente no puede hacer sino aquello que
quiere hacer; no quiere hacer sino aquello que hace; por tanto, no puede hacer
sino aquello que hace. En consecuencia, quien niega el electo infinito, niega
la potencia infinita.
filoteo– Estos silogismos, aunque no son simples, son demostrativos. Sin
embargo, me parece bien que algunos dignos teólogos no los admitan, porque,
considerando próvidamente sus efectos, saben que los pueblos rústicos e
ignorantes con esta necesidad llegan a no poder concebir cómo pueden subsistir
la elección, la dignidad y los méritos de justicia, por lo cual, confiando en
una cierta fatalidad o desesperando de ella, se tornan necesariamente muy malvados.
Así, a veces, algunos corruptores de las leyes, la fe y la religión, queriendo
parecer sabios, han infectado muchos pueblos, convirtiéndolos en más bárbaros y
malvados dé lo que antes eran, en despreciadores del bien obrar y en muy
inclinados a todo vicio y pillería, por las conclusiones que sacan de
semejantes premisas.(55) Pero la opinión contraria no es tan
escandalosa entre los sabios ni atenta en tal grado contra la excelencia divina
como la verdadera resulta perniciosa a la convivencia social y contraria al fin
de las leyes, no por ser verdadera sino por ser mal entendida, tanto por
quienes la explican con mala intención como por quienes no son capaces de
entenderla sin desquiciamiento de las costumbres.
fracastorio– Es verdad. No se ha hallado jamás un filósofo docto y honesto, que
bajo excusa o pretexto alguno haya querido inferir de tal proposición la
necesidad de las acciones humanas y destruir la elección.. Así, entre otros,
Platón y Aristóteles, al afirmar en Dios la necesidad y la inmutabilidad, no
afirman menos la libertad moral y nuestra facultad de elegir, porque saben bien
y pueden comprender cómo son entre sí compatibles esta necesidad y esta
libertad.(56) Sin embargo, algunos entre los verdaderos
padres y pastores del pueblo excluyen tal vez este modo de hablar y otros por
el estilo, para no dar ocasión a malvados y seductores enemigos de la sociedad
y del bien común de sacar molestas conclusiones, abusando de la simpleza e
ignorancia de aquellos que difícilmente pueden comprender la verdad y muy
prontamente se inclinan al mal. A nosotros con facilidad nos permitirán
utilizar las proposiciones verdaderas, de las que no queremos inferir otra cosa
más que la verdad de la naturaleza y de la excelencia de su autor, y que no
proponemos al vulgo sino sólo a los sabios que pueden tener acceso a la comprensión
de nuestros razonamientos. Por este principio se explica que los teólogos no menos
doctos que piadosos jamás hayan obstaculizado la libertad de los filósofos y
que los filósofos verdaderos, dotados de conciencia social y honestidad, hayan
fomentado siempre las religiones, porque unos y otros saben que la fe es
necesaria para la conducta de los pueblos rústicos, que deben ser gobernados,
y las demostraciones para los contemplativos, que saben gobernarse a sí mismos
y a los demás. (57)
elpino– Por lo que toca a esta aclaración se ha dicho ya bastante. Volved
ahora a vuestro raciocinio.
filoteo– Para llegar, pues, a inferir lo que deseamos, digo que, si en el
primer agente existe una potencia infinita, existe también una operación de la
que depende un universo de extensión infinita y mundos en número infinito.
elpino– Lo que decís contiene en sí gran poder de persuasión, si no
contiene la verdad. Pero esto que me parece muy verosímil lo afirmaré como verdadero
si me pudiereis resolver la dificultad que suscita un importantísimo argumento,
por el cual Aristóteles se vio obligado a negar la potencia infinita de Dios
intensivamente, aun cuando la reconociese extensivamente. Allí la razón de su
negación era que, siendo en Dios potencia y acto la misma cosa, por lo cual
puede mover infinitamente, movería infinitamente con infinita fuerza. Y si
esto fuera verdad, el cielo sería movido en un instante, porque si el motor más
fuerte mueve más velozmente, el fortísimo mueve velocísimamente y el infinitamente
fuerte mueve instantáneamente. La razón de la afirmación era que él eterna y
regularmente mueve al primer móvil, según aquella medida y razón con que lo
mueve. Ves, entonces, por qué razón le atribuye infinitud extensiva –aunque no
absoluta– y aun intensiva. Por lo cual, quiero concluir que, así como su
potencia motora infinita está vinculada al acto de mover según una velocidad finita,
así la misma potencia de hacer lo inmenso y lo innumerable está limitada por su
voluntad a lo finito y numerable. Casi lo mismo sostienen algunos teólogos,
quienes, además de reconocer la infinitud extensiva, con la cual perpetúa
sucesivamente el movimiento del universo, exigen también la infinitud
intensiva, con la cual puede hacer innumerables mundos, moverlos y mover en un
instante a cada uno de ellos y a todos ellos juntos, a pesar de lo cual ha
limitado con su voluntad tanto la cantidad, en la multitud de mundos
innumerables, como la calidad en el movimiento intensísimo. Por eso, así como
este movimiento, que procede de una potencia infinita, es concebido, no
obstante, como finito, así fácilmente el número de cuerpos de los mundos podrá
ser considerado limitado.
filoteo– El argumento, en verdad, es más persuasivo e impresionante que
cualquier otro. Sobre él se ha hablado ya bastante en lo que se refiere a la
concepción de la voluntad divina como reguladora, modificadora y limitadora de
la divina potencia. De ello se siguen innumerables inconvenientes, al menos
para la filosofía, sin contar con los principios teológicos, los cuales, con
todo esto, no admitirán que la potencia divina sea mayor que la voluntad o la
bondad divina y, en general, que un atributo convenga a la divinidad con más
razón que otro.
elpino– Pero ¿por qué se expresan entonces de tal manera, si de tal manera
no piensan?
filoteo– Por carencia de términos y de soluciones eficaces.
elpino– Ahora, pues, vos, que tenéis particulares principios con los cuales
afirmáis lo uno (esto es, que la potencia divina es intensiva y extensivamente
infinita y que el acto no es distinto de la potencia, y que, por esto, el
universo es infinito y los mundos son innumerables) y no negáis lo otro (que de
hecho cada uno de los astros u orbes, como quieras llamarlos, es movido en el
tiempo y no en el instante), mostrad con qué términos y con qué soluciones
llegáis a salvar vuestra convicción o a destruir la de los demás, por la cual
creen, en definitiva, lo contrario de lo que vos creéis.
filoteo– Para hallar la solución que buscáis, debéis advertir primero que,
siendo el universo infinito e inmóvil, no es necesario buscar el motor del
movimiento. Segundo, que, siendo infinitos los mundos contenidos en él, como
las tierras, los fuegos y otras clases de cuerpos llamados astros, se mueven
todos por un principio interno, que es la propia alma, como en otro lugar hemos
probado(58), por lo cual es inútil tratar de
investigar su motor extrínseco. Tercero, que estos cuerpos de los mundos se
mueven en la región etérea y no están más fijos o clavados en cuerpo alguno que
lo está esta tierra, la cual es uno de ellos. Sabemos, sin embargo, que ésta,
por su instinto animal intrínseco, gira sobre sí misma de varias maneras y en
torno al sol. Antepuestas semejantes advertencias, de acuerdo con nuestros
principios, no estamos obligados a demostrar un movimiento activo o pasivo que
tenga una fuerza intensivamente infinita, porque el móvil y el motor son
infinitos, y el alma que mueve y el cuerpo que es movido se unen en un sujeto
finito, es decir, en cada uno de dichos astros del mundo. Tanto es así que el
primer principio no mueve sino que, quieto e inmóvil, da el poder de moverse a
infinitos e innumerables mundos(59),
animales grandes y pequeños colocados en la amplísima región del universo,
cada uno de los cuales, según la medida de su propia fuerza, tiene más o menos
movilidad, motividad y otros accidentes.
elpino – Os habéis fortificado mucho, pero no por eso fundís todavía la
máquina de las opiniones contrarias.(60) Estas tienen todas por cosa corriente y
sabida de antemano que el Optimo Máximo mueve al todo. Tú dices que otorga el
poder de moverse a todo lo que se mueve, y que, sin embargo, el movimiento se
produce de acuerdo a la fuerza del motor inmediato. Esta afirmación tuya me
parece, por cierto, que más bien aventaja en racionalidad y no cine sea menos
lógica que las definiciones comunes. Sin. embargo –por aquello que soléis decir(61) acerca del alma del mundo y de la
esencia divina, que está toda en todo, lo llena todo y es más interior a las
cosas que la propia esencia de éstas, porque es la esencia de las esencias, la
vida de las vidas y el alma de las almas– me parece que tanto podemos sostener
que él mueve el todo como afirmar que concede al todo el moverse. Por eso, la
duda antes planteada parece que todavía sigue en pie.
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filoteo– También en esto me será fácil satisfaceros. Digo, pues, que en las cosas hay que considerar, si os parece, dos principios activos de movimiento: uno finito, según la idea del sujeto finito (y éste mueve en el tiempo); el otro infinito, según la idea del alma del mundo, o bien de la divinidad, que es como el alma del alma, pues está toda en todo (y éste mueve en el instante) La tierra tiene, pues, dos movimientos.
Así todos los cuerpos que se mueven tienen
dos principios de movimiento, de los cuales el principio infinito es aquel que
al mismo tiempo mueve y ha movido. Por eso, según este concepto, el cuerpo
móvil es sumamente estático no menos que sumamente móvil. Así aparece en la
presente figura(62), con la que quiero
representar la tierra, la cual es movida en el instante en cuanto tiene un
motor de infinita fuerza. Ella, moviéndose con el centro desde A hacia E, y
volviendo desde E hacia A, supuesto que esto se produce en un instante, está
al mismo tiempo en A y en E y en todos los lugares intermedios. Al mismo tiempo
ha partido y ha vuelto. Y como esto es siempre así, resulta que siempre es
sumamente estática. De una manera parecida se desarrolla su movimiento en torno
al centro. Aquí su oriente es I, el sur V, el occidente K y el norte O. Cada
uno de estos puntos gira en virtud de un impulso infinito, por lo cual cada uno
de ellos al mismo tiempo ha partido y ha vuelto. Por consiguiente, permanece
siempre fijo y está donde estaba. De modo que, en definitiva, el que estos
cuerpos sean movidos por una fuerza infinita equivale a que no se muevan,
porque mover en el instante y no mover es una y la misma cosa.(63)
Queda, pues, el otro principio activo del movimiento, el cual procede
de la fuerza intrínseca y, por consiguiente, se da en el tiempo y con cierta
sucesión, y este movimiento es distinto de la quietud. He aquí, pues, cómo
podemos decir que Dios lo mueve todo y cómo debemos interpretar que otorga el
movimiento a todo lo que se mueve.
elpino– Ya que tan elevada y eficazmente me has quitado y resuelto esta
dificultad, me rindo a vuestro juicio y espero en adelante recibir siempre de
vos soluciones semejantes, porque, si bien poco os he tratado y frecuentado
hasta ahora, he recibido y comprendido bastante, y espero otras grandes ventajas,
ya que, aunque no capte plenamente vuestro espíritu, por el” rayo que emite me
doy cuenta de que adentro se esconde un sol o una luminaria más grande todavía.
Y de hoy en adelante, no con el deseo de superar vuestra capacidad, sino con el
propósito de brindar ocasión a vuestras explicaciones, volveré a interrogaros,
si os dignaréis permitir que de nuevo me reúna con vos, a la misma hora y en
este lugar, tantos días como fueren necesarios para oír y entender lo
suficiente para aquietar mi espíritu por completo.
filoteo– Así lo haré.
fracastofuo– Mucho nos complacerás y seremos atentísimos oyentes.
burquio– Y yo, aunque poco entiendo, si no entendiere las opiniones,
escucharé las palabras; si no escuchare las palabras, oiré la voz.
¡Adiós!
DIÁLOGO
SEGUNDO
filoteo– Ya que el primer principio es simplicísimo, si según un atributo
fuera finito, sería finito según todos los atributos, o bien, siendo finito en
cierto aspecto intrínseco e infinito en otro, necesariamente se entendería que
en él hay composición. Si él es, por tanto, el autor del universo, es
ciertamente un autor infinito y produce un efecto infinito (efecto lo llamo en
cuanto todo depende de él) Además, así
como nuestra imaginación es capaz de ir hasta el infinito, pues imagina siempre
una extensión más allá de la extensión y un número más allá del número, en una
determinada sucesión y, como suele decirse, en potencia, así debe entenderse
que Dios entiende en. acto una extensión infinita y un infinito número. Y de
este entender se sigue la posibilidad, junto con la conveniencia y la
oportunidad, que decimos que existe: pues así como la potencia activa es
infinita, así, por necesaria consecuencia, el sujeto de tal potencia también,
lo es, ya que, como en otras ocasiones hemos demostrado(64), el poder hacer exige el poder ser
hecho, lo dimensionativo exige lo dimensionable, lo dimensionante exige lo
dimensionado. Añade a esto que, así como realmente se encuentran cuerpos de
extensión finita, así el entendimiento primero entiende el cuerpo y la
extensión. Si lo entiende, al mismo tiempo lo entiende como infinito; si lo
entiende como infinito y el cuerpo es entendido como infinito, necesariamente
tal especie inteligible existe, y por ser producida por un entendimiento tal,
cual es el divino, es realísima, y de tal modo real que tiene un ser más
necesario que el que está actualmente delante de nuestros ojos sensitivos.
Entonces, si bien lo miras, sucede que, así como en verdad existe un individuo
infinito simplicísimo, así hay una amplísima extensión infinita, la cual está
en aquél y en la cual aquél está, del mismo modo que aquél está en todo y todo
está en él. Además, si por sus cualidades corporales vemos que un cuerpo tiene
potencia para crecer hasta el infinito como se ve en el fuego, el cual, según
todos admiten, se extendería al infinito si se le arrimase materia y alimento,
¿qué razón hay para que el fuego, que puede ser infinito y que, por
consiguiente, puede hacerse infinito, no pueda encontrarse en acto como
infinito? En verdad no sé cómo podemos imaginar que en la materia existe alguna
cosa en potencia pasiva que no esté en potencia activa en la causa eficiente y,
por consiguiente, en acto; más aún, que
no sea el acto mismo. Ciertamente, decir que el infinito está en potencia y en
cierta sucesión y no en acto, necesariamente implica que la potencia activa
pueda ponerlo en acto sucesivo y no en acto perfecto, porque el infinito no
puede ser perfecto.(65) De donde se seguiría además que la causa
primera no tiene potencia activa simple, absoluta y una, sino una potencia
activa a la que corresponde la infinita posibilidad sucesiva, y otra, a la cual
corresponde la posibilidad no distinta del acto. Dejo de lado que, siendo el
mundo limitado y no habiendo modo de imaginar cómo una cosa Corpórea pueda
llegar a ser limitada circunferencialmente por una cosa incorpórea, este mundo
tendría la potencia y capacidad de esfumarse y aniquilarse, ya que, por lo que
sabemos, todos los cuerpos pueden disolverse. Dejo de lado, digo, el hecho de que
no habría razón que impidiera que alguna vez el vacío infinito, aun cuando no
se le pueda atribuir potencia activa, absorbiera este mundo como una nada.
Dejo de lado el hecho de que el lugar, el espacio y el vacío tienen semejanza
con la materia, si bien no son la materia misma, como quizás no sin motivos
parece que alguna vez sostienen Platón y todos los que definen el lugar como un
cierto espacio.(66) Ahora bien, si la materia tiene su apetito,
el cual no debe existir en vano, porque surge de la naturaleza y procede del
orden de la naturaleza primera, es preciso que el lugar, el espacio y el vacío
tengan un apetito similar. Dejo de lado el hecho de que, como se ha dicho más
arriba, ninguno de estos que consideran limitado al mundo, después de haber afirmado
el límite es capaz de imaginar en modo alguno cómo es el mismo, y además
algunos de ellos que niegan el vacío con palabras y proposiciones, después
vienen a afirmarlo por necesidad. Si existe el vacío y la carencia, es
ciertamente capaz de recibir, y esto no se puede negar en modo alguno, puesto
que –por la misma razón por la cual se estima imposible que en el espacio
donde este mundo está se halle contenido al mismo tiempo otro mundo– debe
considerarse posible que en. el espacio exterior a este mundo, o en aquella
nada, si así quiere llamar Aristóteles a lo que no quiere llamar “vacío”,
puede estar contenido. La razón por la cual él dice que dos cuerpos no pueden
existir al mismo tiempo es la incompatibilidad de las dimensiones de ambos. Se
sigue, pues, por lo que tal razón comporta, que allí donde no existen las
dimensiones de uno de ellos, pueden existir las del otro. Si esta potencia
existe, el espacio es entonces en cierto modo materia; si es materia, tiene la
capacidad; si tiene la capacidad ¿por qué razón debemos negarle el acto?
elpino– Muy bien. Pero pasad, por favor, a otra cosa. Explicadme cómo
diferenciáis el mundo del universo.
filoteo– La diferencia está muy divulgada fuera de la escuela peripatética.
Los estoicos diferencian el mundo y el universo, porque el mundo es todo
aquello que está lleno y consta de cuerpo sólido; el universo es no solamente
el mundo, sino, además, el vacío, la carencia y el espacio exterior a aquél. (67)
Por eso dicen que el mundo es finito, pero el universo infinito. De una
manera semejante, Epicuro llama al todo y al universo mezcla de cuerpos y
vacío, y dice que en esto consiste la naturaleza del mundo, el cual es
infinito, y en la capacidad de vacío y carencia y, además, en la multitud de
cuerpos que en ellos existen.(68) Nosotros no afirmamos vacío alguno que sea
simplemente nada, sino que nos atenemos a aquella concepción para la cual todo
lo que no es cuerpo que resiste a los sentidos suele denominarse vacío, si
tiene extensión, supuesto que, por lo común, no se percibe la existencia de un
cuerpo sino por la propiedad de la resistencia, por lo cual se dice que, así
como aquello que no es vulnerable no es carne, así lo que no resiste no es
cuerpo. De esta manera decimos que hay un infinito, es decir, una región
etérea inmensa, en la cual existen innumerables e infinitos cuerpos, como la
tierra, la luna y el sol, que nosotros llamamos mundos compuestos de lleno y
vacío, porque este soplo, este aire, este éter no solamente existe en torno a
dichos cuerpos sino que también penetra en el interior de todos y está dentro
de cada cosa. Seguimos hablando del vacío por la misma razón por la cual a
quien nos preguntase dónde están el éter infinito y los mundos le
contestaríamos que en un espacio infinito, en un cierto ámbito en el cual está
y se comprende el todo, el cual no puede comprenderse ni estar en otro sitio.
Ahora bien, aquí Aristóteles, tomando confusamente el vacío según estas dos
acepciones y según una tercera, que él imagina y que no sabe nombrar ni definir,
se va debatiendo para eliminar el vacío y con el mismo modo de argumentar
piensa destruir por completo todas las concepciones del mismo. Pero no las
afecta más que si alguien, por haber borrado el nombre de una cosa, pensase
haber borrado dicha cosa, porque el vacío lo destruye, si es que lo destruye,
según una concepción que tal vez no ha sido aceptada nunca por ninguno,
supuesto que los antiguos y nosotros consideramos al vacío como aquello en que
puede haber un cuerpo, que puede contener alguna cosa y en el cual están los
átomos y los cuerpos, y él sólo lo define como aquello que es nada, en lo que
nada hay y nada puede haber. Por lo cual, al asignar al vacío un nombre y un
concepto que nadie le asigna, llega a edificar castillos en el aire y a
destruir su propio vacío y no el de todos los demás que han hablado del vacío y
se han servido de este nombre “vacío”. No de otra manera procede este sofista
en todas las otras cuestiones, como las del movimiento, el infinito, la
materia, la forma, la demostración y el ente en las cuales edifica siempre
sobre la base de su propia definición y sobre el nombre al que asigna un nuevo
significado. Por eso, cualquiera que no esté en realidad privado de juicio
puede fácilmente advertir cuan superficial es este hombre en la consideración,
de la naturaleza de las cosas y cuan apegado se halla a suposiciones que ni
son admitidas ni son dignas de serlo, más vacuas en su filosofía natural de lo
que se podrían imaginar nunca en matemática. Y ved que de esta arbitrariedad
tanto se glorió y se mostró satisfecho que, a propósito de la consideración de
las cosas naturales, desea tanto ser tenido como racional o, por así decirlo,
como lógico, que, a modo de insulto, a quienes más se han preocupado por la
naturaleza, la realidad y la verdad, los llama “físicos”.(69)
Pero, para volver a lo nuestro, considerando que en su libro Sobre el
Vacío(70) ni directa ni indirectamente
dice cosa alguna que pueda dignamente oponerse a nuestra concepción, lo
dejamos así, guardándolo quizás para una más cómoda ocasión. Si te place, pues,
Elpino, dispone y ordena aquellas razones por las que nuestros adversarios no
admiten el cuerpo infinito, y, después, aquellas por las cuales no pueden
comprender que hay innumerables mundos.
elpino– Así lo haré. He do referir por orden las sentencias de Aristóteles
y vos diréis sobre ellas lo que se os ocurra. “Hay que examinar –dice él– si se
da un cuerpo infinito, como dicen algunos filósofos antiguos, o si esto es una
cosa imposible, y luego hay que ver si existe un solo mundo o bien muchos. La
solución de estas cuestiones es muy importante, porque cada una de las partes
de la alternativa tiene tal fuerza que ambas vienen a ser principio de dos
modos de filosofar muy diferentes y contrarios. Así, por ejemplo, vemos que,
con aquel primer error de quienes han supuesto partes indivisibles, se cierra
el camino de tal manera que los mismos llegan a errar en gran parte de la
matemática. Resolveremos, pues, un asunto de gran importancia para las dificultades
pasadas, presentes y futuras, porque por pequeña que sea la trasgresión que al
principio se hace, ésta llega a ser diez mil veces mayor en la marcha, como
sucede, para establecer una comparación, en la desviación que se hace al
principio de un camino, la cual va aumentando y creciendo tanto más cuanto más
se avanza y se deja atrás el principio, de manera que al final se viene a parar
a un extremo contrario del que se había intentado alcanzar y la razón de esto
es que los principios son pequeños en magnitud y grandísimos en eficacia. Tal
es la razón para aclarar esta duda”.(71)
filoteo– Todo lo que dice es sumamente necesario y no menos digno de ser
dicho por los otros que por él, porque, así como él cree que, por entender mal
este ¡principio, sus adversarios han incurrido en grandes errores, así, a la
inversa, nosotros creemos y vemos claramente que, por admitir el principio
contrario a aquél, él ha pervertido todo el estudio de la naturaleza.
elpino.– Añade: “Es preciso, pues, que veamos si es posible que haya un
cuerpo simple de magnitud infinita; lo cual en primer término debe mostrarse
que es imposible en aquel primer cuerpo que se mueve circularmente; después en
los otros cuerpos, porque, siendo todo cuerpo o simple o compuesto, este, que es
compuesto, sigue la disposición del que es simple. Si, pues, los cuerpos
simples no son infinitos ni en número ni en magnitud, necesariamente no podrá
haber un tal cuerpo compuesto”.
filoteo– Muy bien está lo que promete, porque si llegara a probar que el
cuerpo llamado “continente” y “primero” es “continente”, “primero” y “finito”,
hasta será superfluo y vano probar lo mismo de los cuerpos contenidos.
elpino– Ahora prueba que el cuerpo redondo no es infinito. “Si el cuerpo
redondo es infinito, las líneas que parten del centro serán infinitas, y la distancia
entre un semidiámetro y el otro (que, cuanto más se alejan del centro, tanto
mayor distancia adquieren) será infinita, porque de la suma de las líneas
según su longitud es necesario que surja una mayor distancia y si, por tanto,
las líneas son infinitas, la distancia será asimismo infinita. Ahora bien, es
cosa imposible que el móvil pueda recorrer una distancia infinita, y en el
movimiento circular es necesario que una línea semidiametral del móvil ocupe el
lugar de otros semidiámetros”.
filoteo– Este es un buen argumento, pero no está dirigido contra lo que
quieren decir los adversarios. Porque nunca hubo nadie tan obtuso y de
entendimiento tan grosero que haya considerado al mundo infinito e infinita a
la magnitud, y haya considerado que ésta es móvil. El mismo Aristóteles
demuestra que ha olvidado lo que refiere en su Física(72): que quienes han establecido un
solo ente y un solo principio infinito, lo han establecido también inmóvil, y
ni él ni ningún otro por él podrá nombrar jamás un filósofo o siquiera un
hombre corriente que haya hablado de una magnitud infinita móvil. Pero éste
(Aristóteles), como sofista, toma una parte de su argumentación de la conclusión
del adversario, dando por supuesto el mismo principio según el cual el universo
es móvil, y más aún, se mueve y es de figura esférica. Examinad ahora si de
todos los argumentos que aduce este mendigo hay aunque sea uno que esté
dirigido contra la concepción de quienes sostienen la existencia de un
infinito, inmóvil, sin figura, vastísimo receptáculo de innumerables móviles
que son los mundos, por unos, astros, y por otros, esferas. Mirad un poco si
éste y los otros argumentos, comportan presupuestos concedidos por alguien.
elpino– En verdad, todos sus seis argumentos están fundados sobre un
presupuesto, a saber, que el adversario afirma que el universo es infinito y
admite que tal infinito es móvil, lo cual es ciertamente una tontería, más aún,
un sin sentido, a no ser que eventualmente queramos identificar el movimiento
infinito y la infinita quietud, como me demostraste ayer, a propósito de los
mundos particulares.(73)
filoteo– No quiero decir tal cosa a propósito del universo, al cual por
ninguna razón se le debe atribuir movimiento, porque eso no puede ni debe
convenir o exigírsele al infinito, y, como se ha dicho, nunca hubo nadie que
así lo imaginara. Pero este filósofo, como aquel que carecía de terreno,
edifica tales castillos en el aire.
elpino– En verdad, desearía yo un argumento que impugnase lo que decís,
porque las otras cinco razones que este filósofo aduce van todas por el mismo
camino y marchan con los mismos pies, por lo cual parece cosa superflua
traerlas aquí. Luego, después de haber presentado estas que versan sobre el movimiento
de los mundos y del movimiento circular, procede a proponer aquellas que se
fundan sobre el movimiento recto y dice, del mismo modo, “que es imposible que
una cosa sea móvil con movimiento infinito hacia el medio o hacia abajo, además
de serlo hacia lo alto a partir del medio”. Y lo prueba, primero, basándose en
los movimientos propios de tales cuerpos. Y esto, tanto en lo que se refiere a
los cuerpos que ocupan una posición extrema como a los que ocupan un lugar
intermedio. “El movimiento hacia arriba y el movimiento hacia abajo –dice– son
contrarios, y el lugar del uno es contrario al del otro. Entre los contrarios,
sin embargo, si uno es determinado, es preciso que lo sea también el otro, y el
término intermedio, que participa de uno y otro determinado, es necesario que
también sea tal, porque es preciso que el que debe pasar por el medio no parta
de cualquier lugar sino de un punto determinado, porque hay un determinado
término en que comienzan y otro en que acaban los límites del medio. Siendo el
medio, pues, determinado, es preciso que sean determinados los extremos, y si
los extremos son determinados, es preciso que los cuerpos colocados en ellos
también lo sean, porque en caso contrario el movimiento será infinito.
Además,” en lo que toca al peso y la ligereza, el cuerpo, que va hacia arriba,
puede llegar a esto: a estar en tal lugar, porque ninguna inclinación natural
se da en sano. Por tanto, no siendo infinito el espacio del mundo, no hay lugar
ni cuerpo infinito. En lo que se refiere al peso, además, no hay pesado y
liviano infinito; por tanto, no hay cuerpos infinitos; pues es necesario que,
si el cuerpo pesado es infinito, su pesadez sea infinita, y esto no se puede
evitar, porque, si tú pretendieras que el cuerpo infinito tiene peso infinito,
se seguirían tres inconvenientes. Primero, que el peso o la ligereza del
cuerpo finito y del infinito sería el mismo, porque al cuerpo finito pesado,
según la medida en que lo supera el cuerpo infinito, le añadiré y quitaré tanto
como para llegar a aquella misma cantidad de peso y ligereza. Segundo, que el
peso de la magnitud finita podría ser mayor que el de la infinita, porque por lx
misma razón por la cual puede igualarlo, puede también superarlo, con
añadir cuanto se quiera de cuerpo pesado o quitar de éste o añadir también de
cuerpo liviano. Tercero, que el peso de la magnitud finita e infinita sería
igual, y como la misma relación que hay entre peso y peso hay también entre
velocidad y velocidad, se seguiría igualmente que la misma velocidad y
lentitud se podrían hallar en un cuerpo finito y en uno infinito. Cuarto, que
la velocidad del cuerpo finito podría ser mayor que la del infinito. Quinto,
que podría ser igual, o bien, que así como lo pesado aventaja a lo pesado, así
la velocidad aventaja a la velocidad: si se da un peso infinito, será necesario
que se mueva a través de algún espacio en menos tiempo que el peso finito, o
bien que no se mueva, porque la velocidad y la lentitud se relacionan con la
magnitud del cuerpo. Por lo cual, no habiendo proporción entre lo finito y lo
infinito, será necesario, al fin, que lo pesado infinito no se mueva, porque,
si se mueve, no se mueve tan velozmente como para que no se halle un peso
finito que, en el mismo tiempo y a través del mismo espacio, realice el mismo
trayecto”.(74)
filoteo– Es imposible encontrar otro que, con título de filósofo, haya
forjado suposiciones más inútiles y atribuido a sus adversarios tan estúpidas
posiciones, para dar lugar a tanta ligereza como se advierte en los argumentos
de éste. Ahora bien, en lo tocante a lo que dice de los lugares propios de los
cuerpos, y de lo alto, lo bajo y lo inferior como sitios determinados, quisiera
saber contra qué posición argumenta éste. Porque todos aquellos que establecen
un cuerpo y una magnitud infinita, no establecen en ella medio ni extremo, y
quien habla de la carencia, del vacío del éter infinito, no le atribuye peso ni
ligereza ni movimiento ni razón superior, inferior o intermedia, y como sitúan
además, en dicho espacio, infinitos cuerpos, como esta, aquella y aquella otra
tierra, este, aquel y aquel otro sol, todos ellos cumplen sus circuitos dentro
de tal espacio infinito a través de espacios finitos y determinados, o bien en
torno a los propios centros. Así, nosotros, que estamos en la tierra, decimos
que la tierra está en el medio, y todos los filósofos modernos y antiguos, de
cualquier secta que sean, afirmarán que aquélla está en el medio, sin menoscabar
sus principios, como nosotros decimos con respecto al horizonte mayor de esta
región etérea que nos circunda, limitada por aquel círculo equidistante, en
relación con el cual nosotros estamos como en el centro. De igual modo aquellos
que están en la luna consideran que tienen alrededor de sí esta tierra, el sol
y otras muchas estrellas, que están en torno al medio y al fin de los
semidiámetros propios del propio horizonte. Así, la tierra no es más centro que
cualquier otro cuerpo mundano y no tiene ciertos polos determinados, como
tampoco sirve de cierto y determinado polo a cualquier otro punto del éter y
del espacio del mundo. Y algo semejante sucede con todos los otros cuerpos, los
cuales, por diversos motivos, son todos centros y puntos de la circunferencia,
polos y cénits y otras diversas cosas. La tierra, por tanto, no está en el
medio del universo de un modo absoluto, sino en relación con esta región
nuestra. Procede, pues, este disputador con petición de principio y
presuposición de lo que debe probar. Toma, digo, por principio lo equivalente
a lo opuesto de la posición contraria, presuponiendo que hay medio y extremo,
contra aquellos que, por considerar infinito al mundo, niegan al mismo tiempo
necesariamente tal extremo y tal medio, y, en consecuencia, el movimiento hacia
lo alto y el lugar supremo y hacia lo bajo y el lugar ínfimo. Vieron, pues, los
antiguos y vemos todavía nosotros, que algunas cosas vienen a la tierra en que
estamos y algunas cosas parece que salen de la tierra o lugar en que estamos.
En. cuyo caso, si decimos y queremos decir que el movimiento de tales cosas es
hacia lo alto y hacia lo bajo, se entiende que ello sucede en determinadas
regiones y desde determinados puntos de vista, de manera que, si alguna cosa,
alejándose de nosotros, se encamina hacia la luna, así como nosotros decimos que
aquélla sube, quienes están en la luna, nuestras anticéfalos(75), dirán que baja. Aquellos
movimientos, pues, que existen en el universo, no implican diferencia alguna de
“arriba” y “abajo”, de “aquí” y “allí” en relación con el universo infinito,
sino en relación, con los mundos finitos que están en aquél, ya considerados
según las dimensiones de los innumerables horizontes de los mundos, ya según el
número de los innumerables astros, casos en los que, aun la misma cosa, según
el mismo movimiento, se dice que se dirige hacia arriba o hacia abajo, en
relación con los diversos objetos. Determinados cuerpos, pues, no tienen
movimiento infinito sino finito y determinado, en torno a sus propios términos.
Pero de lo indeterminado e infinito, no surge movimiento, ni finito ni
infinito, ni diferencia de lugar o de tiempo. En lo que toca, ahora, al
argumento que extrae del peso y la ligereza, decimos que éste es uno de los más
bellos frutos que podría producir el árbol de la estólida ignorancia. Porque
peso, como hemos de demostrar en el lugar correspondiente, no hay en cuerpo
alguno entero, colocado y dispuesto naturalmente. Por eso no existen
diferencias que nos permitan distinguir la naturaleza de los lugares y la
causa del movimiento. Aparte de que hemos de demostrar que la misma cosa, según
la misma aproximación y el mismo movimiento, llega a denominarse pesada y
liviana, con respecto a los diversos medios, así como también con respecto a
los diversos objetos se dice que es alta o baja, que se mueve hacia arriba o
hacia abajo. Y esto lo afirmo respecto a los cuerpos particulares y a los
mundos particulares, de los cuales ninguno es pesado o liviano, y en los cuales
las partes, alejándose y separándose de ellos, se llaman livianas, y retornando
a los mismos, se llaman pesadas, como las partículas de la tierra o de las
cosas terrestres, al dirigirse hacia la circunferencia del éter, se dice que
suben, y al marchar hacia su todo, se dice que bajan. Pero en cuanto al
universo y el cuerpo infinito ¿quién hubo nunca que lo llamase pesado o
liviano?, o bien ¿quién estableció tales principios y de tal manera deliró que
de su lenguaje se pudiera inferir que el infinito sea pesado o liviano, que
deba ascender, subir o elevarse? Nosotros mostraremos cómo de los infinitos
cuerpos que existen ninguno es pesado ni liviano. Porque estas cualidades les
sobrevienen a las partes en la medida en que tienden a su todo y al lugar de su
conservación, pero no tienen que ver con el universo sino con los propios
mundos continentes y enteros, como en la tierra, al querer liberarse las partes
de fuego y subir hacia el sol, llevan siempre consigo algunas porciones de
cuerpos secos y de agua, a las que están unidas, las cuales multiplicándose
arriba, en lo alto, con propio y naturalísimo impulso retornan a su lugar.
Añadid además, consecuentemente, que no es posible que los grandes cuerpos sean
pesados o livianos, siendo el universo infinito, y, por tanto, no tiene sentido
hablar de su lejanía o proximidad en relación con la circunferencia y con el
centro, por lo cual no es más pesada la tierra en su lugar que el sol en, el
suyo, Saturno en el suyo y la estrella del ocaso en el suyo. Podemos, sin
embargo, decir que así como las partes de la tierra vuelven a la tierra por su
peso –pues de este modo interpretaremos el acercamiento de las partes al todo
y de lo errante a su lugar propio–, así sucede con las partes de los otros
cuerpos, pues pueden existir otras infinitas tierras o cuerpos de parecida
naturaleza, otros infinitos soles o fuegos o cuerpos de parecida naturaleza.
Todos se mueven desde los lugares de la circunferencia hacia el propio
continente, como hacia su centro, de donde se seguiría que en cuanto al número
hay infinitos cuerpos pesados. Pero no llegará a haber un peso infinito en un
solo sujeto e intensivamente, sino en innumerables sujetos y extensivamente.
Y esto es lo que se deduce de la opinión de todos los antiguos y de la nuestra,
y contra esto no tuvo argumento alguno aquel disputador. Lo que él dice, pues,
de la imposibilidad del infinito pesado es tan verdadero y obvio que da
vergüenza mencionarlo, y de ninguna manera sirve para destruir la filosofía de
los otros o para confirmar la propia, sino que son todas intenciones y palabras
arrojadas al viento.
elpino – La vanidad de éste en los antedichos argumentos resulta más que
manifiesta, de manera que no sería suficiente todo el arte de la persuasión
para excusarla. Escuchad ahora los argumentos que añade para llegar a la
conclusión universal de que no existe cuerpo infinito. “Ahora bien –dice–,
siendo manifiesto a quienes observan con atención las cosas particulares que no
existe cuerpo infinito, falta por ver en lo general si esto es posible. Porque
podría alguno decir que, así como el mundo está dispuesto de esta manera en
torno nuestro, así no es imposible que existan otros cielos más. Pero, antes de
llegar a esto, razonemos en general sobre el infinito. Es necesario, pues, que
todo cuerpo sea finito o infinito, que éste o sea todo de partes semejantes o
de partes desemejantes; y que éstas o consten de un número finito o de un
número infinito de especies. No es posible que conste de infinitas especies, si
queremos dar por supuesto lo que hemos dicho, esto es, que existen otros mundos
semejantes a éste, porque, así como está dispuesto este mundo en torno a
nosotros, así estará dispuesto en torno a otros, y existirán otros cielos.
Porque si son determinados los primeros movimientos que se producen en torno al
centro, es preciso que también lo sean los movimientos segundos y, por tanto,
como ya distinguimos cinco clases de cuerpos, de los cuales dos son
simplemente pesados o livianos, y dos medianamente pesados o livianos, y uno ni
pesado ni liviano, sino rápido en torno al centro, así debe ser en los otros
mundos. No es posible, pues, que conste de infinitas especies. Tampoco es
posible que conste de especies finitas.” Y, en primer lugar, prueba que no
consta de especies desemejantes en número finito, con cuatro argumentos, de los
cuales, el primero es que “cada una de estas partes infinitas será agua o fuego
y, por consiguiente, cosa pesada o liviana. Y se ha demostrado que esto es
imposible cuando se ha visto que no existe peso ni ligereza infinita.(76)
filoteo– Nosotros bastante hemos dicho cuando le contestamos.
elpino– Lo sé. El añade un segundo argumento, diciendo que “es preciso que
cada una de estas especies sea infinita y, por consiguiente, el lugar de cada
una debe ser infinito, de donde se deducirá que el movimiento de cada una será
infinito; lo cual es imposible. Porque no puede ser que un cuerpo que desciende
corra hacia abajo infinitamente, lo cual es claro por lo que se ve en, todos
los movimientos y transmutaciones. Así como en la generación no se busca
hacer lo que no puede ser hecho, así en el movimiento local no se busca el
lugar al que no se puede llegar nunca, y aquello que no es posible que esté en
Egipto es imposible que se mueva hacia Egipto, porque la naturaleza no realiza
nada en vano. Imposible es, por tanto, que algo
se mueva hacia allí donde no
puede llegar”. (77)
filoteo– A esto se ha respondido ya bastante. Sostenemos que hay infinitas
tierras, infinitos soles y un éter infinito, o, según el decir de Demócrito y
Epicuro, que hay un lleno y un vacío infinitos(78),
el uno ínsito en el otro. Y hay diversas especies finitas, las unas
comprendidas por las otras y las unas ordenadas a las otras. Estas especies
diversas concurren todas a realizar un entero universo infinito, y constituyen
también infinitas partes del infinito, en cuanto que de infinitas tierras
semejantes a ésta surge una tierra infinita en acto, no como un solo continuo
sino como algo comprendido por la innumerable multitud de aquéllas. Algo
semejante debe decirse de las otras especies de cuerpos, sean cuatro, sean dos,
sean tres o cuantas se quiera (no lo determino en este momento), las cuales,
como que son parte (en la medida en que se pueden llamar parte) del infinito,
es necesario que sean infinitas, según la magnitud que de tal muchedumbre
resulta. Pero aquí no es necesario que lo pesado vaya hacia abajo hasta el
infinito, sino que, así como este cuerpo pesado va hacia el cuerpo que es para
él próximo y connatural, así aquél va hacia el que lo es para él, y el otro al
que para él lo es. Tiene esta tierra las partes que le corresponden, tiene
aquella tierra las partes que, a su vez, le corresponden. De igual modo tiene
aquel sol sus partes que de él emanan y tratan de retornar a él, y otros
cuerpos, de una manera semejante, reasumen naturalmente sus partes. Por eso,
así como las fronteras y distancias entre unos cuerpos y otros son finitas,
así son finitos los movimientos. Y así como nadie sale de Grecia para ir al
infinito, sino para ir a Italia o a Egipto, así cuando una parte de la tierra o
del sol se mueve, no se propone alcanzar el infinito, sino lo finito y el límite.
En todo caso, como el universo es infinito y sus cuerpos son todos mudables,
todos ellos emanan siempre de sí y acogen siempre en sí, emiten parte de lo
propio y acogen parte de lo extraño. No considero que sea cosa absurda e
inconveniente sino, al contrario, muy conveniente y natural que a un sujeto le
pueda acaecer un número finito de transmutaciones y que, de ese modo,
partículas de tierra vaguen por la región etérea y anden por el espacio inmenso,
ya hacia un cuerpo, ya hacia otro, así como vemos a las mismas partículas
cambiar de lugar, de disposición y de forma, cuando están aún junto a nosotros.
Por eso, si esta tierra es eterna y perpetua, no lo es por la consistencia de
sus propias partes y de sus propios individuos, sino por las vicisitudes de
aquellos que ella emite y de otros que sustituyen a aquellos, de manera que,
con la misma alma e inteligencia, el cuerpo se va cambiando y renovando
siempre, parte por parte, como sucede también en los animales, los cuales no se
continúan de otro modo sino con los alimentos que reciben y con los excrementos
que siempre despiden; por lo cual, quien bien lo considere, sabrá que de
jóvenes no tenemos la misma carne que teníamos de niños, y de viejos no tenemos
la misma que cuando éramos jóvenes, porque estamos en continua transmutación(79), lo cual trae como consecuencia que
entren en nosotros continuamente nuevos átomos y que de nosotros se desprendan
los ya en otras ocasiones acogidos. Como, con respecto al esperma, uniéndose
los átomos a los átomos por virtud del intelecto general y del alma (mediante
la fabricación, a la cual, como materia, colaboran), viene a formarse y a crecer
el cuerpo, cuando el ingreso de los átomos es mayor que la salida; después el
mismo cuerpo logra cierta consistencia, cuando la salida es igual al ingreso,
y al fin, comienza a declinar, al ser la salida mayor que el ingreso. No me
refiero a la salida y al ingreso en términos absolutos sino a la salida de lo
conveniente y propio y al ingreso de lo extraño e inconveniente, el cual no
puede ser vencido por el principio debilitado por la salida, y que es, sin
embargo, continuo tanto en lo vital como en lo no vital. Para llegar, pues, al
punto, digo que por tal vicisitud no resulta impropio sino muy razonable
afirmar que las partes y átomos tienen curso y movimiento infinito por las
infinitas vicisitudes y transmutaciones, tanto de formas como de lugares. (80)
No sería lógico encontrar algo que tiende al infinito como al término
próximo prescripto para la transmutación local, o bien para la alteración. Eso
no puede ser, habida cuenta de que, ni bien una cosa se mueve de un lugar, se
encuentra ya en otro; ni bien es despojada de una disposición, ya está investida
de otra, ni bien ha dejado un ser ya ha tomado otro. Esto es una consecuencia
necesaria de la alteración, la cual, a su vez, necesariamente sigue a la
mutación local. A tal punto que el sujeto próximo y formado no puede
moverse sino de modo finito; porque si cambia de lugar, fácilmente recibe otra
forma. El sujeto primero y que puede recibir formas se mueve infinitamente, no
sólo según el espacio sino también, según el número de las figuraciones,
mientras las partes de la materia penetran y salen de éste a aquél y a
aquel otro lugar y parte y todo.
elpino– Entiendo muy bien. Añade, como tercer argumento, que “si se dijese
que el infinito es discreto y discontinuo, por lo cual han de existir infinitos
individuos y fuegos particulares, y cada uno de ellos ha de ser además finito,
sucederá no obstante que el fuego que resulte de todos los individuos, deberá
ser infinito”. (81)
filoteo– Esto lo he concedido ya y para saberlo no tenía él que esforzarse
tanto contra algo de lo cual no se sigue inconveniente alguno. Porque si el
cuerpo llega a ser discontinuo o dividido en partes localmente distintas, de
las cuales una pesa cien, la otra mil, la otra diez, se deducirá que el todo
pesa mil ciento diez. Pero esto será según varios pesos discretos y no según un
peso continuo. Ahora bien, nosotros y los antiguos no consideramos ilógico que
en partes discretas se pueda encontrar un peso infinito, porque de ellas
resulta un peso, lógicamente, o bien aritmética o geométricamente, y ellas en
realidad y según la naturaleza, no constituyen un peso, como no constituyen una
masa infinita sino que forman infinitas masas y pesos finitos. Decir e imaginar
no es lo mismo, sino algo muy distinto, de ser. Porque de esto no se deduce que
exista un cuerpo infinito de una especie sino una especie de cuerpos, formada
por infinitos finitos; ni son tampoco un peso infinito los infinitos pesos
finitos, si se tiene en cuenta que dicha infinitud no es la de un continuo sino
la de muchos discretos, los cuales están en un continuo infinito, que es el espacio,
el lugar y la dimensión, capaz de contenerlos a todos ellos. No resulta, pues,
ilógico, que haya infinitos cuerpos discretos pesados, los cuales no
constituyen un solo pesado, así como infinitas aguas no constituyen un agua
infinita, infinitas partes de tierra no constituyen una tierra infinita. De tal
manera existen cuerpos en número infinito, pero no forman físicamente un cuerpo
de infinita magnitud. Y esto introduce una diferencia muy grande, como se ve
por analogía en la marcha de la nave, la cual es puesta en movimiento por diez
juntos, pero no será nunca movida por miles de miles separados, cada uno por su
cuenta.
elpino– Al decir esto y lo otro habéis resuelto mil veces lo que aduce como
cuarto argumento. Este dice que “si se quiere suponer un cuerpo infinito, es
necesario que éste se suponga infinito según todas las dimensiones, por lo cual
en ninguna parte puede existir cosa alguna fuera de él: por tanto, no es
posible que en un cuerpo infinito existan varios cuerpos no semejantes, cada uno
de los cuales sea infinito”.
filoteo– Todo esto es verdad y no nos contradice a nosotros, que muchas
veces hemos afirmado la existencia de varios cuerpos finitos no semejantes en
uno infinito, y hemos explicado cómo puede ser eso.(82)
Análogamente sucede quizás cual si alguien dijese que existen varios
continuos juntos, como por ejemplo y semejanza, en un fango líquido, donde
siempre y en cada parte el agua prolonga al agua y la tierra a la tierra,
donde, por no poderse percibir la concurrencia de las partes mínimas de tierra
y las partes mínimas de agua, no se dirá que son discretas ni que hay varios
continuos sino uno solo, que no es agua ni tierra, sino fango. Con lo cual a
otro, indistintamente, puede resultarle grato decir que el agua no es propiamente
continuada por el agua y la tierra por la tierra, sino el agua por la tierra y
la tierra por el agua, y puede, de un modo parecido, llegar un tercero que,
negando una y otra aseveración, diga que el fango es continuado por el fango.
De acuerdo con estos argumentos, el universo infinito puede ser considerado
como un continuo, en el cual el éter interpuesto entre tan grandes cuerpos no
produce intervalos más de lo que puede producirlos en el fango el aire que se
coloca e interpone entre las partes del agua y de la tierra, existiendo
diferencia sólo por la pequeñez de las partes y el carácter reducido y poco
capaz de ser percibido del fango, de una parte, y la magnitud, la grandeza y la
perceptibilidad de las partes que existen en el universo, de la otra, de manera
que los contrarios y los diversos móviles contribuyen a la constitución de un
continuo inmóvil, en el cual los contrarios contribuyen a la constitución de un
solo objeto, pertenecen a un solo orden y, finalmente, son una sola realidad.
Inconveniente, por cierto, e imposible sería suponer dos infinitos distintos
el uno del otro, supuesto que no habría modo de imaginar cómo, donde acaba el
uno, comienza el otro, con lo cual ambos vendrían a limitarse mutuamente. Y
resulta además dificilísimo hallar dos cuerpos finitos en un extremo e
infinitos en el otro.
elpino– Aduce otras dos razones para probar que no hay infinito de partes
semejantes: “La primera es porque sería necesario que a aquél le correspondiese
una de estas especies de movimiento local, por lo cual habría una ligereza o un
peso infinito, o bien una circulación infinita, todo lo cual hemos demostrado
hasta qué punto es imposible”.
filoteo.– Y nosotros hemos aclarado además cuan inútiles son estos
raciocinios y argumentos, y cómo el infinito en conjunto no se mueve y no es
pesado ni liviano, así como tampoco ningún otro cuerpo en su lugar natural, y
ni siquiera las partes separadas, cuando se las aleja, más allá de cierto
grado, del lugar propio. El cuerpo infinito, pues, según nosotros, no es móvil,
ni en potencia ni en acto, y no es ni pesado ni liviano ni en potencia ni en
acto. Hasta tal punto está lejos de poder tener peso o ligereza infinita, según
nuestros principios y los de otros, contra quienes edifica éste tan bellos
castillos.
elpino – La segunda razón para esto es igualmente vana, porque en vano
pregunta él “si el infinito se mueve natural o violentamente” a quien jamás
afirmó que aquél fuera movido en potencia o en acto. Prueba luego que no hay
cuerpo infinito con razones tomadas del movimiento en general, después de haber
argumentado con una razón tomada del movimiento en común. (83)
Dice, pues, que el cuerpo infinito no puede ejercer ni acción sobre el
cuerpo finito ni tampoco recibir la acción de aquél. Y trae tres demostraciones.
Primero que “lo infinito no sufre la influencia de lo finito”, porque todo movimiento
y, por consiguiente, toda influencia recibida está en el tiempo, y si es así,
podrá suceder que un cuerpo de menor magnitud pueda recibir una influencia proporcional
a aquélla, pero, así como hay proporción entre el paciente finito y el agente
finito, llegará a haberla semejante entre el paciente finito y el agente
infinito. Esto se comprende si suponemos un cuerpo infinito A, un cuerpo finito
B, y, ya que todo movimiento está en el tiempo, un tiempo G, en el cual
(tiempo) A o mueve o es movido. Tomemos después un cuerpo de menor magnitud,
que es B, y una línea D, que obra cumplidamente sobre otro cuerpo (al cual
llamamos H), en el mismo tiempo G. Con esto verdaderamente se verá que hay una
relación entre D, agente menor, y H, agente mayor, así como la hay entre el
paciente finito H y la parte finita A, a la cual parte llamamos AZ. Ahora bien,
cuando cambiemos la relación del primer agente al tercer paciente, según la
relación del segundo agente al cuarto paciente, entonces, la relación, de D a
H será como la de B a AZ, y B verdaderamente, en el mismo tiempo G, será agente
perfecto en las cosas finitas e infinitas, esto es, en AZ parte del infinito y
en A infinito. Esto es imposible; por tanto, el cuerpo infinito no puede ser
agente ni paciente, porque dos pacientes iguales sufren la misma influencia en
el mismo tiempo por parte del mismo agente, y el paciente menor sufre en menor
tiempo la influencia del mismo agente, el paciente mayor en mayor tiempo.
Además, cuando hay agentes diversos en tiempos iguales y su acción se realiza,
vendrá a haber entré agente y agente una relación como la que hay entre
paciente y paciente. Además, todo agente obra sobre el paciente en un tiempo
finito (hablo de aquel agente que llega al fin de su acción, no de aquel cuyo
movimiento es continuo, como puede serlo sólo el movimiento de traslación)
porque es imposible que haga una acción finita en un tiempo infinito. He aquí,
pues, puesto primeramente en evidencia cómo lo finito no puede realizar una
acción completa en lo infinito:
G tiempo
A paciente infinito B agente finito
mayor
A (parte del infinito) Z
H paciente finito D agente
finito menor
Segundo, se muestra igualmente que “el
infinito no puede obrar como agente sobre una cosa finita”. Sea el agente
infinito A y el paciente finito B, y supongamos que A infinito obra como
agente sobre B finito, en el tiempo G. Tomemos después el cuerpo finito D, que
obra sobre parte de B, esto es, sobre B Z, en el mismo tiempo G. Habrá
ciertamente una relación entre el paciente B Z y todo el paciente B igual a la
que hay entre el agente D y el otro agente finito H, y cambiando la relación
entre el agente D y el paciente B Z, tal relación será la misma que existe
entre el agente H y todo B. Por consiguiente, B será movido por H en el mismo
tiempo en que B Z es movido por D, esto es, en el tiempo G, tiempo en el cual B
es movido por el agente infinito A, lo cual es imposible. Tal imposibilidad se
deduce de aquello que hemos dicho, esto es, que si una cosa infinita obra en
un. tiempo finito, es necesario que la acción no esté en el tiempo, porque
entre lo finito y lo infinito no hay proporción. Por tanto, suponiendo dos
agentes diversos, que ejerzan la misma acción, en el mismo paciente necesariamente
la acción se desarrollará en dos tiempos diferentes y habrá entre un tiempo y
el otro la misma relación que entre un agente y el otro. Pero, si suponemos que
dos agentes, de los cuales uno es infinito y el otro finito, desarrollan la
misma acción sobre un mismo paciente, será preciso decir una de estas dos
cosas: o que la acción del infinito se da en un instante, o bien, que la acción
del agente finito se da en un tiempo infinito. Lo uno y lo otro es imposible.
G tiempo
A agente infinito
H agente finito B paciente
finito
D agente finito B (parte
del paciente finito) Z.
Tercero, se hace manifiesto como el “cuerpo
infinito no puede obrar sobre el cuerpo infinito”. Porque, como se ha dicho en
la Auscultación física, es imposible que la acción o la pasión queden
sin realizarse. Estando, pues, demostrado que la acción del infinito no puede
realizarse nunca en un objeto infinito, se podrá concluir que entre ellos no
puede mediar la acción. Supongamos, pues, dos infinitos, de los cuales uno sea
B, paciente de A en un tiempo finito G, ya que la acción finita necesariamente
se da en un tiempo finito. Supongamos después que la parte del paciente B D
sufre la acción de A. Ciertamente resultará claro que la pasión de éste tiene
lugar en un tiempo menor que el tiempo G. Sea esta parte representada por Z.
Habrá, pues, una relación entre el tiempo Z y el tiempo G, igual a la que hay
entre B D, parte del paciente infinito, y la parte mayor del infinito, o sea,
B. Sea esta parte representada por BDH. Ella es paciente de A en el tiempo
infinito G. En el mismo tiempo ya ha sufrido la acción de aquél todo el
infinito B. Pero esto es falso, porque resulta imposible que haya dos
pacientes, de los cuales uno sea infinito y el otro finito, que padezcan la
misma acción del mismo agente en el mismo tiempo, ya sea la causa eficiente
finita o, como hemos supuesto, infinita.
Tiempo finito
G Z
A agente infinito
Paciente infinito
B D H.
filoteo – Todo lo que dice Aristóteles lo considero bien dicho siempre que
se aplique bien y que conduzca a una adecuada conclusión; pero, como hemos
dicho, no hay filósofo que haya hablado del infinito de cuya exposición se
sigan tan grandes inconvenientes. Sin embargo, no para replicar a lo que dice,
pues no se nos opone, sino sólo para considerar la importancia de sus
sentencias, examinemos su modo de razonar. Primero, pues, en sus supuestos, se
basa en fundamentos no naturales, y pretende considerar esta y aquella parte
del infinito, siendo que el infinito no puede tener partes, a no ser que
queramos decir que también la parte es infinita, ya que implica contradicción
que en el infinito haya parte mayor y parte menor y parte que sea mayor o menor
en relación a él, pues al infinito no te acercas más con el centenar que con la
tríada, porque él no consta menos de infinitas tríadas que de infinitos centenares.
La magnitud infinita no está formada menos de infinitos pies que de infinitas
millas; sin embargo, cuando queremos nombrar las partes de la magnitud
infinita, no decimos cien millas o mil parasangas(84), porque éstas pueden sin duda ser
llamadas partes de lo finito, y en verdad sólo son parte de lo finito, con el
cual se relacionan como con un todo, y no pueden ni deben ser consideradas
partes de aquello con lo cual no tienen relación. Así, mil años no son parte de
la eternidad, porque no tienen relación con el todo, pero, en cambio, sí son
parte de alguna medida de tiempo, como diez mil años, cien mil siglos.
elpino– Ahora, pues, explicadme: ¿Cuáles diríais que son las partes de la
duración infinita?
filoteo– Las partes relativas de la duración, las cuales tienen relación en
la duración y el tiempo, pero no tienen infinita duración ni tiempo infinito;
porque en éste el tiempo máximo, esto es, la parte más grande en relación a la
duración, viene a ser equivalente a la más pequeña, supuesto que los infinitos
siglos no son más que las infinitas horas. Digo que en la duración infinita,
que es la eternidad, no son más las horas que los siglos, de manera que toda
cosa que se llama parte del infinito, en cuanto es parte del infinito, es
infinita tanto en la infinita duración como en el tamaño infinito. A partir de
esta doctrina podéis deducir cuan prudente es Aristóteles en sus supuestos,
cuando considera las partes finitas de lo infinito, y cuan grande la fuerza de
los argumentos de ciertos teólogos, cuando de la eternidad del tiempo pretenden
inferir el absurdo de tantos infinitos (uno mayor que el otro) cuantas pueden
ser las especies de números. Con esta doctrina, digo, tenéis el modo de
liberaros de innumerables laberintos.
elpino– Particularmente de aquel que se relaciona con nuestro tema, de los
infinitos pasos y las infinitas millas, que vendrían a constituir un infinito
menor y otro infinito mayor en la inmensidad del universo. Pero continuad.
filoteo– Segundo: en sus inferencias Aristóteles no procede
demostrativamente. Porque del hecho de que el universo es infinito y que en él
(no digo “de él”, porque una cosa es decir “partes en el infinito” y otra “del
infinito”)(85) hay infinitas partes, todas las cuales tienen
acciones y pasiones, y, por consiguiente, transmutaciones dentro de ellas,
pretende inferir que o lo infinito ejerce acción sobre lo finito o padece la
acción del mismo, o bien que lo infinito ejerce su acción sobre lo infinito y
que éste sufre la influencia y es transmutado por aquél. Nosotros sostenemos
que tal conclusión carece de valor en física, aun cuando sea, en lógica,
verdadera, supuesto que, aun cuando, si se calcula con la razón, encontramos
infinitas partes que son activas e infinitas que son pasivas, y éstas pueden
ser consideradas como un contrario y aquéllas como otro en la naturaleza, sin
embargo, por estar dichas partes sueltas, separadas y divididas en límites
particulares, como vemos, no nos obligan ni nos inclinan a decir que lo
infinito es agente o paciente, sino que en lo infinito tienen acción y pasión
innumerables partes finitas. Concédese, por tanto, no que el infinito sea móvil
y alterable; sino que en él existen infinitos cuerpos móviles y alterables; no
que el finito sufra la acción del infinito según infinitud física y natural
sino según aquella que procede de una lógica y racional agregación que suma
todos los cuerpos pesados en un solo pesado, aunque todos ellos no sean un solo
pesado. Permaneciendo, pues, el infinito y el todo inmóvil, inalterable, incorruptible,
en él pueden existir y existen movimientos y alteraciones innumerables e
infinitos, perfectos y completos. Añade a lo dicho que, aun suponiendo que
existan dos cuerpos infinitos por un lado, que vengan a limitarse entre sí por
el otro, de esto no se seguirá lo que Aristóteles piensa que necesariamente se
sigue, esto es, que la acción y la pasión sean infinitas, habida cuenta de que,
si de estos dos cuerpos el uno obra como agente sobre el otro, no será agente
según toda su dimensión y magnitud, ya que no es cercano, próximo, vecino y
contiguo al otro según toda aquella (dimensión y magnitud) y según todas las
partes de la misma. Porque, pongamos por caso, que existan dos cuerpos
infinitos A y B, los cuales se continúan o se unen en la línea o superficie FG.
Ciertamente no llegarán a obrar el uno sobre el otro según toda su potencia,
pues no están próximos entre sí según todas sus partes, ya que la continuación
no puede darse sino en un término finito. Y digo además que, aun cuando supongamos
que aquella superficie o línea sea infinita, no se seguirá de esto que los
cuerpos, continuados en ella, ocasionen una acción o pasión infinita, porque
ellas no lo son en intensidad sino en extensión(86),
como son extensas las partes. Por eso, el infinito no obra en parte alguna
según toda su potencia, sino de manera extensiva, parte por parte, discreta y
separadamente.
20 2 B N
A B
30 3 C O
40 4 G D P
Como, por ejemplo, las partes de dos cuerpos
contrarios, que pueden alterarse, son las que están al lado, cual A y 1, B y
2, C y 3, D y 4, y así siguiendo hasta el infinito. En ello no podrás comprobar
nunca una acción intensivamente infinita, porque las partes de aquellos dos
cuerpos no pueden alterarse más allá de cierta y determinada distancia, y, de
este modo, M y 10, N y 20, O y 30, P y 40, no tienen la capacidad de alterarse.
He aquí, pues, cómo dados dos cuerpos infinitos, no se produciría una acción
infinita. Digo todavía más, que aun cuando se suponga y conceda que estos dos
cuerpos infinitos pudiesen accionar intensivamente el uno contra el otro y
vincularse el uno con el otro con todas sus fuerzas, no por esto se produciría
como efecto acción o pasión alguna, porque no menos eficaz es el uno al
rechazar y resistir que el otro al atacar e insistir, por lo cual no se
produciría alteración alguna. He aquí, pues, cómo, de dos infinitos contrapuestos,
o se sigue una alteración finita o no se sigue nada en absoluto.(87)
elpino– Pero ¿qué diréis ante el supuesto de un cuerpo finito que se opone
a otro infinito, como si la tierra fuese un cuerpo frío y el cielo fuese el
fuego y todos los astros, fuegos, y el cielo inmenso y los astros innumerables?
¿Creéis que de aquí se seguirá lo que infiere Aristóteles, que lo finito sería
absorbido por lo infinito?(88)
filoteo– Por cierto que no, como se puede deducir de lo que hemos dicho.
Porque estando la fuerza corporal extendida a través de un cuerpo infinito, no
llegaría a tener eficacia respecto a lo finito con un vigor y fuerza infinita,
sino con el que puede emanar de las partes finitas y alejadas según cierta
distancia, supuesto que es imposible que obre según todas las partes y que lo
hace según las próximas solamente. Como se ve en las precedentes demostraciones
en las que partimos del supuesto de que A y B son dos cuerpos finitos incapaces
de transmutarse el uno en el otro sino por las partes que están entre las
distancias de 10, 20, 30, 40, y M, N, O, P, y donde, por tanto, nada importa en
cuanto al producir una acción mayor y más vigorosa, el hecho de que el cuerpo
B corra y crezca hasta el infinito y el cuerpo A siga siendo finito.(89)
He aquí, pues, cómo de dos contrarios contrapuestos se sigue siempre una
acción finita y una alteración finita, no menos si se supone que de ambos uno
es infinito y el otro finito que si se supone que uno y otro son infinitos.
elpino– Me habéis dado una gran satisfacción, de manera que considero cosa
superflua aducir aquellas otras razones rústicas con las cuales quiere demostrar
que fuera del cielo no hay cuerpo infinito, como la que dice: “Todo cuerpo que
está en el espacio es sensible; es así que fuera del cielo no hay cuerpo
sensible; por tanto, no hay allí espacio”. O bien la que dice: “Todo cuerpo
sensible está en el espacio; fuera del cielo no hay espacio; luego tampoco hay
allí cuerpo”. Más aún, tampoco hay “fuera”, porque “fuera” significa diferencia
de lugar y de lugar sensible, y no cuerpo espiritual e inteligible, como
podría argüir alguno: si es sensible, es finito. (90)
filoteo– Yo creo y entiendo que más y más allá de aquel límite imaginario
del cielo hay siempre una región etérea y cuerpos cósmicos, astros, tierras,
soles, y todos absolutamente sensibles en sí mismos y para quienes están dentro
o cerca de ellos, aun cuando no sean sensibles para nosotros por su lejanía y
distancia. Y considerad, mientras tanto, qué fundamento tiene aquel según el
cual, por el hecho de que no hallemos cuerpo sensible alguno más allá de la
circunferencia imaginaría, pretende que no exista cuerpo alguno. Por eso, se
empeñó en no admitir otro cuerpo más que la octava esfera, más allá de la cual
los astrónomos de su tiempo no habían imaginado otro cielo. Y por el hecho de
que el giro aparente del mundo en torno a la tierra lo refieren siempre a un
primer móvil que está sobre todos los otros, establecieron tales fundamentos
que han. estado agregando siempre, indefinidamente, esfera sobre esfera, y
han encontrado otras sin estrellas y, por consiguiente, sin cuerpos sensibles.
Y mientras las suposiciones y fantasías de los astrónomos condenan tal
opinión, ella resulta mucho más condenada por aquellos que mejor entienden
cómo los cuerpos que se consideran pertenecientes al octavo cielo no defieren
menos entre sí, en cuanto a la mayor o menor distancia desde la superficie de
la tierra, que los otros siete, porque la razón de su equidistancia depende
sólo del falsísimo supuesto de la quietud de la tierra, contra el cual protesta
toda naturaleza, clama toda razón y se pronuncia al fin todo entendimiento
ordenado y bien informado. Pero, sea como se quiera, contra toda razón se afirma
que el universo acaba y termina allí donde concluye el ámbito de nuestros
sentidos, porque la sensibilidad produce la inferencia de que los cuerpos
existen, pero la negación de aquélla, la cual puede ser provocada por defecto
de la potencia sensitiva y no del objeto sensible, no basta a suscitar ni una
ligera sospecha de que los cuerpos no existen. Porque, si la verdad dependiese
de tal sensibilidad, serían verdaderos los cuerpos que aparecen muy cercanos y
pegados unos a otros. Pero nosotros sostenemos que esa estrella, que parece
más pequeña en. el firmamento y es considerada de cuarta o quinta magnitud, es
mucho mayor que aquella que se considera de segunda o de primera(91), y en este juicio se engañan los
sentidos, que no son capaces de reconocer la mayor distancia. Mas nosotros, por
haber admitido el movimiento de la tierra, sabemos que aquellos mundos no son
equidistantes de éste y que no están, situados en un único círculo deferente.
elpino –Queréis decir que no están como clavados en una misma cúpula, cosa
indigna, que pueden imaginar los niños, los cuales quizás podrían creer que si
no estuvieran pegados a la tribuna y lámina del cielo con buena cola o bien,
clavados con fortísimos clavos, caerían sobre nosotros así como cae el granizo
desde el aire próximo. Queréis decir que aquellas otras muchas tierras y
grandísimos cuerpos conservan sus propias regiones y sus distancias en el campo
etéreo, no de otro modo que esta tierra, la cual, a causa de su revolución, nos
hace parecer que todos juntos, como encadenados, giran en torno a ella. Queréis
decir que no es necesario aceptar cuerpo espiritual alguno fuera de la octava o
novena esfera, sino que este mismo aire, así como existe en torno a la tierra,
la luna y el sol, conteniéndolos, así se va ampliando al infinito hasta
contener otros infinitos astros y grandes animales, y que este aire viene a ser
el lugar común y universal y tiene un infinito seno espacial, el cual contiene
a todo el infinito universo, de un modo no diferente a como lo hace en este
espacio que nosotros vemos con tantas y tan numerosas luminarias. Queréis que
no sea el agua y este cuerpo continente el que se mueva en forma circular o
arrastre consigo los astros, como la tierra, la luna y demás, sino que éstos se
muevan gracias a su propia alma a través de sus respectivos espacios, teniendo
todos aquellos movimientos propios, que se dan además del movimiento del
mundo, el cual se manifiesta a través del movimiento de la tierra, y además
otros, que al ser comunes a todos los astros, los hacen aparecer como si
estuvieran pegados a un cuerpo móvil, todos los cuales se manifiestan por las
diversas diferencias de movimiento de este astro en el que estamos y cuyo
movimiento no podemos nosotros percibir. Queréis, por consiguiente, que el
aire y las partes que se consideran en la región etérea no tengan sino un
movimiento de contracción y expansión,(92)
el cual resulta necesario para la marcha de estos cuerpos sólidos a través de
él, ya que los unos giran en torno a los otros y es función de este cuerpo
espiritual llenar el todo.(93)
filoteo– Es verdad. Digo además que este infinito e inmenso (universo) es un
animal, aunque no tenga una determinada figura y sentidos que lo relacionen con
las cosas exteriores, puesto que él tiene en sí toda el alma y abarca todo lo
animado y es todo lo animado. (94) Digo además que de ello no se sigue
dificultad alguna, como sucedería en el caso de los dos infinitos, porque,
siendo el mundo un cuerpo animado, hay en él una infinita fuerza motriz y un
infinito sujeto de movilidad, que actúan del modo que hemos dicho,
discretamente, pues el todo continuo es inmóvil tanto respecto al movimiento
circular, el cual se da en torno al medio, como respecto al movimiento recto,
que se da desde el medio o hacia el medio, puesto que no hay allí ni medio ni
extremo. Decimos además que el movimiento de lo pesado y lo liviano no sólo no
corresponde al cuerpo infinito sino tampoco a ningún cuerpo entero y perfecto
que en él exista ni a parte alguna de éstos que esté en su lugar y goce de su
disposición natural. Y vuelvo a decir que nada es pesado o liviano
absolutamente sino de modo relativo: a saber, en relación al lugar hacia el
cual las partes difusas y dispersas se reúnen y congregan. Y baste por hoy
haber estudiado esto, respecto a la infinita magnitud del universo. Mañana os
esperaré para explicaros lo que queráis saber respecto a los infinitos mundos
que en él existen. (95)
elpino– Yo, aun cuando gracias a esta enseñanza me considere ya capaz de
inferir la otra, volveré sin embargo, con la esperanza de escuchar más detalles
interesantes.
fracastorio– Y yo vendré sólo como oyente.
burquio– Y yo; pues así como, poco a poco, cada vez estoy más cerca de
comprenderos, así paulatinamente llego a considerar verosímil, y tal vez verdadero,
lo que decís.
DIÁLOGO
TERCERO
filoteo– Uno es, pues, el cielo, el espacio inmenso, el seno, el continente
universal, la región etérea a través de la cual discurre y se mueve el todo.
Allí innumerables estrellas, astros, globos, soles y tierras se perciben con
los sentidos, y otros infinitos se infieren con la razón.(96)
El universo inmenso e infinito es el compuesto que resulta de tal
espacio y de tantos cuerpos en éste comprendidos.
elpino– En la medida en que no hay esferas de superficie cóncava y convexa,
no existen orbes deferentes, sino que todo constituye un solo campo, todo
forma un receptáculo general.
filoteo– Así es.
elpino– Lo que ha hecho, pues, imaginar diversos cielos son los diversos
movimientos de los astros, por cuanto se veía un cielo repleto de estrellas dar
vueltas en torno a la tierra, sin que en modo alguno se viese a aquellas
luminarias separarse unas de otras, sino que, guardando siempre la misma distancia
y relación, junto con un cierto orden, giraban en torno a la tierra, no de otro
modo que una rueda en la cual están clavados innumerables espejos da vueltas en
torno a su propio eje. Por eso se considera evidentísimo, como algo que con los
ojos se ve, que a aquellos cuerpos luminosos no les corresponde un movimiento
propio, mediante el cual puedan, andar como pájaros por el aire, sino a través
del giro de los orbes en los cuales están clavados, impulsado por el pulso
divino de alguna inteligencia.(97)
filoteo– Así se cree por lo general, pero esta fantasía –una vez que
hayamos comprendido el movimiento de este astro cósmico en el cual estamos,
que, sin encontrarse clavado en orbe alguno, discurre, movido por su principio
intrínseco, su alma y su naturaleza, a través del común y amplio campo, en
torno al sol, y gira sobre el propio eje– vendrá a ser eliminada, y se abrirá
la puerta de la inteligencia de los verdaderos principios de las cosas
naturales y a grandes pasos podremos avanzar por el camino de la verdad. La
cual, escondida bajo el velo de tantas sórdidas y bestiales fantasías, ha
estado hasta el presente oculta por la injuria del tiempo y por las vicisitudes
de las cosas, desde que al día de los antiguos sabios sucedió la caliginosa
noche de los temerarios sofistas.(98)
No está parado,
no, da vuelta y gira
cuando en el
cielo y bajo de él se mira.
Toda cosa
discurre, arriba, abajo,
con giro largo o
breve,
ya pesada, ya
leve,
y todo va quizás
al mismo paso
y hacia la misma
meta.
Tanto discurre el
todo hasta que llega,
tanto la ola va
de abajo arriba
que una idéntica
parte
ya de arriba
hacia abajo,
y ya de abajo
para arriba parte.
Y ese mismo
desorden
igual destino a
todos les reparte.
elpino– No es dudoso, en verdad, que aquellas fantasías sobre los
estelíferos y flamíferos, sobre los ejes y sobre los deferentes, sobre el
servicio de los epiciclos y otras muchas quimeras, no ha surgido sino de
imaginar, como parece, que esta tierra se halla en el medio y centro del
Universo y que, estando sólo ella inmóvil y fija, el todo viene a dar vueltas a
su alrededor.
filoteo– Esto mismo les parece a quienes están en la luna o en los otros
astros que existen en, este mismo espacio, los cuales astros son o tierras o
soles.(99)
elpino– Supuesto, pues, por ahora, que la tierra con su movimiento origina
esta apariencia del movimiento diurno y cósmico, y con las diversas diferencias
de tal movimiento origina todos aquellos que se consideran propios de las
innumerables estrellas, seguiremos diciendo que la luna (que es otra tierra)
se mueve de por sí, a través del aire, en torno al sol.(100) De la misma manera Venus, Mercurio y los
demás, que son también otras tierras, dan también vueltas en torno al mismo
padre de vida.(101)
filoteo– Así es.
elpino– Movimientos propios de cada uno de ellos son los que se ven, además
de este movimiento llamado cósmico y propio de las llamadas (estrellas) fijas.
(Los unos y el otro se deben relacionar con la tierra) Tales movimientos son más que las diferencias
de los cuerpos que existen, de manera que nunca se verá que dos astros
coinciden en un mismo orden y medida de movimiento, con tal que se pueda ver el
movimiento de todos aquellos que no revelan variación alguna, debido a la gran
distancia que los separa de nosotros. Por más que éstos giren en torno al
fuego solar y den vueltas en torno a sus propios centros por la participación
del calor vital, no podemos comprender las diferencias de sus aproximaciones y
alejamientos.
filoteo– Así es.
elpino– Existen, pues, innumerables soles; existen infinitas tierras que
giran igualmente en torno a dichos soles, del mismo modo que vemos a estos
siete (planetas) (102)girar
en torno a este sol que está cerca de nosotros.
filoteo– Así es.
elpino– ¿Cómo es, entonces, que en torno a esas luminarias, que serían los
soles, no vemos girar esas otras luminarias, que serían las tierras, sino que,
fuera de aquellos, no podemos captar movimiento alguno, y todos los demás
cuerpos celestes (con excepción de aquellos que se llaman cometas) se ven
siempre en la misma situación y distancia?
filoteo– La razón es porque nosotros vemos los soles, que son los más
grandes, más aún, los máximos cuerpos, pero no vemos las tierras, las cuales,
por el hecho de ser cuerpos mucho más pequeños, son invisibles; como tampoco es
absurdo que existan todavía otras tierras que dan vuelta alrededor de este sol
y no son visibles para nosotros(103),
ya sea por su mayor distancia o por su menor tamaño o por no tener mucha
superficie acuática o aun por no tener vuelta hacia nosotros y opuesta al sol
dicha superficie, con la cual, como un espejo cristalino que recibe los rayos
luminosos, se tornaría visible. Por eso, no es cosa maravillosa o contraria a
la naturaleza que muchas veces oigamos que el sol se ha eclipsado de algún modo
sin que entre él y nuestra vista viniese a interponerse la luna. Además de las
visibles, pueden existir también innumerables luminarias acuosas (esto es,
tierras de las cuales forman parte las aguas) que giran en torno al sol, pero
la diferencia de su circuito no se puede percibir por la gran distancia. Por
eso, en el lentísimo movimiento que se capta en los que son visibles más arriba
o más allá de Saturno no se percibe diferencia entre el movimiento de unos y
otros ni tampoco regla alguna en el movimiento de todos ellos en torno a su
centro, ya se considere como centro la tierra, ya el sol.
elpino– ¿Cómo pretendías, pues, que todos, por más alejados que estuvieran
del centro, esto es, del sol, pudieran participar razonablemente del calor
vital del mismo?
filoteo– Por el hecho de que cuanto más alejados están, mayores círculos
trazan; cuanto mayores círculos trazan, tanto más lentamente se mueven en
torno al sol; cuanto más lentamente se mueven, tanto más están expuestos a los
cálidos e inflamados rayos del mismo.
elpino– ¿Pretendíais, pues, que aquellos cuerpos, aun cuando estén tan
distantes del sol, pueden, sin embargo, participar de tanto calor como sea necesario,
porque, girando más velozmente en torno al propio centro y con más lentitud en
torno al sol, no sólo pueden participar tanto calor sino más todavía, si fuera
necesario, supuesto que, por el movimiento más veloz en torno al propio
centro, la misma parte de la superficie terrestre que no ha sido tan caldeada
vuelve a serlo con mayor rapidez, y por el movimiento más lento en torno al
centro ígneo y por estar más expuesta a su influencia, llega a recibir con más
vigor los rayos flamíferos?
filoteo– Así es.
elpino– ¿Afirmáis, por tanto, que si los astros que están más allá de
Saturno son verdaderamente inmóviles, como aparecen, vienen a ser innumerables
soles o fuegos, más o menos visibles para nosotros, en torno a los cuales giran
las tierras cercanas a ellos que nosotros no vemos?
filoteo– Eso habría que decir, teniendo en cuenta que todas las tierras son
dignas de regirse por la misma norma y todos los soles también.
elpino– ¿Pretendéis con eso que todos aquellos sean soles?
filoteo– No, porque no sé si todos ellos o la mayor parte son inmóviles o
si algunos giran en torno a los otros, porque no hay quien los haya observado,
y además no resulta fácil hacerlo, así como no se nota fácilmente el movimiento
y progreso de una cosa lejana, la cual, al cabo de mucho tiempo, no se ve con
facilidad que ha cambiado de lugar, como sucede al observar las naves situadas
en. alta mar. Pero, sea como se quiera, siendo el universo infinito, es preciso
al fin que existan varios soles, porque es imposible que el calor y la luz de
uno solo pueda difundirse por la inmensidad, como pudo imaginar Epicuro, si es
verdad lo que otros refieren.(104) Por tanto, se requiere también que haya otros
innumerables soles, muchos de los cuales son visibles para nosotros bajo la
forma de un pequeño cuerpo. Y así parecerá menor el astro que es mucho mayor
que el que parece ser el más grande de todos.(105)
elpino– Todo esto debe ser tenido, por lo menos, como posible y razonable.
elpino– ¿Cómo he de conocer la diferencia? Quiero decir: ¿Cómo distinguiré
los fuegos de las tierras?
filoteo– Por el hecho de que los fuegos están fijos y las tierras se mueven;
por el hecho de que los fuegos brillan y las tierras no.(107)
De estas señales, la segunda se percibe más fácilmente que la primera.
elpino– Se dice que la apariencia del brillo proviene de la distancia con
respecto a nosotros.
filoteo– Si así fuese, el sol no brillaría más que todos, y los astros
menores que están más lejos brillarían más que los mayores que están más cerca.
elpino– ¿Sostenéis que los mundos ígneos están tan habitados como los
acuosos?
elpino– ¿Pero qué animales pueden vivir en el fuego?
filoteo– No debéis imaginar que (dichos mundos) sean cuerpos de partes
semejantes, porque no serían mundos sino masas vacías, inútiles y estériles.
Pero resulta conveniente y natural que tengan, diversidad de partes, como ésta
y otras tierras tienen diversidad en sus propios miembros, aun cuando éstas
sean visibles como aguas brillantes y aquellos como luminosas llamas.
elpino– ¿Creéis que, en cuanto a la consistencia y solidez, la materia
próxima del sol sea también la misma que es materia próxima de la tierra? (Porque
sé que no dudáis que la materia primera del todo es una sola). (109)
filoteo– Es verdad. Lo comprendió Timeo, lo confirmó Platón, todos los
verdaderos filósofos lo han conocido, pocos lo han explicado, ninguno en nuestra
época se puede encontrar que lo haya entendido; más aún, muchos de mil maneras
andan perturbando su comprensión, lo
cual ha sucedido por corrupción de costumbres y falta de principios.
elpino– A este modo de ver, si no ha llegado, parece, sin embargo, que se
acerca la Docta ignorancia del Gusano, cuando, al hablar de las condiciones
de la tierra, pronuncia esta sentencia: “No debéis creer que por ser obscuro y
de negro color se pueda argumentar que el cuerpo de la tierra sea vil y más
innoble que los otros, porque si nosotros fuéramos habitantes del sol, no
veríamos en él tamaña claridad como vemos desde esta región circunferencial.
Fuera de que, al presente, si fijamos bien los ojos en él, descubriremos que
tiene hacia el centro como una tierra, o bien como un cuerpo húmedo y nebuloso
que, como a partir de un círculo, difunde clara y radiante luz. Por eso, él, no
menos que la tierra, viene a estar compuesto de elementos propios”.(110)
filoteo– Hasta aquí habla divinamente. Pero seguid refiriendo lo que añade.
elpino– Por lo que añade se puede dar a entender que esta tierra es otro
sol y que todos los astros son igualmente soles. Dice así: “Si alguno se encontrara
más allá de la región del fuego, ésta tierra se le aparecería como una
brillante estrella en su órbita propia, por medio del fuego, no de otro modo
que a nosotros, que estamos en la órbita del sol, nos parece el sol
brillantísimo, y la luna no nos parece igualmente brillante, porque tal vez en
relación a su órbita nos encontramos en las partes más interiores o, como él
dice, centrales, esto es, en la región húmeda y acuosa de la misma, y, por
tanto, aun cuando tenga luz propia, no obstante no parece tenerla, y sólo vemos
lo que en la superficie acuosa es ocasionado por el reflejo de la luz solar”.
filoteo– Mucho ha sabido y ha visto este caballero y, en verdad, es uno de
los más distinguidos ingenios que hayan respirado estos aires(111); pero en cuanto a la aprehensión de
la verdad, ha obrado como un nadador entre tempestuosas olas, y ha sido
arrastrado hacia arriba o hacia abajo, porque no vio la luz continua, abierta y
clara, y no nadó en superficie llana y tranquila sino interrumpidamente y con
ciertos intervalos. La razón de esto es que él no había rechazado todos los
falsos principios de los que estaba imbuido por la doctrina corriente de la
cual habría partido, de manera que, quizás por un rasgo de ingenio, le viene
muy a propósito el, título dado a su libro: Sobre la docta ignorancia o Sobre
la ignorante doctrina.
elpino– ¿Cuál es el principio que él no rechazó y debía haber rechazado?
filoteo– Que el elemento fuego sea, como el aire, rozado por el movimiento
del cielo, y que el fuego sea un cuerpo muy sutil, contra aquella realidad y
verdad que se nos hace manifiesta por lo que hemos considerado en otros puntos
y en los raciocinios respectivos, en los cuales se concluye que es necesario
que haya un principio material, sólido y consistente, tanto del cuerpo caliente
como del frío, y que la región etérea no puede ser de fuego ni fuego ella
misma, sino inflamada y encendida por ese cuerpo vecino, sólido y compacto, que
es el sol.(112) De suerte que, cuando podemos hablar como
naturalistas, no es necesario recurrir a fantasías matemáticas. Vemos que la
tierra está integrada por partes, ninguna de las cuales es de por sí luminosa;
vemos que algunas de ellas pueden brillar gracias a otros elementos como su
agua y su aire vaporoso, que acogen el calor y la luz del sol y pueden
transmitir el uno y la otra a las regiones circundantes. Por tanto, es
necesario que haya un primer cuerpo, al cual corresponda ser, al propio tiempo,
por sí mismo luminoso y por sí mismo caliente, y tal no puede ser si no es
permanente, compacto y denso, porque el cuerpo rarefacto y liviano no puede
ser sujeto de luz ni de calor, tomo, en su ocasión, otras veces liemos demostrado.
Es necesario, pues, por fin, que los dos fundamentos de las dos primeras
cualidades activas contrarias sean igualmente constantes y que el sol, en
aquellas partes que en él son luminosas y calientes, sea como una piedra o un
solidísimo metal inflamado(113),
no diré metal licuado, como el plomo, el bronce, el oro, la plata, sino metal
no licuable, y no ya hierro inflamado sino hierro que es, él mismo, fuego, y
además que, así como este astro en el cual nos hallamos es de por sí frío y
obscuro y en nada participa del calor y la luz si no en cuanto es calentado
por el sol, así aquél sea de por sí caliente y luminoso y en nada participe del
frío y la opacidad sino en cuanto es enfriado por los cuerpos circundantes y
tiene en sí partes de agua, como la tierra tiene partes de fuego. Y, sin embargo,
así como en este cuerpo frigidísimo, y ante todo frío y opaco, hay animales que
viven por el calor y la luz del sol, así en aquél muy cálido y brillante los
hay que subsisten por la refrigeración de los fríos circundantes, y así como
este cuerpo es, por cierta participación, caliente en sus partes disímiles, de
igual modo aquél es frío, según cierta participación, en las suyas.(114)
elpino– ¿Pero qué decís de la luz?
filoteo– Digo que el sol no brilla en el sol, la tierra no brilla en la
tierra y ningún cuerpo brilla en sí mismo, sino que todo lo que es luminoso
brilla en el espacio circundante. Pero, aunque la tierra sea un cuerpo luminoso
gracias a los rayos del sol en su superficie cristalina, su luz no es visible
para nosotros ni para quienes se encuentran en dicha superficie sino para
quienes están frente a la misma. Así como tampoco los que andan por el mar ven
toda su superficie iluminada durante la noche, aunque la luna la ilumine toda,
sino sólo aquella parte que cae bajo ésta. Si a ellos les fuera permitido
elevarse más y más a través del aire, sobre el mar, verían crecer siempre y
cada vez más la extensión de la luz y contemplarían un más extenso campo
luminoso. Por tanto, facilísimamente se puede deducir cómo a quienes están en
los astros luminosos o iluminados no les es visible la luz de su propio astro
sino la de los circundantes, así como en el mismo lugar común, un lugar
particular toma su luz de un lugar particular diferente.
elpino– ¿Sostenéis, por tanto, que a los seres vivos del sol no los ilumina
el sol sino otra estrella vecina?
filoteo– Así es. ¿No lo entendéis?
elpino.–¿Quién no lo entendería? Más aún, al considerar esto, llego a
entender, por deducción, otras muchas
cosas. Hay, pues, dos clases de cuerpos luminosos: los ígneos, y éstos son
luminosos primariamente, y los acuosos, o bien, cristalinos, y éstos son
secundariamente brillantes.
filoteo– Así es.
elpino– Por consiguiente, el origen de la luz ¿no se debe atribuir a otro
principio?
filoteo– ¿Y cómo puede ser de otro modo cuando no conocemos otro fundamento
de la luz? ¿Porqué intentamos apoyarnos en vanas fantasías, cuando la
experiencia misma nos instruye?
elpino– Es verdad que no debemos suponer que aquellos cuerpos tienen luz
por algún pasajero accidente, como la putrefacción de los leños, las escamas
y viscosos grumos de los peces o el muy frágil dorso de los ratones de campo y
de las luciérnagas, del origen de cuya luz en otra ocasión hablaremos.
filoteo– Como os parezca.
elpino– Así, pues, no de otro modo se engañan quienes dicen que los cuerpos
luminosos que nos rodean son ciertas quintaesencias(115), ciertas divinas substancias
corpóreas de naturaleza contraria a las que están junto a nosotros y junto a
las cuales nosotros estamos, que quienes dijeran lo mismo de una vela o de un.
cristal brillante visto desde lejos.
filoteo– Es cierto.
fracastokio– En verdad, esto está de acuerdo con todo sentido, razón y
entendimiento.
burquio– Pero no con el mío, que se inclina a considerar este parecer
vuestro como un bello sofisma.
filoteo– Respóndele tú a éste, Fracastorio, pues yo y Elpino, que hemos
hablado mucho, nos quedaremos oyendo.
fracastorio– Mi querido Burquio, yo, por lo que a mí toca, te coloco en el lugar
de Aristóteles y quiero ocupar el sitio de un idiota y rústico, que confiesa no
saber nada y supone que nada ha entendido de cuanto dice y entiende Filoteo y
de cuanto entiende Aristóteles y además todo el mundo con él. Creo en la
muchedumbre, creo en el nombre, en la fama y majestad de la autoridad
peripatética, admiro, junto con una innumerable muchedumbre, la divinidad de
este genio de la naturaleza(116);
pero por eso vengo a ti para que me informes sobre la verdad y me liberes del
convencimiento de esto que tú llamas sofisma. Así, pues, os pregunto ¿por qué
motivo decís que es grandísima, o bien, grande, o bien, del tamaño que se
quiera, la diferencia entre los cuerpos celestes y los que están próximos a
nosotros?
fracastorio– ¿Cómo me haréis ver y creer que aquellos son más divinos?
burquio– Porque son impasibles, inalterables, incorruptibles y eternos,
mientras éstos son lo contrario; aquellos se mueven con un movimiento circular
y perfectísimo, éstos con un movimiento recto.
fracastorio– Quisiera saber si, después de pensarlo bien, juraríais que este
cuerpo único (que tú interpretas como si fueran tres o cuatro cuerpos y no
consideras como miembros de un mismo compuesto) no se mueve del mismo modo que
los otros astros móviles, supuesto que el movimiento de aquellos no es visible
por hallarnos alejados de ellos más allá de cierta distancia, y éste, si
existe, no puede ser visible porque, como han advertido los verdaderos
contempladores de la naturaleza antiguos y modernos, y como, por experiencia,
nos manifiestan de mil maneras los sentidos, no podemos captar el movimiento
sino por comparación y relación con alguna cosa fija; porque, si tomáramos a
alguien que no supiera que el agua corre y que no viera las riberas, hallándose
en medio de las aguas dentro de una nave en marcha, éste no tendría idea del
movimiento de la misma. A partir de aquí, podría entrar en duda y concebir
dudas respecto a esta quietud y estabilidad, y podría pensar que, si yo
estuviese en el sol, en la luna o en otras estrellas, me parecería estar
siempre en el centro de un mundo inmóvil, en torno al cual todo lo demás se
movería, ya que este mismo cuerpo continente en que me hallo se mueve alrededor
del propio centro. He aquí por qué no estoy seguro de la diferencia entre móvil
y estable. En cuanto a aquello que dices del movimiento recto, verdad es que no
vemos moverse así a este cuerpo en línea recta, como tampoco vemos a los
otros. La tierra, si se mueve, se mueve circularmente, como los otros astros,
tal como Hegesías(118),
Platón y todos los sabios dicen, y Aristóteles y cualquier otro deben conceder.
Y de la tierra lo que vemos subir y bajar no es todo el globo sino ciertas
partículas del mismo, las cuales no se alejan, más allá de aquella región que
está incluida entre las partes y miembros del propio globo, en el que, como en
un animal, hay egreso e ingreso de partes, alternancias y cierta conmutación y
renovación.(119) Todo lo cual, si de
la misma manera se da en los otros astros, no es preciso que de la misma manera
sea visible para nosotros, porque estas elevaciones de vapores y exhalaciones,
vientos, lluvias, nieves, truenos, esterilidades, fertilidades, inundaciones,
nacimientos y muertes, si existen en los otros astros, no pueden del mismo
modo ser visibles para nosotros, sino que solamente lo son por el continuo
resplandor que envían hacia el gran espacio desde su superficie de fuego, de
agua, o de nubes, visible para quienes están en los otros por el resplandor
que difunde desde la superficie de los mares (y a veces desde la superficie
cubierta por cuerpos nebulosos, por lo que en la luna, por la misma razón, las
partes opacas parecen menos opacas), la cual superficie no se altera sino a
través de un larguísimo lapso de estadios y de siglos, en cuyo curso los mares
se cambian en continentes y los continentes en mares(120) este y aquellos cuerpos son, pues,
visibles por la luz que difunden. La luz que de esta tierra se difunde a los
otros astros es tan perpetua e inalterable como la de los astros semejantes, y
así como el movimiento recto y la alteración de las partículas resulta
invisible para nosotros, para ellos es invisible cualquier otro movimiento y
alteración que pueda darse en este cuerpo(121),
y así como en la luna, desde esta tierra, que es otra luna, aparecen diversas
partes, unas más luminosas y otras menos, así en la tierra, desde aquella luna,
que es otra tierra, aparecen diversas partes, debido a la variedad y la
diferencia de los lugares de su superficie.(122) Y así como, si la luna estuviese más lejos y
no existiera el diámetro de las partes opacas, las partes luminosas llegarían a
unirse y apretarse, causando una impresión de cuerpo más pequeño y enteramente
luminoso, de igual manera aparecería la tierra, si estuviese más lejos de la
luna. Por lo cual podemos considerar que las innumerables estrellas son otras
tantas lunas, otros tantos globos terráqueos, otros tantos mundos semejantes a
éste, en torno a los cuales parece que esta tierra da vueltas, como ellos
parecen dar vueltas y girar en, torno a esta tierra. ¿Por qué motivo, pues,
queremos afirmar que hay diferencia entre este cuerpo y aquellos, si vemos que
en todo se parecen? ¿Por qué intentamos negar que se parecen, si ni la razón
ni los sentidos nos inducen a dudar de ello?
burouio– ¿Así, pues, consideráis suficientemente probado que aquellos
cuerpos no difieren, de éste?
fracastorio– Bastante bien, pues cuanto de éste puede verse desde allá, de
aquellos puede verse desde acá; lo que de aquellos puede verse desde acá, de
éste se ve desde allá, y así. por ejemplo, cuerpo pequeño tienen éste y
aquellos; luminoso en. parte, por la menor distancia, éste y aquellos; luminoso
totalmente, no la distancia mayor, y más pequeño, éste y aquellos.
burquio– ¿Dónde queda, pues, aquel bello orden, aquella bella escala de la
naturaleza, por la cual se asciende desde el cuerpo más denso y grosero, cual
la tierra, al menos grosero, cual el agua: al sutil, cual el vapor: al más
sutil, cual el aire puro; al sutilísimo, cual el fuego; al divino, cual el cuerpo
celeste?(123) de lo obscuro a lo
menos obscuro, a lo claro, a lo clarísimo; de lo tenebroso a lo luminosísimo,
de lo alterable y corruptible a lo que está libre de toda alteración y
corrupción? ¿de lo pesadísimo a lo pesado, de esto a lo liviano, de lo liviano
a lo livianísimo, de allí a lo que no es ni pesado ni liviano? ¿desde lo móvil
al medio, al móvil desde el medio y desde allí al móvil en torno al medio?.(124)
fracastorio– ¿Queréis saber dónde está este orden? Allí donde están los sueños,
las fantasías, las quimeras, las locuras. Porque, en. cuanto al movimiento,
todo aquello que naturalmente se mueve, tiene una traslación natural en torno
al propio centro o al de otro; y digo que es circular no por simple y geométrica
relación con el círculo y la circulación, sino según aquella regla por la que
vemos cambiar físicamente de lugar a los cuerpos naturales. El movimiento recto
no es propio ni natural de ningún cuerpo principal, porque no se advierte sino
en las partes que son como excrementos que han salido de los cuerpos cósmicos,
o bien, desde otro lugar han llegado a esferas y continentes similares. De tal
modo, vernos a las aguas que, en forma de vapor, sutilizadas por el calor,
silben a lo alto, y de igual forma, espesadas por el frío, tornan a lo bajo, de
la manera que indicaremos en el lugar adecuado, cuando consideremos el
movimiento. En cuanto a la disposición de los cuatro cuerpos que se llaman
tierra, agua, aire y fuego, quisiera saber qué naturaleza, qué arte, qué
sentido la hace, la verifica y la demuestra.
fracastorio– No niego la distinción, porque dejo que cada uno distinga como le
place en las cosas naturales, pero niego este orden y esta disposición: a
saber, que la tierra esté rodeada y contenida por el agua, el agua por el aire,
el aire por el fuego, el fuego por el cielo. Porque afirmo que es uno solo el
continente y receptáculo de todos los grandes cuerpos y máquinas que vemos diseminadas
y esparcidas en este amplísimo campo, en. donde cada uno de tales cuerpos,
astros, mundos y luminarias eternas, está compuesto de lo que se llama tierra,
agua, aire y fuego. Y en ellos, si en la sustancia de la composición predomina
el fuego, aparece el cuerpo que se llama sol y que es por sí mismo luminoso; si
predomina el agua, aparece el cuerpo que se llama tierra, luna o cosa
semejante, que brilla con luz ajena, como se dijo. En estos astros o mundos,
pues, como queramos llamarlos, tales partes desemejantes se encuentran
ordenadas, según ¡as varias y diversas constituciones de piedras, lagos, ríos,
fuentes, mares, arenas, metales, cavernas, montes, llanos y otras diferentes
especies de cuerpos compuestos, de sitios y figuras, no de otro modo que lo
están en los animales las partes llamadas heterogéneas, según las varias y
diversas constituciones de huesos, intestinos, venas, arterias, carne,
nervios, pulmones, que presentan sus montes, sus valles, sus refugios, sus
aguas, sus espíritus, sus fuegos, con accidentes relativos a todas las huellas
meteorológicas, como son los catarros, erisipelas, cálculos, vértigos, fiebres(126) y otras innumerables disposiciones
y hábitos que corresponden a las nieblas, lluvias, nieves, ardores,
inflamaciones, rayos, truenos, terremotos, vientos hirvientes y heladas
tempestades. Si, pues, la tierra y otros mundos son animales en un sentido
diferente del de los que comúnmente se consideran tales, son, en todo caso,
animales con mayor y más excelente razón.(127)
Pero ¿cómo Aristóteles u otro podrá
probar que el aire existe alrededor de la tierra más que adentro de ella, si no
hay parte alguna de ésta en la que aquél no tenga un sitio y no penetre, según
aquello que quizás quisieron expresar los antiguos, que el vacío lo abarca todo
por fuera y penetra dentro de lo lleno?(128)
¿Cómo podéis imaginar que la tierra tiene espesor, densidad y consistencia sin
el agua, que junta y une las partes? ¿Cómo podéis afirmar que hacia el centro
la tierra es más pesada sin que creáis que allí sus partes son más compactas y
densas, densidad que es imposible sin el agua, única capaz de aglutinar las
partes entre sí?(129)
¿Quién no ve que en todas partes se elevan en la tierra islas y montes por
encima del agua y no sólo por encima del agua sino además por encima del aire
vaporoso y tempestuoso, encerrado entre los altos montes y considerado entre
los miembros de la tierra, para constituir un cuerpo perfectamente esférico,
por lo cual es evidente que las aguas están dentro de las vísceras de aquélla
no menos que los humores y la sangre dentro de las nuestras? ¿Quién no sabe que
en las profundas cavernas y concavidades de la tierra están las principales
acumulaciones de agua?(130) Y
si dices que se hincha por encima de las riberas, te contesto que éstas no
constituyen las partes más altas de la tierra, porque todo lo que está dentro
de los más elevados montes se entiende que está en su concavidad. Además, que
lo mismo se ve en las gotas porque el alma íntima, que abarca todas las cosas
pulverizadas, que penden, flotando sobre el llano, y en todas está, efectúa en
primer término esta operación: según la aptitud del sujeto, une cuanto puede
las partes. Y no es porque el agua esté o pueda estar naturalmente por encima o
alrededor de la tierra más de lo que la humedad de nuestra substancia está por
encima o alrededor de nuestro cuerpo.(131)
Dejo de lado el hecho de que desde todas las orillas y desde todos los lugares
donde hay acumulaciones de agua se ve que éstas son más abundantes en el medio.
Y en verdad, si las partes de los cuerpos secos pudieran así unirse por sí
solas, harían lo mismo, como claramente se ve que pasan a formar parte de una
esfera cuando, gracias al agua, se aglutinan, porque toda la unión y solidez de
las partes que hallamos en el aire procede del agua. Estando, pues, las aguas
dentro de las entrañas de la tierra y no habiendo parte alguna de ésta en que
haya partes unidas y solidez que no incluya más partes de agua que de cuerpos
secos (porque allí donde está lo más denso, allí con más razón hay composición
y predominio de este objeto que tiene la virtud de hacer coherentes a las
partes) quién habrá que por esto no quiera afirmar que el agua es base de la
tierra antes que la tierra del, agua? ¿que sobre ésta se apoya aquélla y no
aquélla sobre ésta? Dejo de lado que la altura del amia sobre la superficie de
la tierra que habitamos, llamada mar, no puede ser ni es tanta que sea digna de
compararse a la masa de esta esfera y no está ciertamente en torno a ella, como
creen los insensatos, sino dentro de la misma, como, obligado por la verdad o
por la manera de hablar de los antiguos filósofos, admitió Aristóteles en el
libro primero de sus Meteorológicos (132)
al confesar que las dos regiones más bajas del aire turbulento e inquieto están
interceptadas y limitadas por los
altos montes y son como partes y miembros de aquélla, la cual está circundada
y rodeada por un aire siempre tranquilo, sereno y claro, a la vista de las
estrellas, desde donde bajando los oíos, se ve el conjunto de todos los
vientos, nubes, nieblas y tempestades, flujos y reflujos, que proceden de la
vida y respiración de este gran animal y dios que llamamos Tierra, que
denominan Ceres, que representan como Isis, que titulan Proserpina y Diana, la
cual es idéntica a la que llaman en el cielo Lucina(133), comprendiendo que ésta no es de
naturaleza diferente de aquélla. He aquí hasta qué punto se yerra: este buen
Hornero, cuando no duerme, dice que el agua tiene su sede natural encima o
alrededor de la tierra, donde no hay ni vientos ni lluvias ni nebulosidades.(134) Y si hubiese pensado y
reflexionado más, habría visto que aun en el interior de este cuerpo (si allí
está el centro de gravedad) hay más lugar para el agua que para el elemento
seco, porque las partes de la tierra no son pesadas sin que mucha agua entre
en. composición con ellas, y sin agua no tienen capacidad, por su propio
acercamiento y peso, para bajar del airé y volver a encontrar la esfera del
propio continente. ¿Qué regulado sentido, pues, qué verdad de la naturaleza,
distingue y ordena estas partes de la manera en que es concebida por el ciego y
sórdido vulgo, aprobada por quienes hablan sin pensar, divulgada por el que
mucho dice y poco piensa? ¿Quién ha de creer, además, que no se ha dicho con
intención de revelar la verdad (Y que, si ha sido enunciada por hombre sin autoridad
es cosa de risa; si ha sido referida por persona considerada y tenida como
ilustre, cosa de misterio o parábola, que ha de ser interpretada metafóricamente:
si ha sido expuesta por hombre que tiene más sentido y entendimiento que autoridad,
contada ende las paradojas ocultas) aquella sentencia de Platón(135), tomada de Timeo, Pitágoras y
otros, que declara que habitamos en la parte cóncava y obscura de la tierra y
que tenemos con respecto a los animales que viven más arriba de la tierra la
misma relación que los peces con respecto a nosotros, porque, así como éstos
viven en un líquido más espeso y denso que nosotros, así nosotros vivimos en un
aire más vaporoso que quienes están en una región más pura y tranquila; y así
como el Océano frente al aire impuro es agua, así nuestro nebuloso medio es tal
frente al otro verdaderamente puro? De semejantes ideas y dichos lo que quiero
inferir es esto: que el mar, las fuentes, los ríos, los montes, las piedras y
el aire en ellos contenido y comprendido en ellos hasta la región media, como
la llaman, no son otra cosa más que partes y miembros diferentes de un mismo
cuerpo, de una misma masa, muy análogos a las partes y miembros que nosotros
vulgarmente conocemos como compuestos animales. Y su frontera, convexitud y
superficie externa están limitadas por los linderos últimos de los montes y el
aire tempestuoso, de manera que el Océano y los ríos permanecen en lo profundo
de la tierra no menos que el hígado, considerado fuente de la sangre, y las
venas ramificadas son contenidas y desplegadas por los (compuestos naturales)
más particulares.(136)
burquio– ¿La tierra no es, entonces, un cuerpo muy pesado, que está por eso
en el medio, y después de ella lo más pesado y próximo no es el agua, que la
rodea, la cual es, a su vez, más pesada que el aire?
iracastokio– Si tú juzgas lo pesado por la mayor aptitud de penetrar cu las
partes y de llegar al medio y al centro, diré que el aire es el más pesado y el
más liviano entre todos estos llamados elementos. Porque, así como cualquier
parte de la tierra, si se le da espacio, desciende hasta el medio, así las
partes del aire correrán hacia el medio más rápido que las de otro cuerpo
cualquiera, porque al aire le corresponde ser el primero en suceder al espacio,
en impedir el vacío y en llenarlo. No tan rápidamente reemplazan el lugar las
partes de la tierra, las cuales por lo común no se mueven sino cuando penetra
el aire, porque para que el aire penetre no se necesita tierra ni agua ni
fuego, y ninguno de éstos se le adelanta o lo vence por su mayor prontitud y
por ser más aptos y expeditos para llenar los ángulos del cuerpo continente.
Además, si la tierra, que es un cuerpo sólido, se ausenta, el aire será quien
ocupe su lugar; pero la tierra no es igualmente apta para ocupar el lugar del
aire que se ausenta. Por consiguiente, siendo propio del aire el tender a
penetrar todo sitio y rincón, no hay cuerpo más liviano que el aire ni hay
cuerpo más pesado que el mismo.(137)
burquio– ¿Qué dirás, pues, del agua?
fracastorio– Del agua he dicho y vuelvo a decir que es más pesada que la tierra,
porque vemos que el líquido desciende y penetra en los cuerpos secos hasta el
medio, con más fuerza de la que tienen éstos para penetrar en el agua. Y
además, los cuerpos secos, si se supone que no están mezclados con agua,
vendrán a flotar sobre ésta, carecerán, de aptitud para penetrar dentro de la
misma y no descenderán, si antes no son impregnados por el agua y no se
condensan en una masa y un cuerpo denso, y, por medio de esta solidez y
densidad, adquieren la capacidad de llegar adentro y abajo del agua. Esta, por
el contrario, no baja nunca gracias a la tierra sino porque se concentra y condensa
y el número de sus partes se duplica, para poder impregnar y aglutinar los
cuerpos secos, pues observamos que mucha más agua cabe en un vaso lleno de
ceniza verdaderamente seca que en otro igual en el que no haya nada. Los
cuerpos secos, pues, en cuanto secos, sobresalen y flotan sobre el agua.(138)
burquio– Explicaos mejor.
fracastorio– Vuelvo a decir que, si de la tierra se quitase toda el agua, de
manera que quedase seca por completo, sería absolutamente necesario que el
resto fuese un cuerpo inestable, ralo, inconexo y pronto a dispersarse por el
aire, en forma de innumerables cuerpos discontinuos, porque lo que constituye
a un continuo es el aire y lo que hace que un cuerpo sea continuo por su
cohesión es el agua, como quiera que sea este cuerpo continuado, coherente y
sólido que ora es uno, ora el otro, ora el compuesto del uno y el otro. Así
que, si el peso no procede de otra cosa más que de la cohesión y densidad de
las partes y las de la tierra no tienen cohesión entre sí sino por el agua, cuyas
partes, como las del aire, se unen de por sí, y ella “tiene más fuerza que otro
cuerpo, si no una fuerza exclusiva, para hacer que las partes de otros cuerpos
se unan entre sí, sucederá que el agua, con respecto a otros cuerpos que por
medio de ella llegan a ser pesados y por ella logran tener peso, es en primer
término pesada. Por eso, no deberían ser considerados locos, sino mucho más
cuerdos, quienes sostuvieron que la tierra está fundada sobre las aguas.(139)
burquio– Nosotros decimos que en el centro se debe colocar siempre la
tierra, como han concluido tantos doctísimos personajes.
fracastorio– Y como confirman los locos. burquio–
¿Qué decís de los locos?
fracastorio– Digo que tal dicho no es confirmado por los sentidos ni por la
razón.
burquio– ¿No vemos que los mares tienen flujo y reflujo y que los ríos
desarrollan su curso sobre la superficie
de la tierra?(140)
fracastorio– ¿No vemos que las fuentes, que son origen de los ríos y constituyen
los lagos y los mares, surgen de las entrañas de la tierra y no salen fuera de
las mismas, si es que habéis comprendido lo que hace poco he dicho varias
veces?
burquio– Vemos que las aguas descienden del aire antes que las fuentes
lleguen a formarse con las aguas.
fracastorio – Sabemos que el agua -si bien desciende de otro aire
diferente de aquel que es parte e integrante de los miembros de la tierra–
originaria, principal y totalmente está en la tierra antes que, derivativa,
secundaria y particularmente, esté en el aire.
burquio – Sé que te apoyas en esto: que la
verdadera superficie extrema de la convexidad de la tierra no se toma de la
superficie del mar sino del aire que iguala a los más altos montes.
fracastorio– Así lo ha afirmado y confirmado aun vuestro príncipe Aristóteles.
burquio– Este nuestro príncipe es incomparablemente más célebre, digno y
seguido que el vuestro, el cual todavía no ha sido conocido ni visto. De todos
modos, por más que a vosotros os agrade el vuestro, a mí no me disgusta el mío.
fracastorio–Aunque él os deje morir de hambre y frío, os alimente de viento y os
mande descalzo y desnudo.
filoteo– Por favor, no os detengáis en estas cuestiones inútiles y vanas.
fracastorio– Así lo haremos. ¿Qué decís, pues, oh Burquio, a esto que habéis
oído?
burquio – Digo que, sea tomo se quiera, al final es preciso ver qué hay en
el medio de esta masa, de este astro tuyo, de este animal tuyo.(141)
Porque, si hay pura tierra, el modo con que éstos han ordenado los
elementos no es vano.
fracastorio– He dicho y demostrado que es más razonable pensar que hay allí aire
o agua que cuerpos secos, los cuales, además no existirán sin estar mezclados
con varias partes de agua, que al fin vienen a servirle de fundamento; porque
vemos que las partículas de agua penetran en la tierra con más fuerza que la
que tienen las partículas de ésta al penetrar en aquélla. Es, por tanto, más
verosímil y aun más necesaria la existencia de agua en las entrañas de la
tierra que la de tierra en las entrañas del agua.
burquio– ¿Qué dices del agua que fluye por encima y corre sobre la tierra?
fracastorio– No hay quien, no pueda ver que esto es para beneficio y utilidad
del agua misma, la cual, habiendo espesado y fijado la tierra al unir las
partes de ésta, hace que el agua no siga siendo absorbida. De otra manera ella
penetraría hasta el fondo de la substancia seca, como vemos por experiencia
universal. Es preciso, pues, que en el medio de la tierra haya agua, a fin de
que dicho medio tenga firmeza, la cual no debe atribuirse primeramente a la
tierra sino al agua, porque ésta une y vincula las partes de aquélla y, en
consecuencia, ella es quien produce la densidad en la tierra y no, al
contrario, la tierra quien ocasiona la cohesión de las partes del agua y las
hace densas. Si, pues, no quieres que haya en el medio un compuesto de tierra y
agua, resulta más verosímil y conforme a toda razón y experiencia que haya allí
más bien agua que tierra. Y si hay un cuerpo denso, con. mayor razón
predominará allí el agua en lugar de un cuerpo seco, porque el agua es lo que
produce la densidad en las partes de la tierra, y ella se evapora por el calor
(no digo lo mismo de la densidad que se da en el primer fuego, la cual la puede
disolver su contrario) y cuanto más densa y pesada es, tanto mayor
participación de agua admite. Por eso, no solamente se considera que las cosas
más densas de aquí tienen más mezcla de agua, sino que también se las reconoce
como pura agua en substancia, según se ve en la disolución de los cuerpos más
pesados y densos que son los metales licuables. Y, en verdad, en todo cuerpo
sólido que tiene partes coherentes, se sobreentiende el agua, la cual une y
vincula las partes, comenzando por lo más pequeño en la naturaleza, de manera
que los cuerpos secos, privados enteramente de agua, no son otra cosa más que
fluctuantes y dispersos átomos. Por tanto, las partes de agua sin tierra son
más consistentes, porque las partes de un cuerpo seco de ningún, modo tienen
consistencia sin el agua. Si, pues, el lugar medio está destinado a quien con
mayor impulso y velocidad marcha hacia él, dicho lugar le corresponde primero
al aire, que todo lo llena; segundo, al agua, y tercero, a la tierra. Si se
asigna al más pesado, denso y compacto, primero le corresponde al agua, segundo
al aire y tercero a los cuerpos secos. Si consideramos a estos últimos junto
con. el agua, primero le corresponde a la tierra, segundo al agua y tercero al
aire. De modo que, desde varios y diversos puntos de vista, el medio
corresponde en primer término a elementos diferentes; según la verdad y la naturaleza,
un elemento sin el otro no existe, ni es miembro integrante de la tierra (esto
es, de este gran animal) sin que lo sean también los cuatro o, por lo menos,
tres de ellos.(142)
burquio– Llegad, pues, rápido a la conclusión.
fracastorio– Lo que deseo concluir es esto: que el famoso y vulgar orden de los
elementos y cuerpos del mundo es un sueño y una muy vana fantasía, porque ni en
la naturaleza se verifica ni en la razón se prueba y demuestra, ni por lógica
debe ni por potencia puede ser de tal manera. Queda, pues, comprendida la
existencia de un infinito campo y espacio continente, el cual abarca y penetra
el todo. En él hay infinitos cuerpos semejantes a éste, de los cuales el uno no
está más en. el medio del universo que el otro, porque dicho universo es
infinito y, por tanto, sin centro y sin limite, aunque tales cosas (el centro y
el límite) correspondan a cada uno de los mundos que están en él, del modo que
otras veces he dicho, particularmente cuando hemos demostrado que existen
ciertos, determinados y definidos medios, cuales son los soles y los fuegos,
en torno a los que giran todos los planetas, las tierras y las aguas, así como
vemos girar en torno al que está próximo a nosotros estos siete cuerpos
errantes, y cuando hemos demostrado igualmente que cada uno de estos astros o
mundos, dando vueltas alrededor del propio centro, produce la apariencia de un
mundo sólido y continuo que arrastra a cuantos astros se ven, pueden existir y
giran en torno a él, como centro del universo. De manera que no hay un solo
mundo, una sola tierra, un solo sol, sino tantos mundos cuantas lámparas
brillantes vemos en torno a nosotros, las cuales están en un único cielo, lugar
y ambiente, tanto como este mundo, en el cual nos hallamos nosotros, está en un
único ambiente, lugar y cielo. De modo que el cielo, el aire infinito e inmenso,
aunque sea parte del universo infinito, no es, sin embargo, un mundo ni una
parte de los mundos sino seno, receptáculo y campo en que aquellos están, se
mueven, viven, se nutren y llevan a cabo sus transformaciones, producen,
alimentan, vuelven a alimentar y mantienen a sus habitantes y animales, y con
ciertas disposiciones y órdenes sirven de ministros de la naturaleza superior,
cambiando el rostro de un solo ente en innumerables sujetos. De modo que cada
uno de estos mundos es un medio hacia el cual todas sus partes concurren y
donde se reúnen todas las cosas semejantes, así como las de este astro se
vuelven a su continente, a partir de cierta distancia, desde cualquier lado y región
vecina. Por eso, no habiendo parte alguna que salga del gran cuerpo y no
vuelva de nuevo a él, resulta que él es eterno, aunque se pueda disolver, por
más que la necesidad de una eternidad semejante provenga ciertamente del
conservador externo y providente, no de la interna y propia suficiencia, si no
me engaño. Pero de esto os hablaré en otra ocasión más detalladamente.
burquio– ¿Así, pues, los otros mundos están habitados como éste?
fracastorio– Si no así y de mejor modo, por lo menos igualmente, porque es
imposible que un espíritu racional y un tanto despierto pueda imaginar que
carezcan de parecidos y mejores habitantes innumerables mundos que se revelan
tan magníficos o más que éste, los cuales o son soles o no reciben menos que el
sol los divinísimos y fecundos rayos que tanto nos revelan la felicidad de su
propio sujeto y fuente como hacen, dichosos a los circunstantes que participan
de tal fuerza difundida. Son, pues, infinitos los innumerables y principales
miembros del universo, que tienen igual rostro, aspecto, prerrogativas, fuerzas
y efectos.(143)
burquio– ¿No queréis que entre unos y otros haya diferencia alguna?
fracastorio– Muchas veces habéis oído que son de por sí brillantes y calientes
aquellos en cuya composición predomina el fuego; que los otros brillan por
participación, son de por sí fríos y obscuros y en su composición predomina el
agua, y que de esta diversidad y oposición dependen el orden, la por simetría,
la conexión, la paz, la concordia, la integración, la vida. De suerte que los
mundos están compuestos por contrario(144),
y ciertos contrarios, como tierras y aguas, viven y crecen gracias a los otros,
como soles y fuegos. Esto, según creo, es lo que quiso expresar aquel sabio el
cual dijo que Dios produce la paz en los más altos contrarios, y aquel otro que
sostuvo que el todo se mantiene unido por la lucha de los concordantes y por el
amor de los antagonistas.(145)
burquio– Con esta opinión vuestra pretendéis subvertir el mundo.
fracastorio– ¿Te parece que haría mal quien pretendiera subvertir el mundo
subvertido?
burquio– Pretendéis hacer inútiles numerosos esfuerzos, estudios y sudores
en torno al oído físico, a los cielos y los mundos, donde se han exprimido el
cerebro muchísimos grandes comentadores, parafrasistas, glosadores,
compendiadores, sumulistas, escoliastas, traductores, autores de cuestiones y
teoremas, donde han sentado sus bases y fijado sus fundamentos doctores
profundos, sutiles, dorados, grandes, inexpugnables, angélicos, seráficos,
querúbicos y divinos.(146)
fracastorio– Añade los quiebrapiedras, rocarruidosos, cornúpetos y
calcipotentes. Añade los profundividentes, paladios, olímpicos, firmamentales,
celeste-empíricos y altitonantes.(147)
burquio– ¿Deberemos arrojarlos a todos, a instancia vuestra, en una
letrina? ¡Por cierto que estará bien regido el mundo cuando sean eliminadas y
despreciadas las especulaciones de tantos y tan dignos filósofos!
fracastorio– No es justo que privemos a los asnos de sus lechugas y pretendamos
que sus gustos sean semejantes a los nuestros. La diversidad de ingenios y
entendimientos no es menor que la de humores y estómagos.
burquio– ¿Queréis decir que Platón es un ignorante, que Aristóteles es un
asno y que quienes los han seguido son insensatos, estúpidos y fanáticos?
fracastorio– Yo no digo, cacharro mío(148),
que éstos sean potros y aquellos asnos, éstos monitas y aquellos grandes
simios, como queréis que yo diga, pero, como os he explicado desde el
principio, los considero héroes de la tierra, aunque no quiero creer en ellos
sin causa ni admitirles aquellas proposiciones cuyas contradictorias, según
podéis haber comprendido, si no sois enteramente ciego y sordo, son tan
manifiestamente verdaderas.
burquio– ¿Y quién ha de ser aquí el juez?
fracastorio.–Cualquier sentido normal y cualquier juicio despierto, cualquier
persona discreta y no pertinaz, cuando se sienta convencida e incapaz de
defender los argumentos de aquellos y de resistir a los nuestros.
burquio– Cuando yo no los sepa defender, será por culpa de mi incapacidad y
no de su doctrina; cuando vos, al impugnarlos, sepáis salir adelante. no será
por vuestra sofística insistencia.
fracastorio– Si yo me supiese ignorante de las causas, me abstendría de dar
opiniones, me consideraría instruido por la fe y no por la ciencia.
burquio– Si tú estuvieses mejor influido, sabrías que eres un asno
presuntuoso, sofista, perturbador de la buena literatura, verdugo de los
ingenios, amante de las novedades, enemigo de la verdad, sospechoso de herejía.
filoteo– Hasta ahora, éste ha demostrado tener poca instrucción, ahora nos
quiere dar a entender que tiene poca discreción y que es un mal educado.
elpino– Tiene buena voz y discute con más gallardía que si fuese un fraile
de zuecos.(149) Mi querido Burquio, mucho alabo la
constancia de tu fe. Desde el principio declaraste que, aun cuando esto fuese
cierto, no querías creerlo.
burquio– Sí, quiero más bien ignorar con muchos hombres ilustres y doctos
que saber con unos pocos sofistas, como considero que son estos amigos.
fracastorio– Difícilmente podrás distinguir entre doctos y sofistas, si damos fe
a lo que dices: No son ilustres y doctos los que ignoran: los que saben no son
sofistas.
burquio– Yo sé que entendéis lo que quiero decir.
elpino– Bastante sería si pudiésemos entender lo que decís, ya que a vos
mismo os resultaría muy difícil entender lo que queréis decir.
burquio.– ¡Marchad, marchad, vosotros, más sabios que Aristóteles; id, id, más
divinos que Platón, más profundos que Averroes, más prudentes que tan gran
número de filósofos y teólogos de tantas épocas y naciones, que lo han
comentado, admirado y elevado hasta el cielo! ¡Id, vosotros, que no sé quienes
sois y de dónde salís y queréis presumir de oponeros al torrente de tantos
grandes doctores!
fracastorio– Este sería el mejor de cuantos argumentos nos habéis dirigido, si
en realidad fuese un argumento.(150)
burquio– Tú serías más sabio que Aristóteles, si no fueses una bestia, un
pobre diablo, mendigo, miserable, alimentado con pan de mijo, muerto de hambre,
engendrado por un sastre, nacido de una lavandera, sobrino de Pancho(151), el remendón; hijo de Momo, mayoral
de las putas; hermano de Lázaro, que hace zapatos para los asnos. ¡Quedad con
cien diablos también vosotros, que no sois mejor que él!
elpino– Por favor, magnífico señor, no os toméis más la molestia de venir a
visitarnos y esperad que nosotros vayamos a vos.
fracastorio– Querer demostrar con muchos argumentos la verdad a semejantes
individuos es como si con muchas clases de jabón y lejía se lavase muchas
veces la cabeza del asno: en tal caso no se adelanta más lavándolo cien veces
que una sola y es enteramente igual haberlo y no haberlo lavado.
filoteo– Más aún, aquella cabeza siempre será considerada más sucia al fin
del lavado que al comienzo y antes, porque mientras más agua y perfumes se le
echan, más y más se remueven los humores de la misma y llega a sentirse aquel
mal olor que de otro modo no se sentía, el cual será tanto más molesto cuanto
es despertado por más aromáticos líquidos. Mucho hemos hablado hoy. Mucho me
alegro de la capacidad de Fracastorio y de vuestro maduro juicio, Elpino. Ahora
bien, puesto que hemos discurrido acerca del ser, el número y las cualidades
de los infinitos mundos, es justo que mañana veamos si existen argumentos en
contra y cuáles son.
elpino– Así sea.
fracastorio– Adiós.
DIÁLOGO
CUARTO
filoteo– No son, pues, infinitos los mundos a la manera como se imagina al
conjunto de esta tierra rodeado por muchas esferas, de las cuales unas contienen
un astro y otras innumerables astros, si se tiene en cuenta que el espacio es
tal que por él pueden moverse muchos astros, que cada uno de éstos es tal que
puede por sí mismo y por un principio intrínseco encaminarse a lo que le
conviene, que cada uno de éstos tiene cuanto lo hace apto, capaz y digno de ser
considerado como un mundo, que no hay entre ellos quien no posea un principio
eficaz y un modo de mantener y conservar la perpetua generación y la vida de
innumerables y excelentes individuos. Una vez sabido que la apariencia del
movimiento de los mundos es ocasionada por el verdadero movimiento diurno de la
tierra (el cual de un modo semejante se da en astros semejantes), no habrá
razón que nos obligue a afirmar la equidistancia de las estrellas, que el
vulgo considera como clavadas y fijas en una octava esfera, y no habrá
argumento que nos impida darnos cuenta de que las distancias de aquellas
innumerables estrellas constituyen las innumerables diferencias de longitud de
un semidiámetro. Comprenderemos que los orbes y esferas no se hallan dispuestos
en el universo como si uno estuviera dentro del otro, estando siempre el menor
contenido en el mayor, como por ejemplo, las membranas de la cebolla, sino que,
a través del campo etéreo, el calor y el frío, difundidos por cuerpos que
tienen principalmente tales cualidades, llegan a. conformarse de tal modo,
según grados diversos, que se constituyen el principio próximo de muchas
formas y especies de ente.(152)
elpino– Ea, por favor, pasemos pronto a la refutación de los argumentos de
los adversarios y principalmente de Aristóteles, que son los más célebres y
famosos y a los que la necia muchedumbre considera como demostraciones
perfectas. Y a fin de que no parezca que se deja algo atrás, yo expondré todas
las argumentaciones y tesis de este pobre sofista y vosotros las examinaréis
una por una.
filoteo–Que así se haga.
elpino– Hay que averiguar, dice él en el libro primero de su tratado Sobre
el cielo y el mundo, si fuera de este mundo existe otro.(153)
filoteo– Acerca de semejante problema debéis saber que él toma la palabra
“mundo” en diferente sentido que nosotros, porque nosotros añadimos un mundo a
otro, igual que un astro a otro, dentro de este vastísimo seno etéreo, como es
natural que lo hayan entendido todos aquellos sabios que han afirmado la
existencia de innumerables e infinitos mundos. El toma la palabra “mundo” como
si significase un agregado de estos elementos ordenados y de estos orbes
fantásticos hasta la convexidad del primer móvil que, formado por una figura
perfectamente redonda, con un rapidísimo movimiento todo lo circunda, dando
vueltas él mismo en torno al centro, en el cual estamos nosotros.(154)
Pero sería un vano e infantil entretenimiento querer examinar argumento
por argumento semejante fantasía. En cambio, es justo y oportuno responder a
sus argumentos en cuanto pueden ser contrarios a nuestro modo de pensar y no
prestar atención a los que no nos contradice.
fracastorio– ¿Qué diremos a quienes nos reprocharen que argumentamos sobre un
equívoco?
filoteo– Les diremos dos cosas: que la culpa de esto la tiene quien ha
tomado el mundo según una significación impropia, formándose un fantástico
universo material, y que nuestras respuestas no son menos válidas si se concibe
el mundo según lo representa la imaginación de nuestros adversarios que si se
lo toma según lo concibe la verdad. Porque, allí donde se representan los
puntos de la última circunferencia de este mundo, cuyo centro es la tierra, se
pueden representar los puntos de otras innumerables tierras que están más allá
de aquella circunferencia imaginaria, ya que realmente existen, aunque no
según el modo imaginado por éstos. Dicho modo, sea como fuere, no añade ni
quita nada en lo que se refiere a la extensión del universo y al número de los
mundos.
fracastorio– Bien decís. Adelante, Elpino.
elpino– “Todo cuerpo”, dice, “o se mueve o está quieto, y dicho movimiento
y estado o es natural o es violento.(155) Además, todo cuerpo, donde no está por
violencia sino naturalmente, no se mueve por violencia sino por naturaleza, y
donde no se mueve violentamente, allí naturalmente reside, de suerte que todo
aquello que es movido violentamente hacia arriba, naturalmente se mueve hacia
abajo, y viceversa. De esto se infiere que no hay muchos mundos, al considerar
que si la tierra, ubicada fuera de este mundo, se mueve hacia el centro de
este mundo violentamente, la tierra, ubicada en este mundo, se moverá hacia el
centro del mismo naturalmente, y si su movimiento desde el centro de este mundo
hacia el centro de aquél es violento, su movimiento desde el centro de aquél
hacia el centro de éste será natural. La causa de esto es que si hay muchas
tierras resulta necesario decir que la potencia de una es semejante a la
potencia de la otra, como, por otra parte, la potencia de aquel fuego será
semejante a la potencia de éste. De otra manera, las partes de aquellos mundos
serán semejantes a las partes de éste sólo en el nombre y no en el ser y, por
consiguiente, aquel mundo no será sino que se llamará “mundo” como éste.
Además, todos los cuerpos que son de una naturaleza y de una especie tienen un
movimiento, porque todo cuerpo tiene una manera natural de moverse. Si, pues,
hay allí tierras como ésta, tendrán un movimiento igual; como, a la inversa, si
tienen movimiento igual, tienen los mismos elementos. Siendo así, necesariamente
la tierra de aquel mundo se moverá hacia la tierra de éste, el fuego de aquél
hacia el fuego de éste. De donde se sigue, además, que la tierra no menos
naturalmente se mueve hacia arriba que hacia abajo, y el fuego no menos hacia
abajo que hacia arriba. Ahora bien, siendo tales cosas imposibles, debe haber
sólo una tierra, un centro, un medio, un horizonte, un mundo.(156)
filoteo– Contra esto decimos que, del mismo modo que en este espacio
universal infinito nuestra tierra da vueltas en torno a esta región y ocupa
esta parte, los otros astros ocupan sus partes y dan vueltas en torno a sus
legiones en el inmenso campo. Por eso, así como esta tierra consta de sus
miembros, tiene sus alteraciones y un flujo y reflujo en sus partes (como
vemos que sucede en los animales donde los humores y las partes están en
continua alteración y movimiento), así los otros astros constan de miembros con
afecciones semejantes. Y así como este (astro), cuando se mueve naturalmente
con. toda su potencia, no tiene movimiento sino semejante al circular, con el
cual gira en torno al propio centro y da vueltas alrededor del sol, así
necesariamente sucede con aquellos otros cuerpos que son de la misma
naturaleza. Y las partes aisladas de aquellos, que por algún accidente se
alejaran de su lugar (las cuales, sin embargo, no deben ser consideradas
partes principales o miembros), naturalmente retornan allí por propio impulso,
no de otro modo que las partes de los cuerpos secos y del agua, que por acción
del sol y de la tierra se habrán alejado hacia miembros y regiones superiores
de este cuerpo, en forma de exhalación y vapor, habiendo recuperado su propia
forma, allí retornan. Y así aquellas partes, más allá de cierto límite, no se
separan de su continente como éstas, según se hará evidente cuando veamos que
la materia de los cometas no pertenece a este globo. Así, pues, las partes de
un animal, aunque sean de la misma especie que las partes de otro animal, sin
embargo, por pertenecer a individuos diferentes, jamás tienen tendencia (me
refiero a las partes principales distantes) a ocupar el lugar de las del otro;
así jamás mi mano será adecuada a tu brazo ni tu cabeza a mi busto.(157)
Establecidos tales fundamentos, decimos que verdaderamente hay semejanza
entre todos los astros y entre todos los mundos y que la misma constitución
tienen esta tierra y las otras. No se sigue de ello, sin embargo, que allí
donde está este mundo deban estar todos los otros, que donde está situada ésta
deban estar situadas las otras, pero bien se puede inferir que, así como ésta
se afirma en su lugar, todas las otras se afirman en los suyos. Así como no
está bien que ésta se mueva en el lugar de las otras, tampoco está bien que
las otras se muevan en lugar de ésta; así como ésta es diferente de aquéllas
por su materia y otras circunstancias individuales, aquéllas serán diferentes
de ésta. Así las partes de este fuego se mueven con relación al mismo fuego
como las partes de aquel otro con relación a aquél; así las partes de esta
tierra con relación a esta tierra entera, como las partes de aquella otra
tierra con relación a aquélla entera. Así las partes de aquella tierra que
llamamos luna, con sus aguas, se moverían contrariando la naturaleza y de modo
violento hacia ésta, como se moverían las partes de ésta hacia aquélla.
Aquélla, de acuerdo a la naturaleza, se mueve en su lugar y ocupa su región
que está allí, y así sus partes se hallan en relación a aquella tierra, como
las de ésta, en relación a ésta, y así se entiende de las partes de aquellas
aguas y de aquellos fuegos. El abajo y la parte inferior de esta tierra no es
un punto de la región etérea exterior a ella (como sucede con las partes producidas
fuera de la propia esfera, si esto acontece), sino que está en el centro de su
masa, redondez o gravedad. Así, el abajo de aquella tierra no es un lugar fuera
de ella sino su propio medio y su propio centro. El arriba de esta tierra es
todo lo que está en su circunferencia. Sin embargo, tan violentamente se mueven
las partes de aquélla fuera de su circunferencia y tan naturalmente se dirigen
hacia su centro, como las partes de ésta se alejan violentamente y vuelven
naturalmente hacia el propio centro. He aquí cómo se establece la verdadera
semejanza entre estas y aquellas tierras.
elpino– Muy bien decís que, así como es cosa impropia e imposible que uno
de estos animales se mueva y permanezca donde está el otro y no tenga su propia
subsistencia individual, con su lugar y circunstancias propias, así es
sumamente impropio que las partes de éste tengan inclinación y movimiento en
acto hacia el lugar de las partes de aquél.
filoteo– Bien lo entendéis en lo que toca a las partes que son
verdaderamente partes. Porque en lo que se refiere a los primeros cuerpos
indivisibles, de los que originariamente está compuesto el todo, es de creer
que padecen a través del inmenso espacio ciertas vicisitudes, con lo cual
ingresan en otro lugar y de otro lugar salen. Y éstos, aun cuando por
providencia divina, en acto no constituyan nuevos cuerpos ni disuelvan los
antiguos, tienen por lo menos tal facultad. Porque verdaderamente los cuerpos
cósmicos son disolubles, pero puede ser que por virtud intrínseca o extrínseca
sean eternamente persistentes e iguales, por haber en ellos un ingreso de
átomos tal y tan grande como tal y tan grande es el egreso de los mismos, y que
así continúen siendo iguales en número, como nosotros, que de manera
semejante, día a día, hora a hora, momento a momento, nos renovamos en nuestra
substancia corpórea, por la incorporación y digestión que hacemos con todas
las partes del cuerpo.(158)
elpino– De esto hablaremos otra vez. En cuanto al presente, mucho me
satisfacéis aún por aquello que habéis hecho notar, que debería entenderse que
cualquier otra tierra se subiría violentamente sobre ésta, si en este lugar se
moviese, de igual modo que ésta se subiría violentamente, si se moviese en el
de cualquiera de aquéllas. Porque así como, al marchar desde cualquier parte de
esta tierra hacia la circunferencia o superficie última y hacia el horizonte
del éter hemisférico, se va como hacia arriba, así desde cualquier parte de la
superficie de otras tierras, al marchar hacia ésta, se interpreta como subida,
en vista de que esta tierra está en la circunferencia de aquéllas, como aquéllas
en la de ésta. Estoy de acuerdo en que, si bien aquellas tierras tienen la
misma naturaleza que ésta, no por eso se sigue que de hecho giren en torno al
mismo centro, porque el centro de otra tierra no es centro de ésta y su
circunferencia no es la circunferencia de ésta, así como mi alma no es la
vuestra, mi peso y el de mis partes no es cuerpo y peso vuestro, si bien todos
dichos cuerpos, pesos y almas se denominen unívocamente y sean de la misma
especie. (159)
filoteo– Bien. Pero no por esto quisiera que os imaginarais que si las
partes de aquella tierra se acercasen a esta tierra no sería posible que igualmente
fueran impulsadas hacia este cuerpo continente, igual que si las partes de
ésta se aproximasen a aquélla, aunque de ordinario no veamos que sucede lo
mismo en los animales y en los diversos individuos de las especies de estos
cuerpos, sino en cuanto el uno se aumenta y crece por el otro y el uno se
transmuta en el otro.
ELPiNO– Está bien. Pero ¿qué dirías si toda aquella esfera estuviera tan
cerca de ésta como es necesario para que de ella se alejen las partes suyas que
tienen la capacidad de retornar a su continente?
filoteo– Supuesto que las partes notables de la tierra se salgan fuera de la
circunferencia de ésta, en torno a la cual se dice que el aire es puro y terso,
fácilmente concedo que de aquel lugar puedan retornar tales partes, como de
modo natural a su lugar, pero no ya que venga otra esfera toda entera ni que de
modo natural desciendan las partes de aquélla, sino más bien que de modo violento
asciendan, como las partes de ésta no descenderían de modo natural a aquélla
sino que de modo violento ascenderían. Porque para todos los mundos la parte
exterior de su circunferencia es el arriba y el centro interior es el abajo, y
para determinar el medio, al cual sus partes naturalmente tienden, no se
considera el exterior sino el interior de aquellos, cosa que han ignorado
quienes imaginando cierto linde y delimitando vanamente el universo, han
pensado que eran idénticos el centro y medio del mundo y el de esta tierra. Lo
contrario de esto concluyen, proclaman y conceden los matemáticos de nuestro
tiempo, quienes han hallado que el centro de la tierra no está equidistante de
la imaginaria circunferencia del mundo. Dejo de lado a los otros, más sabios,
que, habiendo entendido el movimiento de la tierra, han, hallado, no solamente
por razones propias de su ciencia sino también por una razón natural, que en el
mundo y universo que con el sentido de la vista podemos abarcar, más
razonablemente y sin incurrir en dificultades, formulando una teoría más apta
y justa y aplicable al movimiento más regular de dichos cuerpos que giran
alrededor del medio, debemos interpretar que la tierra está tan lejana del
medio como el sol. Por lo cual, fácilmente con sus mismos principios tienen la
posibilidad de descubrir poco a poco la falta de fundamento de lo que se dice
sobre el peso de este cuerpo y la diferencia de este lugar con respecto a los
otros, sobre la equidistancia de los innumerables mundos que vemos desde aquí,
más allá de los llamados planetas; sobre el rapidísimo movimiento de todos
aquellos en torno a éste solo antes que del giro de éste solo con respecto a
todos aquellos, y podrán llegar por lo menos a concebir dudas sobre otras grandísimas
dificultades implicadas en la filosofía vulgar. Ahora bien, para llegar al
punto de donde hemos partido, vuelvo a decir que uno, ni en todo ni en parte
sería capaz de moverse hacia el medio de otro, por más que otro astro estuviera
muy cerca de él, de modo que el espacio o punto de la circunferencia de aquél
se tocase con el punto o espacio de la circunferencia de éste.
elpino– Al revés lo ha dispuesto la providente naturaleza, porque, si así
fuese, cada cuerpo destruiría a su contrario, el cuerpo frío y el húmedo se
matarían con el caluroso y el seco. Sin embargo, cada uno de éstos, cuando se
sitúa a distancia adecuada, vive y se nutre gracias al otro. Además, un cuerpo
semejante impediría al otro la comunicación y participación de lo adecuado,
que él proporciona al desemejante y del desemejante recibe, como lo demuestran
a veces los no regulares daños que traen a nuestra fragilidad las
interposiciones de otra tierra, que llaman luna, entre nuestra tierra y el sol.(160) Pues ¿cómo sería si ella estuviera
más cerca de la tierra y nos privase por mucho más tiempo de aquella luz
cálida y vital?
filoteo– Bien decís. Proseguid ahora con lo que Aristóteles sostiene.
elpino– Aduce luego una fingida objeción, la cual dice que un, cuerpo no se
mueve hacia otro por esta razón: porque cuanto más distante está del otro
localmente, tanto más diverso de él es por naturaleza. Y contra esto dice él
que la mayor o menor distancia no es capaz de hacer que la naturaleza se
diversifique.(161)
filoteo– Esto, entendido como se debe entender, es muy cierto. Pero nosotros
tenemos otro modo de responder y aportamos otra razón por la cual una tierra no
se dirige hacia otra, ya sea cercana o lejana.
elpino– Lo he comprendido. Pero, con todo, me parece además verdad aquello
que se puede suponer que quisieron decir los antiguos: que un cuerpo por su
mayor distancia llega a tener menor capacidad (que ellos denominaron propiedad
y naturaleza, según su modo común de hablar), porque las partes bajo las cuales
hay mucho aire son menos capaces de dividir el medio y de llegar abajo.
filoteo– Es cierto y ha sido bastante experimentado en las partes de la
tierra que, a partir de cierto término de su distanciamiento y lejanía, suelen
retornar a su continente, hacia el cual marchan tanto más rápidamente cuanto
más se acercan.(162) Pero nosotros hablamos ahora de las partes de
otra tierra.
elpino– Ahora bien, si una tierra es semejante a otra y una parte a otra,
¿qué crees que sucedería si estuviesen cerca? ¿no tendrían igual capacidad las
partes de la otra para ir hacia una y otra tierra y, por consiguiente, para
subir y bajar?
filoteo– Admitido un inconveniente (si es inconveniente), ¿qué impide que
se admita otro, derivado de él? Pero, dejando esto, digo que las partes, al
estar en igual relación y distancia respecto a diversas tierras, o permanecen
quietas o se fijan un lugar hacia el cual ir; con respecto a aquél se dirá que
descienden, y con respecto al otro del cual se alejan, que ascienden.
elpino– No obstante, ¿quién sabe si las partes de un cuerpo principal se
mueven hacia otro cuerpo principal, aunque sea de especie semejante? Porque
parece que las partes y miembros de un hombre no pueden cuadrar y convenir a
otro hombre.
filoteo– Principal y primariamente es cierto, pero secundaria y
accesoriamente sucede lo contrario. Porque hemos visto una experiencia en que
se coloca en su lugar la nariz de uno tomándola de la carne de otro, y
esperamos poder colocar con éxito y facilidad la oreja de otro donde estaba la
de éste.(163)
elpino – Esta cirugía no debe ser común.
filoteo – Que no lo sea.
elpino– Vuelvo al asunto de querer saber: si sucediese que una piedra
estuviera en el medio del aire, en un punto equidistante entre dos tierras,
¿cuándo debemos creer que permanecería fija? ¿y cuándo se determinaría a ir más
pronto hacia un astro que hacia otro?
filoteo.–Digo que la piedra, por su figura, al no estar relacionada con. uno
más que con el otro, al tener uno y otro la misma relación con la piedra, y al
ser, en efecto, igualmente afectados por ella, por lo dudoso de la resolución y
por existir la misma razón en dos términos opuestos, permanecería inmóvil, al
no poder resolverse a ir hacia el uno más bien que hacia el otro, pues éste no
la atrae más que aquél y entre ambos ella no se halla más impulsada a éste que
a aquél. Pero si uno le es más afín y connatural y es más semejante a ella y
más apto, para conservarla, se determinará a unirse con él directamente, por
el camino más corto. Porque el principal principio de movimiento no es la
propia esfera y el propio astro, sino el deseo de la propia conservación: vemos
así cómo la llama se arrastra por tierra, se inclina y desciende para llegar
al lugar más próximo en que puede alimentarse y nutrirse y cómo deja de
dirigirse hacia el sol, hacia el cual, sin prejuicio de entibiarse por el
camino, no se lanza a través del aire.
elpino– ¿Qué dices de aquello que añade Aristóteles, que las partes y los
cuerpos afines, por más distantes que estén, se mueven, sin embargo, hacia su
todo y su semejante?(164)
filoteo– ¿Quién no ve que es contra toda razón y experiencia, habida cuenta
de lo que hace poco hemos dicho? Ciertamente, las partes fuera del propio globo
se moverán hacia lo cercano y semejante, aunque éste no sea su primario y
principal continente, y a veces hacia otro que las conserve y las nutra, aunque
no sea de especie semejante(165),
porque el principio intrínseco impulsivo no procede de la relación que tenga
con un lugar determinado, con un cierto punto y con la propia esfera, sino de
la tendencia natural a buscar dónde ha de mantenerse y conservarse mejor y más
pronto en su ser presente, el cual, por más innoble que sea, todas las cosas
por naturaleza desean, así como en mayor grado desean vivir y en mayor grado
temen morir aquellos hombres que no tienen la luz de la verdadera filosofía y
no conciben otra existencia más que la presente y piensan que no puede
sobrevenir otra que les pertenezca. Porque no han llegado a entender que el
principio vital no comiste en los accidentes que resultan de la composición,
sino en una substancia individual e indisoluble, en la cual, si no hay
perturbación, no corresponde que haya deseo de conservarse ni temor de perderse.
Esto, en cambio, corresponde a los compuestos, a causa de su simetría,
complexión y accidentes. Porque ni la substancia espiritual, que se supone
unir, ni la material, que se supone unida, pueden estar sujetas a alteración o
pasión alguna y, por consiguiente, no tratan de conservarse.(166)
Por eso, a tales substancias no les corresponde movimiento alguno, sino
a las compuestas. Tal doctrina será comprendida cuando se sepa que ser pesado
o liviano no corresponde a los mundos ni a las partes de aquellos, porque tales
diferencias no existen naturalmente sino positiva y relativamente. Además, por
aquello que en otras ocasiones hemos expuesto, esto es, que el universo no
tiene límite ni extremo sino que es inmenso e infinito, sucede que los cuerpos
principales en relación con cierto medio o extremo no pueden determinarse a
moverse en línea recta, porque con todos los lados fuera de su circunferencia
tienen igual e idéntica relación. No tienen, sin embargo, otro movimiento recto
más que el de las propias partes y no con respecto a otro medio y centro sino
al del propio todo, continente y perfecto. Pero de esto hablaré en su ocasión y
lugar. Viniendo, pues, al punto, digo que, según sus mismos principios, no
podrá demostrar este filósofo que un cuerpo, por más lejos que esté, tenga
capacidad de retornar a su continente o semejante, si él entiende que los
cometas tienen materia terrestre y que tal materia, como en forma de
exhalación, ha subido hasta la región incendiada del fuego. Sus partes son
incapaces de descender y, arrebatadas por la fuerza del primer móvil, dan
vueltas en torno a la tierra. Sin embargo, no son de quinta esencia, sino
cuerpos terrestres muy pesados, compactos y densos.(167) Como claramente se deja ver por su
manifestación en tan largo intervalo y por la larga resistencia que oponen al
fuerte y vigoroso incendio del fuego, pues a veces tardan más de un mes en
quemarse, como se ha visto uno en nuestra época que ha tardado cuarenta y
cinco.(168) Ahora bien, si por la distancia no se
destruye la relación del peso, ¿por qué motivo dicho cuerpo no sólo no cae
hacia abajo ni permanece quieto sino que además gira en torno a la tierra? Si
dice que no da vueltas por sí mismo, sino por ser arrastrado, insistiré todavía
en que del mismo modo cada uno de sus cielos y astros (los cuales no quiere que
sean pesados ni livianos ni de materia similar) son arrastrados. Dejo de lado
el hecho de que el movimiento de estos cuerpos parece propio de los mismos,
porque no se adapta nunca al movimiento diurno ni al de los otros astros. El
argumento es excelente para convencer a éstos con sus propios principios.
Porque de la verdadera naturaleza de los cometas hemos de hablar(169), dando una interpretación propia de
la misma, y mostraremos que tajes incendios no provienen de la esfera del
fuego, porque estarían encendidos por todas partes, supuesto que según toda la
circunferencia o superficie de su masa están contenidos en el aire, azotado por
el calor, como dicen ellos, o bien en la esfera del fuego. Pero vemos que
siempre el incendio es desde una sola parte. Concluiremos que dichos cometas
son una especie de astro, como bien dijeron y entendieron los antiguos, y un
astro tal que con su propio movimiento, al acercarse a y alejarse de este
astro, a causa de su acceso y receso, parece crecer primero, como si se
encendiese, y luego disminuye, como si se extinguiese, y no se mueve en torno
a la tierra sino que su movimiento propio es el que está más allá del movimiento
diurno propio de la tierra, la cual, dándose vueltas sobre su propia espalda,
convierte en orientes y occidentes a todas aquellas luminarias que están fuera
de su circunferencia.(170) Y no es posible que ese cuerpo terrestre tan
grande pueda ser arrastrado y mantenido en suspenso, contra su naturaleza,
por aire tan líquido y cuerpo tan sutil que no opone resistencia al todo. Dicho
movimiento, si en verdad existiera, estaría conforme sólo con el del primer
móvil, por el cual es arrastrado, y no imitaría el movimiento de los planetas,
por lo cual se lo considera ya de la naturaleza de Mercurio, ya de la de la
Luna, ya de la de Saturno y otros. Pero también de esto otra vez se hablará.
Basta ahora con haber dicho de ello lo suficiente para argumentar contra éste,
que de la cercanía y lejanía no quiere que se infiera mayor y menor capacidad
en el movimiento al que, contra la verdad, llama propio y natural. Aquélla no
permite que se pueda llamar propio y natural de un objeto una disposición que
jamás le puede alcanzar, pues si las partes, más allá de cierta distancia no se
mueven nunca hacia el continente, no se debe decir que tal movimiento sea
natural en ellas.
elpino– Bien se da cuenta quien bien reflexiona que éste tenía principios
enteramente contrarios a los verdaderos principios de la naturaleza. Replica
luego que “si el movimiento de los cuerpos es simple y natural en ellos,
sucederá que los cuerpos simples, que existen en muchos mundos y son de la
misma especie, se muevan hacia el mismo medio o hacia el mismo extremo”.(171)
filoteo– Esto es lo que él no podrá probar nunca, a saber, que deban
moverse hacia el mismo lugar particular e individual. Porque del hecho que los
cuerpos sean de la misma especie se infiere que les corresponde un lugar de la
misma especie y un medio de la misma especie, que es el centro propio, y no se
debe ni se puede inferir que exijan un lugar numéricamente idéntico.
elpino– El ha presentido de algún modo esta objeción y de todo su vano
esfuerzo saca esto: quiere probar que la diferencia numérica no es causa de la
diversidad de lugares.
filoteo – Por lo común observamos todo lo contrario. Decid, sin embargo:
¿cómo lo prueba?
elpino – Dice que si la diversidad natural de los cuerpos debiese ser
ocasión de la diversidad de los lugares, sería preciso que cada una de las partes
de esta tierra, diversas en número y peso, tuviese su propio medio. Lo cual es
imposible e inapropiado, habida cuenta de que según fuera el número de partes
individuales de la tierra, sería el número de los medios.(172)
filoteo– Considerad, pues, cuan indigente demostración es ésta. Considerad
si, por tanto, os podréis apartar algo de la opinión contraria, o más bien,
confirmaros en ella. ¿Quién duda de que no es impropio decir que uno solo es el
medio de toda la masa y del cuerpo y el animal entero, al cual se refieren y
acogen y por el cual se unen y fundamentan las partes, y que pueden existir
positivamente innumerables medios, en cuanto en cada una de la innumerable
multitud de las partes podemos buscar, poner o suponer el medio? En el hombre
el medio absoluto es uno y se denomina “corazón”, pero además hay otros
medios, según la multitud de las partes, entre las cuales el corazón tiene su
medio, el pulmón el suyo, el hígado el suyo, y también el suyo la cabeza, el
brazo, la mano, el pie, este hueso, esta vena, esta articulación y estas
partículas que constituyen dichos miembros y tienen un sitio particular y
determinado, tanto en el primero y general, que es todo el individuo, como en
el próximo y particular, que es todo este o aquel miembro del individuo.
elpino– Tened en cuenta que él, según puede comprenderse, no quiere decir
simplemente que cada parte contiene el medio, sino que tiene el medio hacia el
cual se mueve.
filoteo.–Al fin todo se reduce a lo mismo: porque en el animal no se busca
que todas las partes vayan hacia el medio y el centro, pues eso es imposible e
inadecuado, sino que se relacionen con él por la unión de las partes y la
constitución del todo. Porque la vida y la constitución de las cosas divisibles
no se advierte sino en la debida unión de las partes, las cuales se entiende
que tienen siempre aquel término que se considera él mismo como medio y centro.
Sin embargo, para la constitución del todo entero las partes tienden a un solo
medio; para la constitución de cada miembro, las partículas de cada uno tienden
al medio particular de cada uno, a fin de que el hígado se constituya por la
unión de sus partes, e igualmente el pulmón, la cabeza, la oreja, el ojo y los
demás. He aquí, pues, cómo no solamente no es inadecuado sino muy natural que
haya muchos medios según las relaciones de diversas partes y de las partículas
de tales partes, si le parece, porque de éstos cada uno sé constituye, subsiste
y consiste por la consistencia, subsistencia y constitución de los demás. En
verdad, el entendimiento desdeña frivolidades como las que este filósofo trae.(173)
elpino– Esto se debe tolerar por la reputación que él ha ganado más por no
ser entendido que por otra cosa. Pero considerad, por favor, un poco cuánto se
ha complacido dicho caballero en este mal argumento. Ved cómo con aire de
triunfo añade estas palabras: “Si, por consiguiente, el contradictor no puede
contradecir estos dichos y razones, necesariamente, existe un solo medio y un
solo horizonte”.(174)
filoteo– Dice muy bien. Seguid.
elpino– Prueba después que los movimientos simples son finitos y
determinados, porque lo que dijo, que el mundo es uno solo y los movimientos
simples tienen un lugar propio, estaba fundado en esto. Se expresa, pues, de
este modo: “Todo móvil se mueve desde un cierto término hacia un cierto término
y hay siempre una diferencia específica entre el término de partida y el
término de llegada, por ser finita toda mutación: así sucede con salud y
enfermedad, pequenez y grandeza, aquí y allí, porque el que se sana no tiende
hacia cualquier parte sino hacia la salud. No se dirige, pues, el movimiento
de la tierra y del fuego hacia el infinito sino hacia ciertos términos,
diferentes de aquellos lugares a partir de los cuales se mueven, porque el
movimiento hacia arriba no es movimiento hacia abajo, y estos dos lugares son
los horizontes del movimiento. He aquí cómo se determina el movimiento
rectilíneo. No menos determinado está el movimiento circular; porque también él
se da desde un término a otro término, desde un contrario al otro, si
tenemos en cuenta la diversidad “del movimiento, la cual está en el diámetro
del círculo, porque el movimiento del círculo entero de hecho no tiene
contrario (porque no termina en un punto diferente de aquel en que comenzó),
sino en las partes de la revolución, cuando ésta se considera desde un extremo
del diámetro hasta el otro opuesto”.
filoteo– Esto, que el movimiento es determinado y finito según tales
argumentos, no hay quien lo niegue o lo dude, pero es falso que esté simplemente
determinado hacia arriba y determinado hacia abajo, como otras veces hemos
dicho y probado. Porque cualquier cosa se mueve indiferentemente hacia aquí o
hacia allí, según donde se halle el lugar de su conservación. Y decimos (aun
admitiendo los principios de Aristóteles y otros semejantes) que, si debajo
de la tierra hubiera otro cuerpo, las partes de la tierra se adherirían a él de
modo violento y luego desde allí subirían. Y no negará Aristóteles que, si las
partes del fuego estuvieran sobre su esfera (como, por ejemplo, donde creen
que está el cielo o cúpula de Mercurio(175),
naturalmente descenderían. Ved, por tanto, cuan acertadamente determinan el
arriba y el abajo, lo pesado y lo liviano según la naturaleza, después de haber
considerado que todos los cuerpos, dondequiera que estén y desde cualquier
lugar que se muevan, exigen y buscan en lo posible el lugar de su conservación.
Sin embargo, aunque sea cierto que toda cosa se mueve por sus medios, a partir de
sus términos y hacia ellos, y que todo movimiento, ya circular ya rectilíneo,
se determina desde un. contrario a otro contrario, de esto no se sigue que el
universo sea finito en magnitud, ni que el mundo sea uno solo; y no se niega
por ello que sea simplemente infinito el movimiento de cualquier acto
particular, por el cual aquel espíritu que, por así decirlo, produce y asiste
a esta composición, unión y vivificación, puede estar y estará presente
siempre en otras infinitas. Puede, por tanto, quedar establecido que todo
movimiento es finito (hablando del movimiento presente, no absoluta y
simplemente de cada uno en particular, y en conjunto) y que existen infinitos
mundos; habida cuenta de que, como cada uno de los infinitos mundos es finito y
tiene una región finita, así a cada uno de ellos le corresponden límites
determinados en su movimiento y en el de sus partes.
elpino– Bien decís, y con esto, sin que se siga dificultad alguna en contra
nuestra ni nada que esté en favor de lo que él quiere probar, se aporta aquella
señal que añade para mostrar que el movimiento no se extiende al infinito,
porque la tierra y el fuego, cuanto más se acercan a su esfera, tanto más
velozmente se mueven, y que “si el movimiento se extendiese al infinito, la
velocidad, la ligereza y el peso, vendrían a ser infinitos”.(176)
filoteo– Que le haga buen provecho.
fracastorio– Sí. Pero me parece que éste es el juego de las bagatelas(177), porque, si los átomos tienen
movimiento infinito por la sucesión local que en el tiempo les corresponde,
saliendo de aquí o entrando allí, uniéndose a este o a aquel compuesto,
concurriendo a esta o aquella configuración a través del espacio inmenso del
universo, llegarán a tener ciertamente un movimiento local infinito, a
moverse en un espacio infinito y a colaborar en infinitos cambios. De esto no
se sigue que tengan peso, ligereza o velocidad infinitas.
filoteo– Dejemos de lado el movimiento de las partes primeras y de los
elementos y consideremos solamente el de las partes próximas y definidas de
cierta especie de ente, esto es, de substancia, como las partes de la tierra
que son, sin embargo, tierra. De éstas con verdad se dice que en aquellos
mundos en que están y en aquellas regiones en que se mueven, no se mueven de
la forma en que lo hacen sino desde un punto determinado hacia otro. Y de ello
no se sigue esta conclusión: “Por consiguiente, el universo es finito y el
mundo es uno solo”, más que esta otra: “Por consiguiente, los monos nacen sin
cola; por consiguiente, los búhos ven de noche sin. anteojos; por
consiguiente, los murciélagos dan lana”. Además, refiriéndonos a estas partes,
nunca podremos hacer la siguiente inferencia: El universo es infinito, hay
infinitas tierras; luego, podrá una parte de tierra moverse continuamente al
infinito y debe tener un impulso infinito hacia una tierra infinitamente
distante y un peso infinito. Y esto por dos motivos, de los cuales uno es que
tal tránsito no se puede dar, porque, al constar el universo de cuerpos y
principios contrarios, tal parte no podría andar mucho por la región etérea sin
que resultase vencida por su contrario y sin llegar a la perpetua inmovilidad,
porque aquella substancia no es ya tierra, habiendo cambiado, con la victoria
de su contrario, su naturaleza y su aspecto. El otro (motivo) es que
generalmente vemos que tanto dista de que pueda haber alguna vez un ímpetu de
gravedad o ligereza, como suele decirse, a partir del infinito, que tal impulso
de las partes no puede existir sino debajo de la región del propio astro. Si
aquéllas estuvieran fuera de esta región, no se moverían allí más que los
humores fluidos (que en el animal se mueven desde las partes externas a las
internas, superiores e inferiores, según todas las diferencias, subiendo y
bajando, trasladándose de esta a aquella y de aquella a esta parte) Colocadas fuera del propio continente, aun
cuando estén próximas a él, pierden dicha fuerza e impulso natural. Vale, por
consiguiente, para tan grande espacio tal relación, en cuanto resulta medido
por el semidiámetro desde el centro de tal región, particular hasta su
circunferencia, donde el peso mínimo se da en torno a ésta y el máximo en torno
a aquél, y en el medio, según los grados de proximidad respecto al uno o al
otro viene a ser mayor o menor, como se ve en la siguiente demostración, en la
cual A significa el centro de la región donde, hablando comúnmente, la piedra
no es pesada ni liviana; B significa la circunferencia de la región, donde de
igual modo, no será ni pesada ni liviana y permanecerá quieta (en lo cual se
ve además la coincidencia de lo máximo y lo mínimo, como se demuestra hacia
el fin del libro sobre el principio, la
causa y el uno)(178)
1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8 significan las diferencias de espacios intermedios:
B 9
ni pesado ni liviano.
8 mínimo de
pesadez, livianísimo.
7 mucho menos
pesado, mucho más liviano.
6 menos pesado,
más liviano.
5 pesado,
liviano.
4 más pesado,
menos liviano.
3 mucho más
pesado, mucho menos liviano.
2 pesadísimo,
mínimo de liviandad.
A 1
ni pesado ni liviano.
Ved ahora además cuánto falta para que una
tierra deba moverse hacia la otra, cuando aun las partes de cada una, puestas
fuera de la propia circunferencia, no tienen tal impulso.
elpino– ¿Pretendéis que esta circunferencia sea determinada?
filoteo– Sí, en cuanto al peso máximo que pudiera haber en la parte máxima,
o, aun si te parece (porque el globo todo no es pesado ni liviano), en toda la
tierra. Pero, en cuanto a las diferencias medias de pesados y livianos, digo
que se deben considerar tantas diferencias diversas como diversos pueden ser
los pesos de las diversas partes comprendidas entre el máximo y el mínimo
peso.
elpino– De modo discontinuo se debe interpretar, por consiguiente, esta
escala.
filoteo– Cualquiera que tenga inteligencia podrá por sí mismo entender cómo.
Pero en cuanto a los referidos argumentos de Aristóteles, se ha dicho ya
bastante. Veamos ahora si en los siguientes aporta alguna cosa más.
elpino– Conformaos, por favor, con que hablemos de esto el próximo día,
porque me espera Albertino(179),
quien está dispuesto a venir aquí mañana a buscarme. De éste creo que podréis
oír todas las más poderosas razones que pueden aducirse en favor de la opinión
contraria, por ser él muy ducho en la filosofía corriente.
filoteo– Como os sea cómodo.
DIÁLOGO
QUINTO
Albertino, nuevo interlocutor(180)
albertino– Quisiera saber qué fantasma, qué inaudito monstruo, qué hombre
heteróclito, qué cerebro extraordinario es éste, qué novedades trae el mundo,
o bien qué cosas obsoletas y viejas llegan a renovarse, qué amputadas raíces
llegan a rebrotar en esta época nuestra.
elpino– Las raíces amputadas que germinan, son cosas antiguas que
reaparecen, son verdades ocultas que se descubren(181), es una nueva luz que, después de
larga noche, despunta en el horizonte y hemisferio de nuestro saber y poco a
poco se acerca al meridiano de nuestra inteligencia.
albertino– Si yo no conociese a Elpino sé lo que diría.
elpino– Decid lo que queráis, que si tenéis un entendimiento como yo creo
tenerlo, estaréis de acuerdo con ellas como yo lo estoy; si lo tenéis mejor,
más rápido y mejor estaréis de acuerdo, como creo que ha de suceder. Habida
cuenta de que aquellos a quienes resulta difícil la filosofía común y la
ciencia ordinaria y son todavía discípulos poco versados en ella (aun cuando no
se consideren tales, como frecuentemente suele suceder) no será fácil que se
conviertan a nuestras opiniones, porque en ellos puede más la creencia
universal y triunfa sobre todo la fama de los autores que se les han puesto en
la mano, por lo cual admiran la reputación de los expositores y comentadores de
los mismos.(182) Pero los otros, a los cuales dicha filosofía
es accesible y que han llegado a esa meta, por lo cual no se ocupan ya de
gastar el resto de su vida en entender lo que otro dice sino que tienen luz
propia y ojos del entendimiento verdaderamente agente(183), penetran todos los rincones y,
cual Argos(184), con los ojos de
diferentes conocimientos, la pueden contemplar desnuda a través de mil
puertas, podrán, acercándose más, distinguir entre lo que se cree y se tiene
por aceptado y verdadero, por mirar, desde lejos con la fuerza de la costumbre
y del sentir general, y lo que verdaderamente es y debe tenerse por cierto,
como constante de la verdad y substancia de las cosas. Difícilmente, digo,
podrán aprobar esta filosofía aquellos que o no tienen la buena suerte de una
inteligencia natural o bien no están versados, al menos medianamente, en varias
disciplinas, y no son tan íntegramente poderosos en el acto reflejo del
entendimiento como para saber establecer una diferencia entre aquello que se
funda en la fe y aquello que se basa en la evidencia de los principios
verdaderos(185), porque por lo común
se tienen por principios cosas que, bien consideradas, se hallará que son
conclusiones imposibles y contrarias a la naturaleza. Dejo de lado aquellos
espíritus sórdidos y mercenarios, poco o nada preocupados por la verdad, que
se contentan con saber de acuerdo a lo que comúnmente se considera saber, poco
amigos de la verdadera sabiduría, deseosos de la fama y la reputación que ésta
otorga, ansiosos por aparecer, poco empeñados en ser.(186)
Difícilmente, digo, podrá elegir entre opiniones diversas y tesis a
veces contradictorias quien no tiene un juicio sólido y recto sobre ellas.
Difícilmente será capaz de juzgar quien no es apto para comparar entre éstas y
aquéllas, entre unas y otras. Con gran dificultad podrá comparar las diversas
opiniones en conjunto quien no comprende la diferencia que las distingue.
Bastante imposible resulta comprender en qué difieren y cómo son distintas unas
de otras, cuando permanece oculta la substancia de cada una y el ser. Esto no
podrá ser evidente nunca, si no es explicado por las causas y principios en los
cuales se fundamenta. Una vez, pues, que hayáis mirado con el ojo del
entendimiento y examinado con bien equilibrados sentidos los fundamentos,
principios y causas en que se basan estas diversas y contrarias filosofías; que
hayáis comprendido la naturaleza, substancia y propiedades de cada una; que
hayáis pesado con la balanza de la inteligencia y visto la diferencia que media
entre unas y otras; que hayáis efectuado la comparación entre las mismas y
hayáis juzgado correctamente, sin dudar un momento elegiréis poneros de
acuerdo con la verdad.
albertino– Cosa de hombre vano y estúpido es preocuparse por contradecir las
opiniones vanas y estúpidas, dice el príncipe Aristóteles.
elpino– Muy bien dicho. Pero, si bien miráis, tal sentencia y consejo
vendrá a ponerse en, práctica contra sus mismas opiniones, cuando éstas sean
claramente estúpidas y vanas. Quien quiere juzgar perfectamente, como he
dicho, debe saber despojarse de la costumbre de creer, debe considerar
igualmente posibles ambas contradictorias, y alejarse por completo de aquel
modo de sentir del que está empapado desde su nacimiento, tanto del que nos
representa la conversación general como del otro, según el cual mediante la
filosofía renacemos, muriendo al vulgo, entre los estudiosos considerados
sabios por la multitud, en una época. Quiero decir que cuando se suscita una
controversia entre éstos y otros considerados sabios por otras multitudes y
otras épocas, si queremos juzgar correctamente, debemos recordar lo que dice el
mismo Aristóteles, que, por tener en cuenta pocas cosas, a veces echamos sentencias
con facilidad, y además, que la opinión se apodera a veces, por la fuerza de la
costumbre, tan enteramente de nuestro asentimiento que llega a parecer
necesario lo que es imposible y tenemos y consideramos por imposible lo que es
muy verdadero y necesario. Y si esto ocurre con las cosas de por sí claras,
¿qué ha de suceder con aquellas que son dudosas y dependen de principios bien
establecidos y sólidos fundamentos?
albertino– Es opinión del Comentador, Averroes, y de muchos otros, que no se
puede saber aquello que Aristóteles ignoró.(187)
elpino– Este, junto con dicha muchedumbre tenía un nivel tan bajo de
inteligencia, y estaban todos dentro de tan densas tinieblas, que lo más alto y
lo más claro que divisaban era Aristóteles. Pero si él y los otros, cuando
dejan caer tal opinión, quisieran expresarse con más exactitud, deberían decir
que Aristóteles es un dios, según su parecer, con lo cual no llegarían tanto a
exaltar a Aristóteles como a explicar su propia nulidad, porque esto es así
según su parecer del mismo modo que, según el parecer de la mona, las más
bellas criaturas del mundo son sus hijos y el más deseable macho de la tierra
es su mono.
albertino– Parirán los montes...(188)
elpino–Veréis que no es un ratón el que nace.
albertino– Muchos han disparado flechas y han maquinado contra Aristóteles,
pero han caído los castillos, han perdido sus puntas las flechas y se les
rompieron los arcos.
elpino– ¿Qué hacer si una vanidad guerrea contra la otra? Una tiene más poder
que todas; no por eso deja de ser vanidad. ¿Y al final no podrá ser descubierta
y vencida por la verdad?
albertino– Afirmo que es imposible contradecir a Aristóteles
demostrativamente.
elpino– Esta es una afirmación demasiado precipitada.
albertino– Yo no la hago sino después de haber reflexionado bien y de haber
considerado mucho mejor cuanto Aristóteles dice. Y en él tanto menos encuentro
yo error alguno cuanto nada advierto que no sepa a divino, y creo que otro no
podrá darse cuenta de lo que no he podido darme cuenta yo.
elpino– Medís, por consiguiente, el estómago y el cerebro ajeno de acuerdo
al vuestro y creéis que no es posible a los otros lo que es imposible para vos.
Hay en el mundo algunos hombres tan desdichados e infelices que, además de
estar privados de todo bien, por decreto de la fatalidad tienen como eterna
compañera tal Erinia(189) e
infernal furia que los hace taparse los ojos voluntariamente con el negro velo
de una envidia corrosiva para no ver su desnudez, pobreza y miseria y las
vestiduras, riquezas y felicidad de los demás. Prefieren volverse tísicos en
una sucia y soberbia miseria y estar sepultados bajo el estiércol de una
pertinaz ignorancia a que los vean convertidos en una nueva disciplina,
avergonzándose de confesar que hasta ese momento eran ignorantes y que tenían a
un ignorante por guía.
albertino– ¿Pretendéis, pues, que yo, por ejemplo, me haga discípulo de éste?
¿Que yo, doctor laureado en mil universidades y profesor de filosofía en las
primeras academias del mundo, venga ahora a renegar de Aristóteles y me haga
enseñar filosofía por tales gentes?
elpino– Yo, por mi parte, no como doctor sino como ignorante, quisiera ser
instruido; no como lo que debería ser sino como lo que soy, quisiera aprender;
aceptaría por maestro no sólo a éste sino a cualquier otro a quien hayan
ordenado los dioses que lo sea, puesto que le han hecho entender lo que yo no
entiendo.
albertino– ¿Me queréis hacer volver entonces a la niñez?
elpino– Al contrario, salir de la niñez.
albertino– Muchas gracias por vuestra amabilidad, ya que pretendéis hacerme
progresar y elevarme convirtiéndome en alumno de este atormentado, que
cualquiera sabe cuánto es odiado en las universidades por mostrarse adverso a
las doctrinas comunes, elogiado por pocos, aprobado por ninguno, perseguido
por todos.
elpino– Por todos sí, pero tales y cuales; por pocos sí, pero excelentes y
héroes. Se muestra adverso a las doctrinas comunes, no por ser doctrinas o por
ser comunes, sino porque son falsas. Odiado por las universidades, porque donde
hay desemejanza no hay amor; atormentado, porque la multitud es enemiga de
quien se sitúa fuera de ella, y quien se eleva a lo alto se hace blanco del
ataque de muchos. Y para mostraros su modo de ser en cuanto al hecho de tratar cosas
especulativas, os digo que no está tan deseoso de enseñar como de entender y
que oirá con más gusto y sentirá mayor placer al saber que queréis enseñarle
algo (con tal de que tenga esperanza de éxito) que si le dijeseis que queréis
que él os enseñe, porque su deseo consiste más en aprender que en enseñar y se
considera más capaz de aquello que de esto. Pero helo precisamente aquí, con
Fracastorio.
albertino– Sed muy bien venido, Filoteo.
filoteo– Y vos, bien hallado.
albertino–Si allá en el monte rumio paja y heno, con buey, carnero, chivo,
asno y caballo, ahora a mejorar mi vida vengo aquí y, como discípulo, a
escucharos.(190)
fracastorio– Sed bien venido.
albertino– Hasta el presente he tenido en tan poca estima vuestras tesis que
no he creído valiese la pena escucharlas y mucho menos contestarlas.
filoteo– Lo mismo pensaba yo en mi juventud, mientras me ocupaba de
Aristóteles, hasta un momento determinado. Ahora, que ya he pensado y meditado
y debo poder formarme mediante más maduros raciocinios un juicio sobre las
cosas, puede ser que haya desaprendido y perdido el cerebro. Ahora bien, como
ésta es una enfermedad que nadie la siente menos que el enfermo mismo, yo, más
bien movido por una sospecha, remitido del saber a la ignorancia, me alegro
mucho de haber caído en manos de tal médico, que es considerado por todos capaz
de librarme de semejante locura.
albertino–No lo puede natura, yo tampoco lo puedo, si el mal ha penetrado
hasta dentro del hueso.(191)
fracastorio– Por favor, señor, tomadle primero el pulso y examinad la orina,
porque luego, si no podemos realizar la cura, nos atendremos a vuestro juicio.(192)
albertino – La forma de tomar el pulso consiste en ver cómo podéis resolver y
os podéis librar de algunos argumentos que enseguida os haré oír, los cuales
conducen necesariamente a afirmar la imposibilidad de varios mundos. Tan lejos
estamos de que los mundos sean infinitos.
filoteo– No os quedaré poco reconocido cuando me hayáis enseñado eso, y
aunque vuestro intento no tenga éxito, os seré sin embargo deudor, por cuanto
me confirmaréis en mi parecer. Porque ciertamente os considero tal que por
medio de vos me podré dar cuenta de toda la fuerza del adversario; y como muy
experto que sois en las ciencias corrientes, con facilidad podréis apreciar el
vigor de los fundamentos y edificios de aquéllas, por la diferencia que las
separa de nuestros principios. Ahora bien, para que no haya interrupción en los
razonamientos y cada uno pueda explayarse por completo a su gusto, tened a
bien aportar todos aquellos argumentos que consideráis más sólidos e importantes
y que pensáis que conducen a conclusiones demostrativas.
ALBERTINO– Así lo haré.(193)
En primer lugar, pues, por aquello de que fuera de este mundo se
supone que no hay lugar ni tiempo, porque se dice que existe un, primer cielo y
un primer cuerpo, el cual está muy alejado de nosotros y es el primer móvil.
Por eso, tenemos la costumbre de llamar “cielo” a aquel que es el último
horizonte del mundo, donde están todas esas cosas inmóviles, fijas y quietas
que son las inteligencias motrices de los orbes. Si se divide, además, el mundo
en cuerpo celeste y cuerpo elemental y se establece que éste es limitado y contenido
y aquél limitante y continente, y es tal el orden del universo que, cuando se
asciende desde el más grosero hasta el más sutil, aquél está situado encima de
la convexidad del fuego, en el cual están fijados el sol, la luna y las demás
estrellas, él es una quintaesencia, y a éste le corresponde no sólo no ir hasta
el infinito, porque sería imposible que el primer móvil lo alcanzara, sino
también no reproducir lo ocurrido con otros elementos, ya porque éstos
vendrían a ser circunferenciales, ya también porque el cuerpo incorruptible y
divino llegaría a estar contenido y abarcado por los corruptibles. Y esto no
puede suceder, porque a aquello que es divino le corresponde la idea de forma y
de acto y, en consecuencia, de abarcante, formante y limitante, no la de
materia limitada, abarcada y formada. Después, argumento así, con Aristóteles:
“Si fuera de este cielo hay algún cuerpo, ha de ser simple o compuesto. Y de
cualquier modo que tú contestes, pregunto luego si está allí como en su lugar
natural o como en un lugar accidental y violento. Mostramos que allí no hay
cuerpo simple, porque no es posible que un cuerpo esférico cambie de lugar, ya
que, así como es imposible que altere su centro, así no es posible que cambie
su situación, supuesto que no puede estar sino por violencia fuera de la propia
situación y que violencia no puede haber en él ni activa ni pasivamente. De
modo semejante, no es posible que fuera del cielo exista un cuerpo simple que
se mueva con movimiento rectilíneo. Ya sea pesado, ya liviano, no podrá existir
allí naturalmente, habida cuenta de que los lugares de estos cuerpos simples
son diferentes de los lugares que se consideran fuera del mundo. Ni podréis
decir que exista allí por accidente, porque en tal caso otros cuerpos estarían
allí por naturaleza. Ahora bien, como está probado que no existen cuerpos simples
fuera de los que entran en la composición de este mundo, y que son móviles
según tres clases de movimiento local, se sigue que fuera del mundo no existe
otro cuerpo simple. Si es así, también resulta imposible que haya allí
compuesto alguno, porque éste se hace con aquellos y a aquellos se reduce. Es
así cosa manifiesta que no existen muchos mundos, porque el cielo es único,
perfecto y acabado y no hay ni puede haber otro semejante.(194)
De aquí se infiere que fuera de este cuerpo no puede haber lugar, ni
vacío ni lleno. No hay lugar, porque si éste estuviese lleno, contendría cuerpos
simples o compuestos, y nosotros hemos dicho que fuera del cielo no hay cuerpo
ni simple ni compuesto. Si estuviese vacío, entonces, de acuerdo al concepto de
vacío que se define como el espacio en que puede estar un cuerpo, podría haber
allí un cuerpo y hemos demostrado que, fuera del cielo, no puede haberlo. No
hay allí tiempo, porque el tiempo es el número del movimiento, y no hay
movimiento sino de un cuerpo. Pero donde no hay cuerpo no hay movimiento ni hay
número o medida del movimiento, y donde ésta no existe no hay tiempo. Luego,
hemos probado que fuera del mundo no hay cuerpo y, en consecuencia, para
nosotros queda demostrado que no hay movimiento ni tiempo. Si así es, no hay
allí nada cambiante o móvil y, en consecuencia, el mundo es uno. Segundo: de
la unidad del motor se infiere principalmente la unidad del mundo. Es cosa
admitida que el movimiento circular es verdaderamente uno, uniforme, sin
principios y sin fin. Si es uno, constituye un solo efecto, el cual no puede
provenir sino de una sola causa. Si es, por tanto, uno el primer cielo y debajo
de él están todos los inferiores, que tienden todos al mismo tiempo a
constituir un orden único, es preciso que único sea el gobernante y el motor.
Este, al ser inmaterial, no es numéricamente multiplicable gracias a la
materia. Si el motor es uno solo y de un motor no proviene sino un solo
movimiento, y un movimiento (ya sea complejo, ya simple) no existe sino en un
móvil, ya simple, ya compuesto, resulta que el universo móvil es uno solo. Por
consiguiente, no hay varios mundos.(195) Tercero: Principalmente por los
lugares de los cuerpos móviles se concluye que el mundo es uno. Tres son las
clases de cuerpos móviles: pesado en general, liviano en general y neutro; esto
es, tierra y agua, aire y fuego, y cielo. De tal modo, los lugares de los
móviles son tres: el ínfimo y central, a donde va el cuerpo más pesado; el más
alto, que es el más distanciado de aquél; y el intermedio entre el ínfimo y el
más alto. El primero es pesado, el segundo ni pesado ni liviano, el tercero
liviano. El primero corresponde al centro, el segundo a la circunferencia, el
tercero al espacio que media entre ésta y aquél. Hay, por tanto, un lugar
inferior hacia el cual se mueven todos los cuerpos pesados, en cualquier mundo
que estén; hay un lugar superior al cual tienden todos los livianos de
cualquier mundo; luego, hay un lugar en el cual se vuelca el cielo de
cualquier mundo que sea. Ahora bien, si hay un lugar, hay un mundo y no varios.(196)
Cuarto: Digo que, aunque haya varios medios hacia los cuales se
mueven los cuerpos pesados de los diversos mundos, aunque haya varios
horizontes hacia los cuales se mueven los livianos, tampoco estos lugares de
diferentes mundos difieren en la especie sino sólo en el número. Sucederá
entonces que el medio estará más distante del medio que el medio del horizonte,
pero medio y medio coinciden en la especie, medio y horizonte son contrarios.
Por consiguiente, habrá más distancia local entre aquellos que coinciden en la
especie que entre los contrarios. Esto es contrario a la naturaleza de tales
opuestos, porque cuando se dice que los contrarios primeros están separados al
máximo, esto se entiende más que todo de la distancia local, la cual debe
darse en los contrarios sensibles. Ved, pues, cuál es la consecuencia, si se
supone que existen varios mundos. Tal hipótesis, por tanto, no sólo es falsa
sino también imposible.(197) Quinto: Si hay varios mundos de
especie semejante, deberán ser iguales o bien (todo se reduce a lo mismo,
porque viene al caso) cuantitativamente proporcionales. Si así es, no más de
seis mundos podrán ser contiguos a éste, porque sin penetración de cuerpos, no
más de seis esferas pueden ser contiguas a una, como no más que seis círculos
iguales, sin intersección de líneas, pueden ser tangentes de otro. Siendo esto
así, sucederá que varios horizontes en otros tantos puntos (en los cuales los
seis mundos exteriores son tangentes a este mundo nuestro o a otro) estarán
situados en torno a un solo centro. Pero siendo así que la fuerza de los dos
primeros contrarios debe ser igual y de este modo de situar se sigue una
desigualdad, llegaréis a hacer que los elementos superiores sean más potentes
que los inferiores, haréis que aquellos triunfen sobre éstos y llegaréis a
disolver esta masa.
Sexto: Como
los círculos de los mundos no se tocan sino en un punto, es enteramente
necesario que quede espacio entre la convexidad del círculo de una esfera y la
otra. Y en este espacio o hay algo que lo llena o nada. Si hay algo, no puede
tener, por cierto, la naturaleza de un elemento distante de la convexidad de
la circunferencia, porque, como se ve, tal espacio es triangular, limitado por
tres líneas en arco, que son partes de la circunferencia de tres mundos. Pero
el medio viene a quedar más lejos de las partes más cercanas a los ángulos y
muy lejos de aquellos, como clarísimamente se ve. Es necesario, pues, imaginar
nuevos elementos y un nuevo mundo para llenar aquel espacio, diferente por naturaleza
de estos elementos y de este mundo. O bien, es preciso introducir el vacío, lo
cual damos por supuesto que es imposible. Séptimo: Si hay varios mundos,
o son finitos o son infinitos. Si son infinitos, entonces el infinito se halla
en acto, lo cual por muchas razones es considerado imposible; Si son finitos,
es preciso que existan en número determinado, y además de esto, tendremos que
investigar por qué son tantos y no más o menos; por qué no hay uno más; qué
añade allí éste o aquél; si son pares o impares; por qué más bien aquella
materia que está dividida en diversos múridos no se ha aglomerado en uno solo,
ya que la unidad es mejor que la pluralidad, en igualdad de condiciones; por
qué la materia que está separada en cuatro, seis o diez tierras no constituyen
más bien un globo grande, perfecto y único. Así, pues, como entre lo posible y
lo imposible se encuentra el número finito más rápido que el infinito, así
entre lo conveniente y lo inconveniente resulta más razonable y acorde con la
naturaleza la unidad que la multitud o pluralidad.(198)
Séptimo(199):
En todas las cosas vemos que la naturaleza se detiene en un momento dado,
porque así como no le faltan las cosas necesarias, así tampoco abunda en las
superfluas. Pudiendo, pues, ella llevar a cabo el todo por medio de aquellas
obras que existen en este mundo, no hay motivo para querer imaginar que existen
otros todavía.(200) Octavo: Si hubiese infinitos mundos o
más de uno, sería sobre todo por esto: porque Dios puede hacerlos o bien
porque de Dios pueden depender. Pero, aun cuando esto sea muy cierto, sin
embargo no se sigue que existan, ya que, además de la potencia activa de Dios,
se necesita la potencia pasiva de las cosas. Porque de la absoluta potencia
divina no depende la cantidad de lo que puede ser hecho en la naturaleza,
habida cuenta de que no toda potencia activa se convierte en pasiva, sino sólo
aquella que tiene un sujeto pasivo proporcionado a ella, esto es, un sujeto tal
que pueda recibir todo el acto de la causa eficiente. Y en tal sentido ninguna
cosa causada es proporcionada a la causa primera. Por lo que toca, pues, a la
naturaleza del mundo, éste no puede ser sino uno solo, aunque Dios pueda hacer
más de uno. Noveno: Es cosa ilógica la pluralidad de mundos, porque en
ellos no habría bondad social, la cual consiste en el trato social, y no
habrían obrado bien los dioses creadores de los diversos mundos al no hacer que
los ciudadanos de los mismos tuvieran mutuas relaciones. Décimo: Con la
pluralidad de mundos se ocasionan dificultades en el trabajo de cada motor o
dios, porque siendo necesario que las esferas se toquen en un punto, sucederá
que uno no podrá moverse contra el otro y será difícil que el mundo sea gobernado
por los dioses a través del movimiento. Undécimo: De uno no puede
provenir una pluralidad de individuos sino gracias al acto por medio del cual
la naturaleza se multiplica al dividirse la materia, y éste no es otro sino el
acto de la generación. Esto lo dice Aristóteles con todos los peripatéticos. No
se produce la multiplicidad de los individuos dentro de una especie sino por
el acto de la generación. Pero aquellos que afirman varios mundos de la misma
materia y forma dentro de la especie no afirman que el uno se convierta en el
otro o nazca del otro. Duodécimo: A lo perfecto no se le añade nada. Si,
pues, este mundo es perfecto, ciertamente no exige que se le añada otra cosa.
El mundo es perfecto primero como clase de continuo que no está limitado por
otra clase de continuo, porque el punto, matemáticamente indivisible, se
prolonga en la línea, que es una clase de continuo; la línea, en la
superficie, que es la segunda clase de continuo; la superficie en el cuerpo,
que es la tercera clase de continuo. El cuerpo no se transfiere o continúa en
otra clase de continuo, sino que, si forma parte del universo, es limitado por
otro cuerpo; si es el universo, es perfecto y no está limitado más que por sí
mismo. Por consiguiente, el mundo y el universo es uno solo, si tiene que ser
perfecto.(201) Estos son los doce argumentos (202) que por ahora quiero presentar. Si
vosotros respondéis a ellos, me he de tener por satisfecho en todo.
filoteo– Es preciso, Albertino mío, que uno que se propone defender una
conclusión, antes, si no es del todo loco, haya examinado los argumentos
contrarios. Tonto sería el soldado que se propusiese defender un. peñón sin
haber considerado las circunstancias y lugares en que éste puede ser tomado
por asalto. Los argumentos que tenéis (si es que son argumentos) son bastante
comunes y varias veces repetidos por muchos. A todos ellos se responderá muy
eficazmente con sólo tener en cuenta su fundamento, por una parte, y el modo de
nuestra aserción, por la otra. Una y otra cosa os resultarán claras por el
método con que os responderé. Este consistirá en breves palabras, porque, si
fuese preciso decir y explicar otras cosas, os dejaré a cargo de Elpino, el
cual os replicará lo que de mí ha oído.
albertino– Haced que primero yo me dé cuenta de que esto puede realizarse con
algún provecho y no sin satisfacción para quien desea saber, que por cierto no
me pesará escucharos a vos primero y después a él.
filoteo– A los hombres sensatos y juiciosos, entre los cuales os cuento,
basta sólo con indicarles el punto que se ha de considerar, porque por sí mismos
profundizan luego acerca de los medios por los cuales se desciende a una y otra
posición contradictoria o contraria. En cuanto a la primera duda, pues, decimos
que toda aquella estructura cae por tierra, puesto que aquéllas no son
distinciones de orbes y cielos, y los astros en este inmenso espacio etéreo se
mueven por un principio intrínseco, ya en torno al propio centro, ya en torno a
algún otro medio. No hay un primer móvil que arrastre realmente a tantos
cuerpos alrededor de este medio, sino que con mayor rapidez este único globo
produce la apariencia de semejante arrastre.(203)
Y las razones de esto os las dirá
Elpino.
albertino– Las oiré con gusto.
filoteo– Cuando oyeseis y comprendiereis que aquellos dichos contradicen a
la naturaleza y éstos están en todo de acuerdo con la razón, con los sentidos y
con la verificación natural, ya no afirmaréis que hay un límite y un término
en el cuerpo y el movimiento del universo, y no pensaréis que es sino vana
fantasía el considerar que existe tal primer móvil, tal cielo supremo y
continente, más bien que un seno general en el cual los demás mundos se sitúan,
no de otro modo que este globo terráqueo en este espacio, en donde se halla rodeado
por este aire, sin estar clavado y fijo en algún otro cuerpo y sin tener otra
base más que el propio centro. Y si se viere que no puede probarse que tiene
otra condición y naturaleza, por no mostrar otros accidentes sino los que
muestran los astros vecinos, no se lo deberá considerar situado en el medio del
universo antes que cualquiera de aquellos, y rodeado por aquellos antes que
aquellos rodeados por él. Por tal motivo, cuando al fin se deduzca esa
indiferencia de la naturaleza, llegará a deducirse la inutilidad de los
diferentes orbes; la fuerza del alma motora y la naturaleza interna impulsora
de estos globos; la indiferencia del amplio espacio del universo(204); lo ilógico del límite y de
la figura externa de aquél.
albertino– Cosas que, en verdad, no repugnan a la naturaleza pueden resultar
más adecuadas, pero es muy difícil probarlas y exigen un ingenio muy grande
para desembarazarse del concepto y los argumentos contrarios.
filoteo– Una vez encontrada la cabeza, facilísimamente se desenredará todo
el embrollo. Porque la dificultad procede de un modo y un inconveniente
supuesto. Y éste es el peso de la tierra, su inmovilidad, la relación del
primer móvil con otros siete, ocho, nueve o más, en los cuales están plantados,
incrustados, metidos, clavados, anudados, colgados, esculpidos, o pintados los
astros, los cuales no residen en el mismo espacio que este astro, que es la
llamada por nosotros tierra, la cual oiréis que, por su región, figura y
naturaleza, no es ni más ni menos elemental que todos los otros, ni menos
móvil por su principio intrínseco que cada uno de aquellos otros divinos
animales.
albertino– En verdad, una vez que me entre en la cabeza este pensamiento,
fácilmente le seguirán todos los otros que me proponéis. Habréis arrancado al
mismo tiempo las raíces de una y plantado las de otra filosofía.
filoteo– Despreciaréis así, mediante la razón, el seguir aceptando aquel
sentido común, con el que vulgarmente se dice que hay un último horizonte,
altísimo y nobilísimo, lindante con las substancias divinas inmóviles y motoras
de estos imaginarios orbes, pero confesaréis que es por lo menos igualmente
creíble que así como esta tierra es un animal móvil y que da vueltas por un
principio intrínseco, todos aquellos otros lo son igualmente, y no móviles con
el movimiento y la traslación de un cuerpo que no tiene tenacidad ni
resistencia alguna, más raro y más sutil que cuanto pueda serlo este aire en
el cual respiramos. Comprenderéis que esta afirmación es una pura fantasía, que
no se puede demostrar su idea y que la nuestra está de acuerdo con todo
concepto normal y con, todo argumento bien fundado. Afirmaréis que no es ya
verosímil que las esferas, imaginadas como de superficie cóncava y convexa,
sean movidas y lleven consigo a las estrellas; que es verdad y está de acuerdo
con nuestro entendimiento y con nuestra capacidad natural que, sin temor a caer
infinitamente hacia abajo o a subir hacia arriba (habida cuenta de que en el
espacio inmenso no hay diferencia de alto y bajo, derecha e izquierda, adelante
y atrás), los unos tracen, sus círculos alrededor de y hacia los otros, en
razón de su vida y consistencia, del modo que en su lugar oiréis. Veréis cómo
fuera de esta imaginaria circunferencia del cielo puede haber cuerpos simples o
compuestos y móviles de movimiento rectilíneo, porque, así como con movimiento
rectilíneo se mueven las partes de este globo, así, nada menos, pueden,
moverse las partes de los otros, porque no están hechos y compuestos de
diferente materia este astro y los demás que giran en torno a él y en torno a
otros y no parece que éste gira en torno a los otros menos de lo que los
otros, giran en torno a él.(205)
albertino– Ahora más que nunca me doy cuenta de que un error muy pequeño al
principio causa una máxima diferencia y riesgo de error al final, que una sola
y simple impropiedad se multiplica ramificándose en otras infinitas, así como
de una pequeña raíz surgen grandes troncos e innumerables ramas. Por vida mía,
Filoteo, muy deseoso estoy de que esto que me propones me sea demostrado por
ti y, puesto que lo considero digno y verosímil, se me revele como verdadero.
filoteo– Haré cuanto la ocasión me permita, remitiendo a vuestro juicio
muchas cosas que hasta ahora, no por incapacidad sino por inadvertencia, se os
han ocultado.
albertino– Decidlo, pues, todo a modo de artículo y de conclusión(206), porque sé que antes de entrar en
esta opinión habéis podido examinar muy bien las fuerzas de la contraria, pues
estoy seguro que a vos, no menos que a mí, están, patentes los secretos de la
filosofía común. Seguid.
filoteo– No es necesario, pues, investigar si fuera del cielo existe el
lugar, el vacío o el tiempo, porque uno solo es el lugar general, uno el
espacio inmenso que podemos llamar libremente vacío, en el cual hay
innumerables e infinitos globos, como este en que vivimos y nos alimentamos
nosotros. Y semejante espacio lo llamamos infinito, porque no hay razón,
capacidad, posibilidad, sentido o naturaleza que deba limitarlo. En él existen
infinitos mundos semejantes a éste y no diferentes de éste en su género, porque
no hay razón ni defecto de capacidad natural (me refiero tanto a la potencia
pasiva como a la activa) por la cual, así como en este espacio que nos rodea
existen, no existan igualmente en todo el otro espacio que por su naturaleza
no es diferente ni diverso de éste.
albertino– Si lo que habéis dicho antes es verdad (y, hasta ahora, resulta no
menos verosímil que su contradictorio), esto es necesario.
filoteo– Fuera de la circunferencia imaginaria y de la convexidad del mundo
existe, pues, el tiempo, porque hay allí medida y cuenta del movimiento,
porque hay cuerpos móviles semejantes. Y esto quede en parte supuesto y en
parte propuesto en torno a lo que habéis dicho, como primer argumento, sobre
la unidad del mundo. En cuanto a lo que en segundo lugar dijisteis, os digo
que existe, en verdad, un motor primero y principal, pero no de tal modo
primero y principal que, a través de corta escala, a través del segundo, del
tercero y de otros, pueda descender, contando, hasta el medio y el último
motor, habida cuenta de que éstos no existen ni pueden existir, porque allí
donde hay un número infinito no hay ni grado ni orden, numérico, aunque haya
grados y orden de acuerdo a la razón y la dignidad, ya de diversas especies y
géneros, ya de diversos grados del mismo género y de la misma especie. Hay, por
tanto, infinitos motores, así como hay infinitas almas en estas infinitas
esferas, las cuales, como son formas y actos intrínsecos, en relación con todos
los cuales hay un. gobernante del que todos dependen; hay un primero, que
confiere la fuerza del movimiento a los espíritus, almas, dioses, números y
motores, y confiere la movilidad a la materia, al cuerpo, a lo animado, a la
naturaleza inferior, al móvil. Hay, pues, infinitos móviles y motores, todos
los cuales se reducen a un principio pasivo y un principio activo, como todo
número se reduce a la unidad. El número infinito y la unidad coinciden, y el
sumo agente, capaz de hacer el todo, coincide con la posibilidad de ser hecho
el todo, como se muestra al final del libro Sobre la causa, el principio y
el uno.(207) En número y pluralidad hay, pues, infinitos
móviles e infinitos motores, pero en la unidad y singularidad hay un infinito
motor inmóvil y un infinito universo inmóvil, y este infinito número y magnitud
y aquella infinita unidad y simplicidad coinciden en un solo principio
simplicísimo e individuo, verdad y ente. Así, no hay un primer móvil al cual le
sucedan en determinado orden el segundo y otros, hasta llegar al último, o bien
hasta el infinito, sino que todos los móviles están igualmente próximos y
alejados del primero y del primer y universal motor. Así como, hablando desde
un punto de vista lógico, todas las especies tienen igual relación con el mismo
género y todos los individuos con la misma especie, así, a partir de un motor
universal infinito y en un espacio infinito, hay un movimiento universal
infinito del que dependen infinitos móviles e infinitos motores, cada uno de
los cuales es finito por su volumen y su eficacia. Respecto al tercer argumento
digo que en el campo etéreo no hay un. punto determinado hacia el cual, como
hacia su medio, se muevan las cosas pesadas y del cual, como hacia la
circunferencia, se alejen las cosas livianas, porque en el universo no hay
medio ni circunferencia sino que, si se quiere, en todas partes está el medio y
cada punto se puede considerar como parte de alguna circunferencia en relación
con algún otro medio o centro. Mas, respecto a nosotros, relativamente, se
llama pesado aquello que a partir de la circunferencia de este globo se mueve
hacia el medio, liviano aquello que, al revés, se mueve hacia el sitio
contrario. Veremos que nada es pesado que no sea también liviano, porque todas
las partes de la tierra cambian sucesivamente de sitio, de lugar y de
disposición, pues a través del largo curso de los siglos no hay parte central
que no se torne circunferencial ni parte circunferencial que no pertenezca al
centro o vaya hacia él. Veremos que lo pesado y lo liviano no es otra cosa más
que el impulso de las partes de los cuerpos hacia lo mismo que los contiene y
los conserva, dondequiera que esto se halle; pero no son diferencias de
situación las que atraen hacia sí tales partes ni las que las mandan, sino el
deseo de conservarse que incita a toda cosa como principio intrínseco y, si no
se interpone impedimento alguno, la conduce a donde mejor pueda escapar de su
contrario y alcanzar lo que le conviene. Así, pues, a partir de la
circunferencia de la luna y de otros mundos semejantes a éste por su especie o
su género, las partes van a unirse en el medio del globo, como por fuerza de
gravedad, igual que hacia la circunferencia se dirigen las partes sutilizadas,
como por fuerza de levedad. Y no es porque huyan de la circunferencia o se
peguen a ella; porque si fuese así, cuanto más se acercasen a ella, más veloz y
rápidamente correrían, y cuanto más de ella se alejasen, más fuertemente se
dirigirían al sitio contrario. Y vemos que sucede al revés, supuesto que, si
fueren impulsadas fuera de la región terrestre, permanecerán libres en el aire
y no subirán hacia lo alto ni descenderán a lo bajo hasta tanto que, por
yuxtaposición de partes o por espesamiento del frío, logren mayor peso, gracias
al cual retornan a su continente, o bien, disueltas por el calor y aligeradas,
se dispersan en átomos.
albertino– ¡Oh, cómo quedará esto en mi espíritu, una vez que más llanamente
me hayáis hecho ver la indiferencia de los astros respecto a este globo
terrestre!
filoteo– A esto fácilmente podrá responder Elpino, según lo que ha podido
oír de mí.(208) El os explicará más claramente cómo no hay
cuerpo alguno pesado o liviano en relación con la región del universo, sino
partes en relación con su todo, que las contiene o conserva. Porque aquellos astros,
por el deseo de conservarse en el ser presente, procuran cualquier diferencia
local, se juntan, como hacen los mares y las gotas, y se disgregan, como hacen
todos los líquidos de la superficie del sol u otros fuegos. Porque todo
movimiento natural, que es, por principio, intrínseco, no existe sino para
escapar a lo inadecuado y contrario y para seguir a lo amigable y adecuado.
Nada, sin embargo, se mueve de su lugar, si no es rechazado por su contrario;
nada en su lugar es pesado o liviano. Pero la tierra, levantada en el aire,
mientras se violenta su lugar, es pesada y se siente pesada. Así, el agua,
suspendida en. el aire es pesada; en su lugar propio no lo es. Sin embargo,
para los sumergidos, toda el agua no resulta pesada y un pequeño vaso lleno de
agua sobre el aire, fuera de la superficie de los cuerpos secos, pesa. La
cabeza no pesa para el propio busto, pero la cabeza de otro será pesada, si se
la pone encima. La razón de esto es que no se halla en su lugar natural. Si,
pues, gravedad y levedad es impulso hacia el lugar que conserva y huida de lo
contrarío, nada que esté constituido naturalmente es liviano y nada es pesado
o liviano estando muy alejado del propio conservador y muy separado de su
contrario, hasta no sentir la utilidad del uno y el fastidio del otro; pero si,
sintiendo el fastidio del uno, desespera y se encuentra perplejo e irresoluto
frente al contrario, viene a ser vencido por aquél.
albertino– Prometéis, y en gran parte realizáis, grandes cosas.
filoteo– Para no recitar dos veces lo mismo, pido a Elpino que os diga el
resto.
albertino– Me parece que lo entiendo todo, porque una duda excita la otra, y
yo comienzo a entender más de lo que puedo explicar, y tenía hasta ahora por
ciertas muchas cosas que comienzo a tener por dudosas. Me inclino, por tanto,
poco a poco, a poder estar de acuerdo con vosotros.
filoteo– Cuando me hayáis entendido plenamente, plenamente estaréis de
acuerdo conmigo. Pero, por ahora, retened esto o, por lo menos, no estéis tan
seguro del parecer contrario, como lo estabais antes de que se os indujera a la
controversia. Porque poco a poco y en ocasiones diversas llegaremos a
explicar plenamente todo lo que puede venir al caso. Ello depende de diversos
principios y causas, porque así como un error se une a otro, así a una verdad
descubierta le sigue otra. En torno al cuarto argumento decimos que, aun cuando
haya tantos medios como individuos, globos, esferas y mundos, no por esto se
sigue que las partes de cada uno se relacionen con otro medio distinto del
propio, ni que se alejen hacia otra circunferencia que no sea la de la propia
región. Así, las partes de esta tierra no se vinculan a otro centro ni van a
unirse con otro globo que no sea éste, como los humanos y los animales fluyen y
refluyen en el propio sujeto y no pertenecen a otro numéricamente distinto. En
cuanto a aquello que traéis como inadecuado, esto es, que el medio que coincide
en la especie con otro medio vendrá a estar más distante de aquél que el medio
y la circunferencia que son sus contrarios naturales y que deben estar, por
eso, más alejados, os respondo: Primero, que los contrarios no deben, estar
alejados al máximo sino tanto como para que uno pueda ejercer su acción sobre
el otro y pueda recibir la acción del otro, según vemos que está colocado el
vecino sol en relación con la tierra que lo rodea, habida cuenta de que el
orden de la naturaleza comporta lo siguiente: que un contrario subsista, viva
y se nutra por el otro, mientras el primero es afectado, alterado, vencido y se
convierte en el otro.(209) Además, hace poco hemos conversado con
Elpino sobre la disposición de los cuatro elementos, todos los cuales
contribuyen a la composición de cada globo. Como partes de ellos, una está
ínsita en la otra y mezclada con la otra, y no son distintos y diversos, como
contenido y continente, porque donde quiera que hay cuerpos secos hay también
agua, aire y fuego, de modo manifiesto o latente. Y la distinción que hacemos
de los globos, de los cuales unos son fuegos, como el sol, otros son agua, como
la luna y la tierra, no procede del hecho de que constan de un elemento simple,
sino de que aquél predomina en dicha composición. Además, es muy falso que los
contrarios estén separados al máximo, porque en todas las cosas éstos se
encuentran naturalmente vinculados y unidos, y el universo, tanto según las
partes principales como según las otras derivadas, no se mantiene unido sino
por tal conjunción y unión, habida cuenta de que no hay parte de tierra que no
tenga muy unida a sí el agua, sin la cual no tiene densidad, unión de átomos y
solidez. Además, ¿qué cuerpo terrestre es tan compacto que no tenga poros
imperceptibles, sin cuya existencia tales cuerpos no serían divisibles y
penetrables por el fuego o por el calor de éste, el cual es también cosa
sensible que surge de dicha substancia? ¿Dónde está, pues, la parte de este
cuerpo tuyo frío y seco que no esté junto a este otro cuerpo tuyo húmedo y
caliente? No es, pues, física sino lógica esta distinción de los elementos, y
si el sol está en su región lejos de la región de la tierra, de él no están,
sin embargo, más lejos que de este cuerpo el aire, los cuerpos secos y el agua,
porque aquél es un cuerpo tan compuesto como éste, aun cuando de los llamados
cuatro elementos uno predomine en aquél y otro en éste. Además, si queremos que
la naturaleza se ajuste a esta lógica que pretende que la máxima distancia
corresponde a los contrarios, será preciso que entre tu fuego, que es liviano,
y la tierra, que es pesada, se interponga tu cielo, que no es pesado ni
liviano. O, si pretendes limitarte y decir que este orden lo afirmas en los
llamados elementos, será necesario, con todo, que los llegues a ordenar de
otra manera. Quiero decir que le corresponde al agua estar en el centro y en
el lugar de lo más pesado, si el fuego está en la circunferencia y en el lugar
de lo más liviano, dentro de la región de los elementos. Porque el agua, que es
iría y húmeda, contraria al fuego según ambas cualidades, debe estar lo más
lejos posible del elemento caliente (210)
y seco, y el aire, que llamáis caliente y húmedo, debería estar muy lejos de la
fría y seca tierra. ¿Veis, por tanto, cuan inconsistente es esta proposición
peripatética, ya la examinéis según la verdad de la naturaleza, ya la midáis
según los propios principios y fundamentos?
albertino– Lo veo y muy claramente.
filoteo– Veis además que no es contraria a la razón nuestra filosofía que
reduce a un solo principio, refiere a un solo fin y hace coincidir en una sola
realidad a los contrarios, de modo que haya un sujeto primero de uno y otro.
Por tal coincidencia, consideramos que al fin, queda divinamente dicho y
establecido que los contrarios están en los contrarios, por lo cual no resulta
difícil llegar a saber que todo pertenece a todo, lo cual no pudieron
comprender Aristóteles y otros sofistas.(211)
albertino– Con gusto os escucho. Sé que tantas cosas y tan diversas
conclusiones no se pueden probar al mismo tiempo y en una sola ocasión, pero,
puesto que me reveláis como inadecuadas las cosas que yo consideraba
necesarias, me vuelvo dudoso en todas las otras que con iguales y semejantes
razones considero necesarias. Pero en silencio y con atención, me preparo a
escuchar vuestros fundamentos, principios y raciocinios.
elpino– Veréis que no es un siglo de oro el que ha traído a Aristóteles
para la filosofía.(212)
Por ahora, soluciónense las dudas por vos presentadas.
albertino– Yo no siento mucha curiosidad por aquellas otras, pues deseo
entender la doctrina de los principios mediante los cuales estas y otras dudas
se resuelven de acuerdo a vuestra filosofía.
filoteo– Sobre ellos discurriremos más tarde. En cuanto al quinto argumento,
debéis advertir que, si imagináramos los muchos e infinitos mundos, de acuerdo
a aquel principio de composición que soléis imaginar vosotros, como si –fuera
de un compuesto de cuatro elementos, según el orden comúnmente establecido, y
de ocho, nueve o diez diversos cielos(213),
hechos de otra materia y de diferente naturaleza, que los contienen y que con
rápido movimiento circular los hacen girar en torno, y además de semejante
mundo así ordenado y esférico– estableciéramos muchos otros parecidamente
esféricos e igualmente móviles, deberíamos dar razón e imaginar de qué modo
uno podría continuar o estar junto al otro; andaríamos en tal caso haciendo
fantásticas especulaciones sobre la cantidad de puntos circunferenciales en que
podría ser tocado por la circunferencia de los mundos circundantes, y veríais
que, por más que hubiera varios horizontes alrededor de un mundo, no serían en
realidad de un mundo, sino que éste estaría en relación con este medio como
cada uno con el suyo, porque su influencia la tienen allí donde y alrededor de
donde giran y dan vueltas. Así como, si varios animales estuvieran encerrados y
juntos unos con otros, no por eso se seguiría que los miembros de uno pudiesen
pertenecer a los del otro, de modo que a uno solo y a cada uno de ellos
pudieran pertenecer varias cabezas y bustos. Pero nosotros, por gracias de los
dioses, estamos exentos de la carga de mendigar tal excusa, porque en lugar de
tantos cielos y de tantos movimientos rápidos y lentos, rectos y oblicuos,
orientales y occidentales, bajo el eje del mundo y el eje del zodíaco, en tanta
y cuanta, en mucha y en poca declinación, tenemos un solo cielo y un solo espacio,
a través del cual tanto este astro en el que estamos como todos los otros
realizan sus propios giros y carreras. Estos son los infinitos mundos, esto es,
los innumerables astros; aquél es el espacio infinito, esto es, el cielo que a
aquellos los contiene y por ellos es recorrido. Anulada queda la fantasía de
la vuelta general de todos en torno a este medio, por el hecho de que
claramente conocemos la vuelta de este que, girando en torno al propio centro,
la efectúa, frente a las luminarias circundantes, en veinticuatro horas. Por
eso, queda de hecho anulada la capacidad de contener de los orbes, que
conducen a sus astros fijos en torno a nuestra región, pero sigue atribuyéndose
a cada sol aquel movimiento propio que llamamos “epicíclico”(214), con sus diferencias respecto a los
otros astros móviles, mientras, impulsados no por otro motor sino por la propia
alma, giran durante largos siglos, si no eternamente, así como éste lo hace en
torno al propio centro y en torno al elemento fuego. He aquí, pues, cómo son
los mundos y cómo es el cielo. El cielo es como lo vemos en torno a este
globo, el cual, no menos que los otros, es un astro luminoso y excelente. Los
mundos son como con lúcido y resplandeciente rostro se muestran, diferentes y
separados los unos de los otros por ciertos intervalos, y en ninguna parte el
uno está más cerca del otro que lo que la luna puede estarlo de esta tierra y
estas tierras de este sol, a fin de que un contrario no destruya sino que alimente
al otro y un semejante no obstaculice sino que brinde espacio al otro. Así,
paso a paso, medida a medida, momento a momento, este frígidísimo globo, ya
por este lado, ya por el otro, ya con esta cara, ya con aquélla, se calienta al
sol, y de acuerdo a un orden determinado, ya cede, ya hace ceder a la tierra
vecina, que llamamos luna, acercándose o alejándose, por turno, del sol, por lo
cual (la luna) es llamada por Timeo y otros pitagóricos “tierra-antíctona”.(215)
Ahora bien, éstos son los mundos habitados y cultivados con sus
animales, además de ser los animales más importantes y divinos del universo, y
cada uno de ellos no está menos compuesto de cuatro elementos que éste en que
nos encontramos, aunque en unos predomina una cualidad activa y en otros, otra,
por lo cual unos son. perceptibles por las aguas y otros por el fuego. Además
de dichos cuatro elementos, que entran en la composición de éstos, hay una
región etérea, como hemos dicho, e inmensa, en la cual se mueve, vive y se
alimenta el todo.(216) Este es el éter, que contiene y penetra toda
cosa, el cual, en cuanto se halla dentro de la composición (en cuanto, quiero
decir, forma parte del compuesto), es denominado por lo común “aire”, como en
el caso de este vapor que hay en torno a las aguas y dentro del continente
terrestre, encerrado entre los montes más altos, capaz de formar espesas nubes
y tempestuosos Austros y Aquilones. En cuanto se da, luego, puro, y no forma
parte de compuesto alguno, se denomina propiamente “éter”, y toma tal nombre
de la palabra “flujo”.(217) Este, aun cuando en esencia sea igual que
aquel que es agitado en las entrañas de la tierra, lleva, no obstante, otra
denominación; así como también se llama “aire” el que nos rodea, pero, como en
cierto modo forma parte de nosotros o bien contribuye a nuestra composición,
pues se lo encuentra en el pulmón, en las arterias y en otras cavidades y
poros, se llama “espíritu”. El mismo, en torno al cuerpo frío, se condensa en vapor,
y en torno al calentísimo astro se rarifica como en llama, la cual no se
percibe sino unida a un cuerpo denso que resulte encendido por el intenso ardor
de aquélla. De modo que el éter, en cuanto a sí mismo y a su naturaleza propia,
no conoce cualidad determinada alguna(218),
sino que las recibe todas proyectadas por los cuerpos vecinos y las transporta
con su movimiento a lo largo del horizonte, por la eficacia de tales principios
activos. Así, pues, he aquí que os he enseñado cómo son los mundos y cómo es
el cielo. Con esto no sólo hallarás resuelta tu duda presente sino también
otras innumerables y podrás igualmente comenzar a sacar muchas verdaderas
conclusiones físicas. Y si hasta aquí alguna proposición pareciese supuesta y
no probada, la dejo por ahora a vuestra inteligencia, que, si no está
perturbada, antes de llegar a descubrir que es muy cierta, la considerará mucho
más probable que su contraria.
albertino– Habla, Teófilo, que yo te escucho.
filoteo– Así hemos resuelto también el sexto argumento, el cual, por el
contacto de los mundos en un punto, pregunta qué cosa puede encontrarse en
aquellos espacios triangulares que no sea de la naturaleza del cielo o de los
elementos. Porque nosotros tenemos un cielo en el que tienen sus espacios,
regiones y distancias correspondientes los mundos, el cual por todas partes se
extiende, todo lo penetra y es continente, vecino y prolongación del todo, no
deja vacío alguno, a no ser que a éste mismo, como sitio y lugar en que todo se
mueve y espacio en que todo se desplaza, quisieras llamarlo “vacío”, como lo
llamaron muchos(219), o
bien, sujeto primero, que en él se supone vacío, para no hacerle tener lugar en
parte alguna, si prefirieses considerarlo privativa y lógicamente, como cosa
distinta, por la razón y no por naturaleza y subsistencia, del ente y del
cuerpo. De tal modo, se entiende que nada existe que no esté en un lugar finito
o infinito, ya corpórea ya incorpóreamente, ya según el todo ya según las
partes. Dicho lugar, en fin, no es otra cosa sino el espacio, el cual espacio
no es otra cosa sino vacío, el cual, si deseamos interpretarlo como una cosa
persistente, decimos que es el campo eterno que contiene los mundos, y si
queremos concebirlo como una cosa que tiene consistencia, decimos que es el espacio
en el cual están el campo etéreo y los mundos, que no se puede comprender que
estén en otro. He aquí cómo no tenemos necesidad de imaginar nuevos elementos
y mundos, al contrario de aquellos que por ligerísimos motivos comenzaron a inventar
diferentes orbes, materias divinas, partes más raras y densas de naturaleza
celeste, quintas esencias y otras fantasías y nombres carentes de toda
substancia y verdad. Al séptimo argumento decimos que el universo infinito es
uno solo, como un continuo compuesto de regiones etéreas y mundos; que los
mundos son infinitos; que en diversas regiones de aquél se deben entender y deben
existir, por la misma razón que se entienden y existen este en el que nosotros
habitamos, este espacio y esta región, como en los días próximos pasados he
demostrado con Elpino, aprobando y confirmando aquello que dicen Demócrito,
Epicuro y otros muchos que han contemplado con ojos más abiertos la naturaleza
y no han permanecido sordos a los insistentes llamados de la misma.
Evita, pues,
echar fuera del alma,
por la novedad
misma conmovida,
este argumento,
mas con juicio agudo
sopésalo y si
cierto lo creyeras,
cede, pero si es
falso, contraríalo.
Busca, en efecto,
una razón el alma:
si es infinita
del lugar la suma
fuera de las
murallas de este mundo
¿qué habrá, a su
vez, allí donde la mente
mirar quisiera,
adonde el mismo libre
esfuerzo del
espíritu propende?
Por empezar, no
hay límite ninguno
hacia ninguna
parte, de ambos lados,
hacia abajo y
arriba, por doquiera,
como enseñé, como
la cosa misma
lo proclama y
como a luz lo saca
la misma esencia
del profundo abismo (220)
Clima contra el octavo argumento, que
pretende encerrar a la naturaleza en un compendio, porque, aunque tengamos
experiencia de los mundos grandes y pequeños, no se los puede ver a todos, porque
el ojo de nuestro sentido, sin ver un fin, es vencido por el inmenso espacio
que se presenta y resulta confundido y superado por el número de las estrellas
que se va multiplicando siempre más y más, de manera que deja indeterminado el
sentido y obliga a la razón a añadir siempre espacio a espacio, región a
región, mundo a mundo.
No se puede
pensar que verosímil
en modo alguno
sea que extendiéndose
por doquiera el
espacio al infinito
y volando en un
número sin número
las simientes y
su insondable copia,
de muchos modos
con moción eterna
animadas, creados
solamente
este orbe de la
tierra y este cielo
sean. Por eso,
creo necesario
que una y otra
vez aún repitamos
que en otra parte
existen de materia
otros
conglomerados semejantes
a los que aquí se
dan y a los que el éter
con un ávido
abrazo aquí retiene (221)
Murmura contra el argumento noveno, que supone
y no prueba que a la infinita potencia activa no le corresponde una infinita
potencia pasiva, que una materia infinita no puede ser substancia, que no
puede haber lugar para un espacio infinito y que, por consiguiente, el acto y
la acción no pueden ser proporcionados al agente y el agente puede comunicar
todo el acto sin. que todo el acto pueda ser comunicado (y no puede imaginarse
una contradicción más abierta que ésta)
Está, pues, muy bien dicho:
Además, cuando
existe una gran copia
de materia
adecuada y hay espacio
pronto y ningún
objeto o causa estorba,
las cosas deben
con seguridad hacerse.
Ahora, si la
copia de simientes
es tan crecida
que jamás la vida
de todos los
vivientes bastaría
para contarla, si
la misma fuerza
y natura
persisten que simientes
de las cosas
echar puedan por todas
partes, de modo
semejante a como
han sido echados
hasta el día presente,
es preciso
admitir que en otros sitios
orbes terrestres
hay y diferentes
razas humanas y
ferinas clases (222)
Al otro argumento respondemos que estas
buenas y civilizadas relaciones de los diversos mundos no son más necesarias
que el hecho de que todos los hombres sean un solo hombre y todos los animales
un solo animal. Prescindo de que por experiencia vemos que es para bien de los
seres vivos de este mundo que la naturaleza tenga separadas en mares y montes a
las especies, las cuales, cuando por intervención, del hombre conocieron tales
relaciones, nada de bueno ganaron sino que más bien salieron perdiendo, habida
cuenta de que por la comunicación se duplican los vicios más bien que se
aumentan las virtudes. Por eso, bien se lamenta el poeta trágico:
Las leyes de este
mundo bien trazado
el pino de
Tesalia confundiólas;
hizo que el ponto
azotes padeciera
y que el mar,
disociado,
partícipe del
miedo nuestro fuera (223)
Al décimo se responde como al quinto,
diciendo que a cada uno de los mundos le corresponde su campo en el espacio
etéreo, de tal manera que uno no se toca ni choca con el otro, sino que marchan
y se sitúan a una distancia tal que un contrario no es destruido sino ayudado
por el otro. Al undécimo, que pretende que la naturaleza, multiplicada por
decisión y división de la materia, no se realiza en tal acto sino por medio de
la generación, mientras un individuo, como padre, produce al otro, como hijo,
decimos que esto no es universalmente cierto, porque a partir de una masa, por
obra del sol como causa eficiente, se producen muchos y diversos vasos de
varias formas e innumerables figuras. Dejo de lado el hecho de que, cualquiera
sea el modo en que se lleve a cabo la destrucción y renovación, la producción
de los animales, tanto perfectos como imperfectos, se efectúa al principio sin
ningún acto de generación, por la fuerza y capacidad de la naturaleza.(224)
Al duodécimo y último, el cual basándose en que este u otro mundo es
perfecto, pretende que no se necesitan otros mundos, digo que ciertamente no
se necesitan para la perfección y subsistencia de aquel mundo, pero que, para
la subsistencia y perfección del universo, es necesario que sean infinitos. De
la perfección, pues, de éste o aquellos no se sigue que aquellos o éste sean
menos perfectos, porque tanto éste como aquellos y aquellos como éste constan
de sus partes y son, en cuanto a sus miembros, íntegros.
albertino– No habrá, oh Filoteo, palabras de plebeyos, indignación del vulgo,
murmuración de tontos, desprecio de sátrapas, estupidez de insensatos, idiotez
de sabiondos, confidencia de mentirosos, queja de malvados y detracción de
envidiosos que me priven de tu noble presencia y me alejen de tu divina
conversación. Persevera, Filoteo mío, persevera; no pierdas el ánimo y no te
vuelvas atrás porque con muchas máquinas y artificios el grande y grave senado
de la estúpida ignorancia te amenace e intente destruir tu divina empresa y tu
elevada labor. Y ten por seguro que al fin verán todos lo que yo veo y sabrán
que es tan fácil a cada uno elogiarte como a todos difícil enseñarte. Todos, si
no están enteramente pervertidos, expresarán de buena fe una opinión favorable
sobre ti, ya que al fin cada uno es aleccionado por el magisterio de su alma,
pues los bienes de la mente no los sacamos de otra parte más que de nuestra
misma mente. Y como en las almas de todos hay cierta santidad natural que,
sentada en el alto tribunal del entendimiento, ejercita el juicio del bien y
del mal, de la luz y de las tinieblas, sucederá que, gracias a los propios
pensamientos de cada uno, se susciten en tu causa testigos y defensores
fidelísimos e íntegros. De tal modo, si no se convirtieran en amigos tuyos y
quisieran en cambio seguir, como obstinados adversarios, defendiendo, en su
negligencia, la obscura ignorancia y los consagrados sofistas, sentirán en sí
mismos al verdugo y al bribón, tu vengador, y cuanto más lo oculten en lo
profundo de su pensamiento, tanto más los atormentará. Así, el gusano infernal,
sacado de la rígida cabellera de las Euménides(225),
viendo fracasados sus intentos contra ti, iracundo, se dirigirá a la mano o al
pecho de su inicuo demandante y le dará una muerte tal como puede darla quien
esparce el veneno estigio, cuando han mordido los aguzados dientes de
semejante víbora. Sigue haciéndonos conocer qué es realmente el cielo, qué son
en verdad los planetas y los astros todos, cómo se distinguen entre sí los
infinitos mundos, cómo no es imposible sino necesario un espacio infinito,
cómo este infinito efecto corresponde a la causa infinita, cuál es la verdadera
substancia, materia, acto y causa eficiente del todo, de qué modo toda cosa
sensible y compuesta está formada por los mismos principios y elementos.
Demuestra la doctrina del universo infinito. Despedaza las superficies
cóncavas y convexas que limitan por dentro y por fuera a tantos elementos y
cielos. Torna ridículos los orbes deferentes y las estrellas fijas. Rompe y
echa por tierra con el retumbamiento y el torbellino de tus vivas razones estas
que el ciego vulgo considera diamantinas murallas del primer móvil y de la
última convexidad. Derrúmbese el ser único y verdadero centro esta tierra.
Quita la innoble fe en aquella quintaesencia. Imparte el saber de la igual composición
de este astro y mundo nuestro y la de cuantos otros astros y mundos podemos
ver. Alimente y vuelva a alimentar, junto con sus sucesiones y órdenes, cada
uno de los infinitos mundos grandes y espaciosos y otros infinitos mundos
menores. Borra los motores extrínsecos, junto con los bordes de estos cielos.
Abre la puerta por la cual veamos la no diferencia (226) de este astro con respecto a los
otros. Muestra la estabilidad de los otros mundos en el éter, igual a la de
éste. Pon en claro que el movimiento de todos proviene del alma interior, a fin
de que con la luz de semejante contemplación avancemos con pasos más seguros
hacia el conocimiento de la naturaleza.
filoteo– ¿Qué significa, Elpino, que el doctor Burquio ni tan pronto como tú
ni nunca haya podido estar de acuerdo con esto?
elpino– Es propio de un espíritu no dormido el poder pensar y comprender
mucho, viendo y oyendo poco.
albertino– Aun cuando hasta ahora no me sea dado ver todo el cuerpo del
luminoso planeta, puedo, sin embargo, darme cuenta, gracias a los rayos que
emite a través de los estrechos agujeros de las cerradas ventanas de mi
entendimiento, que éste no es resplandor dé una antorcha artificiosa y
sofística, que no proviene de la luna o de otra estrella menor. Sin embargo,
me preparo para un conocimiento mayor en el futuro.
filoteo– Gratísimo será vuestro asiduo trato. elpino– Ahora vayamos a cenar.
ÍNDICE
PRÓLOGO .................................................................................. 4
SOBRE EL
INFINITO UNIVERSO Y LOS
MUNDOS ..................................................................................... 22
Diálogo
primero .......................................................................... 34
Diálogo
segundo......................................................................... 45
Diálogo
tercero ............................................................................ 60
Diálogo
cuarto ............................................................................. 76
Diálogo
quinto ............................................................................. 86
(1) Protector de Bruno en Inglaterra.
(2) Recuérdese que Bruno se interesó no sólo por problemas
cosmológicos y astronómicos, como lo testimonia principalmente la presente
obra, sino también (al igual que muchos de sus contemporáneos) por la magia y
la astrología, según puede verse en sus obras latinas De magia, De magia
mathematica, etc.
(3) Lucrecio, De rerum natura, I, 968-973; 977-979. La cita
exhibe algunas variantes frente al texto del poema hoy aceptado por la crítica.
Tanto estos versos como los que trae poco más adelante son citados en latín en
el texto y han sido traducidos por nosotros directamente en verso castellano.
(4) Lucrecio, De rerum natura, I, 998-1001; 1006-1007.
(5) Elpino y Fracastorio son dos personajes de la presente obra de
Bruno (cf. nota 31)
(6) Es preciso tener en cuenta la distinción aristotélica y
escolástica entre potencia pasiva (o potencia propiamente dicha) que se opone
al acto y es la capacidad de recibir perfecciones o determinaciones, y potencia
activa, que es la capacidad de hacer o causar perfecciones. La primera implica
imperfección, en la medida en que supone carencia de acto y de ser; la segunda,
en la medida en que implica el acto, supone, por lo contrario, perfección.
(7) Los teólogos escolásticos distinguen entre acción transeúnte de
Dios, que es aquella cuyo efecto está fuera de El, como la creación, y acción
inmanente, cuyo efecto permanece dentro del mismo, como la generación eterna
del Verbo y la procesión del Espíritu Santo.
(8) Los estoicos, cuya influencia sobre Bruno es clara, buscaban
como meta última del filosofar la tranquilidad del alma y consideraban al
universo (to pan) como infinito (entendiendo por universo el conjunto del mundo
y el vacío) (cf. J. Brun, El estoicismo, Bs. Aires, 1968, p. 60)
(9) Bruno argumenta aquí como los filósofos de Megara, para quienes
un arquitecto sólo es arquitecto mientras construye casas (cf. Aristóteles, Metafísica,
IX, 3)
(10) En el tiempo, se entiende. Recuérdese que para Aristóteles el
mundo es finito en el espacio, pero infinito en el tiempo (Sobre el cielo, I
6-7; I 12)
(11) El alma, como principio del movimiento de los seres vivos (según
el concepto aristotélico), es un motor intrínseco y una entelequia (De
anima, II I, G - 12)
(12) Según la teología escolástica, entre las potencias o facultades
de Dios no hay ninguna distinción real.
(13) Cf. nota 8.
(14) Filoteo es otro de los interlocutores de los diálogos (cf. nota
31)
(15) La obra principal en que aparece expuesta la cosmografía de
Aristóteles.
(16) Epicuro, Epístola a Pitocles (en Diógenes Laercio X) Como advierte Dorotea Singer, la primera
traducción de Diógenes apareció en París, hacia 1510, pero Bruno se basa aquí
probablemente en Lucrecio (Sobre la naturaleza, V) Epicuro afirma, por otra parte, que el
“diámetro aparente del sol es su diámetro real”, quizá porque “los detalles
científicos –en que acaso sospecha un riesgo– prefiere desdeñarlos” (Alfonso
Reyes, La filosofía helenística, ps. 147 y 152)
(17) Nicolaus Chrypffs o Krebs, nativo de Cues, Alemania, cardenal de
la Iglesia Romana, fue considerado por el propio Bruno como su maestro. Lo
llamó “el divino Cusano” (F. Romero, Historia de la Filosofía moderna, p.
21)
(18) Se llamaba “quinta esencia”, en la terminología escolástica, al
elemento extraterrestre que se añadía a los cuatro enumerados ya por
Empédocles, los cuales constituían todos los objetos del mundo sublunar: fuego,
aire, agua y tierra. Para Aristóteles se identificaba con el éter.
(19) Burquio es otro de los personajes que figuran en los presentes
diálogos (cf. nota 31)
(20) Idea que hallamos más tarde desarrollada en Spinoza.
(21) Se refiere a Albertino, filósofo peripatético, convencido, en el
último diálogo, por los argumentos de Elpino y Filoteo.
(23) El optimismo de Bruno, como el de los estoicos y el de Spinoza,
es consecuencia de su panteísmo.
(24) Mediante la separación y la nueva unión de los átomos en el
vacío.
(26) Diálogo publicado durante el mismo año 1581 en que apareció Sobre
el infinito universo y los mundos.
(27) D. Singer se pregunta: “¿Podría esta frase haber sugerido el
pasaje del Paracelso de Browning que comienza: I would love infinitely
and be loved. First I would cast in bronze?”.
(28) Este soneto aparece también en el diálogo bruniano Sobre los
furores heroicos (parte primera, diálogo cuarto), donde los versos tercero
y cuarto son, sin embargo, diferentes.
(29) Según la mitología, Apolo, cuatro días después de nacer, se puso
en marcha para hallar el sitio en que fundaría su santuario. Armado con las
armas que para él forjó Hefesto, descendió del Olimpo y después de atravesar
Eubea y Beocia, al llegar al valle de Crisa, entró, por consejo de la ninfa
Telfusa, que deseaba perderlo, en el desfiladero de Parnaso, morada de la
serpiente Pitón, donde, atacado por ésta, la mató de un flechazo. En memoria de
este triunfo se celebraba en Delfos, cada nueve años, la fiesta de la
Septeria, o sea, de la Veneración.
(30) Este soneto es parafraseado en la obra latina De immenso I
1, según hace notar Gentile, pero no reproducido, como cree este mismo
historiador, en el diálogo Sobre los heroicos furores (parte primera,
diálogo tercero) El soneto que en dicho
lugar aparece no es éste y ni siquiera pertenece al propio Bruno, sino a
Tansillo (Poesie linche, XXVI, p. 14), según advierte Giovanni
Aquilecchia.
(31) Elpino es un personaje imaginario que hace aquí las veces de
alumno, como anota Gentile, el cual recuerda también que un personaje homónimo
aparece en el Amintas de T. Tasso, publicado en 1580 (o sea, cuatro años
antes de la presente obra de Bruno)
Filoteo (= el amante de Dios) representa evidentemente al mismo Bruno y
es el portavoz de su filosofía y de sus ideas cosmológicas. Fracastorio no es
otro sino el médico, astrónomo y poeta veronés Girolamo Fracastoro, conocido
sobre todo por su poema bucólico-didáctico Syphilus, en el cual describe
los síntomas del llamado “morbo gálico”, que asumía por entonces caracteres
epidémicos en Europa. El mismo Fracastoro era autor de una obra astronómica,
titulada Homocentrica, que, como hace notar Gentile, fue conocida y
citada por Bruno (De immenso IV 9)
Es probable que Fracastoro haya conocido a Copérnico en la Universidad
de Padua, donde aquél enseñaba mientras éste estudiaba derecho. Bruno quizá lo
incluye aquí por ese hecho. Burquio, posiblemente latinización del apellido
inglés Burke (recuérdese que la obra, aunque con pie de imprenta en Venecia,
fue publicada en Londres), representa tal vez a alguno de aquellos doctores
ingleses, de los que habla con dureza en La cena de las cenizas.
(32) Esta frase de Burquio revela la estrechez de espíritu y la
mentalidad groseramente utilitaria que imperaba en la escolástica decadente,
bajo el manto de la sutileza académica y de la erudición.
(33) Principio básico de la gnoseología aristotélica que, desde
Leibniz, es expresado por los mismos escolásticos en el axioma: “Nihil est in
intellectu quin prius fuerit in sensu”.
(34) Adviértase que el antiaristotelismo no inclina a nuestro filósofo
a una actitud sensualista, como sucede con algunos de sus contemporáneos
(Telesio, por ejemplo), sino más bien a la posición contraria (lo cual explica
la simpatía que suscitó más tarde en Spinoza, Schelling, etc.)
(35) Bruno distingue aquí entre razón, intelecto y mente, siguiendo
más o menos de cerca la terminología de San Agustín. Para éste, “intellectus”
designa una facultad superior a la “ratio”. La “ratio” consiste en el
movimiento de la “mens” de un juicio hacia otro, y origina el raciocinio. El
“intellectus” (o “intelligentia”) origina, por su parte, la “visión” o
“contemplación”.
(36) En latín en el original: “Nullibi ergo erit mundus. Omme erit in
nihilo”.
(37) Se entiende: “tú, Aristóteles”.
(38) He aquí planteada la gran dificultad del dualismo, que en el
siglo siguiente (xvII) aparecerá
especialmente sobre el plano antropológico, con Descartes, y que en el terreno
metafísico tratará de superar radicalmente Spinoza, con su doctrina de la
substancia única (Dios) y los atributos (lo que el entendimiento capta en la
substancia como propio de su esencia) que son, para nosotros, el pensamiento
(inmaterial) y la extensión (material)
(39) Gentile remite al diálogo latino De immenso I 6.
(40) Física 2 12 a.
(41) Cf. nota 38.
(42) Alusión a la diferencia que existe entre el universo infinito de
los epicúreos (por casualidad) y el de los estoicos (por necesidad o por
providencia)
(43) Según Aristóteles (Física 2.209 b), Platón identifica la
materia (hyle) con el espacio (khora)
Esta interpretación se basa en un pasaje de Timeo (51 A) Los historiadores discuten, sin embargo, si
hay o no una verdadera identificación entre ambos términos.
(44) Véase, según indica Gentile, el De immenso, I, 9.
(45) Omitimos, de acuerdo con D. W. Singer en su traducción inglesa,
la interrogación que se encuentra en el texto de Gentile (aunque no se halla en
el de P. de Lagarde ni en la edición original de 1584)
(46) La idea de los mundos como animales y del universo como “primum
animal et parens universorum” (Lampas triginta statuarum - Opera - Florencia,
1891, III, p. 58) corresponde a una concepción hilozoísta y pampsiquista y a
una teoría del alma universal que tiene sus raíces en Platón (Timeo) y
en estoicos y neoplatónicos (cf. De la causa, principio e uno, dial. II,
p. 237 sgs.), pero se remite, como a su raíz más profunda, a los primeros
filósofos jónicos.
(47) Eficiente - deficiente: juego de palabras, muy acorde con el
barroquismo bruniano.
(48) En latín en el original (nullibi, nusquam)
(49) En latín en el original (alicubi), igual que poco más arriba.
(50) Cf. Platón, Timeo VI 29.
(51) Cf. Platón, Timeo X 37 C-D.
(52) Esta distinción entre “totalidad concentrada” (complicata) y
“totalidad desplegada” (esplicata), que Bruno usa para establecer una
distinción entre Dios y el universo, proviene de Nicolás de Cusa (De docta
ignorantia II 3) Pero en esto podríamos
remontarnos hasta Heráclito (A 1,8)
(53) Cf. Nicolás de Cusa, De
docta ignorantia II 4.
(54) Cuando Bruno dice que el tener una potencia distinta del acto es
propio de los seres mudables, expone un principio básico de la metafísica
aristotélico-escolástica, pero su argumentación se dirige realmente contra
Aristóteles y Santo Tomás, ya que de la no existencia en Dios de tal
distinción y del hecho de que en El toda potencia sea acto (usa el término
“potencia” en un doble sentido: primero, como potencia pasiva, y luego, como
potencia activa y poder de obrar “ad extra”) infiere que Dios crea, de hecho,
todo cuanto puede crear.
(55) Se refiere, sin duda, a la
doctrina protestante de la justificación por la fe y de la inutilidad de las
obras para la salvación. En particular, parece atacar la doctrina calvinista de
la predestinación. Recuérdese que, después de haberse adherido en Ginebra al
calvinismo, en 1579, fue encarcelado por sus ataques al maestro Antoine de la
Faye.
(56) En el tratado De immenso Bruno sostiene que “necesidad y
libertad, se identifican” (necessitas et libertas sunt unum) Más tarde, Hegel, continuador de la
dialéctica bruniana, afirmará que la suprema libertad se identifica con la necesidad
suprema.
(58) Cf. La cena de le ceneri, p. 109 (cf. nota 46)
(59) Alusión a la doctrina aristotélica del Motor inmóvil, que Bruno
entiende, sin embargo, de un modo diferente del Estagirita, ya que, para el
Nolano, el Acto Puro no es trascendente sino realmente inmanente al universo.
(60) Metáfora tomada de la ciencia militar de la época, en la cual
desempeñaban un papel muy importante las fortificaciones y las máquinas usadas
para sitiar y asaltar las plazas fuertes.
(61) Véase, como indica Gentile, el diálogo De la causa, principio
e uno (ps. 251-253) y también La cena de le ceneri (ps. 33-34)
(62) Dorotea Singer anota: “El presente diagrama es usado también por
Bruno en La cena de le ceneri – Dial. V p. 123 (Lagarde, Op. ital. I
195; Gentile, Op. Hal. I 167), donde describe cómo las cuatro clases de
movimiento terrestre se fusionan en un solo movimiento complejo. Este
comprende, por supuesto, el resultado de “los otros principios activos de
movimiento... dentro del tiempo y en una cierta sucesión”. El lector no debe
dejarse contundir por la coincidencia de que las direcciones de los dos
primeros impulsos del movimiento instantáneo de Bruno derivados de una causa
infinita (y, por ende, conducentes a un movimiento instantáneo que no se puede
distinguir de la inmovilidad) correspondan a los dos primeros de los cuatro
movimientos terrestres reconocibles cuya fuente es inmanente a la tierra
finita”.
(63) Otro caso en que Bruno aplica el principio dialéctico de la
identidad de los contrarios en el infinito: lo infinitamente rápido se
identifica con lo inmóvil (cf. Heráclito, B 48, 58, 59, 60, 61, 62, 67)
(65) Esta era la concepción de los pitagóricos, que ponían a lo
infinito, en la tabla de las oposiciones, del lado de lo imperfecto, en cuanto
“infinito” significaba para ellos “inacabado”, esto es, inconcluso y, por
tanto, imperfecto.
(66) Cf. nota 43.
(67) Al mundo lo llaman to holon, al universo to pan (cf.
nota 8)
(68) Cf. Epístola a Herodoto; Fragmento 13 (de Sobre la
Nauraleza - Libro I); Epístola I 40; Fragmento 7 (Libro
I) Bruno podría haber tomado estas
noticias sobre la filosofía epicúrea, como anota D. Singer, de las Vidas de
los filósofos de Diógenes Laercio, cuya versión latina apareció por vez
primera en Venecia en 1475, pero lo más probable es que su fuente sea aquí
Lucrecio (cf. I 420)
(69) Aristóteles llamó a los primeros filósofos griegos physikói o
physiológoi (Pliysica 4.203 b; Metaphysica 8.989 etc.) También los denominó “inquisidores de la
naturaleza (Physica 8.191 b) Si
en tales calificativos hay un matiz despectivo, como bien lo advierte Bruno,
ello se debe sobre todo al hecho de que el Estagirita creyó que los
presocráticos sólo se habían ocupado de la causa material, cuando en rigor physis
era para ellos no sólo causa material sino también causa eficiente interna
y final. Por no haber captado el sentido de aquel primitivo monismo dinámico y
de aquel naturalismo místico les dirigió las mismas críticas injustas (y hasta
ramplonas) que sus discípulos los renacentistas dirigieron a veces a Bruno, el
cual en más de un sentido renueva la antigua escuela jónica (cf. Joel, Der
Ursprung der Natur-philosophie aus dem Geiste der Mystik, Jena, 1906;
Grassi Bertazzi, Giordano Bruno. II suo spirito e i suoi tempi, Catania,
1910, ps. 64-66)
(70) Se refiere, sin duda, a la parte de la Física (IV 6-9),
donde Aristóteles traía del vacío, según anota Gentile.
(71) Estas citas y las dos que siguen son una versión libre de De
caelo I 5.
(73) Cf. nota 63.
(74) De caelo I 6.
(75) “Anticéfalos” = neologismo que significa “los que se oponen por
la cabeza”.
(76) De caelo I 6-7. En el comienzo del cap. 6 el texto
italiano (de la edición 1958-Gentile) dice: “E dunque necessario, che ogni
corpo o sia infinito” etc. Hay una seria omisión. Debería decir “...che ogni
corpo si finito o infinito”.
(77) De caelo I 7.
(78) Sabido es que para Demócrito la realidad no consiste sino en
átomos (lleno) y vacío, y lo mismo para Epicuro, que sigue los pasos de aquel.
(79) He aquí una de las aserciones especulativas de Bruno que la
ciencia (en este caso la biología) ha confirmado después. Cf. P. Gómez
Alfonso, Historia del pensamiento filosófico en la época del Renacimiento, Puebla,
1966, págs. 129-130) En todos los
organismos pluricelulares hay tres procesos histológicos que, al mismo tiempo o
sucesivamente, intervienen en el crecimiento: aumento de volumen de las
células, multiplicación de las mismas y acrecentamiento de las substancias
intercelulares. Es cierto que en algunos el crecimiento cesa ya al nacer
(insectos) o a partir de cierta edad en que el esqueleto se osifica (aves,
mamíferos), pero en otros se da un crecimiento que abarca toda la vida (ciertos
reptiles y crustáceos, los corales, los selacios, etc.) Por otra parte es claro también que no sólo
aumentan los elementos que integran el organismo (crecimiento embrionario y
post-natal) sino que también se van sustituyendo los que existen a través de
los procesos anabólicos. En un organismo como el del hombre puede decirse que,
al cabo de un lapso, todos los elementos materiales (excepto los que componen
el tejido nervioso) se han renovado (cf. La cena de le ceneri, p. 110)
(80) Así como Heráclilo afirma la eternidad del fuego, que siempre
fue, es y será (B 30), y al mismo tiempo sostiene que todo fluye y que no
estamos dos veces en el mismo río (B 49a), así Bruno afirma en algunos pasajes
de sus obras (como en De immenso V 3)
que todo, inclusive los mundos, se transmuta y cambia, pero que el
universo permanece inmutable. Aquí, sin embargo, y en otros “lugares (como La
cena de le ceneri, ps. 154-155, Gentile), aunque admite que las partes y
partículas de la tierra se renuevan de continuo, sostiene que la misma tierra
(esto es, un mundo, no el universo) permanece, gracias a un principio
intrínseco. Mezcla así el atomismo con el neoplatonismo.
(81) Esta cita y las tres siguientes que hace Elpino corresponden a De
caelo I 7.
(84) La parasanga era una medida itineraria utilizada por los antiguos
persas. Equivalía a 5.250 metros. Jenofonte, en su Anabasis, refiere que
desde el punto de partida (de los expedicionarios que se retiraban) hasta las
orillas del Mar Negro había 620 parasangas.
(85) La distinción entre “partes del infinito” (que no admite)
y “partes en el infinito” (que acepta) no es una mera fórmula retórica, carente
de sentido, como a primera vista podría creerse. Las “partes en el infinito”
vienen a ser los “modos” de Spinoza.
(86) D. Singer traduce: “are not intentive but extended”, y hace notar
que Florio, a su vez, dice “intenso” y “extenso”.
(87) Esta segunda crítica –anota Gentile– es reproducida exactamente
en el De immenso II 7, donde sólo se añade una referencia a las
doctrinas de Heráclito y de Hípaso (referencia, añadimos nosotros, muy
significativa, si se tienen en cuenta las varias coincidencias y analogías que
se pueden señalar entre el Efesio y el Nolano)
(88) Gf. Física III 5.
(89) D. Singer advierte aquí hay una contusión: El diagrama al que
Filoteo alude se refiere a la mutua influencia de dos cuerpos infinitos entre
sí; pero la última pregunta de Elpino se refiere a la influencia de un cuerpo
infinito sobre uno finito. Filoteo añade por eso la frase “y donde, por tanto,
nada importa que ... el cuerpo A siga siendo finito”, para dar a entender que
el argumento ilustrado por dicho diagrama no es menos válido en el caso de que
el cuerpo paciente A sea finito.
(90) Sigue citando el De caelo I 7.
(91) Bruno quiere decir, en términos de astronomía moderna, que la
magnitud aparente no es lo mismo que la magnitud absoluta, la masa y el tamaño.
Tolomeo, en su Catálogo de estrellas, donde registra longitud, latitud y
magnitud de 1.028 de ellas (cf. G. Sarton, Ciencia antigua y civilización
moderna, México, 1960, p. 60), considera que existen 6 magnitudes, cada una
de las cuales es de 2 ½ veces más brillante que la posterior. Pero el astrónomo
alejandrino sólo tuvo en cuenta el brillo que aparece a nuestros ojos. Para
conocer la verdadera luminosidad de una estrella es preciso conocer, además de
su brillo aparente, la distancia que nos separa de ella. El diagrama de
Hertzprung-Russell nos demuestra que generalmente hay una relación directa
entre magnitud absoluta y calor. También es cierto, en general, que las
estrellas que tienen una masa mayor (esto es, una cantidad más grande de
materia) son las que tienen una mayor magnitud absoluta, aunque hay algunas muy
densas y de escasa luminosidad o, al contrarío, muy luminosas y de poca masa
(cf. Colin A. Roman, Secretos del Cosmos, Madrid, 1970, p. 121) En La cena de le ceneri (p. 92) Bruno
sostiene que: “De la apariencia del tamaño del cuerpo luminoso no podemos
inferir la verdad de su magnitud ni de su distancia, porque así como no tiene
el mismo valor el cuerpo opaco y el luminoso, así tampoco lo tienen el menos y
el más luminoso y el luminosísimo, cuando se trata de juzgar su magnitud o su
distancia” (cf. Lucrecio, De rerum natura, V, 569)
(92) Anaxímenes, para quien el aire era, respecto al universo, lo que
el alma respecto al cuerpo (Aecio I 3,4), le atribuyó, por primera vez, un
movimiento de contracción y expansión.
(93) Para comprender lo que Bruno quiere expresar al hablar aquí de
“cuerpo espiritual” (spiritual corpo) es preciso tener en cuenta lo que los
sabios y filósofos antiguos entendían por “aliento”. “El griego pneuma, el
latín spirilus, el indio pruna, tienen un significado muy
parecido, pero no hay una palabra con ese significado en el lenguaje moderno,
puesto que la idea misma ha desaparecido. Conocemos la materia, de la que
pensamos que es algo sin aspectos espirituales; conocemos la mente, a la que
los más de nosotros, que no somos materialistas, consideramos sin aspectos
materiales; pero no conocemos nada que, con las cualidades de la mentí; y la
materia, constituya una sola cosa. Sin embargo, hasta el siglo xvii e incluso después, todo el mundo
reconocía la existencia de materiales con diversos grados de sutileza. Había
una materia burda que podía ser tocada y manejada, pero aun ésa, como vamos a
ver, contenía un espíritu en su interior; existían después las nubes, el humo,
el vapor, las exhalaciones, el aire, el éter, los espíritus naturales, vitales
y animales, la materia de los seres espirituales; y sólo a Dios se le podía
considerar como un ente puramente espiritual. De hecho, las citadas eran
consideradas como materias de diversos grados de materialidad y de
espiritualidad; aproximándose cada vez más a la noble naturaleza de la mente,
de una manera proporcional a su sutileza. Así, los antiguos filósofos griegos
podían decir con entera sencillez que el alma era aire. Por supuesto, no querían
decir con esto que lo que nosotros llamarnos un alma, es una mezcla de oxígeno
y nitrógeno, sino simplemente que el principio de la vida era una especie de
aliento. Asimismo, algunos consideraban la atmósfera como un receptáculo o
depósito del alma del mundo, y pensaban que los seres vivientes existían
inspirándose en este aire, como un aliento vital que sale del alma del mundo”
(F. Sherwood Taylor, Los alquimistas, México, 1957, p. 19)
(94) “Animal sanctum et venerabile” llama Bruno, en una de sus obras
latinas, al universo.
(95) “Giordano Bruno, ampliando las ideas de Copérnico, fue uno de los
primeros en proyectar una constitución del universo semejante a la que
nosotros, que hemos salido del sistema solar, podemos imaginar con los grandes
medios de observación y de investigación de que hoy disponemos, y sin embargo,
por defender estas concepciones, demasiado avanzadas para entonces, pereció en
la hoguera, cincuenta y siete años después de la muerte de Copérnico”, dice G.
Abetti (Historia de la Astronomía, México, 1961), p. 94)
(96) El número de estrellas de nuestra galaxia asciende probablemente
a cien mil millones (G. J. Withrow, La estructura del universo, México,
1966, p. 25) Pero es preciso tener en
cuenta que nuestra galaxia es sólo una de las trece que forman el Grupo local
(cf. Roman, op. cit., p. 144) A simple
vista sólo vemos –y éste era el caso de Bruno– una pequeña porción de nuestra
galaxia. Pero, mediante los grandes telescopios ópticos y radiotelescopios,
podemos observar miles de galaxias. Aun así, puede decirse que los astrónomos
sólo han penetrado un poco en la totalidad del universo (Roman, op. cit., p.
133), cuyos infinitos cuerpos (stelle, astri, globi, soli e terre) “se infieren
–según nuestro filósofo– con la razón” (ragionevolmente si argumentano)
(97) Cf. Aristóteles, Metafísica XII 8, De caelo II 8.
(98) “El día de los antiguos sabios” es, para Bruno, como después para
Nietzsche, la época de la filosofía presocrática; “la caliginosa noche de los
temerarios sofistas” se inicia con Aristóteles y se extiende a todo el
Medioevo.
(99) Véase, como sugiere Gentile, De immenso, I 5, al comienzo.
(100) “En torno al sol” no quiere decir que la luna no se mueva también
en torno a la tierra, según puede verse en otra obra de Bruno (De immenso, III
7)
(101) He aquí, en resumen, la nueva astronomía helicocéntrica
copernicana que Bruno propugna con entusiasmo, después de haber explicado, en
los párrafos anteriores, por boca de Elpino, el origen del geocentrismo como un
error de perspectiva.
(102) En la astronomía geocéntrica los planetas eran los siete cuerpos
que, a diferencia de las estrellas fijas, giraban en torno a la Tierra: Sol,
Luna, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. En la nueva astronomía
heliocéntrica copernicana son, obviamente, los cuerpos que giran en torno al
Sol. Si Bruno sigue hablando de “siete” planetas es porque incluye todavía
entre éstos a la Luna, aun sabiendo (cf. nota 100) que ella gira también en
torno a la Tierra.
(103) Otras tierras (planetas) fueron, en efecto, descubiertas en los
siglos subsiguientes: En 1781 Hirschel descubrió Urano, en 1846 Leverrier
infirió matemáticamente la existencia de Neptuno, y en 1930, en el observatorio
de Flagstaff, se observó por vez primera a Plutón. Además fueron encontrados
entre Marte y Júpiter un gran número de planetoides, al primero de los cuales,
su descubridor Piazzi le dio el nombre de Ceres (1801)
(104) Cf. Diógenes Laercio XI 61.
(105) Para citar sólo algunos ejemplos, diremos que la ciencia moderna
ha podido establecer que Capella tiene un diámetro 12 veces superior al del
Sol; Antares es 300 veces mayor que éste; Betelgeuse 400 veces, y la epsilon
del Cochero, una de las llamadas estrellas supergigantes, tiene un diámetro
2000 veces superior al del mismo, de modo que si se pudiera situar en el centro
de nuestro sistema solar, su masa llegaría casi hasta la órbita de Saturno
(Roman, op. cit., ps. 111-112)
(106) Hay estrellas tan calientes que no pueden ser centro de ningún
sistema planetario, ya que cualquier astro que girase en torno a ellas se
volatilizaría. Pero hay otras muchas (del G, como nuestro sol, o del F) en que
esto no sucede. Aun cuando el sistema planetario del sol no se hubiera
originado accidentalmente, por el choque de una estrella u otra causa análoga,
la probabilidad de que una catástrofe similar haya sucedido en otras estrellas
es muy grande, puesto que hay más de 10.000 millones de estrellas de tipo F y
G, sólo en nuestra galaxia (Roman, op. cit., ps. 107-108), y si esto es así, es
también muy probable que, como supone Bruno, muchos de sus planetas sean
mayores que la tierra.
(107) Las tierras
equivalen aquí obviamente a los planetas, y los fuegos a los centros de otros
tantos sistemas planetarios.
(108) La afirmación de Bruno, basada en la especulación cosmológica,
es sin duda exagerada. Pero nadie podrá negarle el mérito de haber presentado,
un siglo antes que Fontenelle (cf. Entretiens sur la pluralité des mondes, 1686),
una idea que apasiona hoy por igual a científicos y literatos, y que ha sido la
base de una larga serie de novelas, desde Cyrano de Bergerac hasta Wells y Ray
Bradbury.
(109) La diferencia entre materia próxima (o segunda) y materia primera
proviene de la filosofía aristotélica. Materia primera es el substratum último
y enteramente indeterminado de todos los cambios (cf. Metafísica VII
3); materia segunda es el substratum (ya actualizado e informado) de un cambio
determinado. La materia primera que no tiene nunca existencia per se, es
una sola; las materias inmediatas son múltiples y se diferencian precisamente
por las formas que ya han recibido: “Denomino, en efecto, materia al primer
sujeto de cada cosa” (Física I 9)
(110) De docta ignorantia II 12.
(111) Los dos grandes inspiradores de Bruno, en la época inmediatamente
anterior a él, son Copérnico, en astronomía, y el Cusano, en metafísica y
dialéctica. Por éste muestra un entusiasmo tanto más ferviente cuanto más
difícil y recóndita considera su doctrina (cf. De lampade combinatoria,
Prefacio; cit. por Gentile) Sobre la
influencia del Cusano y de Copérnico en Bruno dice E. Cassirer (Individuo y
Cosmos en la filosofía del Renacimiento, Buenos Aires, 1951, p. 68): “En
lo que respecta al reconocimiento de la significación de Nicolás de Cusa en la
historia de la filosofía italiana, resalta en primer término el testimonio
claro e inequívoco de Giordano Bruno. En este punto, el mismo Bruno nunca dejó
concebir dudas acerca de cuánto debía a dos pensadores, al divino Cusano y a
Copérnico, a quienes proclamó sus verdaderos libertadores espirituales”.
(112) Gentile anota que en esta doctrina de los dos principios opuestos
del calor y del frío, Bruno sigue a Telesio (De rerum natura III 1) Tal vez, en última instancia, se inspire en
Parménides, cuya cosmología, expuesta en la segunda parte de su poema, se basa
en la oposición entre lo frío-obscuro y lo caliente-luminoso.
(113) Esta idea puede haberla tomado de Anaxágoras (Diógenes Laercio II
8), como señala Gentile, pero parece más probable, por lo que a continuación
leemos, sobre “el hierro que es, él mismo, fuego”, y por la contraposición
siguiente entre lo luminoso y caliente y lo opaco y frío, que la tomara de
Parmenides. Sabemos, en efecto, que tanto para éste como para Heráclito los
astros eran bolas de fuego (Aecio II 13, 8)
(114) Compárese, como sugiere Gentile, con De immenso IV 7 y 9.
(115) Cf. nota 18.
(116) Aristóteles era para los hombres del Medioevo (tanto latinos como
árabes) la suma y el compendio de todo el saber; no sólo la culminación del
pensamiento antiguo sino también la encarnación misma del pensamiento. Para
Averroes (Destructionum I 3), “la doctrina de Aristóteles es la suma
verdad, ya que su entendimiento constituyó el límite del entendimiento
humano”.
(117) Sabido es que la física aristotélica distingue radicalmente dos
zonas en su universo finito: el mundo astral y el mundo sublunar. En el primero
hay un orden inmutable y eterno, no hay corrupción, reina la justicia; en el
segundo imperan el devenir, el cambio, la generación y la corrupción; en el
primero todo está compuesto de éter (quintaesencia) y sólo hay movimiento
circular; en el segundo las cosas están formadas por los cuatro elementos y el
movimiento es allí rectilíneo (cf. De caelo 13; II 3, etc.)
(118) Se refiere al cirenaico Hegesías, que vivió en el siglo iv (cf. Diógenes Laercio II 3, 86 y
93-96; Valerio Máximo, Factorum Dictortimque memorabilium VIII 9)
(119) Cf. nota 79. Bruno se opone en seguida al concepto aristotélico
de la inmutabilidad de los cuerpos celestes, apelando al atomismo.
(120) Podría decirse que Bruno aquí adelanta la geología física, tal
como se desarrolló a partir del siglo xvIIi
con Hution (Theory of the Earth - 1795) y luego, en el xix, con sir Charles Lyell (Principles
of Geology - 1830-1833), y en particular, tai como se presenta en nuestro
siglo con Weggener y con los estudios acerca de la formación de mares y
continentes. Sería injusto olvidar, sin embargo, que ya Aristóteles reconocía
que zonas hoy ocupadas por el mar fueron antes tierra y viceversa; que Ovidio
en sus Metamorfosis advirtió el intercambio de regiones marítimas y
terrestres y que el mismo Fracastoro, cuyas obras Bruno sin duda conocía,
opinaba que los restos fósiles de animales marinos hallados en zonas montañosas
(ya Jenófanes había encontrado huellas de peces y fucoides en las canteras de
Siracusa, de anchoa en una roca de Paros, etc.) no se pueden explicar
recurriendo a la idea de un único diluvio y que es preciso suponer que las
montañas en cuestión han surgido del mar.
(121) Compárese esta idea, como indica Gentile, con De inmenso IV
3, y también con la que expresa el Cusano en De docta ignorantia II, p.
41.
(122) Bruno relaciona aquí acertadamente las diferencias en la
luminosidad de la superficie lunar con los accidentes de su “geografía” (si así
pudiera llamarse el estudio de las características propias de la superficie
lunar) Hoy contamos con mapas completos
de la luna. Aunque hasta hace poco más de una década sólo conocíamos una faz
del satélite, debido al hecho de que su período de rotación coincide con el de
su revolución en torno a la tierra y nos presenta así siempre una misma cara de
su superficie, hoy la conocemos íntegramente y podemos trazar un verdadero
“mapamundi” selenita, inclúyenos la cara oculta, que nos ha sido revelada por
el relevamiento fotográfico del Lunik III (1959) y de los cinco satélites Lunar
Orbiter.
(123) O sea, al éter (cf. notas 93 y 117)
(124) En todo este párrafo queda claramente manifestada la concepción
jerárquica del ser que es propia de la filosofía aristotélica. Según Boas, hay
cuatro tipos de jerarquía: la político-social, la lógica, la ontológica y la
axiológica, y las cuatro se hallan en Aristóteles como supuestos fundamentales
de su sistema. A esta concepción jerárquica, que supone una estructura estática
de la realidad, opone Bruno, siguiendo a los antiguos jonios (y particularmente
a Heráclito), la idea de un universo eminentemente dinámico, donde el más
arriba y el más abajo se intercambian y se identifican dialécticamente.
(125) Como es sabido, tal distinción proviene de Empédocles (cf. nota
18) y, acogida luego como uno de los pilares de la física aristotélica, perduró
en textos y cátedras por lo menos hasta Lavoissier y la fundación de la química
cuantitativa, en el siglo xvIIi.
(126) Recuérdese que Fracastoro. en cuya boca pone aquí Bruno la
comparación con las enfermedades, fue uno de los más ilustres médicos de su
siglo, a quien se deben, entre otras contribuciones, como la antes mencionada
descripción de la sífilis (cf. nota 31), una teoría del contagio, según la cual
éste se originaba en el paso de ciertos ínfimos corpúsculos (capaces de
reproducirse) desde el organismo del enfermo hacia el del hombre sano. Esta
teoría, aunque dista todavía bastante de la aceptada hoy por la ciencia médica,
constituye un valioso antecedente de la misma. Recuérdese que, por consejo de
Fracastoro, el papa Paulo III trasladó a Bolonia el concilio ecuménico reunido
en Trento, donde se había declarado una epidemia.
(127) Cf. nota 46.
(128) Los atomistas (Leucipo, Demócrito), admitiendo como los
pitagóricos la posibilidad del vacío y del no ser, suponen que éste se extiende
hasta el infinito y que, al penetrar inclusive en el ser (único y compacto
según Parménides), lo fragmenta y produce así los innumerables átomos (cada uno
de los cuales conserva los caracteres del ser eleático, excepto la unidad)
(129) Esta teoría del agua como elemento aglutinante de la tierra, la
expone Aristóteles en sus Meteorológicos IV 6, según recuerda Gentile.
Véase también Fracastoro, De Simpatía et antipathia X.
(130) Cf. Séneca, Cuestiones naturales III.
(131) Compárese, como indica Gentile, con De immenso IV 17.
(132) Meteorológicos I 3.
(133) Ceres, hija de Saturno y Cibeles, llamada por los griegos
Demeter, era diosa de la agricultura. Isis era en la mitología egipcia, hermana
y esposa de Osiris y diosa de la fecundidad. Proserpina, que los griegos
denominaban Perséfone, encarnaba a la primavera y era símbolo de la vegetación
periódicamente renaciente. Diana, Artemisa para los helenos, era divinidad de
la caza y de las selvas, representaba la luz lunar y protegía a los infantes.
Lucina era para los romanos la diosa de los partos y frecuentemente se la
identificaba con Juno.
(134) El río Océano, generador de todas las cosas (Viada XIV
297), circunda la tierra (Viada XIV 200; XVIII 399; XXI 196)
(135) El mismo pensamiento es atribuido a Platón, como advierte D.
Singer, en La cena de le ceneri III. Se refiere aquí a Fedón 109
C. E. La Singer añade que no lo ha encontrado en el Timeo, pero Bruno se
refiere tal vez aquí al filósofo Timeo y no al diálogo platónico que lleva su
nombre.
(136) Aquí, como en otros pasajes de la obra, Bruno establece una
analogía entre macrocosmos y microcosmos, analogía que Joel en la obra antes
citada (cf. nota 69) considera como típica del pensamiento presocrático, no
menos que del renacentista y romántico.
(137) Por motivos análogos a los que aquí expone Bruno llegó Anaxímenes
probablemente a su doctrina del aire como “principio fundamental” (arkhé) y
como “naturaleza” (physis) (cf. Fragmento 2 Diels)
(138) Cf. Génesis I 2; Salmos XXIII 2; Corán XXI 30; Furlani, II poema
de la creazione: Enúma Elis, Bolonia, 1934.
(139) Según la cosmografía de Tales de Mileto, la tierra era un disco
que flotaba sobre una infinita masa de agua (cf. G. de Santillana, The
origems of scientific thought, Chicago, 1961, p. 23)
(140) Compárese, como indica Gentile, con De inmenso VI 9.
(141) Alusión irónica, cu boca de Burquio, a la idea varias veces
expresada por Bruno de la tierra como organismo viviente.
(142) “En toda esta exposición se diría que Fracastoro reconstruye, a
la manera de Bruno, el capítulo tercero de su opúsculo De sympathia et
antipathia, titulado De simpathiis elementorum ad loca propia, donde
había tratado precisamente, según las enseñanzas aristotélicas, la cuestión del
orden de los elementos en el espacio, añadiéndole de su cosecha una intuición
hilozoísta, en la cual concuerda con Bruno”, dice Gentile.
(143) Sobre la existencia de seres vivientes en otros planetas (no,
desde luego, en otros soles o estrellas), dice Alvin Nason (Biología, México,
1968, p. 22): “Parece razonable afirmar que en otros planetas del sistema solar
o en los supuestos de otros sistemas estelares, que presentan condiciones
ambientales semejantes al nuestro, pudieran desarrollarse formas vivientes
comparables, aunque no semejantes, a las actuales. Existe una sugestiva
evidencia basada en observaciones astronómicas, de que en otros planetas de
nuestro sistema solar pueden existir formas vivientes. Por ejemplo, es posible
que, con la ayuda de los viajes espaciales, en la siguiente década pueda
determinarse si en el vecino planeta Marte hay vida. También es probable que
muchos de los innumerables billones de estrellas que constituyen el universo
(nuestro Sol es solamente una de ellas) posean en lo particular sus planetas,
de manera semejante a. nuestro sistema solar, constituyéndose así billones de
éstos. Cierto número de científicos ha especulado en lo que se refiere a las
condiciones apropiadas que tiene la Tierra para el desarrollo de la vida y
opinan que pueden presentarse en un pequeño porcentaje de otros planetas. Más
aún puede concebirse que los otros planetas posean condiciones de medio
ambiente totalmente diferentes de la Tierra y que sus sistemas propios de
dirección y reproducción pudieran desarrollarse en características físicas y
químicas muy diferentes de las de cualquiera de nuestros propios organismos,
pero fundamentalmente serían formas vivientes, si nos basamos en nuestra moderna
y funcional definición”. Según Oparin, primero se formó sobre nuestro planeta
una materia fundamental, a partir de la cual se constituyeron más tarde todos
los seres vivientes. Dicha materia fundamental es la proteína, la cual está
integrada una cadena de aminoácidos. La síntesis de ciertas proteínas (la
primera de las cuales fue la insulina), lograda en el laboratorio, pareció
demostrar que los aminoácidos, vinculados esencialmente a los organismos en
nuestro planeta, aparecieron o, por lo menos, pudieron aparecer antes de que
existiera cualquier animal o vegetal. Cuando el 28 de setiembre de 1970 cayó en
Murchinson, Australia, un meteorito, cuyos fragmentos, analizados en Mountain
View, California, por el profesor Cyril Ponnamperuma, mostraron sin lugar a
dudas la presencia de aminoácidos, la teoría de Oparin recibió un nuevo apoyo.
De sus investigaciones Ponnamperuma infirió básicamente lo siguiente: A) los
compuestos químicos que constituyen el punto de partida de la vida se
encuentran en el universo y no sólo en la Tierra; B) los seres vivientes aparecieron
como una consecuencia necesaria del desarrollo o integración progresiva de los
componentes del carbono. Con esto, la vida en otros sistemas planetarios y aun
en otras galaxias se presenta como algo más que una mera posibilidad. (Sobre la
habitabilidad de los planetas, cf. Stephen H. Dole, Planetas habitables, Barcelona,
1968)
(144) Fracastoro, en el Fracastorius, sive De anima (que quedó
inconcluso por su muerte en 1553), había escrito, según anota Gentile: “Parece
que hay tres géneros de cuerpos orgánicos. El primero es el universo mismo, al
que llamamos mundo... En cuanto a que el mundo mismo exista como un cuerpo
orgánico, resulta claro por sus partes, las cuales, siendo diferentes, están
dispuestas con tal orden y tanta coordinación que nada puede causar mayor
asombro, si tenemos en cuenta sus funciones, sus servicios, su nexo y su
orden... Por lo cual, casi todos nuestros antepasados dijeron que este universo
vivía como un animal perfectísimo y era regido y movido por su propia alma y
los teólogos académicos dejaron muchas cosas sobre el alma del mundo”.
(145) Se refiere a Heráclito (B53, B80, B8, B51)
(146) Bruno se burla aquí, como anota Gentile, de las máximas figuras
de la filosofía aristotélico-escolástica: Egidio Romano Doctor fundatissimus),
Duns Scoto (Doctor subtilis), Alberto de Colonia (Doctor Magnus), Alejandro de
Hales (Doctor irrefragabilis), Tomás de Aquino (Doctor Angelicus), Buenaventura
(Doctor seraphicus)
(147) Singer traduce: “Add the stone breakers, the rocksplitters, horn
footed highkickers. Add also the deep seers, know alls, the Olympians, the
firmamenticians, celestial empirics, loud thunderers”. Y recuerda que donde el
texto italiano dice “paladii” (y ella traduce “know alls”) Florio vierte
“palladlo professore”.
(148) Juego de palabras = figol (cacharro) en lugar de figliol
(cachorro)
(150) Kiuno considera que el argumento de autoridad ni siquiera es, en
filosofía, un argumento, aun cuando en teología se lo pueda tener por el mejor.
(151) “Nephew of Neddy”, traduce la Singer.
(152) En este párrafo resume Filoteo la imagen del Universo, según la
concibe Bruno, por oposición a la imagen tradicional y aristotélica.
(153) Se refiere al tratado De caelo, que es sin duda de Aristóteles,
y al breve escrito De mundo, que no le pertenece (pues es una imitación
tardía, del siglo i o II de
nuestra era), pero que la tradición medieval le atribuyó unánimemente y que
durante muchos siglos se copió a continuación del tratado anterior.
(154) Sobre el significado del término “mundo” cf. nota 67.
(155) Movimiento natural es, para Aristóteles, el que conduce a un
cuerpo hacia su lugar propio; violento el que lo aparta de dicho lugar.
(156) Cf. De caelo, I 8, 276.
(157) Compárese, como sugiere Gentile, con el poema latino De
immenso, VI 4.
(158) En esta composición se revela, una vez más, el pampsiquismo de
Bruno.
(159) Denominación o predicación unívoca es, según la lógica escolástica,
la que corresponde a los individuos de una misma especie.
(160) La dialéctica heraclítica de los contrarios se impone siempre en
Bruno sobre la lógica aristotélica y empedóclea de los semejantes, que es la
del sentido común.
(161) Cf. De caelo, I 8, 276 b.
(162) Bruno apunta aquí acertada y sagazmente hacia las leyes de
gravitación y a la aplicación que de ellas hace Newton en la tercera parte de
sus Principia Mathematica Philosophiae Naturalis (cuando trata de los
movimientos de los cuerpos celestes)
(163) Esta operación –anota Gentile– fue realizada en alguien que había
perdido la nariz en un duelo, por C. Porzio (Opere, Turin, 1852, p. 22
sgs.) Sin embargo, la rinoplastia fue
practicada ya durante el siglo xv
en Sicilia, por los Branca, y en Calabria por Vianco (magia tropoensíum) (cf.
O. Pazzini, Storia della Medecina, Milán, 1947, p. 508) En la época de Kruno, Tagliacozzi publicó una
obra titulada: De curlumm cliirurgia per insitionem (Venezia, 1597), y
ya antes en una Carta a Mercuriale, de 1586, habla de esta operación. Es
posible que Bruno se refiera aquí a Tagliacozzi más que a Porzio (op. cit.,
ps. 744-745)
(164) De caelo, I 8, 276 b.
(165) El principio del “similia similibus”, que Aristóteles aplica en
su Física, proviene de Empédocles.
(166) En cambio, Spinoza, que debe mucho a Bruno, sostiene que todo ser
trata de conservarse en su ser.
(167) Gentile remite al De immenso, VI 18.
(168) Singer anota: “El cometa de 1577 desempeñó un importante papel
en la ruina de la cosmología aristotélica. Fue visible desde noviembre a enero
y Tycho Brahe lo observó cuidadosamente. De la ausencia del paralaje dedujo que
este cometa debía estar mucho más lejos que la luna, con lo cual aparecía un
cuerpo ígneo situado más allá de la esfera de los cuatro elementos. Hay que
recordar que Tycho Brahe no era copernicano sino que desarrolló una cosmología
especial, de acuerdo con sus observaciones astronómicas. Conservando una tierra
central inmóvil, supuso que los otros planetas (los planetas, habría dicho él)
y cometas giran en torno a la tierra. Él creía que las órbitas eran de una
forma aristotélica circular perfecta”. Remite luego a Clarissa D. Hellman, The
comet of 1977 - Its place in history of astronomy), Nueva York, 1944.
(169) De ello habla, en efecto, como advierte Gentile, en el poema
latino De immenso IV 9 y VI 19-20.
(170) La astronomía actual considera a los cometas como una clase de
cuerpos que giran en torno al sol en órbitas cerradas (más excéntricas respecto
a la eclíptica que las de los planetas)
Sostiene además que una parte de su luz se origina probablemente en
reacciones exotérmicas de los elementos que los integran, y que su brillo
depende, al menos en parte, de sus respectivas distancias a la tierra. Sobre su
origen existen dos hipótesis: 1) la interestelar (Bobrovnikoff, Nólk,
Lyttle-(on), que lo explica por la condensación de la materia interestelar que
es atraída por el sol, y 2) la planetaria (van Woerkom, Oort), que lo vincula
con la destrucción de ciertos planetas, cuyos fragmentos serían los cometas (y
también los meteoritos y asteroides)
(171) De caelo, I 8, 276 b.
(172) De caelo, I 8, 277 a.
(173) Para toda la crítica precedente véase, como sugiere Gentile, De
immenso, VI 21.
(174) De caelo, I 8, 277 a.
(175) Singer anota: “La cúpula o esfera de Mercurio era considerada
como la segunda más allá de la del sol, estando la de Venus entre ambas.
Aristóteles creía que los cometas son causados por exhalaciones calientes y
secas que buscan su posición “natural” en la parte más alta de la atmósfera elemental
que rodea a nuestra tierra y que luego se incendian por la rotación de los
cielos (cf. Meteorológicos, I 4, 341 b -342 a.) Observaciones efectuadas por Tycho Brahe y
otros en 1577 y años subsiguientes habían llevado a la conclusión de que los
cometas estaban más allá de la región elemental. Así se incluía el movimiento
en las regiones etéreas. Éste fue un factor importante en el derrumbe del
sistema aristotélico”.
(176) De caelo, I 8, 277 a.
(177) “Juego de manos realizado por juglares”, explica Gentile.
(178) cf. Sobre el principio, la causa y el uno, V. Allí se pone
esta demostración en boca de Teófilo: “Ecco dunque come non solamente il
massimo e il mínimo convegnono in uno essere, come altre volte abbiamo
dimostrato, ma ancora nel massimo e nel mínimo vegnono ad essere uno e
indifferente gli contrari”.
(179) Personaje que aparece en el diálogo siguiente.
(180) Kuhlenbeck, siguiendo a Berti, sostiene que este personaje
representa a Alberigo Gentile, autor del tratado De iure belli y profesor
de derecho en Oxford en 1582, con el cual Bruno habría trabado amistad y a
quien habría convertido a la nueva filosofía. Gentile considera, sin embargo,
esta hipótesis como carente de todo fundamento y, junto con Spampanato,
prefiere vincularlo a Gerónimo Albertino, personaje que desempeñó importantes
cargos en Nápoles en la primera mitad del siglo xvi. Sus razones tampoco son muy convincentes. Probablemente
Bruno quiso introducir aquí un personaje que simbolizara la Escolástica y le
dio el nombre de Albertino, como seguidor de Alberto Magno, que, como Bruno,
perteneció a la Orden de Predicadores y, como él, se interesó por la filosofía
natural, en un momento en que casi nadie se ocupaba todavía de ella. Al mismo
tiempo que cancelaba así la formación aristotélico-escolástica recibida en los
claustros dominicanos, rendía un homenaje histórico al más naturalista de sus
cofrades.
(181) Bruno, consciente de la raigambre presocrática de su filosofía,
alude aquí a una resurrección o redescubrimiento de la imagen del universo y de
la concepción general del mundo, propia de los antiguos pensadores de la Jonia
y de la Magna Grecia (cf. nota 98)
(182) La baja Escolástica había degenerado, como es notorio, en una
ciencia puramente verbalista y libresca, donde la letra primaba sobre el
espíritu, y el lenguaje, por lo demás retorcido y bárbaro, ocultaba la realidad
de los problemas.
(183) Se refiere al famoso “intellectus agens”, mediante cuya acción se
pasaba, según los aristotélicos, de lo singular-sensible (esto es, de la
imagen) a lo universal-inteligible (esto es, al concepto)
(184) Según la mitología griega, Argos era un gigante dotado de cien
ojos. La diosa Juno le encomendó, por eso, la tarea de mirar por lo, que era
objeto de las asechanzas eróticas de Zeus. Éste ordenó a Hermes que lo
decapitase. Juno adornó entonces la cola del pavo real, que le estaba consagrado,
con los ojos del muerto.
(185) La distinción entre lo “que se funda en la fe” y lo “que se basa
en la evidencia de los principios verdaderos” pone de manifiesto, una vez más,
el principio de la doble verdad, que Bruno adopta, al modo de los averroístas
(cf. nota 57)
(186) Gentile remite aquí a la invectiva con la que se inicia el libro
VII del De immenso.
(187) Cf. nota 116.
(188) En latín en el original: “Parturiunt montes...”. Se refiere al
famoso verso de Horacio en su Epístola a los Pisones (139): “Parirán los
montes y nacerá un ridículo ratón”.
(189) Las Erinias, según la mitología griega, eran diosas que habitaban
en el Tártaro y custodiaban el orden moral y familiar y castigaban las
transgresiones del mismo.
(190) Estos versos forman parte de un soneto anónimo de carácter
satírico.
(192) Bruno pone esta metáfora médica en boca de Fracastoro, autor del
poema Syphillus, del tratado De contagionibus y de otros
importantes escritos de medicina (cf. nota 31)
(193) Todos los argumentos que ha de presentar aquí Albertino los
reproduce Bruno (aumentándolos de doce a dieciséis) en el libro VII De
immenso, como advierte Gentile.
(194) De caelo, I 9, 278 a - 279 b.
(196) De caelo, I 1, 268 a.
(197) Este argumento, como los dos siguientes, no se encuentra
formalmente desarrollado en ningún pasaje de Aristóteles. Es, más bien, fruto
del ingenio escolástico, a partir de raíces conceptuales aristotélicas.
(198) De caelo, I 8, 276 b.
(199) Hay aquí un error de numeración por parte de Bruno, pues repite
dos veces “séptimo”.
(200) Este argumento, igual que los tres siguientes, tampoco se puede
hallar en el texto de Aristóteles.
(201) De caelo, I 1, 278 a.
(202) En realidad (cf. nota 199), no son doce sino trece.
(203) Véase el diálogo III de esta misma obra.
(204) El concepto de “indiferencia” traduce mejor quizás que otro
ninguno la rebelión bruniana contra el antropomorfismo cosmológico y
metafísico.
(205) Gentile remite al De inmenso, VII, 7.
(206) El hecho de que Albertino pida aquí a su interlocutor que exponga
su pensamiento “a modo de artículo y conclusión”, vincula a este personaje con
el método escolástico y confirma lo que dijimos en la nota 180.
(207) Al comienzo del quinto diálogo del Sobre la causa, el
principio y el uno, Bruno afirma con vehemencia la unidad, infinitud e
inmovilidad del universo y al mismo tiempo la unidad de la potencia absoluta,
del acto, de la forma y el alma, de la materia y el cuerpo, de la cosa, del
ente, de lo máximo y de lo más valioso. Por eso, todos los seres están en el
universo y éste, a su vez, está en todos los seres, con lo cual se realiza la más
perfecta unidad. “Porqué esta unidad es única y permanente y dura para siempre;
este uno es eterno; todo rostro, toda cara, toda otra cosa es vanidad y como
nada; más aún, todo lo que está fuera de este uno es nada”.
(208) Véase el diálogo cuarto.
(209) Cf. Heráclito, B 62, B 76.
(210) Bruno tiene aquí un lapsus, pues el texto dice: “freddo e secco”,
cuando evidentemente debería decir “caldo e secco” (ya que se refiere al fuego)
(211) Bruno reivindica aquí la dialéctica de los
contrarios, una vez más, contra Aristóteles. Véase Sobre la causa, el
principio y el uno, diálogo quinto, al final: “El odio de lo contrario es
amor de lo propio, el amor de esto es odio de aquello. En substancia, pues, y
radicalmente, una misma cosa es amor y odió, amistad y discordia”.
(212) El siglo de oro de la filosofía griega no es, para Bruno, el de
Platón y Aristóteles sino el de Parménides y Heráclito. En esto coincidirá con
él, Nietzsche (cf. notas 98 y 181)
(213) Estos “cielos” corresponden al sol, la luna, los planetas y las
estrellas fijas. En realidad, Aristóteles, que seguía en sus concepciones
astronómicas a Calipo y Eudoxo, admite 56 esferas concéntricas, que dan vueltas
en torno a su propio eje, ya que dichos astrónomos, para explicar el movimiento
de los cuerpos celestes debían suponer que éstos son resultado de la
interferencia de diferentes esferas.
(214) Según Tolomeo, el centro de cada planeta describe, en su
movimiento, un círculo. A este círculo lo llama “epiciclo”. El centro del
epiciclo describe, a su vez, una circunferencia alrededor de la tierra. Dicha
circunferencia se denomina “deferente”. Movimiento epicíclico es, por tanto, el
que origina o traza el epiciclo.
(215) Aristóteles en el De caelo, II, 13, dice: “De su posición
(de la tierra) no todos tienen iguales opiniones: muchos dicen que está
colocada en el centro, los que dicen que el cielo es un todo infinito; por el
contrario, los que habitan una parte de Italia y se llaman pitagóricos, opinan
al revés de esto. Dicen, en efecto, que en el centro está el fuego, mientras
que la tierra es una de las estrellas y se mueve en torno al centro y que de
esta manera se produce el día y la noche. Además, conciben e imaginan otra
tierra, contraria a ésta, que llaman la antitierra”.
(216) El éter desempeña, dentro de la cosmología bruniana, el papel de
“lo circundante” en la antigua cosmología pre-socrática. Es, en efecto, aquello
dentro de lo cual se mueven los mundos, aquello que todo lo contiene y penetra
y, al mismo tiempo, aquello de lo cual los mundos viven y se nutren.
(217) Cf. Platón, Cratilo, 410; Aristóteles, De caelo, I,
4.
(218) A través de estas frases de Bruno se oye el eco de la antigua
cosmología milesia de Anaxímenes y Anaximandro.
(219) El concepto de “vacío” era para los pitagóricos
equivalente al de “aire” o materia sutil. De ahí que pudieran atribuir un ser
al mismo no ser, identificado con el vacío. El primero en negar la posibilidad
del vacío, esto es, del no ser, fue Parménides. Platón, al considerar al
espacio como “receptáculo” del ser, o sea, como materia, le concedía también
un carácter positivo. La distinción entre “mundo” y “universo” que hacían los
estoicos prueba que para éstos el espacio “vacío” que se extiende al infinito,
más allá de los límites del mundo, no carece de cierta realidad y de cierto
ser.
(220) Lucrecio, De rerum natura, II, 1040-1045.
Tanto estos versos como los demás citados a continuación aparecen en latín en
el original, y los hemos traducido directamente en verso castellano.
(221) Lucrecio, De rerum natura, II, 1052-1057; 1064-1066.
(222) Lucrecio, De rerum natura, II, 1067-1076.
(223) Séneca, Medea, 335-339. En el diálogo primero de La
cena de le ceneri, Bruno cita este mismo pasaje desde el verso 329.
(224) Bruno alude aquí a la generación espontánea, idea
que recién quedó definitivamente refutada por Pasteur en 1864 (contra Pouchet)
(cf. C. E. C. S.A.: Biología: Unidad, diversidad y continuidad de los seres
vivos, México, 1970, ps. 51-53)
(225) Nombre que se daba también a las Erinias (cf. nota 189)
(226) El texto dice: “l indifferenza”, y la Singer traduce: “likeness”.


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